CAPÍTULO 22Una misión imposible #5
Xalara dejó su mochila junto a las otras dos y cogió una distancia prudente para tomar el impulso necesario.
Todo estaba listo para saltar, pero sus piernas se bloquearon cuando cruzó una mirada con Samanta que puso en alerta su instinto de desconfianza: ¿y si ella decidía usar la arlasofía para frenarla en pleno salto y hacer que se precipitase dentro de la garganta?
No era de extrañar que lo deseara, ni mucho menos, ¿por qué iba a fiarse de ella ahora ?
—¡No tengas miedo! —voceó otra vez Paris—. ¡Lo conseguirás! ¡Ya hemos pasado lo más difícil!
Xalara no se atrevía a exponer cuál era su verdadero temor, y tras comprobar que Samanta no la estaba mirando y que tenía los brazos caídos, inició la carrera y saltó al otro lado.
Apenas estaría un segundo en el aire, pero se le hizo eterno.
Finalmente lo logró sin problemas, más allá de resbalar al posar los dos pies en la nieve, teniendo que ser frenada por los brazos de Paris.
—Ya estás aquí —dijo él con una sonrisa—. Los tres lo estamos.
Luego cada uno se dedicó a atraer su mochila. Después de volver a cargar con ellas, se dirigieron hacia el collado que se disponía entre ellos, sin saber a dónde los llevaría.
Pronto descubrieron que no solo había una dirección posible, sino varios caminos por los que avanzar entre montañas.
—¿Y ahora? —cuestionó Paris.
Samanta se encogió ligeramente de hombros.
—Esto es un laberinto interminable —declaró Xalara, harta de tener que superar tantos obstáculos.
—¿Qué os dice el instinto? —sugirió el chico, como sin esperar respuesta—. El mío dice que por aquí.
Sin discutirlo con sus acompañantes, Paris avanzó hacia la derecha. A las dos chicas no les quedó más remedio que seguirlo, puesto que no había ningún argumento fehaciente para no hacerlo, aunque tampoco para lo contrario.
Después Paris se acercó a Samanta, quien ahora caminaba más cerca de él que Xalara.
—¿Y cómo es pertenecer a la élite? —comentó el muchacho—. Siempre me lo he planteado.
—Que tengamos que vernos obligados a colaborar no significa que seamos amigos —aclaró la chica de forma cortante, tanto que a Paris le cambió radicalmente el gesto, como si acabase de tragar su propia lengua .
Poco a poco la oscuridad iba cayendo como una losa sobre ellos, intensificando la ventisca que ahora aullaba amenazante al colarse entre las altas cumbres, anunciando la proximidad de la noche.
Luego de mucho rato sin hablar y sin dejar de caminar, Xalara confirmó algo que llevaba algún tiempo sospechando.
—Hemos vuelto al mismo sitio —informó ella.
—¿Qué? No, de eso nada —se negó Paris, pero al ver la reacción de Samanta se dio cuenta de la realidad—. ¿Cómo es posible?
—Admitámoslo —dijo Xalara, harta de todo—: estamos perdidos y no sabemos qué estamos haciendo. Hemos caído en la trampa de las Montañas del Norte. La noche está casi encima, no tardaremos en congelarnos si nos quedamos a la intemperie.
—Tienes razón —asumió el chico tras mirar a su alrededor—. Hay que buscar un sitio donde refugiarnos.
—Suerte con ello —opinó Samanta.
Xalara estaba a punto de recriminarle su actitud, obligada por la tensión reinante, pero algo a lo lejos, como una silueta que contrastaba con la ventisca, llamó su atención.
—¿Qué miras? —le preguntó Paris al percatarse.
—Creo que allí hay algo —dijo Xalara, frunciendo el ceño para intentar enfocar la mirada.
—¿Algo como qué? —insistió el muchacho, teniendo que hacerse visera con la mano para protegerse los ojos de la nieve que azotaba el rostro de los participantes—. Yo no veo nada, es imposible con este temporal.
Xalara también había dejado de verlo, por lo que quizá solo fue un efecto óptico. Sin embargo, Samanta se giró repentinamente hacia su propia espalda.
—¿Qué pasa? —preguntó Paris.
La chica no respondió, pero su cara lo hacía por ella: era evidente que había visto o percibido algo.
Eso quedó claro cuando se agachó rápidamente para esquivar un trozo de roca que volaba hacia su cabeza.
El proyectil no alcanzó a la chica de la Comarca Central, pero sí el pecho de Paris, provocándole una quejumbrosa exhalación .
Se había librado de algo más grave gracias a la amortiguación que le proporcionaba la gruesa capa de ropa.
Samanta continuaba agachada cuando otra roca siseó rompiendo la ventisca por encima de ella e impactó de lleno en el rostro todavía desencajado de Paris.
En esta ocasión, una desconcertada Xalara escuchó un sonido similar al de una rama partiéndose por la mitad.
Paris cayó al suelo sin resistencia. Ella reaccionó entonces y se agachó sobre él para evaluar las heridas.
Pero los ojos abiertos y sin brillo del muchacho en medio de unas manchas de sangre que también teñían de rojo la nieve, confirmaron que había muerto.
Algo o alguien se abalanzó sobre Samanta mientras esta se incorporaba, haciendo que rodara por la nieve después de ser empujada.
Era Diago Zúnkerberg, que acababa de surgir entre la ventisca como uno de esos monstruos de los que hablaba el abuelo de Paris. Aunque volvió a desaparecer enseguida, fundiéndose con la propia oscuridad que ya los rodeaba.
Samanta se apresuró a levantarse y se colocó al lado de Xalara: espalda contra espalda, adquiriendo ambas una posición de lucha.
—Es Diago —dijo Xalara.
—Ya lo sé —contestó la otra, jadeando.
—No te separes —le advirtió Xalara, temiendo que lo hiciera en cualquier momento—, juntas seremos más difíciles de atacar.
Giraban lentamente sobre un eje imaginario instalado entre sus mochilas, agudizando al máximo la vista para ver si veían a Diago o alguno de sus proyectiles.
—¡Voy a mataros! —aseguró la voz del participante, aunque resultaba imposible determinar de dónde provenía—.
¡Yo seré el único que regrese con vida y me proclamarán ganador de Las Cinco Disciplinas sin tener que fotografiar esa estúpida montaña!
¡La única foto que haré será a vuestros cadáveres para confirmar que habéis muerto!
Acto seguido, un fragmento de roca surgió de la nada, y solo el constante giro de las chicas evitó que alcanzase a alguna de ellas .
Diago volvió a aparecer para agarrar a Samanta por el abrigo y tirarla al suelo, separándola de Xalara mientras era arrastrada por la nieve.
Esta última reaccionó y se lanzó sobre su compañero de comarca, consiguiendo apartarlo de Zolian después de propinarle una patada en el costado.
—¡No te valdrá lo que estás haciendo! —dijo Xalara—. ¡A ti también te matarán si no consigues superar todas las Disciplinas! ¡La presidenta no perdonará a nadie!
—¡Cállate! —gritó Diago antes de correr hacia ella y darle un puñetazo que pudo frenar con su antebrazo, aunque este acabó rebotando contra su rostro.
Esa circunstancia fue aprovechada por Samanta para huir, sin prestar ayuda a Xalara. Pero no fue exactamente así, dado que esta última eligió la misma estrategia y comenzó a correr, con la esperanza de que la oscuridad y la ventisca borraran su presencia, igual que habían hecho con la de Diago.
No paró hasta que sus fuerzas dijeron basta, apoyándose sobre las rodillas para recuperar el resuello, sin dejar de mirar obsesivamente en todas las direcciones anticipando una posible llegada de su compañero de comarca.
Cuando se recuperó lo suficiente volvió a ponerse en marcha.
El peligro que suponía Diago había desaparecido, al menos temporalmente.
Pero se dio cuenta de que ahora se enfrentaba a uno más aterrador: moriría congelada si no encontraba un refugio donde guarnecerse durante la noche ya instalada sobre las Montañas del Norte, y el sudor provocado por los últimos esfuerzos aceleraría el proceso.
Sopesó la idea de activar la fórmula volter para iluminar sus pasos, pero eso sería un imán para Diago. Resultaba imposible orientarse en medio de esa oscuridad y la nieve que penetraba en sus ojos. La situación era desesperante y se acordó de Samanta, preguntándose si ella estaría igual.
Después de un buen rato caminando sin éxito en su búsqueda, no le quedó más remedio que rendirse, y lo único que hizo fue pegarse a la pared de una montaña donde encontró un pequeño hueco que ni siquiera le permitía guarnecer todo su cuerpo, aunque al menos sí frenaba algo la ventisca.
Colocó la mochila en el suelo para sentarse sobre ella y evitar así el contacto directo con la nieve.
Metió la mano en la mochila y palpó a tientas en busca de la comida y el agua, evocando los momentos de penuria que pasó junto a Víliam cuando ambos vivieron en clandestinidad huyendo de los tres herederos fugados.
Mientras discutía consigo misma la posibilidad de prenderle fuego a la mochila para calentarse, sintió en la nuca un punto de presión frío y cilíndrico.
—No te muevas —le advirtió a su espalda una voz masculina que no pertenecía a Diago Zúnkerberg.