Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 21La esperanza de los Zolian #3
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CAPÍTULO 21La esperanza de los Zolian #3

Xalara estaba viendo y escuchando a la capitana de los cuero negro , pero sabía que sus palabras eran una extensión de la presidenta del Gobierno.

—Espere, por favor —suplicó cuando la mujer cerraba de nuevo la ventanilla, antes de que la recluta le pidiese quitarle las esposas.

De todas formas, no insistió: Dayana parecía lo bastante ruda como para ceder a las peticiones de su prisionera.

Durante los siguientes días, porque sin duda transcurrió el suficiente tiempo para considerarlo así, Xalara solo era visitada por los cuero negro , quienes le proporcionaban el alimento.

Le quitaban las esposas enguantadas para que pudiera comer y hacer sus necesidades y luego volvían a ponérselas.

Lo más insoportable del encierro era el frío, incluso más que la propia oscuridad y el aislamiento que le embotaban los sentidos.

Xalara se preguntaba si sus amigos conocerían dónde estaba.

Podía imaginarse a Aden ideando un plan imposible para sacarla de esa celda, animado por Michelle. Pero también existía la posibilidad de que ignorasen la realidad y pensaran que había sido secuestrada por Huberto después de su última conversación, igual que le había pasado a ella en un principio.

Andris tampoco había bajado a verla, al menos de forma patente.

Eso confirmaba la hipótesis de que había perdido su autoridad dentro de Lúgardark, seguramente por orden de su tía Crispina en favor de la capitana de los cuero negro , algo similar a lo que sucedió unos meses atrás cuando Gustavo Zorien sustituyó a Syliana como Lady Maestre.

No dejaba de llamarle la atención a Xalara el hecho de que Ozora, siendo además guardiana, tampoco la hubiese visitado. Aunque realmente Dayana la avisó desde el principio: «nadie vendrá a verte salvo yo y mis subordinados». Hasta ahora estaba cumpliendo su palabra.

Xalara cruzaba la arboleda en dirección al pueblo, portando entre sus brazos una caja de cartón repleta de botellas que tintineaban por el zarandeo de sus pasos, listas para ser entregadas en la Taberna de Burlen una mañana más.

Samanta Zolian y su madre estaban sentadas en uno de los bancos del camino. La hija lloraba, y Xalara se detuvo tras un árbol a escuchar la conversación.

—No quiero morir, mamá —aseveró Samanta—. ¿Por qué me obligas a hacer esto? Es injusto.

—Solo importa que salves a tu padre —dijo Verónica Rostein sin que su tono de voz reflejase empatía alguna hacia su hija—. Él es mucho más valioso de lo que tú serás nunca.

—Pero… ¿por qué dices eso? —protestó Samanta entre sollozos, sin despegar la mirada del suelo.

—Porque es la verdad —sentenció la mujer—. Nuestra clase social necesita a alguien como él. Tú, sin embargo, eres una pieza prescindible.

Xalara sintió que una mano se posaba sobre su hombro, asustándola, y abrió los ojos.

Continuaba tumbada en el catre de la celda de Lúgardark, cuya puerta estaba abierta. La capitana de los cuero negro se encontraba de pie a su lado. Xalara se incorporó con premura.

—No tengo hambre —dijo, harta de la situación que vivía.

—Me trae sin cuidado —aseguró Dayana—. Tienes que salir.

—¿A dónde? —preguntó la recluta sin maquillar su desdén.

—Es sábado, mañana se celebrará la Disciplina Nº4. Tienes que acudir a la mentoría —informó la mujer, cuyo tono áspero se había rebajado—. Pero antes debes ducharte, apestas .

Suponiendo que era la hora de la cena, la recluta se levantó, con los músculos del tren inferior adormecidos, igual que su mente. Tampoco percibía el supuesto hedor de su cuerpo, al que probablemente se había acostumbrado tras tanto tiempo compartiendo espacio.

Escoltada en todo momento por la capitana de los cuero negro como si fuese su sombra, en medio de la noche de Lúgardark, Xalara llegó al barracón del Noroeste. En el dormitorio estaban algunas de sus compañeras, entre ellas Michelle, que corrió para fundirse en un abrazo con su amiga.

—No sabíamos qué había sido de ti —reconoció, sujetando las lágrimas—. Aden y yo estábamos muy preocupados, pensábamos que quizá…

—Pues otra vez habéis fallado —contestó Xalara con un tono medio irónico, anticipándose para que su amiga no hablara de más.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —inquirió Michelle, y esa pregunta hizo que todas las compañeras presentes, además de la propia Dayana desde la puerta, fijasen su atención en ellas.

—Ahora no, antes tengo que darme una ducha —dijo Xalara para desviar el foco.

—Sí —asintió Michelle, retrocediendo ligeramente—. No te lo quería decir, pero hueles fatal —añadió con una sonrisa.

—Lo sé —asumió Xalara, fingiendo normalidad—. Luego nos vemos.

—Vale —convino Michelle mientras su amiga comenzaba a desvestirse.

Dayana estaba esperándola en el dormitorio, sentada en la litera de Xalara cuando ella regresó de ducharse, sin rastro de Michelle, quien seguramente fue obligada a marcharse y ahora se encontraría cenando.

—Vístete —le ordenó mientras se apartaba de la cama—. Tu mentor te espera en su despacho.

Xalara volvió a ser escoltada, esta vez en su trayecto hacia la Torre de los Maestres, donde subieron hasta el rellano en el que se encontraban los aposentos maestrales .

—Entra —ordenó la capitana, deteniéndose ante la puerta entreabierta—. Ya te espera.

No sin antes dirigirle una mirada esclarecedora a la cuero negro , Xalara se internó en el despacho, donde Andris permanecía de pie junto a Diago Zúnkerberg.

—No quiero compartir la mentoría con ella —manifestó el recluta cuando vio a su compañera de comarca, que se detuvo cerca del umbral.

—Estás en tu derecho —dijo Andris—, pero escúchame antes de que tomes una decisión firme al respecto, por favor.

Diago no dijo nada, pero la ausencia de reproche dio a entender su aprobación.

—Sois la única comarca todavía al completo, esa es una baza que debéis jugar a vuestro favor —explicó el maestre, dirigiéndose a ambos por igual—.

Podéis hacer una mentoría individual, por supuesto, pero quería deciros esto antes—.

¿Estáis de acuerdo en compartirla? —preguntó finalmente, paseando la vista de un participante al otro.

Xalara esperaba una reunión a solas para que Andris le dijera cómo sobrevivir a la Disciplina Nº4.

Pero comprobó que Dayana también estaba dentro del despacho cuando esta se encargó de cerrar la puerta.

Esa circunstancia hizo que la muchacha se paralizase, comprendiendo el motivo por el que Andris no podría ayudarla esta vez.

Por esa razón también asintió después de que Diago lo hiciese.

—Sentaos, por favor —les dijo Andris, señalando el sofá biplaza situado frente al sillón que enseguida ocupó él, ignorando a la cuero negro que se había apostado en la puerta.

—¿Ella también tiene que estar presente? —cuestionó Diago, mirando a Dayana—. Nadie ajeno debería escuchar lo que decimos.

—No queda otro remedio —declaró Andris, cabizbajo—. Simplemente ignorad su presencia.

Ese comentario provocó que la cuero negro sonriera con suficiencia, sin interrumpir el contacto visual con quienes tenía delante .

—Bien, como os hablaba al principio —dijo Andris—, siempre que se den las circunstancias propicias para ello, tenéis que colaborar en la Disciplina de mañana.

Xalara se fijó en que la mano izquierda de Andris tenía un profundo arañazo todavía sin cicatrizar.

—Dada la posibilidad —insistió él—, una alianza entre ambos sería lo más conveniente para que los dos lleguéis a la última Disciplina y os juguéis la victoria entre vosotros. Ese sería mi mayor logro como mentor.

Este último comentario hizo que Xalara se cuestionase si Andris se preocupaba por la victoria de uno de sus pupilos o por la suya propia.

—Dudo que aliarme con esta sea lo mejor para mí —se quejó Diago, sin exagerar su rechazo.

—No olvides que de no ser por ella ambos habríais muerto en la Disciplina Nº1 —aseveró Andris, consiguiendo que el recluta relajase su postura en el sofá—. Esto es todo lo que puedo deciros. Solo añadir que durmáis lo mejor posible. Estar bien descansados será fundamental para vuestro éxito.

Xalara no podía quitarse la sensación de que Andris parecía más apagado que nunca, incluso su rostro se mostraba resignado por alguna razón.

—Si no hay ninguna pregunta, por mi parte podéis iros —concluyó el maestre.

Diago se levantó primero, dirigiéndose con determinación hacia la puerta.

Xalara esperó para ver si el mentor le entregaba algo disimuladamente aprovechando que su compañero abandonaba la estancia, despistando por un momento a Dayana.

Pero Andris no hizo nada, incluso apartó rápidamente la vista de la recluta, dando a entender que lo mejor para todos era que marchase cuanto antes.

—Espera —dijo el maestre, solicitando su atención—. No has cenado, coge algo de la mesa.

Ni siquiera había reparado en la comida, pero entendiendo que iría directa a la celda sin pasar antes por el comedor, y aunque no tenía demasiado apetito, Xalara cogió un enorme trozo de pan para ir comiéndolo por el camino.

Dayana la acompañó en silencio, pero no fueron a los calabozos, sino al barracón del Noroeste, y cuando Xalara entró en el dormitorio, la cuero negro se quedó apostada en la puerta, de donde no se movió ni siquiera cuando llegó el resto de reclutas procedentes del comedor.