Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #6
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CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #6

—Espérala fuera —ordenó Notoryha a Iwan, quien acompañaría a Xalara hasta su casa—. Quiero hablar con ella.

A él no pareció gustarle demasiado la idea, pero obedeció sin protesta alguna.

—Ese anillo es mucho más de lo que aparenta —aseguró la mujer, poniéndose a la altura de Xalara—.

No solo porque esté hecho de una aleación de keltren arlayino cuyo proceso se ha perdido, sino porque perteneció a Onara Bara, la última profética de Árlay, quien además era la mayor consejera de la reina Nandraxa.

Xalara desvió la mirada hacia la mujer, observando con detenimiento sus ojos de color violeta, que le despertaron escalofríos desde tan cerca.

—Por aquel entonces, las proféticas veían sus premoniciones a través del espejo de estos anillos —aseguró, provocando que Xalara fijase una indagadora mirada en la joya—.

Yo soy la última descendiente de Onara. Pero, como casi todo en la arlasofía , eso también ha cambiado desde la desaparición de Árlay.

Ahora mis visiones son escasas y se producen a través de los sueños.

El anillo no funciona conmigo, pero para mí tiene un gran simbolismo, porque se ha transmitido de generación en generación dentro de mi familia.

—Y la profecía del Heredero de Árlay… —sugirió Xalara, pero Notoryha la interrumpió.

—Fue escrita por Onara Bara en su lecho de muerte —aseguró.

—¿Aún conserva ese texto?

—No —dijo la mujer con decepción—. Pero mi familia la ha transmitido de madres a hijas. El pergamino original se perdió en un incendio.

—¿Y cómo sabe usted que esa profecía se cumplirá ahora con Ilorio y Érmul, y no lo ha hecho antes con otros? —manifestó Xalara con un escepticismo indisimulable—. Estoy convencida de que, con siglos de historia, en algún momento han tenido que darse las condiciones necesarias que exige la profecía.

—Porque soy la última profética que existirá —respondió con determinación y una tristeza visible, atrayendo de nuevo la mirada de Xalara—.

No he tenido descendencia femenina, y los hombres no pueden desarrollar el poder profético —aclaró—.

Aunque me duela que todo termine conmigo, es la señal inequívoca de que la profecía se cumplirá antes de que yo muera.

La chica apartó otra vez la vista de Notoryha para observar el anillo y que no notase la desconfianza ante sus argumentos, puesto que le parecían demasiado forzados, como casi todo lo que le había escuchado decir desde que la conoció.

Sin embargo, otro pensamiento se formó en su mente: ¿y si ella también era una profética, pero al revés?

Al fin y al cabo, tenía visiones. Aunque estas no eran premoniciones, sino escenas ocurridas en el pasado.

—¿Las proféticas también pueden o podían ver sucesos ocurridos en el pasado? —se atrevió a preguntar.

—No, solo podemos visualizar el futuro —aclaró Notoryha sin dudar, generando cierta decepción en Xalara—. Pero también puedo decirte que la profecía no se refiere únicamente a Ilorio y Érmul Nórebol.

—¿Qué quiere decir con eso? —se interesó la joven, algo confundida por el cambio de tema.

—Todas las personas cercanas a ellos jugamos un papel determinante para que la profecía se decante hacia un lado o el otro. Tú misma lo estás jugando ahora. Tu llegada hasta aquí y que hayas matado a ese chico, siendo él mucho más fuerte que tú, no es una casualidad, te lo aseguro.

Las dos se estudiaron en silencio.

—Es tarde —dijo Notoryha, rompiéndolo—. Tienes que estar agotada y mi hijo te espera.

A Xalara no le quedó más remedio que marcharse.

—Imagino que todo esto debe resultarte una locura —comentó Iwan de camino a la casa por las calles desiertas de la Ciudad Negra, bajo un cielo estrellado que incrementaba la helada—. A veces me lo parece hasta a mí, así que no quiero ni pensar lo que supone para ti.

—¿Tú te crees todo eso de la profecía? —soltó Xalara, que había caminado ensimismada, por eso no pensó en la magnitud de sus palabras.

—¡Por supuesto! —afirmó él, indignado.

—Lo siento, no quería poner en duda a tus padres. Solo que, como has dicho, todo esto es muy difícil de asimilar para mí, y estoy realmente cansada —reculó Xalara.

—No tienes que disculparte —dijo Iwan, pero en su voz se percibía lo contrario—. Hemos llegado. Buenas noches .

Xalara quiso decirle algo más, puesto que a ese chico le debía la vida y ahora se sentía fatal por haberlo ofendido, pero creyó que lo mejor era dar el tema por zanjado y entró en la casa, donde aún danzaban las brasas en la chimenea, reteniendo el calor tan necesario.

Para su sorpresa, esta vez no escuchó a Iwan activar la fórmula de cierre sobre la puerta, algo que confirmó cuando probó a abrir. Luego ella misma se encargó de bloquearla.

Mientras echaba un par de gruesos troncos a la chimenea con la idea de que aguantasen durante la noche y tras haber encendido una lámpara de aceite, su mente fue invadida por decenas de preguntas.

Había vivido numerosas situaciones surrealistas desde que partió de su casa en Yadarme en medio de las llamas, pero seguramente lo experimentado en este último día podía considerarse la cima de todas ellas.