Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 22Una misión imposible #4
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CAPÍTULO 22Una misión imposible #4

Samanta no se movió al principio, y aunque Xalara miró hacia ella, fue una gesticulación elocuente por parte del chico la que consiguió activarla.

Sin tener que acordarlo, se separaron para cubrir más pared en menos tiempo. Xalara pronto empezó a sentirse imbécil por haber propuesto esa idea. Después de un rato sin que ninguno avisara al resto, fue Paris quien dio una voz para reclamar la atención de las dos chicas.

Ellas corrieron a su encuentro, o más bien Xalara lo hizo, porque Samanta se acercó despacio.

—He encontrado algo —anunció Paris con entusiasmo, señalando con el dedo una abertura en la pared de roca situada aproximadamente a un metro y medio por encima de sus cabezas.

Pero desde esa posición era imposible adivinar si tenía profundidad o si solo era un pequeño hueco en la montaña.

—Hay que asomarse para ver cómo es —dijo el chico, poniendo en palabras el pensamiento de Xalara—. Si me hacéis pie podría…

—Mejor a Zolian, que pesa menos —sugirió Xalara, que de reojo vio cómo Samanta parecía reacia, algo de lo que Paris también se percató.

—Mejor hazlo tú —le dijo él a Xalara mientras entrelazaba los dedos de ambas manos para crear un sustento sólido—. Puedo subirte sin problema .

La chica apoyó una bota sobre las manos de Paris, teniendo que estirarse al máximo para agarrarse a la repisa del hueco, haciendo palanca con los brazos para asomar la cabeza en él.

—¿Qué ves? —preguntó Paris con una voz que evidenciaba el esfuerzo por mantener el peso de Xalara a esa altura.

Ella estaba estudiando lo que tenía ante sí y tardó en responder.

—Podría valernos —opinó por fin Xalara, justo en el momento en que Paris la dejaba caer con cierto control.

—Explícate —exigió él.

—Hay una especie de grieta estrecha, aunque no tanto como para impedir movernos por ella —aclaró enseguida para esquivar las protestas—. Es ascendente, y lo más sorprendente de todo es que se ve claridad al final.

—¿Claridad? —cuestionó Paris.

—Sí —confirmó Xalara—. Unos metros más allá la grieta se abre.

Lo que la muchacha no manifestó fue que desconocía hacia qué o hacia dónde se abría.

—¿A qué estamos esperando entonces? —profirió Paris con ilusión.

—¿Y cómo subiremos los tres ahí? —repuso Samanta, que no se mostraba nada conforme con aceptar las ideas de Xalara.

— Arlasofía —respondió esta—. Usando la fórmula begagxio podemos subir todos.

—¡Claro, eso es! —aprobó Paris con una sonrisa—. Podemos empujarnos unos a otros hacia arriba. Quiero decir, entre dos podemos subir a uno. Genial idea, Verdreven. Me molesta que no se me haya ocurrido a mí —reconoció el chico, aunque seguramente no lo decía en serio.

—El primero deberías ser tú, Paris —opinó Xalara—. Eres el que más pesa. Entre las dos podemos elevarte, pero seguro que no tanto como para hacerlo desde ahí arriba. Conseguiremos que te agarres a la repisa y luego te ayudaremos en el impulso final.

—Estoy de acuerdo —convino él—. ¿Zolian?

No contestó, pero entendieron su silencio como una aprobación .

—Pues vamos allá —dijo Paris, colocándose frente a la pared de roca.

Xalara y Samanta, esta última mostrando desgana, se pusieron tras el recluta del Noreste, estiraron los brazos hacia él y pronunciaron, aunque no al unísono:

— Begagxio .

Los pies del chico se elevaron.

Al principio dio la impresión de que iban a volver a posarse de manera inmediata, pero un gesto más brusco por parte de Samanta consiguió equilibrar el peso. Suspendieron a Paris en el aire lo suficiente para que pudiera agarrarse al hueco.

—¡Está bien! —aprobó él—. Ahora recuperad fuerzas e impulsadme un poco más.

Las chicas no pararon, sino que hicieron un nuevo esfuerzo y lograron levantar unos cuantos centímetros más a Paris, tanto que consiguió meter medio cuerpo en el hueco y hacer palanca para desaparecer en él.

Volvió a asomarse unos segundos después, evaporando el suspense que le generó a Xalara, temiendo que no volviera para ayudarlas.

—¡Estoy arriba! —anunció con un tono victorioso—. Ahora tú, Verdreven. Entre los dos podremos subir a Zolian.

Eso mismo pensaba Xalara, pero no quería ser ella la que lo dijese.

—¿Y qué me garantiza que no me dejaréis aquí tirada? —discutió Samanta con el ceño arrugado, como si de pronto oliese fatal allí.

A Xalara no le sorprendió su reacción.

—Lo mismo que os ha garantizado que yo no me vaya y os deje ahí a las dos: la necesidad de ayudarnos mutuamente si alguno de nosotros quiere salir con vida de esta —declaró Paris.

Samanta parecía predispuesta a contradecirlo, pero finalmente no dijo nada y se prestó a ayudar, aunque su expresión delataba el desagrado por tener que hacerlo. Xalara supo que, entre otras cosas, el clasismo bajo el que la habían educado estaba poniendo a prueba sus propios principios.

A continuación, Samanta desde abajo y Paris desde arriba conectaron sus fórmulas arlasóficas con Xalara, logrando levantarla hasta que el chico pudo sujetarla por los brazos. Sin necesidad del apoyo de Samanta, consiguió subirla hasta donde se hallaba él.

Era imposible ponerse en pie sin chocar contra el techo de roca, por lo que tendrían que desplazarse gateando o de cuclillas.

—Vale —dijo Paris, pero no añadió nada más, solo miró, como Xalara, hacia el pasillo dentro de la cumbre.

Ella sospechó que su verdadera intención era dejar a Samanta tirada.

No obstante, pensaba en lo mismo, ¿por qué ayudar a una persona que le había hecho la vida imposible durante tanto tiempo?

Sin embargo, al presenciar que Paris asomaba hacia abajo para ver a la participante de la Comarca Central, ese pensamiento se esfumó como una nube de polvo arrastrada por el viento, e imitó al chico.

Juntos, y por medio de la arlasofía , lograron subir también a Samanta.

—Bien, veamos qué hay más allá —dijo Paris, comenzando a gatear por el hueco, seguido por Xalara y en último lugar por Samanta, quien procuró dejar una distancia prudencial entre ella y los dos chicos de tercera clase.

Aunque resultó incómodo e incluso doloroso debido a las pequeñas protuberancias que había en el suelo de roca, no tardaron en alcanzar el origen de la claridad que penetraba en el túnel: un desfiladero que se abría hacia un valle enorme.

Era una vista preciosa del paisaje nevado. Un río transitaba por él, originado en la montaña por una enorme cascada.

—Ahora ya sabemos de dónde provenía la claridad —comentó Paris con un tono esta vez indescifrable.

Lo que tenían ante ellos era algo muy peligroso, pero en teoría transitable.

—Supongo que ahora no nos queda otra que seguir —expuso Xalara, como esperando a que alguno de ellos contradijera su propuesta.

—No, por supuesto —convino Paris—. Ahora entiendo el motivo por el que nadie ha regresado con vida de estos sitios —agregó recuperando el tono sarcástico .

—Siempre hay una primera vez para todo —intervino Samanta con un tono de hartazgo, adelantándose para ser la primera en adentrarse en el desfiladero.

—Ya estamos muertos —admitió Paris cuando él y Xalara se quedaron rezagados—. Así que no podemos morir, ¿verdad? —añadió levantando la mirada hacia ella para mostrarle una sonrisa antes de seguir a Samanta.

Xalara fue la última en hacerlo, y eso le produjo cierta vergüenza.

El trayecto no dejaba de mostrarles argumentos para que diesen marcha atrás, pero al mismo tiempo les ofrecía la esperanza de seguir adelante, aunque sin saber a dónde los conduciría exactamente.

Mientras avanzaban las horas del día y los metros recorridos, las nubes descendían sobre el valle, intensificando la ligera nevada y convirtiéndola en una pequeña ventisca que dificultaba aún más el paso.

Los participantes no conversaban, bastante tenían con no caer al vacío.

Así, en medio de una atmósfera de incertidumbre, llegaron a un punto donde Samanta se detuvo.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no avanzas? —preguntó Paris, molesto.

—Hay que saltar —contestó ella de malas maneras.

—¿Saltar? ¿A dónde? —el chico se adelantó para ponerse a la altura de Samanta—. Mierda.

—¿Qué ocurre? —inquirió Xalara, que no pudo aguantarse sin observar lo mismo que ellos.

—Cuidado —se quejó Paris tras ser empujado ligeramente por ella.

El desfiladero acababa ahí, y un poco más allá se abría un nuevo camino que dejaba atrás la montaña. Pero en medio de ambos existía una garganta tan profunda que no se atisbaba su fin y que debían salvar si querían llegar al otro lado.

—Usemos la arlasofía , igual que antes —propuso Paris.

—No es lo mismo —discutió Samanta—. Ahora no se trata de elevar unos centímetros o de impulsar a alguien .

—Es cierto —dijo Xalara—. Tendríamos que hacer levitar a una persona sin margen de error, y además en perfecta concordancia con quien compartas la fórmula arlasófica .

—Saltaremos —dijo Samanta, quien en principio partía con desventaja debido a su baja estatura, aunque ya había demostrado una gran agilidad en la Disciplina Nº3.

—No queda otra —aprobó Paris—. Tampoco es tanta distancia, y el otro lado está más bajo que este.

—Yo lo haré primero —se aventuró Samanta—. ¡Apartad!

—¡Espera! —gritó Xalara, provocando que Zolian se detuviera cuando se preparaba para tomar carrerilla—. Hay que saltar sin la mochila, así será mucho más fácil.

Era algo tan evidente que Samanta no solo no protestó, sino que incluso suavizó el gesto.

—Las mochilas las haremos flotar después mediante arlasofía            —concluyó Paris recogiendo la idea de Xalara.

Tras apartarse los otros dos para permitirle espacio suficiente, y después de dejar la mochila en el suelo, Samanta cogió carrerilla y saltó sin dudar al otro lado, alcanzándolo con menos dificultades de las que preveían.

—¡Genial! —aplaudió Paris—. Ahora voy yo. No te importa, ¿verdad? —agregó mirando a Xalara, que negó con la cabeza—. Perfecto.

El muchacho posó su mochila, saltó la garganta con menos carrera que Zolian y aterrizó junto a ella al otro lado.

—¡Es tu turno! —indicó Paris—. ¡Parece sencillo, pero tampoco te confíes!