Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 21La esperanza de los Zolian
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CAPÍTULO 21La esperanza de los Zolian

La esperanza de los Zolian

Era evidente que la maestre se refería a Andris, puesto que después de haberlos encontrado deambulando misteriosamente por los pasillos en plena noche, tenía motivos suficientes para fundamentar sus sospechas.

Ella misma tampoco podía contradecir esas acusaciones con pruebas irrefutables.

Con el transcurrir de las horas, estaba cada vez más convencida de que la habían impulsado fuera del agua, sin duda mediante arlasofía .

Pero no tenía sentido que alguien arriesgase la vida por ella.

Además, resultaba ilógico que nadie lo viera con tantas cámaras y testigos presentes.

En un mundo donde existían los fantasmas, ninguna posibilidad era inviable a esas alturas.

Andris tampoco se mostraba demasiado predispuesto a ayudarla a esclarecer los hechos, ya que ahora se mantenía distante con Xalara, que estaba convencida de que todo era a raíz de su último encuentro con Crispina en el despacho del maestre.

Cuando salían de la instrucción de Combate, en la que Xalara acababa de sufrir un nuevo linchamiento por parte de Gúlfrica, la recluta tuvo que soportar además cómo la increpaban los amigos de Diago en el pasillo. Aunque él sonreía, no fue partícipe de los comentarios abusivos.

—No les hagas caso —dijo Michelle, acelerando el paso y arrastrando con ella a su amiga—. Ni siquiera merecen que los escuches.

De todas formas, los agravios de sus compañeros eran una broma comparados con los que escuchaba provenientes de la Comarca Central, cuyos reclutas habían perdido a su propio compañero en la Disciplina Nº3 y culpaban de ello a Xalara y a la supuesta trampa que había hecho para no quedar última.

Todo eso repercutía de manera indirecta en Michelle y Aden. Ellos pasaban el tiempo pendientes de su amiga para que no se viniera moralmente abajo, recibiendo también insultos y vejaciones por seguir apoyándola.

—Tengo que contaros algo —les dijo Xalara mientras salían del comedor al mediodía, con tiempo disponible antes de acudir a la próxima instrucción.

—¿De qué querías hablar? —inquirió Michelle cuando estuvieron solos en el patio trasero.

—Tienen razón —admitió Xalara—. Hice trampas para salir del agua.

—Pero ¿cómo? —preguntó Aden—. Todos estábamos mirando, no hiciste nada extraño. La cámara flotaba por encima del agua .

—Es que no fui yo quien lo hizo —aclaró Xalara—. Alguien, de alguna manera, me impulsó y pude superar el último obstáculo de la piscina.

—La verdad es que fue bastante extraño —reconoció Aden—. Pero…

—¿Quién crees que pudo ayudarte? —terció Michelle—. Hasta donde sabemos, nadie salvo nosotros y Andris quiere que sobrevivas a Las Cinco Disciplinas. Y él no se encontraba allí, estuvo todo el tiempo con nosotros viendo la televisión.

—¿Y notasteis algún comportamiento extraño en él? —inquirió Xalara, que hasta entonces no conocía ese detalle.

—Para nada —contestó Michelle—, y te aseguro que me fijaba en él de vez en cuando.

—No lo sé —resopló Xalara, agobiada—. No tiene sentido lo que pasó. Al principio no lo quise ver, pero la verdad es esa —añadió como hablando consigo misma.

—¿Algo sobrenatural? —sugirió Michelle tras un breve silencio: ella había apartado su escepticismo hacía mucho tiempo.

—¿Quién sabe? —dijo Xalara, encogiéndose de hombros—. Después de todo cuanto hemos visto, ninguna opción es descartable.

—¿Habláis en serio? —se indignó Aden, sin recibir aclaración alguna por parte de sus amigas.

Otra de las preocupaciones que mantenían en alerta a Xalara era la teoría de que Huberto quisiera secuestrarla, como aseguró Andris.

Había pensado mucho en esa posibilidad, y si tenía que ser sincera consigo misma, reconocía que era factible después de todo lo vivido junto a él y lo que ahora conocía.

En cierto modo, toda esta situación le recordaba a cuando los tres herederos fugados la buscaban tras escapar de la Prisión de Ívelmer.

Cada vez que veía un pájaro, algo poco habitual en Lúgardark, lo estudiaba detenidamente para descartar que mostrase algún comportamiento extraño .

A finales de semana, durante la cena, Xalara decidió contarles a sus amigos todo lo que estaba pasando con Huberto.

—Esto sí que no lo esperaba —admitió Michelle con el asombro que también mostraba su cara—. Cuando me hablaste de él nunca pensé que…

—Yo tampoco conocía todos estos detalles hasta ahora —aclaró Xalara.

—¿Puede controlar a las aves? —comentó Aden, aunque más bien sonó como un pensamiento en voz alta.

—Sí —confirmó Xalara.

—Tú ves el pasado. Ese hombre controla a las aves. Existen los fantasmas. Los nukternozes no han desaparecido… ¿qué será lo siguiente?

—No los nombres —le recriminó Michelle, desviando la vista hacia la puerta del comedor.

Aden se mostraba harto con tanta revelación de carácter sobrenatural, como si estuviera dándose cuenta de que toda su vida había sido una mentira hasta ser reclutado en Lúgardark. Xalara lo entendía muy bien.

—Lo más preocupante es que pueda secuestrarte —opinó Michelle.

—No puede hacerlo —dijo Xalara, esforzándose para sonar convincente—. No aquí dentro.

—¿Y cuando te trasladas a las Disciplinas? —arguyó Michelle.

—Hay incluso más seguridad que en Lúgardark —refutó su amiga—.

La presidenta está obstinada en que ni siquiera me plantee una posible fuga o que alguien pueda sacarme de esto —hizo una pausa—.

Creo que Huberto no va a intentar secuestrarme como tal, sino que, por medio de un pájaro, intentará contactar conmigo para convencerme de escapar, como ya hizo una vez.

—¿Ese tipo intentó sacarte de Lúgardark? ¿Habló contigo estando aquí dentro? —cuestionó Michelle, arqueando las cejas para enseguida fruncir el ceño.

Xalara asintió antes de hablar .

—¿Recuerdas cuando salí del dormitorio en medio de la noche para fugarme y tú me pillaste?

—Sí, claro —dijo Michelle con un irritado tono de obviedad.

—Bueno, pues en realidad se suponía que un águila enorme controlada por Huberto me ayudaría a escapar. Pero eso nunca llegó a suceder, porque él ya había sido arrestado y encerrado en prisión.

—¿Y cómo contactó contigo aquella vez? —preguntó Aden mientras Michelle parecía repasar en su memoria los detalles que le dio su amiga al día siguiente en aquel momento.

—Por medio de un cuervo cuando estaba ingresada en el centro de sanación —explicó Xalara.

—¿Un cuervo vino y te habló? —exclamó él, bajando el tono de voz con cada palabra de su frase hasta acabar convirtiéndola en un susurro.

—Correcto —asintió ella.

—Esto es increíble… —negó el muchacho, que parecía haber desertado de su propia lógica.

—¿Y qué no lo es ahora mismo? —asumió Michelle—. Cuando menos te lo esperas, siempre aparece algo nuevo que trastoca todo aquello que creías conocer.

No volvieron a hablar y se centraron en la cena. Cuando ya estaban acabando los interrumpieron.

—¡Atención! ¡Escúchenme todos!

Syliana Meistre estaba en la puerta del comedor, acompañada por los cinco Maestres Jefes.

—Como bien saben —empezó ella, empleando una potencia de voz imposible de imaginar en una mujer de su edad—, Lúgardark conlleva un enorme gasto de leña.

—Sí, para que ellos estén calentitos —murmuró Michelle con sarcasmo.

—Por suerte para todos, hasta ahora estábamos consumiendo la leña recogida décadas atrás por nuestros antecesores.

Pero el invierno ha hecho mella en las reservas y hay que volver a recolectar —explicó la Lady Maestre—.

Para ello, desde hoy y durante al menos un mes, en grupos de diez reclutas por comarca, saldrán por las noches a los bosques que rodean Lúgardark.

Las caras de los reclutas se torcieron en muecas de fastidio: era una locura pasar la noche ahí fuera con ese frío.

—Esto no interrumpe en absoluto otras obligaciones, como la de limpieza de las zonas comunes o la de vigilancia nocturna —continuó Syliana—.

Los elegidos trabajarán hasta el amanecer y no tendrán que acudir a la formación matutina.

Ahora dejo que sus Maestres Jefes les comuniquen quiénes son los primeros diez en salir. Buenas noches.

—Vaya —comentó otra vez Michelle—, sí que avisan con tiempo.

Syliana se marchó con su ilógico paso acelerado, y fue entonces cuando los Maestres Jefes se acercaron a las cabeceras de las mesas. Andris sacó un papel, lo desplegó y leyó los nombres de los diez elegidos, entre ellos pronunció el de Xalara: no el de Michelle ni tampoco el de Aden.

—Lo siento —dijo él, ofreciendo un gesto tierno a su amiga.

—¡Por favor! —gritó el maestre—. ¡Los diez reclutas asignados deben ir enseguida al barracón para coger ropa de abrigo! ¡La noche está muy fría ahí fuera! ¡No tardéis en presentaros en el patio delantero!

—Pues qué bien —se quejó Xalara a sus amigos cuando se levantaba para obedecer la orden.

—Ánimo —le dijo Aden.

—Nos vemos mañana, ten cuidado —se despidió Michelle, pero Xalara no contestó a ninguno de los dos.

Una vez abrigados, los diez reclutas del Noroeste, apremiados por la supervisora de dormitorios, salieron al frío patio delantero de Lúgardark.

Hacía semanas que había dejado de nevar, pero la nieve congelada seguía cubriéndolo todo de blanco, salvo las escaleras, que habían sido despejadas para mantenerlas limpias.

Cinco supervisores esperaban la llegada de los cincuenta reclutas elegidos para la tarea. A medida que pasaban junto a ellos, les proporcionaban un hacha y un farol con la capacidad de iluminar en trescientos sesenta grados, antes de conducirlos hacia la puerta del centro de formación militar .

—¡Ahora iremos al bosque y talaremos todos los árboles posibles! —informó uno de los supervisores, un hombre con el cuerpo en forma de un triángulo invertido—. ¡No quiero ver ni media tontería! ¡¿Queda claro?!

Nadie respondió.