Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 25Una orden frustrada #2
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CAPÍTULO 25Una orden frustrada #2

Andris era el único que se mostraba contento por encontrarse allí, y antes de sentarse junto a ella, se inclinó sobre su tía y le plantó un beso en la mejilla.

Cuando su sobrino tomó asiento, Crispina se puso de pie, como si tuviera un muelle en la silla.

Lo más llamativo fue su amplia sonrisa, que pareció sorprender a todos.

Sus impetuosos movimientos recordaban a los de una niña exaltada, una actitud que fue correspondida por su mujer con una expresión complaciente claramente forzada cuando cruzaron una mirada, como una madre sonríe a su hija para que esta se sienta feliz aunque no comparta el mismo sentimiento.

—¡Xalara Verdreven ha muerto en las Montañas del Norte! —declaró Crispina con un tono triunfal e infantiloide—. Igual que los otros tres participantes.

Su expresión era un fiel reflejo de la felicidad.

Todos, a excepción de Sarah, la miraron con un gesto que solo se diferenciaba por mínimos matices. Crispina examinó sus rostros, seguramente para ver sus diferentes reacciones y disfrutar con ellas.

—Nadie puede demostrar tal afirmación —dijo Míxiliam, siendo el único en atreverse a intervenir.

—Ya han pasado unos días —refutó la presidenta, borrando de repente todo rasgo de sonrisa en su rostro—. Los suficientes para dar por hecho esa afirmación. Todo el mundo sabe que nadie regresa de allí.

—Le sorprendería cuáles son las opiniones de la gente a la que usted gobierna. Si fuera más cercana con ellos, lo comprendería —replicó Míxiliam, haciendo alarde de una enorme osadía.

A Syliana le pareció la actitud de un hombre a quien ya no le quedaba nada que perder .

Crispina miró a su mujer y a su sobrino, como esperando su apoyo, aunque eran ellos los que proyectaban más temor a su reacción.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? No olvides a quién te estás dirigiendo —dijo finalmente ella misma, observando a Míxiliam como si quisiera asesinarlo allí mismo—.

Xalara Verdreven ha muerto, y tú, como árbitro de Las Cinco Disciplinas, lo anunciarás hoy mismo, haciendo oficial el final de la competición sin que exista un ganador.

—Quizá deberíamos someterlo a votación antes de oficializar nada —opinó Syliana, cuya intervención seguro había salvado, al menos de momento, a Míxiliam de una terrible represalia, acaparando toda la atención de la presidenta—.

Nada de lo que sabemos hasta ahora prueba la veracidad de que nadie sobrevive a una incursión en las Montañas —añadió.

—Estoy de acuerdo —convino Gúlfrica, arrancando un ligero asentimiento del maestre Tíndrac.

—¡Soy la presidenta! —bramó Crispina, dándose golpes con el dedo índice sobre el pecho—. La única votación que cuenta es mi opinión, y eso prevalece por encima de todo. ¡Nada más!

Sarah se asustó por los gritos de su esposa, encogiendo la postura.

—Coincido en que lo lógico sería alargar la espera antes de oficializar nada —declaró Andris, cuya intervención era la más ansiada.

Su tía se giró hacia él.

—¡Estoy harta de esperar! —aseveró con los ojos perturbadoramente abiertos—.

¡Ya lo hice por ti durante demasiado tiempo!

¡Conseguí hacerme con la presidencia, maté a Alexios Kraus y reinstauré la EDMO, mientras que tú estabas postrado en una cama sin hacer nada!

¡¡Y ahora he culminado mi gran obra matando a Xalara Verdreven!

! ¡Todo esto ha sido por ti, para vengarte, todo por tu culpa!

—añadió jadeante, señalando con el dedo a su sobrino.

Cuando todos miraban hacia él esperando una reacción, Andris no alteró el gesto, aguantando los reproches de su tía.

—La presidenta está enferma —declaró él tras unos segundos—. Lo mejor será que regrese al Palacio para descansar. Hay demasiadas emociones en el ambiente .

—¡¡No estoy loca!! —tronó Crispina, deteniéndose en cada una de sus palabras para enfatizarlas.

—Señora Corman, por favor, acompañe a la presidenta y asegúrese de que la revise su sanador personal —porfió Andris, adueñándose del escenario—. Creo que esta mañana no se ha tomado su dosis.

—Ven, vamos, cariño —dijo la vicepresidenta, poniéndose en pie y agarrando la mano de su esposa.

—Me encuentro perfectamente —aseguró Crispina, algo más calmada, aunque sin apartar la furibunda vista de su sobrino.

No obstante, terminó dejándose llevar hacia la puerta, volviendo en varias ocasiones la cabeza hacia atrás para observar a los integrantes de la mesa, pero sin llegar a decir nada.

—Necesitas descansar ahora que Xalara ya ha muerto. Tú has ganado —le decía Sarah a Crispina, lo que pareció convencerla definitivamente para irse.

Syliana percibió que la vicepresidenta estaba realmente incómoda junto a su mujer, incluso parecía tenerle miedo, demostrando que el reciente episodio de histeria no era algo nuevo para ella.

Se unieron a Gustavo en la puerta y, ya en el exterior, al resto de la Escolta Presidencial antes de marchar de vuelta a Bibrébem.

—Salgan de mi despacho —ordenó Syliana tras asegurarse de que Crispina Streif se había ido definitivamente.

Todos se levantaron, con una actitud muy distinta de la que habían exhibido cuando llegaron al despacho.

—Míxiliam —dijo la anciana, tomando el control por primera vez desde hacía demasiado tiempo—, regrese a la caseta y espere la llegada de algún participante.

El árbitro no mostró ningún gesto que delatase haber escuchado la orden, pero su inexistente rechazo indicaba que estaba de acuerdo.

—Usted no se vaya, señor Bóstoul —apuntó la Lady Maestre con determinación, cuando era el último en dirigirse hacia el umbral de la puerta.

El maestre de Arlasofía Aplicada se detuvo y se volvió hacia la anciana .

—Siéntese —añadió ella.

Los dos tomaron asiento, uno frente al otro en la mesa redonda.

—Creo que ha llegado la hora de que usted y yo hablemos con franqueza —manifestó Syliana.

—La escucho entonces —aceptó Andris, despreocupadamente.

—Ha sido valiente al enfrentarse de esa forma a su tía —opinó la anciana.

—Usted también lo ha hecho —afirmó él.

—No es lo mismo.

—Puede que no —convino Andris—. Pero más valiente que nosotros dos ha sido Míxiliam, ¿no le parece? Aunque no creo que me haya pedido sentarme aquí para medir juntos el nivel de valentía de cada uno.

La Lady Maestre estudiaba minuciosamente cada gesto de ese hombre.

—Hasta ahora me he comportado como una mera espectadora en todo esto, pero ya es suficiente —declaró ella—. ¿Por qué está realmente en Lúgardark, señor Bóstoul?

—¿Es una pregunta retórica?

—No creo que lo haya entendido como tal.

Él sonrió.

—Estoy aquí para que estos muchachos aprendan a aplicar la arlasofía al ámbito militar —explicó.

—Mire, usted no me gusta, y sé que yo no le gusto. Eso ahora no importa, no es relevante para lo que nos atañe —aseveró Syliana—. Pero ambos sabemos que su tía ha perdido el juicio, y usted parece el único que puede controlarla.

—Mi tía es la presidenta del Gobierno —repuso Andris con solemnidad—.

Puede que no esté en plenas facultades mentales, lo admito, y lo acabo de hacer delante de todos.

Pero ella es quien manda, y yo no puedo apartarla del cargo.

He intentado convencerla para que lo haga, porque no me gusta verla así: ella es la única familia que me queda.

Tampoco puedo controlarla, créame. De haber podido, no habría cuatro muchachos perdidos en las Montañas del Norte.

Ni siquiera existiría esta atrocidad llamada Las Cinco Disciplinas —hizo una pausa—.

Y, permítame añadir que lamento la opinión que tiene sobre mí, porque usted me parece una persona admirable.

Que alguien de su edad, con todo lo que ha sufrido a lo largo de su longeva vida, esté en un sitio así, realizando una labor como la suya, es algo que no se ha visto nunca y que no se volverá a repetir, así que tiene toda mi admiración, Lady Maestre.

Syliana era consciente del gran talento que tenía Andris para lanzar falsas adulaciones y que pareciesen sinceras.

—¿Tiene algún interés especial en Xalara Verdreven? —preguntó la anciana después de dejarle exponer sin interrupciones.

—Es evidente que sí —contestó él sin titubear—. Mi tía sigue convencida de que ella quiso matarme. Todo esto es fruto de su obstinación por vengarme.

—No le pregunto sobre la opinión de su tía, sino de la suya.

—¿Se refiere a si tengo preferencia por que gane ella y no Diago Zúnkerberg?

—No juegue conmigo, señor Bóstoul —dijo Syliana—. Como usted mismo ha dicho, tengo ya muchos años y he vivido muchas experiencias en las que he conocido a personas de todo tipo. Incluso como usted.

—De nuevo vuelve a herir mi sensibilidad —afirmó Andris—. Ya me he sincerado con usted. No sé qué más puedo ofrecerle.

—Puede acabar con su tía —instó la anciana.

—¿Quiere que la mate? ¿Qué asesine a mi propia familia? —protestó Andris, elevando el tono como no lo había hecho hasta entonces.

—No necesariamente —reconoció Syliana—. Pero si como usted asegura está aquí para ayudar a estos jóvenes, sabe que debe hacer sacrificios, como todo lo que merece la pena.

Andris se puso en pie, arrastrando la silla hacia atrás con brusquedad.

—Creo que esta conversación ha terminado, Lady Maestre —aseguró él—. Que tenga usted un buen día —añadió antes de marchar hacia la puerta, cerrándola con una fuerza excesiva tras salir.