CAPÍTULO 24La Ciudad Negra #2
El cielo se había vuelto a nublar cuando llegaron abajo y entraron en la población tras cruzar una abertura sin puerta en la muralla.
Xalara comprobó que, aunque nevadas, parecía que las calles, además de muy estrechas, estaban pavimentadas con adoquines de la misma piedra oscura con la que habían construido las casas, que eran bastante pequeñas y bajas, seguramente para retener el calor con más facilidad.
Estaban estructuradas con vigas de madera, algo bastante parecido a cómo eran en Yadarme.
—Bienvenida a la Ciudad Negra —dijo Jeyk, y Xalara creyó que aquella calificación quizá era exagerada, dada la comparación con Bibrébem.
Un hombre bajito y gordo con el que se cruzaron no dudó en escupir al suelo, mostrando su desacuerdo por ver a Xalara entre ellos. Jeyk sonrió a su paso.
—¿Notas cómo te observan? —comentó—. Si no fueras conmigo, apuesto a que no durarías viva ni un solo minuto. Aquí no se fían de los de tu procedencia. Hace años llegasteis al norte y creísteis que todo era vuestro. Fuisteis los culpables del desastre que ocurrió después.
Todo aquel con quien se encontraban, incluyendo a los niños, por lo que Xalara dedujo que allí no existía la figura del colegio, se quedaba anonadado mirándola, como si fuese una especie extinta, y además representase una gran amenaza para ellos.
Como si esa apreciación lo hubiera vaticinado, de repente, atravesando una bifurcación de calles, un animal con aspecto de caballo, pero con la piel repleta de escamas, salvo por la crin y la cola, cruzó por delante de ellos, con un jinete a su espalda.
—¿Qué te parece? —le preguntó Jeyk, volviéndose de nuevo hacia ella para contemplar su reacción—. ¿Habías visto alguna vez algo así?
—¿Es un drácojor ? —balbució Xalara tras unos instantes de asimilación, con el sentimiento de que todo aquello era demasiado surrealista para ser cierto.
—Efectivamente —confirmó Jeyk con orgullo, como si él los hubiera creado—. Bestias muy leales, pero si no les caes bien desde el principio, te comerán viva. Tienen que sentir una atracción instantánea hacia su jinete para que se dejen montar.
—Pero no puede ser —reflexionó Xalara—. Desaparecieron, se extinguieron hace siglos .
—Hay muchas cosas que ignoráis en el sur —declaró Jeyk, volviendo a poner la comitiva en marcha tras la parada obligada por el cruce del drácojor .
Xalara no tuvo tiempo para terminar de procesarlo, pues, al doblar la esquina de una callejuela, se encontraron de bruces con una pequeña plaza, en cuyo centro se hallaba la construcción más grande que había visto hasta entonces en la Ciudad Negra.
Allí se encontraban numerosas personas intercambiando toda clase de bienes, sin el uso de dinero en las transacciones.
Fue en ese momento cuando Iwan se atrevió a mirar hacia atrás para observarla, aprovechando que su hermano acababa de adelantarse para que los guardias que custodiaban la puerta de madera abriesen a su paso.
Esos mismos guardias estudiaron a Xalara cuando esta cruzaba el umbral, y estaba segura de que, si Jeyk no los hubiera informado de lo contrario, ellos la habrían agredido.
Era un interior bastante rudimentario, pero bien apañado, con varias ventanas estrechas y translúcidas.
Una chimenea abierta en trescientos sesenta grados se encontraba en el centro y proporcionaba calor a toda la estancia, expulsando el humo hacia el techo mediante un conducto vertical construido de piedra y argamasa.
A pesar de las circunstancias, Xalara se sintió reconfortada debido a la agradable temperatura.
—Esperad aquí —indicó Jeyk, que se perdió detrás de la chimenea, llevando visible en la mano la fotografía de la montaña que le habían sustraído a Xalara.
Había varias personas sentadas en bancos pegados a las paredes, que detuvieron sus conversaciones para observar a la extraña de la misma forma que en las calles.
Tras unos pocos minutos, Jeyk regresó.
—Has tenido suerte —dijo con la mirada clavada en Xalara, sin poder esconder cierta decepción—. Si por mí fuera te hubiera matado ahora mismo, pero mi padre te recibirá. Tráela —añadió de malas formas a su hermano .
Iwan tensó la cuerda para obligar a Xalara a adelantarse con él y esquivar la chimenea.
Al otro lado se hallaba un pequeño estrado de madera, con una silla elaborada y vacía. El corazón de Xalara bombeaba ahora a toda velocidad, esperando a que alguien apareciese para ocuparla.
Una cortina marrón instalada detrás se bamboleó antes de que un hombre alto, de pelo castaño y canoso a media melena, con pronunciadas arrugas de expresión en todo el rostro, apartase el trozo de tela para surgir tras ella. Él también portaba una espada envainada a la cintura.
Todos alrededor de Xalara hincaron una rodilla en el suelo, postura que rápidamente imitó ella tras ver que Iwan también lo hacía en última instancia. No así su hermano mayor, que se mantuvo de pie al lado del que supuestamente era su padre.
—Levantaos —dijo este, sin apartar los ojos de la muchacha, como si estuviera contemplando a un fantasma—. Todos, salvo mis hijos, fuera —ordenó con autoridad.
Enseguida obedecieron, y Xalara se sorprendió al comprobar que ese hombre no compartía el particular acento de sus hijos.
—Así que es cierto —declaró—. No podía creerlo cuando me lo dijiste —reconoció ante Jeyk—. ¿Cómo te llamas?
—Xalara.
—Termina todas tus frases con majestad; estás ante un rey —le recriminó Jeyk, dando un paso hacia ella de forma amenazante, pero un gesto de su padre lo calmó.
—¿Apellido?
—Verdreven, majestad.
—¿Edad?
—Dieciocho, majestad.
—¿Cómo es posible que hayas llegado hasta aquí? —inquirió el hombre, sentándose en su silla un momento después.
—Me escapé de Lúgardark, majestad.
—¿Por qué razón?
Xalara carraspeó nerviosamente antes de responder .
—Era recluta permanente —explicó—. Estaba condenada a quedarme allí para siempre, y no podía soportarlo, majestad.
—Ya veo… una desertora —asintió, provocando que a Xalara le recorriera la espalda un escalofrío—. ¿Lo hiciste sola?
—Sí, señor. Digo, majestad.
—¿Seguro?
—Sí, majestad, seguro.
El rey inspiró hondo.
—¿Y qué me dices de esta foto? —dijo sacándola de un bolsillo.
—Eso mismo quería preguntarle yo a usted, majestad —repuso Xalara, levantando la vista del suelo.
—¡Cómo te atreves! —protestó Jeyk.
—Basta —dijo su padre de forma calmada—. Imagino cómo debes sentirte por estar aquí. Todos allí pensáis que nadie puede vivir en las Montañas, y que cualquiera que se adentre en ellas jamás regresará.
—Así es, majestad —admitió Xalara, sintiéndose cada vez más ridícula por tener que repetir esa palabra.
—¿Entonces, por qué lo has hecho tú? ¿Por qué arriesgarte de esa forma?
—Me hacían la vida imposible en Lúgardark. Todos me echaban la culpa de que hubiesen reinstaurado la EDMO.
—Explícate.
—Es una historia demasiado larga, majestad.
—Resúmela.
Xalara tragó saliva con dificultad, pues tenía la garganta muy seca.
—La actual presidenta del Gobierno me culpa de haber intentado asesinar a su sobrino, que era el presidente.
—¿Alexios Kraus?
—No, majestad, Andris Bóstoul —aclaró con sorpresa al descubrir que ese hombre conocía a Alexios.
Por alguna razón, pareció molestarle escuchar el nombre de Andris.
—¿Me permite hacerle una pregunta, majestad? —solicitó Xalara, intentando además ahorrarse el tener que seguir explicando todo lo concerniente a la reapertura de Lúgardark .
Jeyk hizo ademán de recriminárselo, pero su padre lo frenó antes.
—¿Es sobre la foto?
—Eh, sí, claro, majestad —dijo Xalara, aunque en realidad iba a cuestionarle la razón por la que conocía a Alexios.
—Te responderé, pero antes hazlo tú. ¿Por qué la llevabas contigo?
—La robé —respondió sin pensarlo—. Sabía que era de un lugar en las Montañas del Norte. Creí que podría ser un sitio donde sobrevivir, ya que alguien la había enviado.
—Esta foto la capturé yo hace veinticinco años —declaró el rey.
—Usted es el expedicionario —dijo Xalara con un tono de asombro, aunque en realidad era algo que ya había barruntado.
—Así es —confirmó él—. Yo era el maestre de Formación Física en Lúgardark, y decidí hacer una expedición a las Montañas del Norte, convencido de que las leyendas sobre este lugar eran solo eso: leyendas.
La gente cree en algo así porque una mentira dicha muchas veces y por diferentes personas en distintos lugares y momentos se convierte siempre en una falsa verdad.
—Y por eso, aunque usted nunca regresó a Lúgardark, sí envió la foto para demostrar que, al menos en cierto modo, su teoría era correcta —dictaminó Xalara.
—Exacto —reconoció el hombre con satisfacción, justo antes de ponerse en pie y acercarse a ella—.
Supongo que alguno de mis hijos ya te habrá informado sobre cuál es nuestro protocolo de seguridad.
¿Por qué razón no debería aplicarlo contigo?
—añadió, y Jeyk sonrió, seguramente complacido y ansioso por ser él quien la ejecutara.
—Supongo que por la misma razón que no lo aplicaron en su caso cuando usted llegó aquí, majestad —contestó Xalara, como poseída por una personalidad ajena a ella.
Esa respuesta y el tono empleado por la chica provocaron que incluso Iwan no pudiera esconder el sobresalto.
—Eres muy osada —repuso el rey, sin alterarse—. Te lo preguntaré una vez más. ¿Por qué no debería matarte ahora mismo?
—Porque quiero quedarme a vivir con ustedes, para tener una oportunidad de ser libre; no pienso volver jamás. Solo seré otro nombre que engrosará la lista de quienes nunca regresaron de las Montañas. Se lo prometo, majestad.
—¿Cómo sabes que aquí serás libre? —cuestionó el rey—. No conoces nada sobre nosotros, sobre nuestras leyes y costumbres. Puede que seamos una sociedad más rígida que las propias Cinco Comarcas.
—Me arriesgaré a descubrirlo —insistió Xalara con determinación, leyendo la duda en la mirada de ese hombre, sudando bajo toda esa ropa debido a la tensión mientras aguardaba el veredicto de quien decía ser un rey.