Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #4
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CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #4

—¿Sí, padre? —dijo este, acercándose a ellos—. Lleva a Xalara a su nueva casa, a la de la señora fallecida la semana pasada. Encárgate de que se acomode lo mejor posible.

—De acuerdo, padre —asintió Iwan, después se quedó junto a la chica, como esperando a que ella tomase la iniciativa de acompañarlo.

—Pero, padre —intervino Jeyk, exaltado—. ¿Crees sensato darle una oportunidad a esta? Antes te ha mentido a la cara.

—Sí —convino Ilorio—, pero ha matado a uno de los suyos, y eso lo cambia todo.

—Padre, no creo que cambie nada. Se ha visto obligada a…

—No quiero escuchar ninguna objeción más —profirió el rey, dirigiendo a su primogénito un gesto elocuente—. Vamos, id —añadió esta vez hacia Iwan, quien se puso en marcha de inmediato.

Tras un fugaz y último vistazo al cuerpo sin vida de Diago, Xalara no tardó en seguirlo, dejando a su espalda un rastro de murmullos y miradas, pero ninguna tan esclarecedora como la de Jeyk.

Iwan condujo en silencio a Xalara por las calles de la Ciudad Negra, hasta que se detuvo frente a una casa de aspecto similar a todas las demás.

—Es aquí —anunció el chico innecesariamente.

Luego abrió la puerta, que no estaba cerrada con llave ni bloqueada mediante arlasofía .

Iwan entró en la casa y se quedó tras el umbral esperando a Xalara, seguramente desconfiando de que echase a correr en cualquier momento para huir de él.

Finalmente, ella accedió a la vivienda, donde el arlayino cerró la puerta privándola de casi toda claridad.

—Está algo sucia y huele un poco mal, pero con una pequeña limpieza puede ser un buen hogar —opinó el chico, sin mirar nunca a Xalara, como si le avergonzase hacerlo—. Bueno, en fin, yo ya me voy. Adiós .

Iwan se marchó sin darle más explicaciones, pero nada más cerrar la puerta tras él, Xalara escuchó cómo la bloqueaba mediante la fórmula arlasófica .

Después lo vio pasar como una silueta a través del trozo de tela cochambrosa que hacía las veces de cortina en la única ventana con la que contaba la casa.

Al parecer le habían permitido mantener la vida y quedarse en la ciudad, pero no la libertad que ella había reclamado.

Se dejó caer sobre una silla, incapaz de mantenerse en pie por más tiempo. Tras permanecer con la vista agachada durante un lapso indeterminado mientras repasaba y trataba de asimilar todo lo acontecido, examinó su supuesta nueva casa o, más bien, su nueva celda.

Las paredes se mimetizaban con el suelo, y estaban agrietadas allí donde la piedra se dividía por las vigas.

En el techo había instaladas pequeñas trampillas que Xalara entendió que servían para evacuar el humo cuando se concentraba, dado que la estrecha ventana no se podía abrir.

Solo había una estancia, donde el mobiliario se resumía en un único asiento de madera y una mesa frente a él, al lado de la chimenea.

Una cama rudimentaria ocupaba una esquina.

En un diminuto espacio anexo se encontraba lo que parecía ser una especie de letrina.

No había rastro de comida, tan solo unas ristras de ajo y cebolla que colgaban del techo cubiertas de moho.

Sin duda, aquella casa era como un viaje al pasado.

Había matado a Diago en defensa propia. No podía engañarse diciendo que sentía enormemente su pérdida, pero una cosa era eso y otra muy distinta haber sido su verdugo.

También pensaba en los padres del chico, a quienes les había arrebatado a su hijo.

Necesitaba a Michelle para fundirse en un abrazo: nadie la entendía mejor que ella.

Supuso que en Lúgardark todos tendrían la falsa certeza de que los cuatro participantes estaban muertos.

Imaginar a su amiga llorándola consiguió que Xalara también se derrumbase.

Tenía mucho frío, la abundante sangre de Diago adherida al pecho de su abrigo había penetrado en el tejido.

Se fijó en un montón de leña desparramado en una de las esquinas.

Cuando se levantó para ir a por ella, sintió las piernas tan tiesas como dos estacas de madera, con los gemelos acalambrados.

Aun así, logró llegar y cargó con los troncos más menudos.

Después de colocarlos en la chimenea trató de activar la fórmula fairefol para que la yema de sus dedos generase el calor suficiente y poder así encender un fuego, pero estaba tan débil que su mano temblaba demasiado para conseguirlo.

Alguien picó en la puerta, provocándole un susto de muerte.

Unos segundos más tarde, tras escucharse cómo activaba la fórmula sobre la cerradura, Iwan entraba en la casa. El chico portaba algo en sus brazos, que dejó sobre la mesa antes de acercarse a la chimenea. Él mismo se encargó de encender el fuego, consiguiendo que Xalara empezase a entrar en calor.

Sin decir ni una sola palabra, Iwan marchó hacia la puerta.

—Espera —reclamó Xalara.

—Te he traído algo de ropa limpia para que te cambies —le informó el chico atropelladamente y sin mirarla en ningún momento—. Mi padre quiere que vengas a cenar esta noche con nosotros. Así que luego vendré a buscarte.

De forma apresurada, Iwan salió y cerró la puerta, volviendo a bloquearla mediante arlasofía .

La noticia de que iría a cenar con esa familia de fanáticos fue tomada por Xalara con una extraña indiferencia.

Tardó bastante en ponerse los harapos que Iwan le trajo, sin saber cómo colocarlos en su cuerpo.

Pasó las horas arrimada al fuego de la chimenea, alimentándolo sin descanso mientras era presa de pensamientos cada vez más retorcidos.

Aunque también hubo cabida para reflexionar acerca de esa supuesta profecía.

Nunca había creído en la posibilidad de algo así, pero por supuesto no iba a cerrarse en banda ante ello, como ya le había pasado equivocadamente en numerosas ocasiones.

Ni siquiera advirtió la llegada de la noche hasta que los golpes en la puerta se lo anunciaron, antes de que Iwan la abriese.

—Es la hora —dijo él, mirando a un punto alejado de donde estaba Xalara .

La chica se levantó. Tampoco tenía la posibilidad de negarse y, a decir verdad, estaba demasiado hambrienta, pues no le permitieron quedarse con la mochila que había traído de Lúgardark.

Una vez fuera, Iwan agarró la empuñadura de su espada dentro de la vaina con unos dedos visiblemente tensos. Xalara no realizó ningún comentario al respecto, pero pensó que quizá temía que se la arrebatase, como había hecho con la de su padre durante la pelea contra Diago.

Tras recorrer las calles heladas e iluminadas por farolas con lámparas de aceite, llegaron a la Casa del Rey y entraron en la misma estancia donde lo había conocido.

No obstante, esta vez fue conducida al otro lado de la cortina, donde se hallaba una mesa larga y cinco sillas en torno a ella.

Detrás de la que presidía la mesa había una chimenea encendida.

Se quedaron de pie, en silencio, aguardando acontecimientos.

El primero en aparecer fue Jeyk, que disparó una mirada fruncida hacia Xalara. Luego se sentó a la mesa, sin dejar de contemplar a la muchacha. Ella ya había desviado los ojos hacia otro lado.

No tardaron en llegar Ilorio y Notoryha. La mujer esbozaba una sonrisa, pero resultaba imposible descifrar si era sincera.

—Me alegra que hayas aceptado cenar con nosotros —dijo Ilorio, insinuando que Xalara había sido libre de rechazar la propuesta, algo que no hizo su hijo menor. Aunque tampoco el tono del hombre invitaba a creer en ello—. Sentaos.

Xalara fue la última en hacerlo, frente a Iwan, a quien se le notaba la incomodidad.

Un par de mujeres entraron con platos de barro, llenos de un mejunje verdoso.

Ilorio observó la reacción de Xalara ante la cena.

Ella intentó disimular, sin éxito, una mueca de desagrado.

Luego les sirvieron unos vasos, también de barro, que llenaron de cerveza o algo parecido, pues su aroma era demasiado fuerte como para asegurarlo.

Ilorio fue el primero en empezar a comer, y todos lo siguieron.

Después de remover el contenido varias veces, Xalara cogió con la cuchara una pequeña porción de ese mejunje y lo acercó a los labios. Sufrió una leve arcada, y eso consiguió sacarle a Iwan el fantasma de una sonrisa.

—Sé que la comida no es lo mejor de aquí —admitió Ilorio—. A mí también me costó adaptarme cuando llegué, pero con el tiempo te das cuenta de que no está tan mal.

Jeyk no disimuló lo mal que le sentaba el rechazo de Xalara a la cena.

—Fue durante una comida en Lúgardark cuando le pedí a mi Lady Maestre que me permitiera hacer una expedición a las Montañas del Norte, y ella reaccionó de una forma parecida a cómo lo has hecho tú ahora al probar ese plato —dijo Ilorio—.

Nadie entendía mi deseo, pero tampoco me importó; solo yo podía percibir esa llamada.

Xalara lo miró con interés.

—Antes te mentí cuando dije que vine para demostrar que las Montañas no eran tan terribles como se suponía —reconoció Ilorio—.

La verdad es que, cuando miraba al norte, sentía que algo me reclamaba.

Vagué durante días, solo y desorientado.

No voy a negar que quise volver, pero en el fondo sabía que esa no era una opción.

Me caí rodando por una enorme colina. Estuve inconsciente, y cuando desperté, allí tumbado, vi una montaña que me llamó la atención por la forma tan peculiar que tenía, y decidí fotografiarla.

Cuando me encontraron y me trajeron hasta aquí, entendí lo que realmente notaba: era la profecía reclamándome, y no se puede luchar contra el destino.

Su mujer le puso una mano cariñosa sobre el brazo y compartieron una mirada emocionada.

—Yo enseguida supe que era él, lo sentí en el corazón —terció Notoryha—. Pero la verdad es que ya lo había visto.

Xalara quiso preguntar dónde, pero la rápida intervención de Ilorio apagó esa necesidad.