Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 23La guardia nocturna #2
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CAPÍTULO 23La guardia nocturna #2

El inesperado sonido de un aleteo surgió desde fuera, y enseguida la silueta negra de un cuervo enorme apareció a la vista de todos cuando Pieto orientó hacia él la luz de su linterna, consiguiendo que los ojos del ave se convirtieran en dos siniestros y amenazantes puntos luminosos.

El cuervo graznó enrabietado y se lanzó con las garras por delante contra la cabeza de Zanerya, que soltó a Aden.

Por fortuna, este cayó dentro del pasillo, algo que tenía casi un cincuenta por ciento de posibilidades de ocurrir.

El animal no se ensañó con la chica y se desplazó hacia donde estaba Michelle, pero la ignoró para atacar a los dos reclutas que la sujetaban.

Aturdidos y con heridas visibles en la cara, Zanerya, Pieto y Lozu se alejaron corriendo, a pesar de que el cuervo no fue tras ellos.

—¿Dónde está Xalara? —preguntó el ave con una voz que no era humana, provocando que Michelle retrocediera arrastrándose por el suelo del pasillo.

Estaba tan asustada de que un cuervo acabase de hablarle como por la evidencia de que era Huberto Cóbelpot quien preguntaba a través del animal.

—Usted es Huberto, ¿verdad? —inquirió Michelle.

Aunque ya lo sabía, necesitaba escuchar la confirmación .

—¿Dónde está Xalara? —insistió cada vez más amenazante el cuervo—. Sé que sois amigas, ¿qué ha sido de ella?

—Usted quiere hacerle daño —respondió la recluta, alardeando ahora de una falsa valentía.

—Eso no es así. Solo quiero protegerla, como siempre hice —refutó el cuervo—. Tu amigo está muy malherido, cuanto antes me digas lo que te pido, más pronto podrás socorrerlo. ¿Está en la cama?

Esta vez Michelle negó con la cabeza.

—¿Dónde, entonces?

—Ya no puede hacer nada por ella —dijo Michelle.

—¿Qué quieres decir? —preguntó el cuervo, y a pesar de ser un animal, en su tono se intuyó el miedo a la respuesta.

—Xalara está muerta —confirmó Michelle, y al ser consciente de lo que acababa de decir, volvió a romperse.

El cuervo se quedó estático por primera vez y tardó en volver a hablar.

—¿Quién ha sido? ¿Quién la ha matado?

En la forma de comunicarse se intuía que él también lloraba, al menos el hombre que estaba tras esas plumas negras, seguramente a kilómetros de distancia.

—La presidenta del Gobierno —declaró Michelle.

—¿La ha matado ella?

La chica asintió.

—¿Dónde está? ¿Dónde se encuentra ahora su cadáver?

La recluta no respondió, sino que desvió la mirada hacia las ventanas.

—¡Que me digas dónde está! —protestó el cuervo, aleteando desde el suelo y acercándose a Michelle.

—En las Montañas del Norte.

—¿Qué quieres decir?

—La presidenta la ha enviado allí a morir, como parte de la Disciplina Nº4 .

El cuervo no dijo nada más, sino que batió las alas negras y se elevó hacia la ventana, por donde salió a toda prisa tras tomar impulso en el alféizar.

—Mi… ¿Michelle? —balbució Aden, aunque sin llegar a moverse.

Su amiga se sacudió el aturdimiento y se arrastró hacia él.

—Aden. ¿Cómo te encuentras?

—Un poco mareado —dijo muy despacio y sin abrir los ojos, con apenas un hilo de voz.

Los golpes le habían dejado un pómulo inflamado, el labio superior roto y sangre emanando de una de sus fosas nasales.

—Necesitas ayuda de la sanadora.

—No, ya tiene mucho trabajo —repuso él, separando esta vez los párpados, aunque sin enfocar la vista en Michelle, como si no pudiera verla.

—Me da igual —refutó ella—. Necesitas ir al centro de sanación. Voy a buscar ayuda.

—No —insistió Aden, agarrándola por la manga del abrigo cuando se levantaba—. No te vayas, no me dejes solo.

—Pero tienen que atenderte.

—Por favor…

La chica volvió a hacer ademán de marcharse, pero fue ella misma la que desistió.

—¿Acabas de mantener una conversación con un cuervo, o es que los golpes me han producido visiones?

—Sí, he hablado con un cuervo —confirmó Michelle, todavía muy nerviosa por esa circunstancia en concreto.

—Qué bien —dijo el chico, esbozando una leve sonrisa antes de volver a cerrar los ojos.

—Preguntó por Xalara. Era Huberto Cóbelpot —declaró Michelle, ansiosa.

—Quizá quiera ayudarla de verdad —profirió Aden—. Me acaba de salvar a mí, ¿no?

—No lo sé… —admitió Michelle, sobrepasada por todo lo acontecido .

—No te preocupes, Xalara regresará —dijo Aden—. Hay algo dentro de mí que lo sabe. No sé explicarlo, pero es…

El chico se calló, interrumpido por un beso espontáneo de Michelle, que se inclinó sobre sus labios sin aviso. No tardó en separarse, pero, cuando sus miradas se cruzaron al abrir Aden los ojos, volvió a besarlo con más ímpetu.

—¿Qué está pasando aquí? —exclamó la voz de la guardiana de Lúgardark, que se encontraba en el pasillo. Vista desde el suelo, su estatura y complexión eran aún más imponentes—. ¿Es así como pasáis las horas de guardia?

Michelle se apartó de Aden y se limpió la sangre ajena de los labios con el dorso de la manga.

Ozora se percató de que él no estaba bien.

—¿Ha pasado algo? —preguntó—. ¿Dónde están vuestros tres compañeros?

—Nos han agredido —respondió Michelle, con la vergüenza en la voz por haberlos pillado en un momento tan embarazoso—. Zanerya Zambrano ha estado a punto de arrojar por la ventana a Aden.

La guardiana observó la ventana abierta y la cerró.

—¿Dónde están ellos ahora?

—Se fueron. No sé a dónde —explicó Michelle, ocultando que un cuervo controlado por Huberto Cóbelpot le hubiera salvado la vida a su amigo.

La mujer miró hacia atrás.

—Pagarán por ello —aseguró, apretando los dientes—. Pero ahora hay que llevarlo al centro de sanación.

—Estoy bien —dijo Aden, pero, cuando se incorporó, volvió a caer, esta vez inconsciente.

Ozora se bastó para levantarlo y portarlo entre sus brazos.

A pesar de la preocupación por el estado de Aden, Michelle miró una última vez hacia las ventanas del norte, deseando que la intuición del chico al que acababa de besar fuese acertada y Xalara regresase algún día.