CAPÍTULO 23La guardia nocturna
La guardia nocturna
La jornada del domingo en Lúgardark, lejos de resultar libre, había sido la más oscura hasta entonces. No se debía a las inclemencias meteorológicas, sino a lo que tuvieron que hacer para limpiar el cruento resultado del motín.
Como era de esperar, y a pesar de haber sido los mayores damnificados, los reclutas se encargaron de recoger los cadáveres de sus compañeros.
Una labor que, además de desagradable emocionalmente, había sido muy dura también en lo físico, puesto que tuvieron que subir los cuerpos uno a uno hasta el vestíbulo, sufriendo más de un contratiempo en las escaleras.
Además, una veintena de heridos fueron llevados al centro de sanación, que albergaba más huéspedes que nunca, y Aurora había tenido que echar mano de ayudantes para poder atenderlos a todos.
La presidenta, después de haber sido la culpable de ese caos, se había desentendido de la situación, huyendo de Lúgardark como solo lo hacen las ratas.
Nadie sabía en qué iba a derivar todo aquello finalmente e incluso, con el paso de las horas, surgieron rumores de que Lúgardark cerraría sus puertas enviando a todos los reclutas a casa, al menos como medida temporal.
No obstante, esos comentarios resultaron infundados y solo sirvieron para crear una falsa esperanza que les ayudara a sobrellevar el trauma .
A media tarde, cuando en el patio delantero ya solo quedaban las huellas de sangre sobre la nieve congelada y tras haber participado de forma directa en los trabajos de recogida, Michelle y Aden, por medio de su Maestre Jefe, recibieron la noticia de que además habían sido seleccionados para la guardia nocturna de esa noche.
Permanecer tantas horas sin dormir, deambulando por los pasillos del ala asignada, no era alentador bajo ninguna circunstancia.
Sin embargo, dado el estado de agitación de Michelle, estaba claro que, de todas formas, no podría pegar ojo, así al menos tendría un motivo para drenar los pensamientos negativos que le colmaban la mente, sobre todo si contaba con la compañía de su amigo.
Desde que Xalara partió por la mañana hacia una muerte segura, Michelle tenía un agujero ficticio en el centro del pecho, aunque para ella era real y tangible.
No podía perdonarse el no haberla despedido como se merecía, y recordaba una y otra vez la última mirada compartida, convencida de que esa terrible sensación jamás la abandonaría.
Aden no se apartaba de ella y trataba de consolarla insistiendo en que quizá Xalara lograse volver con vida de las Montañas del Norte.
Por la noche, el ambiente en el comedor era el de un auténtico funeral: mesas mucho más vacías de lo normal y caras largas entre quienes aún se sentaban a ellas en medio de un silencio abrumador.
Tras una cena en la que Michelle no probó ni un solo bocado, ella y Aden fueron al barracón para ponerse ropa de abrigo.
Luego, como les habían ordenado, se dirigieron hacia el patio delantero, donde caía un aguanieve ligera.
Una vez allí, Michelle pensó en si los cadáveres aún continuarían apilados en una esquina del vestíbulo.
No podían llevárselos por medio de una estación de traslado, así que tendrían que bajarlos hasta la aldea de Déndereid para poder coger el tren.
Una tarea que resultaría más que complicada y agotadora.
Michelle esperaba que no la obligasen a hacerlo a ella.
Tuvieron que unirse a los otros tres reclutas asignados del Noroeste, entre los que se encontraba una de las personas más odiadas por Michelle dentro de Lúgardark desde que había participado con un papel protagónico en la paliza que le propinaron a Xalara mientras dormía: Zanerya Zambrano.
También estaban Pieto Gernás y Lozu Gernavio.
Allí también estaban los otros veinte reclutas pertenecientes al resto de comarcas.
La guardiana de Lúgardark no tardó en aparecer proveniente del vestíbulo. Por el aspecto de sus ojos, parecía haber estado llorando.
—Acercaos, voy a daros las indicaciones —dijo ella.
—¿No nos proporcionan armas? —preguntó nerviosa una chica alta y menuda de la Comarca Central, y aunque no lo sabía, Michelle estaba convencida de que pertenecía a la élite, por su forma de expresarse.
—No os hacen falta —aclaró Ozora con un tono persuasivo—. No vais a enfrentaros a nadie, solo tenéis que vigilar que a algún recluta no se le ocurra la absurda idea de estar a deshoras donde no debe, nada más.
—Nunca se sabe lo que uno puede encontrarse —insistió la joven—. Además, ¿no se supone que ese trabajo le corresponde a usted y a los cuero negro ?
—¿Quieres pasar la noche realizando la guardia o en una celda? —replicó Ozora, mirándola con los músculos faciales muy tensos, lo que remarcaba aún más su cicatriz en un lado de la cara.
Después de explicarles con un detalle excesivo en qué consistía el protocolo de la guardia nocturna, Ozora envió a los cinco reclutas del Noroeste a patrullar el ala norte de Lúgardark, donde tendrían que dar paseos constantes por sus pasillos y escaleras en busca de algo anómalo hasta que sonasen las diez campanadas del toque de diana.
Una vez allí, Michelle y Aden se desvincularon de sus otros tres compañeros, quienes no pusieron ninguna objeción en que así fuera.
—¿Cómo le irá a Xalara? —comentó Michelle, asomándose a una de las ventanas que daban al norte, donde sabía que, detrás de esa niebla y oscuridad, se encontraban las Montañas.
—Seguro que bien —contestó Aden, como queriendo no ahondar en el tema .
Fue entonces, tras un enorme esfuerzo para no hacerlo antes en público, cuando Michelle rompió a llorar.
—No puedo dejar de pensar en que no me despedí de ella —admitió entre sollozos—. Pero sobre todo en ese tiempo que estuvimos enfadadas, desaprovechando nuestra amistad como si fuéramos eternas. Qué estúpida fui.
—Deja de torturarte por el pasado, porque ya no lo vas a cambiar —profirió Aden—. Siempre has sido una chica optimista, la propia Xalara lo decía, dice —corrigió enseguida.
—Esto es distinto —aseguró Michelle con mal talante—. Nadie regresa de allí. Ella no será una excepción y la presidenta lo sabe, por eso los ha enviado. Debimos intentar escaparnos como le propusimos a Xalara; siempre ha sido muy terca.
—¿Por qué estás tan segura de que no regresará? —la contradijo Aden de nuevo—. ¿Acaso no ha salido ya de situaciones peligrosas?
—No como esta —insistió Michelle—. Nada es como esto.
—No lo sabemos. En realidad, nadie lo sabe —repuso el chico—. Si nadie ha regresado, algo que al menos yo no puedo confirmar, tampoco nadie ha podido contar qué hay allí. Quizá sea un lugar maravilloso y por eso nadie regresa.
—Gracias por intentar animarme, de verdad —dijo Michelle—. Tu llegada a Lúgardark ha sido un regalo para mí, y no sé si podría haber soportado estos últimos meses sin tu compañía. Pero, por favor, deja de tratarme como a una niña estúpida y asustada, porque no lo soy.
—Ya sé que no lo eres —aseveró Aden—. Pero piénsalo bien, lo que digo tiene algo de sentido, aunque sea muy poco, ¿no?
Sin embargo, Michelle no respondió, sino que le dio la espada y continuó la ronda de vigilancia, porque no quería contestarle de forma brusca.
—Vale, lo siento —insistió Aden, persiguiéndola—.
Nunca se me ha dado demasiado bien consolar, y ya sé que parece una locura esto que planteo.
Te aseguro que yo soy la persona más escéptica y lógica que conoces, pero sabiendo todo lo que sé ahora, no me atrevo a descartar ninguna posibilidad. Y te lo digo completamente en serio .
Por el hueco de la escalera, al fondo de ese pasillo, surgieron tres figuras: sus compañeros de comarca. Michelle se esforzó por ocultar sus lágrimas de inmediato, pero esa actitud la delató todavía más.
—¿Qué, llorando a tu amiga muerta? —preguntó Zanerya cuando llegaron a su altura.
—Xalara no está muerta —repuso Michelle, apretando los dientes—. Es Diago el que morirá, no ella.
Zanerya se echó a reír, enervando aún más los ánimos de Michelle.
—Aunque seas estúpida, no lo eres tanto como para creer lo que dices —dijo Zanerya.
En su voz se había apagado de repente el deje de altanería, sustituido por uno de rabia.
—Lo amas, ¿verdad? —insistió Michelle, leyendo la verdad en el rostro de Zanerya.
—Vámonos —dijo Aden, sujetando por el brazo a su amiga—. No merece la pena.
Michelle no despegó los pies del suelo.
—Quieres a Diago —repitió—. Solo una necia podría enamorarse de un monstruo como él.
Zanerya avanzó hacia Michelle y la empujó tirándola al suelo.
Aden intervino poniéndose delante, pero fue recibido con un puñetazo que también hizo reaccionar a Pieto y Lozu, quienes sujetaron a Michelle para que no pudiera levantarse y ayudar a su amigo mientras veía cómo Zanerya descargaba una serie de golpes contra él.
—¡Para! ¡Déjalo! —suplicaba Michelle, impotente desde el suelo, donde también cayó Aden medio grogui.
Después de patearle la cabeza, Zanerya se agachó sobre él y continuó golpeándolo. En los ojos de la chica no se veía piedad alguna, por lo que Michelle temió que no pararía hasta matarlo, descargando sobre Aden toda la rabia por la pérdida del chico que amaba.
—¡Vas a matarlo! ¡Aden, reacciona!
Ese grito hizo que Zanerya parase de golpearlo para mirar a Michelle. Pero lejos de darse por satisfecha, sonrió y levantó a su compañero cogiéndolo por la pechera del abrigo. Después lo arrastró hacia las ventanas y abrió una, antes de levantar a su víctima y sacarle medio cuerpo al exterior.
—¿Crees que este enclenque planeará si lo lanzo al vacío? —cuestionó Zanerya, y parecía ir en serio.
—Basta, te lo suplico —sollozó Michelle, sin levantar la voz, exhausta de pelear.
Zanerya le dirigió otra sonrisa y sacó todavía más a Aden hacia afuera, que estaba totalmente indefenso y no podía reaccionar.
—¡¡Ayuda!! ¡¡Por favor!! ¡¡Ayuda!! —el grito de Michelle sonó desgarrador.
—Creo que es hora de comprobar mi teoría —dijo Zanerya, y se dispuso a cumplir su amenaza.