CAPÍTULO 22Una misión imposible #2
La presidenta y su Escolta ya habían subido unos cuantos escalones y estaban a punto de desaparecer engullidos por la niebla de Lúgardark cuando Xalara escudriñó con pavor la identidad de los cuerpos sin vida para descartar que alguno de sus amigos estuviera entre ellos.
Después de asegurarse, los buscó con la mirada en el patio, pero era imposible encontrarlos en medio de esa desordenada aglomeración de personas.
Diago tenía un ojo hinchado, y la sangre brotaba de la nariz de Paris como si de un grifo se tratara. Samanta no parecía tener secuelas visibles. Igual que Xalara, que solo notaba un pequeño dolor en el lado derecho de la cadera y el vestigio del pitido en su oído.
Estaba tan desconcertada por lo sucedido que el impacto emocional fue aún mayor cuando varios cuero negro la agarraron con brusquedad y, después de esposarle las manos a la espalda, tiraron de ella hacia la escalera.
—No —farfulló, con el pensamiento en sus dos amigos—, tengo que despedirme.
Nadie escuchó su súplica, o puede que ni siquiera llegase a manifestarla.
Cuando consiguió dirigir sus emociones a la realidad del presente ya se encontraba en el vestíbulo, caminando hacia la puerta de Lúgardark, igual que los otros tres participantes.
Solo Diago continuaba resistiéndose, aunque sin demasiado arrebato debido a que varios cuero negro se encargaban de apaciguarlo.
Xalara quiso decirle que dejase de pelear para guardar energía y así poder colaborar más tarde, como les había sugerido Andris, pero rápidamente comprendió que cualquier esperanza era inútil.
Tampoco vio a Ozora en su garita cuando pasaron frente a ella, perdiendo así la posibilidad de recibir un último gesto de compañía .
Nadie sabía lo que albergaban las Montañas, por lo que la incertidumbre sobre cómo se produciría su muerte incrementaba aún más el miedo a ella.
Finalmente, los participantes salieron del centro de formación militar para ser conducidos escalera abajo.
No fueron hacia la estación de traslado, ni tampoco hacia el peligroso sendero que atravesaba el bosque y que conectaba con la aldea de Déndereid, sino hacia un túnel que discurría por debajo de la escalera y terminaba en un pequeño embarcadero, como Xalara ya sospechó durante su primera llegada a Lúgardark.
Allí había cuatro barcas amarradas a unos postes de madera mediante gruesos cordeles, flotando en el lago donde la niebla se suspendía de forma fantasmagórica.
Los cuatro participantes fueron obligados a subir en ellas a punta de espada, cada uno en una distinta, acompañados por varios cuero negro , quienes se encargaron de remar entre la bruma, que se abría a su paso creando un pasillo humeante.
Xalara sintió una sensación de ahogo al verse rodeada de agua, despertando su inherente temor a ella.
Las Montañas del Norte no tardaron en surgir como enormes y amenazantes enemigas que aguardaban para dar muerte a sus rivales.
En la orilla opuesta, adherida a otro embarcadero, había una especie de caseta de piedra y argamasa incrustada en las propias montañas. Cuando arribaron, las barcas fueron amarradas a postes de madera por otros cuero negro que esperaban allí. También había presencia de cámaras de televisión.
Por un momento, cuando abrieron la puerta de la caseta, Xalara creyó que la presidenta se encontraría dentro, pero no fue así.
En el interior estaban los tres mentores y el propio árbitro de Las Cinco Disciplinas.
Andris no miró directamente a Xalara, y aquello la hizo sentirse aún peor.
Por la cara del maestre parecía que él también participaría en la suicida expedición.
La caseta se llenó de tantos cuero negro que apenas había espacio para moverse, pero no entró ninguna cámara cuando cerraron la puerta.
Míxiliam se aclaró la garganta antes de hablar :
—Las instrucciones de la Disciplina Nº4 son las siguientes —dijo con un tono de voz más apagado de lo que acostumbraba—.
Tendréis que adentraros en las Montañas del Norte para reproducir esta fotografía —acto seguido, el árbitro la sacó del bolsillo de su abrigo, mostrando la imagen de una montaña que, efectivamente y como había dicho Crispina, tenía una forma muy parecida a la de una persona con los brazos abiertos.
Lo primero que pensó Xalara fue si esa fotografía correspondía a un lugar real o si simplemente era un dibujo muy elaborado, dado que era en blanco y negro y no tenía suficiente nitidez para asegurar lo contrario.
—La fotografía fue realizada hace años por un expedicionista que partió exactamente desde esta misma ubicación —siguió Míxiliam.
—¿Y cómo consiguió traer de vuelta la foto? —preguntó Samanta con cierto entusiasmo, poniendo en su boca la duda de todos.
Ella parecía la más entera de los cuatro participantes, como si no se hubiera rendido ante la realidad.
—El expedicionista llevaba consigo un buzón portátil, con el que consiguió enviar la imagen —explicó Míxiliam.
—¿Y él regresó? —insistió Samanta.
—Eso no es de vuestra incumbencia ahora mismo —afirmó el árbitro—. Vuestra única misión consiste en llegar a esa montaña, fotografiarla y regresar aquí con la imagen. Los dos participantes eliminados serán los últimos en hacerlo.
—¿Se ríe de nosotros? —protestó Diago, sin haber sido liberado del férreo marcaje por parte de los cuero negro —. ¿Esto es una maldita broma? —insistió extendiendo la queja a los mentores—. ¿Nos envían a una muerte segura y encima actúan como si hubiera posibilidad de volver?
El árbitro ni miró al recluta.
—Si no hay ninguna pregunta… —dijo, y se dirigió hacia una esquina de la caseta, obligando a algunos cuero negro a moverse para permitirle el paso—.
Aquí tenéis la mochila que llevaréis con vosotros.
Dentro hay, además de alimento, una cámara fotográfica que solo permite capturar una única imagen, y una copia de la fotografía que tenéis que reproducir. No falléis al hacerlo.
Mientras observaba las mochilas, Xalara reflexionó acerca de por qué la actitud de Míxiliam era la de alguien que esperaba el regreso de los participantes. Aunque tal vez se estaba ciñendo a las obligaciones de su puesto, por el que seguro ganaba una ingente suma de dinero.
Sin retrasarlo más, el árbitro hizo un gesto de asentimiento dirigido a los cuero negro , quienes se afanaron en quitar las esposas a los participantes.
Diago hizo ademán de sublevarse, pero el puñetazo de un enorme cuero negro le quitó rápido las intenciones.
—Suficiente, Zúnkerberg —intervino Andris con enfado—. Solo vas a conseguir perjudicarte.
Con Diago por fin sumiso y asumiendo que no tenían otra opción, los participantes cargaron sobre sus espaldas las mochilas, antes de que Míxiliam empujara la estrecha puerta que había tras él por medio de unos raíles.
Era como si abriesen la celda de una prisión para encerrarlos en otra de la que jamás saldrían.
Una brisa helada penetró en la caseta, incrementándose conforme la abertura se ampliaba.
Al otro lado había un pasillo natural en la montaña, con paredes de piedra a cielo abierto.
Apenas existía la presencia de niebla, dejando entrever el vasto territorio que se extendía ante ellos.
Xalara recordó cuando subió por primera vez al campanario junto a Eizan y pudo ver las Montañas del Norte sin un final apreciable.
En aquel momento le pareció una vista maravillosa, ahora significaba una condena a muerte.
Casi sin darse cuenta, Xalara notó que las lágrimas asomaban en sus ojos, las mismas que compartía Paris, que parecía al borde de un ataque de histeria cuando ya se había frenado la hemorragia de su nariz.
Diago tenía el ojo aún más hinchado, y tensaba la mandíbula sosteniendo la rabia.
Samanta era la única que mostraba signos de entereza.
Conociendo lo que ahora sabía tras escucharla hablar en el bosque, Xalara intuyó que su archienemiga sentía que salir ahí fuera y no regresar era una especie de liberación; lo supo porque ella misma había estado en esa tesitura varias veces.
Luego buscó una última vez la mirada de Andris, pero no la encontró.
Cuando los cuatro participantes se hallaron al otro lado, la puerta comenzó a cerrarse hasta hacerlo por completo, dejándolos aislados ante la inmensidad del paisaje que tenían delante.
Entonces Diago se volvió hacia la puerta ya cerrada para comenzar a arremeter contra ella a base de puñetazos y patadas.
—¡¡Abrid!! ¡¡Esto es una locura!! —tronó—. ¡¡Abrid la maldita puerta!!
Paris le puso una mano sobre el hombro que enseguida Diago apartó de un manotazo.
—Ya estamos aquí y no hay vuelta atrás —dijo el chico del Noreste, mostrando una entereza impensable unos minutos antes—.
Así que no tenemos otro remedio que intentar lo imposible.
Opino que, si nos mantenemos unidos, al menos al principio, nos resultará mucho más sencillo sobrevivir.
Cuando lleguemos a esa montaña, que cada uno se busque la vida para regresar antes que el resto.
—Eres idiota —le recriminó Diago, volviéndose hacia él—. Todos sois unos estúpidos si pensáis que hay alguna posibilidad. Ni siquiera existe esa montaña. Todo es un montaje para matarnos.
—¿Y cuál es tu plan? —terció Samanta con un deje impaciente—. ¿Pretendes que nos quedemos aquí aporreando esa puerta hasta morir congelados?
Esta vez Zúnkerberg no replicó.
—¿Tú qué opinas, Verdreven? —inquirió Paris, mirando a la chica del Noroeste.
Xalara respiró profundamente un aire que heló sus pulmones.
—Sí —dijo, confusa—. Pienso que tu plan es el mejor. No tenemos otra opción que intentarlo.
—Pues eso digo yo —asintió el chico—. Tú, Zúnkerberg, si no quieres venir con nosotros puedes quedarte golpeando la puerta hasta romperte todos los huesos, porque te aseguro que no abrirán .
Diago volvió a girarse hacia la puerta, pero esta vez no la golpeó ni tampoco gritó, sino que apoyó con resignación la cabeza sobre ella.