Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 24La Ciudad Negra
74%

CAPÍTULO 24La Ciudad Negra

La Ciudad Negra

—Está amaneciendo. Vamos, levanta —ordenó el chico, agachándose para ayudarla a ponerse en pie y abandonar la postura fetal que mantenía en el suelo: atada desde el cuello hasta las rodillas, sin posibilidad de mover los brazos, inmovilizados contra el cuerpo.

Esas cuatro palabras fueron las primeras que salieron de su boca desde que encontró a Xalara.

Después de reducirla con una cuerda, la había conducido hacia una cueva cercana donde pasaron la noche refugiados. Xalara no dejó de hacerle preguntas sin obtener respuesta, hasta que cayó rendida por el cansancio.

Él simplemente creó y mantuvo un fuego de una manera poco convencional. También entraba y salía constantemente de la cueva, como si temiese que algo o alguien peligroso llegara en cualquier momento.

A decir verdad, nada en ese chico era corriente, empezando por su extraño acento y su atuendo, que consistía en una serie de harapos superpuestos, otorgándole un aspecto como de otra época.

Tampoco su espada era normal, puesto que la hoja no era metálica, sino que estaba fabricada con madera muy labrada, igual que la empuñadura y la guarda.

De complexión delgada, no era demasiado alto: medía aproximadamente lo mismo que Xalara, y también tenían una edad muy parecida. Su pelo era castaño y daba la sensación de que su gesto nunca variaría de esa seriedad que derrochaba.

Todo eso no eclipsaba lo que realmente significaba haber hallado a una persona viva en las Montañas del Norte, lo cual rompía varios mitos establecidos en la sociedad de Las Cinco Comarcas, generando la esperanza de sobrevivir en aquel paraje y, por lo tanto, de poder regresar a Lúgardark.

Por una parte, Xalara estaba aterrada y, por otra, sentía agradecimiento: era consciente de que no habría sobrevivido toda la noche a la intemperie, sucumbiendo a una muerte horrible por congelación.

A esas alturas, probablemente sería la única superviviente de los cuatro participantes que partieron de Lúgardark, lo que, lejos de resultarle paradójico, le provocaba una ansiedad irresistible por ver la cara de Crispina.

No podía fingir que esta nueva situación, aunque incierta, le generaba una sensación de victoria.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, pero igual que en ocasiones anteriores, no recibió respuesta.

El chico, tras cargar a su espalda la mochila de Xalara, la empujó para apremiarla en el paso.

Sin duda parecía una reproducción casi exacta de lo que vivió junto a Víliam en su momento: la cueva, la cuerda, la mochila, la tensión y desconfianza entre ambos…

Aunque en esta ocasión con los papeles invertidos.

Ya que estaba, ¿por qué no usar otro viejo recurso?

—Tengo que hacer mis necesidades —aseguró la muchacha.

—Camina.

—¿Qué pasa, que en las Montañas del Norte no meáis? —protestó.

—No te pares —ordenó el chico, que la mantenía sujeta por la cuerda.

—¿Vas a dejar que me lo haga encima?

—¿Quieres callarte y caminar?

—No hasta que me dejes orinar —insistió, frenándose.

—¿Si te dejo, después vas a callarte y a caminar ?

—Claro, ¿qué otro remedio me queda? Soy tu prisionera —asintió Xalara.

El chico dejó escapar un bufido y se dispuso a aflojar la cuerda. En cuanto se agachó, ella le dio un rodillazo en el rostro.

Su intento de huida no duró más que unos pocos segundos, lo que tardó en ser frenada por algo intangible que tiraba de su abrigo hacia atrás. Cuando torció la cabeza vio la punta de madera de una espada arlasófica a escasos centímetros de su cara.

—¿Cómo te llamas? —preguntó sofocado.

—Xalara —respondió—. ¿Tú?

El chico apretó la cuerda enrollada al cuerpo de Xalara con más fuerza que nunca, tanta que ella creyó que le cortaría la respiración y la circulación de la sangre.

—Iwan —respondió él tras asegurarse de que estaba bien sujeta.

Esta vez Xalara no protestó cuando la empujó para que comenzase a caminar.

Enseguida salieron al amanecer más precioso que Xalara hubiera visto. Los colores rosados y azules se fusionaban como una mezcla heterogénea de fluidos y vapores tras las siluetas aún oscuras de las enormes montañas.

—Camina —insistió el chico tras ver que se detenía para contemplar aquella escena tan bella.

—¿A dónde me llevas? —preguntó Xalara, otra vez sin éxito.

Caminaron entre las montañas mientras el alba le ganaba la partida a la noche de forma definitiva, dando lugar a un cielo casi despejado.

—¿No tienes una casa? ¿Vives en cuevas? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Estás solo?

—¿Siempre eres así de impertinente? —se quejó Iwan.

—Solo cuando no obtengo respuestas.

—Pues vas a seguir igual por mucho que insistas, porque aquí las preguntas solo puedo hacerlas yo.

—Hazlas entonces —lo desafió Xalara .

—Camina —insistió él, dándole otro empujón por la espalda, este más fuerte que los anteriores—. La baza de parecer una chica buena y ganarte mi confianza la has gastado.

Dentro de Xalara, como si le hubiesen pulsado un interruptor, se apagó de repente ese pequeño entusiasmo que había nacido al verse como la única superviviente de Las Cinco Disciplinas, haciéndole adquirir un papel que no correspondía con su verdadero carácter.

Se sintió ridícula al reflexionar sobre ello, volviendo a la realidad de su situación.

Siguieron caminando durante varios minutos, sin pronunciar ni una sola palabra bajo un sol que poco a poco se alzaba sobre las montañas, pero que, aun así, no generaba calor alguno. Xalara iba atada como una mascota, y solo sus piernas estaban más o menos liberadas.

Al otro lado de una empinada cuesta, cuando se disponían a bajarla, se toparon con un grupo que se acercaba hacia ellos. Todos vestían de forma idéntica a Iwan.

—Llevamos buscándote desde antes de que amaneciera, pensábamos que te habías extraviado, hermanito —dijo uno de ellos cuando por fin se encontraron, sorprendentemente sin hacer alusión a Xalara, cuyo corazón en esos momentos bombeaba a un ritmo vertiginoso.

Era claramente mayor que Iwan, mucho más alto y fornido, con el pelo negro.

—¿Qué crees que haces con ella? —añadió el hermano, cambiando radicalmente su expresión—. Deberías haberla matado en cuanto te la encontraste, como dicta el protocolo —continuó mientras desenvainaba su espada, decidido a hacerlo él mismo.

—Espera, Jeyk —dijo Iwan, interponiéndose entre él y Xalara—. Lleva el uniforme de Lúgardark, padre querrá interrogarla.

—¿Cómo lo sabes? —cuestionó el hermano, escudriñando a la recluta de pies a cabeza.

—Padre me ha hablado mucho sobre ese sitio. Conozco su indumentaria.

—Me da igual, tenemos que cumplir las normas —insistió Jeyk, enarbolando su espada arlasófica de madera .

—Te digo que padre va a querer escucharla —presionó Iwan con más ímpetu, echando mano al pomo de su arma, algo que su hermano, al parecer, no percibió—. No solo viene de Lúgardark. Además, mira.

Iwan sacó de su bolsillo la fotografía de la montaña que Xalara llevaba en la mochila que le proporcionaron al salir de Lúgardark.

Esto calmó los ánimos del hermano mayor, que bajó su espada relajando el brazo.

—¿Vienes de Lúgardark? —inquirió.

Ella asintió.

—¿Qué haces tan al norte? ¿Te escapaste? ¿Eres una desertora?

—Solo hablaré con vuestro padre —respondió Xalara, intuyendo que ese hombre debía ser el líder de un poblado o algo así.

Jeyk soltó un gemido extraño y después compuso una sonrisa macabra de dientes sucios y torcidos. Si de verdad era hermano de Iwan, no se parecían en nada.

—Es guapa —opinó Jeyk, girándose hacia su hermano después de observar desde muy cerca a Xalara—. Ya que no la mataste, deberías haberte aprovechado de ella. ¿Lo hiciste?

Iwan reanudó la caminata, tirando a su vez de Xalara.

—Debemos regresar —dijo él—. Tienen que estar preocupados.

Jeyk se abalanzó sobre Iwan, agarrándole la mandíbula con fuerza.

—No vuelvas a decirme qué hay que hacer, y menos delante de otros. Tú eres el segundo en la línea sucesoria, nunca lo olvides. ¿Queda claro? —le dijo al oído.

Iwan asintió y su hermano le soltó la cara para arrebatarle la fotografía de la montaña con brusquedad.

—¡Regresamos! —ordenó Jeyk al resto de acompañantes de forma imperiosa.

Todos emprendieron la marcha. Jeyk caminaba en paralelo con Xalara, observándola en todo momento con sus repugnantes ojos lascivos.

Ella intentaba abstraerse repasando mentalmente lo que había escuchado, llegando a la conclusión de que, al menos Jeyk, se creía un príncipe, así que su padre debía ser un rey .

Aunque todo recordaba al argumento de un cuento, la situación de Xalara era real: se encontraba en las inhabitables Montañas del Norte, donde había encontrado a personas vivas, y ahora se dirigía junto a ellos a conocer a un supuesto rey.

—No falta mucho para llegar. ¿Estás asustada? —comentó Jeyk, que llevaba la espada desenvainada en su mano, apuntando hacia el suelo.

—¿Debería? —dijo Xalara con un tono desafiante que quizá no debió utilizar.

El chico rio.

—Si yo estuviera en tu lugar… No creas que el haberte librado hasta ahora evitará que te matemos. Aunque sigas caminando y respirando sobre esta nieve, eres una chica muerta. No lo olvides. Mi hermano es demasiado débil para hacerlo.

Iwan miró fugazmente hacia atrás.

—No te vuelvas —le reprochó su hermano—. Has tenido suerte de que no te haya encontrado yo —dijo refiriéndose de nuevo a Xalara—. Si no te portas mal… quizá te deje vivir un poco más para sacarte provecho.

Como Jeyk anunció, tras ascender una nueva cuesta, al otro lado vislumbraron una gran población amurallada y repleta de pequeñas casas de piedra oscura, bajo una nube de humo en suspensión expulsado por las chimeneas encendidas.

Estaba ubicada en un valle bastante amplio, salpicado de abetos que lo cercaban fuera de la muralla, siendo la primera vegetación que Xalara veía tras haber entrado en las Montañas del Norte.

Aún tenían que descender una gran distancia para llegar.

—¿Va aumentando tu miedo? —se burló Jeyk tras ver la cara de estupefacción de Xalara, antes de separarse de ella para ponerse al frente del grupo en el descenso.