Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #3
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CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #3

Él respiró profunda y sonoramente antes de pronunciarse, y finalmente le ofreció la mano para estrechársela, bajo la estupefacción de su hijo mayor. Ella aceptó con firmeza.

—Me llamo Ilorio Norzan —dijo el hombre—. Y soy…

Detuvo sus palabras para mirar a la espalda de Xalara.

—Tras siglos de larga espera, el Heredero de Árlay nacerá envuelto en oscuridad, siendo hijo de la riqueza y la pobreza.

Bajo su mando el Reino resurgirá, para la arlasofía poder regenerar.

Alguien compartirá su habilidad y camino, mas no los unirá ni la edad ni el destino —recitó una mujer de pelo plateado que hablaba con suavidad, una cualidad que también podía aplicarse a sus rasgos faciales.

Cuando llegó a la altura de Xalara, pudo comprobar que la mujer tenía el iris de sus ojos de color violeta, algo que debía sumar a la lista de cosas que nunca había visto antes de llegar a la Ciudad Negra.

—Yo soy el Heredero de Árlay —dijo Ilorio, reclamando nuevamente la atención de Xalara—, y por lo tanto el Rey de los arlayinos. Ella es mi mujer, Notoryha.

—Mi marido es de quien habla la profecía —confirmó también—.

Según la cual nacerá un descendiente de la familia Saroh, que vendrá al mundo para reinstaurar el antiguo Reino de Árlay y con él la verdadera esencia de la arlasofía —continuó explicando la recién llegada—.

Pero las profecías a veces son muy caprichosas y hay que saber interpretarlas para no caer en un error fatal.

Porque no solo hay un candidato, sino dos, pues son los herederos de Nandraxa e Imon Saroh.

No hubo un ganador en su batalla, y eso llevó a la desaparición de Árlay y de la arlasofía tal y como era entonces.

Ahora debe repetirse su lucha para devolver el equilibrio a la arlasofía .

No puede haber luz sin oscuridad, como tampoco puede existir un ganador sin un perdedor.

—Ustedes hablan igual que el Lórdezeit —opinó Xalara, sin saber si ellos lo conocerían.

—Érmul Nórebol es el otro Heredero de Árlay, y el rival de Ilorio para convertirse en el Único —aseveró Notoryha.

—La Orden de los Herederos ha causado mucho daño por una creencia tan ilusoria —insistió Xalara, que ya no escondía su malestar.

—Yo no soy como ellos —terció Ilorio, haciendo una mueca de enfado—.

Nosotros no discriminamos entre clases sociales: para mí todos son bienvenidos en la nueva sociedad que está por llegar.

Nadie mancha la arlasofía , porque cuando se le devuelva el equilibrio, todos disfrutaremos de ella por igual.

Érmul la utiliza como un medio para conseguir el poder, yo soy su siervo.

Pero también soy consciente de que no todos lo entenderán, y de que habrá que realizar sacrificios dolorosos para alcanzar el bien común.

Esa reflexión le hizo recordar a Xalara el término de « por la verdadera arlasofía », acuñado por el propio Lórdezeit para justificar todas sus atrocidades.

—¿Cómo saben ustedes qué ocurre en Las Cinco Comarcas si no tienen contacto con ellas? —interrogó Xalara, comenzando a conjeturar muchas teorías en su mente—. Si usted lleva aquí muchos años…

—Tenemos un grupo de exploradores que realizan numerosas incursiones sin que nadie se dé cuenta —explicó Ilorio, despertando una incomodidad palpable en su hijo mayor.

—En Las Cinco Comarcas estáis demasiado ocupados con vuestras banales confrontaciones para percataros de ello, ajenos a lo que de verdad importa —añadió Notoryha—. Por eso debemos salvaros de vosotros mismos.

—¿Y cómo saben que usted es uno de los dos Herederos de Árlay? —preguntó Xalara, mirando más a Notoryha que a su marido—. ¿En qué se basan realmente para confirmar algo así ?

—Ilorio es lo que allí abajo llamáis un dobleclase —contestó la mujer de ojos violeta, sin alterar su suave tono—: padre de tercera clase y madre de la élite, por eso cumple lo de ser hijo de la riqueza y la pobreza.

Ilorio nació de noche en una casa que no tenía luz, por eso cumple lo de nacer envuelto en la oscuridad.

Y la habilidad compartida con su rival es el liderazgo —hizo una pausa—.

Ilorio cumple todos los requisitos de la profecía.

No hay ninguna duda: él es uno de los dos Herederos de Árlay —añadió a modo de conclusión, desatando un gesto de orgullo en su marido.

Sin embargo, para Xalara sí que había dudas, y no pocas. Todo parecía forzado para creer en algo tan increíble y encajar las piezas con el fin de convertir a Ilorio en el protagonista de esa supuesta profecía.

—Puede que ahora no lo veas —insistió Notoryha—. Es comprensible, pero acabarás haciéndolo igual que todos aquí. Si aún deseas quedarte.

Xalara se disponía a contestar, pero la repentina entrada de unos hombres la interrumpió.

—Hablad —les ordenó su rey.

—Hemos encontrado a otro —anunció uno de ellos, resollando y mirando a Xalara.

Los ojos de Ilorio se abrieron de par en par dirigidos a la chica.

—Traedla —ordenó antes de marchar como un poseso hacia fuera.

Jeyk se encargó de tirar de Xalara por medio de la cuerda que le arrebató a su hermano Iwan, tan fuerte que ella se cayó. Aun así, la arrastró por el suelo hasta salir a la plaza.

Allí fuera, varios hombres sujetaban a alguien que no dejaba de resistirse.

Cuando Xalara se recuperó de las consecuencias del arrastre, levantó la cabeza y vio que era Diago Zúnkerberg, atado de una forma similar a ella.

El chico tenía varias heridas en la cara, igual que quienes lo sujetaban, por lo que Xalara entendió que tuvieron que luchar con él para reducirlo y capturarlo.

—Estaba merodeando cerca de la muralla —informó el mismo hombre que había entrado para dar el aviso, mientras se limpiaba con la manga el hilo de sangre que acababa de brotarle de la nariz .

Ilorio se volvió hacia Xalara, a quien Jeyk puso en pie para su padre. Este posó la mano sobre la garganta de la chica, aunque sin llegar a ejercer una presión violenta.

—Me has mentido —dijo—. ¿Por qué lo has hecho?

—No le he mentido. No sabía que él también estaba aquí, majestad —aclaró Xalara, nerviosa.

—Aseguraste que habías venido sola, y ahora resulta que hay otro recluta más de Lúgardark.

¿Por qué has mentido? —repitió, enfatizando su enfado—.

¿Acaso esto es una especie de misión orquestada por el Gobierno para acabar con nosotros?

¿Ese es el objetivo de reinstaurar la EDMO?

¿Crear un ejército para conquistarnos? ¿Cuántos más como tú y él hay en mis tierras?

—No, claro que no —explicó Xalara, temiendo su reacción, por eso decidió que sería lo más sincera posible—. Nosotros fuimos obligados a salir hacia las Montañas del Norte, como parte de una competición a muerte. Esa es toda la verdad.

—No te creo —presionó Ilorio—. ¿Hay más de los vuestros?

—¡Verdreven! —bramó Diago, seguramente acababa de advertir su presencia.

El otro recluta del Noroeste, aprovechando un momento de desconcierto por su grito, se movió bruscamente y consiguió zafarse para correr hacia Xalara, de quien se apartó Ilorio.

A pesar de que ella echó el cuello hacia atrás, le propinó un cabezazo en el puente de su nariz, consiguiendo que se tambaleara con la vista nublada.

—¡Dejad que luchen! —ordenó Ilorio, deteniendo a todo aquel que se movió para sujetar a Diago, haciendo también que Jeyk soltase, probablemente contra su voluntad, la cuerda que sujetaba a Xalara—. Si esto se trata de una competición a muerte como dice la chica, que así sea.

Rápidamente, Xalara se vio obligada a esquivar un nuevo embiste de Diago, que tenía los ojos encolerizados.

—Os dije que solo yo volvería a Lúgardark —le aseguró él.

Pese a sus esfuerzos por evitarlo, Xalara fue zancadilleada, haciendo que besara la nieve, la cual manchó con la sangre de su nariz.

Rodó sobre sí misma para no recibir un puntapié de Diago.

Iba a resultarle complicado ponerse de pie, así que, instintivamente, levantó una rodilla para impactar contra la entrepierna de su oponente cuando este se lanzaba sobre ella.

Eso le sirvió para ganar el tiempo necesario que le permitió levantarse del suelo, cayendo en la cuenta de que la cuerda que constreñía su cuerpo se había aflojado lo suficiente como para poder liberar sus manos.

Tras recomponerse, Diago arremetió otra vez contra ella, que estaba demasiado cansada para seguir esquivándolo.

Por puro instinto, su mano derecha se estiró y…

— Begagxio —pronunció, mirando y apuntando hacia el pomo de la espada envainada del rey Ilorio, consiguiendo arrebatársela y atraerla hacia ella.

Justo cuando Diago saltó sobre Xalara con una patada voladora, ella consiguió blandir la espada y agitarla de tal forma que un haz de luz brotó de su punta, estallando en miles de chispas blancas tras impactar en el abdomen de su compañero.

Él estaba tan cerca que se quedó medio clavado en el arma, inclinado contra Xalara por su propio peso, consiguiendo que ambos cayesen al suelo.

Xalara permaneció inmóvil, observando los ojos muy abiertos y sin vida del chico.

Todos los que estaban en la plaza se mantenían en un silencio sepulcral, seguramente expectantes por comprobar quién de los dos estaba muerto o si incluso lo habían hecho ambos.

Ilorio se acercó despacio y empujó con el pie el cadáver de Diago para liberar a Xalara.

Ella también mostraba una mancha de sangre en el pecho y, de no ser porque este se agitaba debido a la fatiga, probablemente, quienes se encontraban más alejados la habrían declarado muerta.

El rey se agachó para recoger su propia arma y le ofreció su mano a Xalara para ayudarla a levantarse.

—Ahora eres una de los nuestros —le anunció de forma que solo ella pudo escucharlo, cuando ya estaba en pie—. No me traiciones. Si lo haces …

—No lo haré —aseguró la muchacha, todavía fatigada y aturdida tras su pelea a muerte con Diago.

—¡Iwan! —reclamó Ilorio.