Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 22Una misión imposible #3
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CAPÍTULO 22Una misión imposible #3

—Tenemos que partir ya —aseveró Paris—, hay que aprovechar todas las horas de luz. Mucho me temo que de noche no podremos desplazarnos; las temperaturas serán más que gélidas.

—No sabemos dónde está realmente esa montaña —opinó Samanta.

—¿Y qué quieres decir con eso? —se quejó Paris.

—Pues que quizá no llegue la noche —contestó la chica con el mismo tono.

—¿Puedes explicarte mejor? —insistió el recluta del Noreste con impaciencia.

—El árbitro no ha querido responder si ese expedicionario regresó, y estoy convencida de que jamás nos enviarían a hacer algo así si no hubiera posibilidades —expuso, sonando incomprensiblemente optimista—.

Esa montaña tiene que estar mucho más cerca de lo que pensamos, para no tener que adentrarnos demasiado y correr verdadero peligro.

Conozco cómo funcionan los altos estamentos de la política, no pueden enviarnos a una muerte segura, necesitan a un ganador.

Xalara recordó la conversación que escuchó en Yadarme aquella mañana cuando se dirigía a la Taberna de Burlen, en la que Samanta les aseguraba a sus amigos que un día llegaría a ser presidenta del Gobierno.

Sin embargo, los otros tres ignoraban que esta Disciplina Nº4 estaba diseñada para matar a Xalara con total probabilidad de éxito. Ella no lo iba a decir, tampoco ayudaría en nada exponer su pesimismo.

Se produjo un pequeño lapso de silencio en el que todos parecían debatir internamente las teorías expuestas.

—Sea como sea, tenemos que partir en busca de esa maldita montaña —declaró Paris con terquedad mientras se acomodaba la extravagante mochila en su espalda.

El participante del Noreste fue el primero en ponerse en marcha, seguido de Xalara y un instante después de Samanta .

Solo cuando alcanzaron la salida del pasillo rocoso Xalara miró hacia atrás para comprobar si Diago los acompañaba. Al ver que lo hacía, no supo distinguir lo que sintió, recordando los consejos de colaboración entre ambos que les dio Andris durante la última mentoría.

De manera escalonada, los participantes se adentraron en un terreno escabroso entre montañas.

Aun así, no lo era tanto como para no poder desplazarse en él.

Las enormes cumbres flanqueaban sus pasos mientras la niebla de Lúgardark desaparecía definitivamente para dar relevo a un cielo tamizado del que se desprendían algunos copos de nieve tan menudos que la brisa los empujaba a su antojo.

Tampoco existía vegetación: todo era roca, nieve y hielo.

Paris aflojó claramente el paso para que Xalara lo alcanzase, dejando justo por detrás a Samanta, y unos cuantos metros más allá a Diago.

—Al menos podrían haber tenido el detalle de darnos unas espadas, ¿no crees? —comentó Paris con cierto sarcasmo—. No sabemos qué vamos a encontrarnos. Mi abuelo me contaba de pequeño historias sobre lo que vivía en estas montañas. Yo soy de un pueblo muy al norte.

—¿Y qué te decía exactamente? —inquirió Xalara, soltando el lastre de su desconfianza.

El chico chasqueó la lengua.

—Es mejor que no lo sepas —aseguró, y aunque su tono sonaba burlesco, no se le reflejaba en el rostro—. Tú conoces a Zúnkerberg mejor que yo —dijo enseguida tras echar un vistazo hacia atrás—. ¿Crees que se mostrará colaborativo si llega una situación que lo requiera?

—No lo sé —reconoció Xalara—. Nunca nos hemos llevado bien.

Eso era quedarse corta, pero ella le había salvado la vida durante la Disciplina Nº1, y aquello le generaba dudas ahora sobre cuál sería el comportamiento de su compañero de comarca, al menos respecto a Xalara.

—La mayoría te odia dentro de Lúgardark, lo de Zúnkerberg no es un caso excepcional —reconoció Paris como restándole importancia, aunque también se podía entender como un claro menosprecio hacia la figura de Xalara .

No respondió, pero estuvo tentada de preguntarle si él también la odiaba. Irritada por el comentario, sopesó si no debería hacer lo mismo que su compañero y marchar por su cuenta, o incluso ellos dos juntos como dijo Andris.

Continuaron caminando a la par y en silencio durante un rato, sin hallar ninguna cumbre que tuviera la forma que buscaban.

—Monstruos —soltó de repente Paris.

—¿Qué?

—Mi abuelo aseguraba que aquí viven monstruos.

—¿De qué tipo? —inquirió la chica, aunque con un tono evasivo.

—Gigantes tan altos como cinco hombres juntos. Osos creados solo de hielo, sin corazón. Humanoides con los ojos rojos y el pelo violeta que montan caballos fantasma. Además, mi abuelo creía que los nukternozes surgieron en un lugar que incluso se encuentra más allá de las Montañas.

Ese último comentario hizo que Xalara recordase a Ódalf Numco y los túneles pertenecientes a la prisión que había debajo del actual Lúgardark, pero por supuesto no se lo dijo.

—Por ese motivo nadie ha regresado jamás de una incursión en las Montañas —concluyó el chico—. ¿Qué? ¿Te sientes mejor después de saberlo?

—Igual que antes —respondió Xalara con el mismo retintín, aunque en verdad le habían despertado escalofríos esas leyendas—. ¿Crees en lo que decía tu abuelo?

—¿Quién sabe? —opinó Paris, encogiéndose de hombros—. No tengo ningún argumento para contradecirlo más allá de la lógica natural.

—Pues esperemos que tu abuelo no tenga razón —convino Xalara.

El paso de montaña que hasta ese momento habían seguido dejó de ser transitable al encontrarse con una enorme cumbre que les impedía continuar en cualquier dirección que no resultase en dar media vuelta.

—Creo que por aquí no vamos a ir —comentó Paris, y Xalara no sabía cómo interpretar el sarcástico tono empleado por el chico, aunque quizá solo era una especie de coraza que él se había autogenerado para sobrellevar la situación, por eso aún no quería prejuzgarlo—.

Deberíamos haber dejado algún tipo de rastro para saber por dónde regresar.

¿Dónde está Zúnkerberg? —cuestionó tras volverse hacia atrás.

Diago había desaparecido, y Xalara no pudo evitar pensar en uno de esos monstruos de los que hablaba el abuelo de Paris. Aunque lo más probable era que hubiese decidido dar marcha atrás o buscar la montaña por su cuenta.

—¿Tú has visto u oído algo? —le consultó Paris a Samanta.

—Nada —respondió ella, que parecía tan desconcertada como los demás—. Hace poco miré hacia atrás y estaba ahí.

—Habrá regresado —opinó Xalara, tratando de esconder su decepción.

—Él sabrá —zanjó Paris—. Nosotros tenemos que seguir.

—Sí, pero ¿hacia dónde? —discutió Samanta, sin cruzar mirada alguna con Xalara.

—Esa es una buena pregunta —admitió el muchacho—. Hasta ahora hemos ido solo hacia el norte, o eso creo.

—No he visto más caminos —aseguró la chica de la Comarca Central, y en su voz se percibía por primera vez una evidente señal de pesimismo—, si es que a esto se le puede llamar así.

—Quizá tenemos que escalar —sugirió Paris, mirando con ceño hacia la cima de la montaña—. Aunque no sea exactamente en este punto —añadió enseguida, seguramente al percatarse de que su idea era absurda.

—Tal vez deberíamos volver atrás para comprobar si se nos ha escapado alguna bifurcación o algo parecido —dijo Xalara, pendiente de la reacción de Samanta.

—Ni de broma vuelvo atrás —se negó Paris—. Escalaremos la cumbre. Yo lo he hecho decenas de veces en mi pueblo. Al final es lo mismo que esos ejercicios con la maestre Lenders, o como lo que hicimos en la anterior Disciplina.

—¿Lo mismo, dices? —protestó Samanta—. Esto son agujeros y salientes de roca y hielo. Además, no tenemos ni idea de adónde nos llevaría en el remoto caso de hacerlo con éxito .

—Si tienes una idea mejor, es el momento de exponerla —contestó con un tono autoritario Paris.

—Zolian tiene razón —reconoció Xalara con un hervor que le quemaba la lengua—. No tenemos medios para escalar, hacerlo así es un suicidio.

La chica de la élite miró por primera vez a Xalara, aunque esta fingió no darse cuenta.

Paris paseó la mirada de una chica a otra, y luego a la cumbre que pretendía escalar, y, tras unos instantes, resopló.

—Está bien —cedió el chico—. Hay que buscar otra forma, no podemos precipitarnos. La impaciencia puede ser nuestro mayor enemigo.

—Llevamos mucho tiempo caminando y ni siquiera desayunamos antes de salir. Lo ideal sería comer algo y pensarlo con tranquilidad, sopesando todas las opciones que tenemos —expuso Xalara, que además de hambre también sentía una enorme curiosidad por abrir la mochila y ver qué contenía exactamente.

—Estoy de acuerdo contigo —asintió Paris—. ¿Tú?

Samanta también asintió finalmente.

—Pues perfecto entonces —convino el chico mientras se bajaba la mochila de su espalda.

Xalara comprobó que dentro de la suya había una bolsa con comida y agua, lo suficiente para unos tres días si se racionaba concienzudamente.

Además, guardada en un paquete, estaba la aparatosa cámara fotográfica, culpable del enorme tamaño de la mochila.

Xalara no quiso desenvolverla demasiado por miedo a dañarla, aunque, llegado el caso de tener que utilizarla, tampoco sabría hacerlo.

No había rastro de ningún otro utensilio o herramienta.

Haciéndolo de pie, dado que el suelo helado les robaría el calor corporal, se alimentaron y bebieron durante unos pocos minutos.

—Vale —dijo Paris rompiendo el silencio—. ¿Qué hacemos?

No hacía falta que él lo señalase, porque Xalara llevaba todo ese rato pensando, recordando momentos anteriores en los que se había encontrado en situaciones parecidas: primero junto a Víliam cuando escapaban de los herederos y más recientemente cuando bajó con Michelle a esos túneles de Lúgardark.

—Tenemos que ver la cumbre que nos impide el paso como una armadura a la que debemos encontrarle las debilidades —dijo ella manifestando sus ideas.

—¿Cómo? —preguntó Paris, con una mezcla de sorpresa y escepticismo.

—Buscando grietas o repisas horizontales para atravesarlas —respondió—. Una vez leí un libro que hablaba sobre accidentes geográficos —explicó viendo la duda en el rostro de sus compañeros de expedición—. Casi todas las montañas suelen tenerlas.

—Pues no esperemos más, busquemos alguna —dijo Paris.