Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 21La esperanza de los Zolian #2
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CAPÍTULO 21La esperanza de los Zolian #2

En la puerta se encontraban los habituales cuero negro .

Diez de ellos se unieron a la partida, y todos juntos descendieron la escalera exterior.

No fue hasta que llegaron abajo cuando Xalara se percató de que una de los cuero negro era nada más y nada menos que su propia capitana.

Dayana Cleyton estaba presente en Lúgardark, señal inequívoca de que Crispina había intervenido en esa circunstancia.

Al contrario que en las últimas salidas de Xalara, esta vez no fueron hacia la derecha, donde se hallaba la estación de traslado, sino que caminaron hacia adelante, dejando atrás la zona rocosa y sin vegetación que rodeaba Lúgardark para adentrarse en la espesura de un bosque de abetos, robles y hayas.

—¡Los del Noroeste! ¡Conmigo! —solicitó uno de los supervisores, el mismo que había hablado al principio, quien se desvió hacia la derecha.

Cada uno de los supervisores condujo a sus reclutas asignados en una dirección distinta.

No fue una sorpresa para Xalara que seis de los diez cuero negro , entre los que se encontraba su capitana, acompañasen a su comarca. La recluta sabía por qué: no le iban a permitir ni media posibilidad de escapar.

El terreno era escarpado, y había que tomar precauciones para no resbalar en la nieve congelada.

—¡Es aquí! —anunció el supervisor a los del Noroeste—. Nosotros tenemos esta área asignada. Ahora comenzaremos a talar árboles y no pararemos hasta el amanecer. ¡A trabajar!

A pesar de la maleza, Xalara podía ver los faroles de los reclutas de otras comarcas, que no estaban lejos de su posición.

Los guantes no eran protección suficiente para paliar el frío, y los dedos de Xalara no tardaron en entumecerse, siempre vigilada por los cuero negro .

La chica se dio cuenta de que ellos también tenían guantes, por lo que no podrían usar sus espadas de manera inmediata, y eso le brindaría tiempo para intentar una hipotética fuga.

No obstante, apartó esos pensamientos voluntariamente.

—¿Qué tal lo llevas? —le preguntó Keity Járrenjeil, acercándose a ella disimuladamente para talar un roble que estaba a su lado.

—No muy bien —reconoció Xalara, descontenta con el distante comportamiento de Keity tras haber estrechado su relación durante un corto periodo de tiempo, por lo que no entendía ahora su preocupación.

—Imagino que debe ser incómodo tener a esos cuero negro pendientes todo el rato de ti —comentó Keity—. Más estando su capitana presente. Esa mujer me produce escalofríos.

—Ya estoy acostumbrada —dijo Xalara, tratando de parecer despreocupada—. Lo peor es que ahora me estoy meando.

Keity sonrió, aunque el tono de Xalara no tenía nada cómico, y por eso le irritó su reacción.

—Antes han dejado a Ashe ir a mear —afirmó Keity.

—No creo que en mi caso sea lo mismo —discutió Xalara, esbozando una mueca resignada.

Tuvieron que callarse porque el supervisor pasó caminando junto a ellas.

—Oye —dijo Keity cuando este se alejó—. Siento el distanciamiento, pero es que…

—No hace falta que me des explicaciones, lo entiendo —aseveró Xalara.

—Yo no creo que hayas hecho trampas —declaró Keity—. En la Disciplina, quiero decir —añadió al ver que no obtenía respuesta.

—Gracias. Debes de ser de las pocas que lo cree —afirmó Xalara, desconfiando de su opinión.

—Ese es su problema —aseguró Keity con otra sonrisa.

Pero Xalara apenas podía hablar con soltura y mucho menos seguir trabajando, porque su vejiga estaba pidiendo auxilio .

—Necesito mear, ya —masculló Xalara, que dejó de talar y levantó la mano para reclamar atención.

—¿Qué ocurre ahí? —protestó el supervisor, acercándose rápidamente—. ¿Por qué te detienes?

—Necesito ir al baño con urgencia —explicó la recluta.

—Mira a tu alrededor. ¿Ves que haya algún váter? —replicó el supervisor, enseñando una dentadura amarillenta y apiñada—. Sigue trabajando.

—No puedo aguantar más —insistió Xalara.

—¿No será una excusa para descansar?

—Le aseguro que lo necesito de verdad.

Tras emitir un gruñido, el supervisor se marchó y se acercó a los cuero negro , con quienes intercambió unas palabras antes de que Dayana Cleyton se acercase a Xalara.

—Ven —dijo la capitana.

La muchacha dio una estocada al tronco de un roble para dejar clavada el hacha en él antes de seguir a la cuero negro .

—Adelante, orina —dijo esta tras separarse con ella unos metros, pero sin llegar a salir del resplandor de los faroles.

—¿Aquí? —se quejó la recluta, mirando alrededor—. Todos pueden verme.

—Hazlo.

—Usted también es mujer —comentó Xalara.

—Eres muy aguda —afirmó irónicamente la cuero negro .

—¿Cómo se sentiría si la viesen orinar en público? —presionó la recluta para hacerla cambiar de opinión.

—Vete detrás de ese árbol —cedió Dayana finalmente, apuntando con la mirada hacia un abeto con el tronco grueso—. Te lo advierto, no intentes ninguna tontería —dijo echando la mano enguantada sobre la empuñadura de su arma—. Tienes un minuto, como mucho.

—Gracias —asintió Xalara, que no tardó en moverse, porque de verdad necesitaba aliviarse cuanto antes.

Al desnudar la parte inferior de su atuendo, la brisa gélida alcanzó como un cuchillo cada poro de su piel, y notó cómo emanaba vapor de la orina al contacto con la nieve.

Desde allí escuchó la voz de dos chicas que trabajaban unos pocos metros más allá.

Una de esas voces pertenecía a Samanta Zolian, por lo que Xalara prestó especial atención, más aún al confirmar que estaba llorando.

—Es la única forma de liberar a mi padre, condenado a cadena perpetua —dijo Samanta—. Si no gano Las Cinco Disciplinas seguirá encerrado de por vida.

—Lo siento —afirmó la otra chica entre el sonido de los hachazos.

—Mi madre no deja de presionarme por carta diciéndome que soy la única esperanza de los Zolian —continuó Samanta—.

Pero lo que más me duele de todo —hizo una pausa para sorber los mocos—, es que parece no importarle que pueda morir en el intento, solo está pendiente de sacar a mi padre de prisión. No pensé que ella fuese así.

Entonces Xalara conoció el verdadero motivo de Samanta para presentarse a Las Cinco Disciplinas. Hasta ese momento pensaba que simplemente había sido un acto más de su vanidad. Sintió cierta empatía hacia ella, un sentimiento que le resultaba moralmente incómodo.

Algo extraño, como una presencia en la oscuridad del bosque, desconectó a Xalara de la conversación.

Al principio creyó que se trataba de la propia Dayana, pero comprobó que su sombra no se había movido ni un centímetro. Xalara enseguida vio una mancha negra que acababa de moverse muy cerca de ella entre la maleza.

Se subió la ropa de inmediato y se puso en pie, cuando alguien vestido completamente de negro, incluida una máscara que le cubría todo el rostro, se hizo lo bastante visible para Xalara, especialmente cuando el contrastado círculo de color blanco que había en su brazalete lo identificó como heredero, antes de que se lanzara hacia la recluta.

La reacción espontánea de la joven fue salir corriendo, siguiendo la inclinación que le marcaba el terreno. Pese a las insistentes reclamaciones de Dayana no se detuvo.

Mientras corría, cuidando de no resbalar ni estamparse contra alguno de los árboles en medio de la oscuridad, veía de soslayo una mancha negra moviéndose amenazante y paralela a ella, incapaz de alejarse del peligro que suponía.

Hasta que alguien se abalanzó sobre Xalara, provocando que cayera al suelo y se golpeara violentamente contra la nieve dura. Después, todo se apagó.

Cuando Xalara abrió los ojos no veía nada. La oscuridad era absoluta, y sintió vértigo a pesar de estar tumbada sobre algo sólido.

Lo primero que descartó fue que se tratara de una de sus visiones, pues sentía el entorno.

Tampoco uno de esos sueños que había tenido últimamente, puesto que podía moverse, aunque con una dificultad motriz evidente.

Un dolor pulsaba la parte izquierda de su cabeza, que aumentó cuando se incorporó.

Tenía una sed extrema y sentía los músculos entumecidos.

Su memoria no albergaba nada que explicara la situación en la que se encontraba, y su primer impulso fue activar la fórmula volter para iluminar el lugar.

Pero descubrió que tenía las manos esposadas y enguantadas, impidiéndole cualquier intento de activar arlasofía .

Esto aumentó su sensación de agobio, como si tuviera las esposas ceñidas a la garganta.

Se movió barriendo lo que supuestamente era el suelo hasta que dio con una superficie más elevada.

Sin explicación, unos recuerdos, fugaces e intermitentes, acudieron a ella desvelando el motivo por el que se encontraba en ese contexto: Huberto la había secuestrado después de perseguirla por el bosque vestido de heredero.

Despejada esa duda, la cuestión era averiguar dónde diantres la tenía encerrada y exactamente para qué.

Daba por hecho que Huberto había estado sobrevolando Lúgardark durante días, acechando una oportunidad para atraparla, así que no soportó más y comenzó a llamarlo.

—¡Huberto! ¡Sé que eres tú! —gritó, provocando que el dolor pulsátil en su cráneo aumentase—. ¡Ven y acabemos con esto de una vez!

No tardó en acudir a la llamada, puesto que enseguida se abrió una especie de ventanilla, dejando entrar la claridad suficiente para saber cómo era el lugar donde se hallaba encerrada.

No le hizo falta ver quién estaba al otro lado de la puerta para darse cuenta de que, en realidad, era una celda de Lúgardark .

—¿Te gusta el sitio? ¿Te sientes cómoda en él? —comentó Dayana Cleyton con ironía, asomando su rostro.

—¿Cómo he llegado hasta aquí? —barbotó Xalara, aturdida por el descubrimiento e, incluso, extrañamente decepcionada—. Me refiero a si me encontró usted en el bosque.

—Te avisé de que no intentaras ninguna estupidez —le recriminó la cuero negro —. Ahora lo único que has conseguido es agravar tu penosa situación. No volverás a salir de aquí hasta la próxima Disciplina, y permanecerás aislada de todo contacto humano, salvo el mío y el de mis subordinados.