Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 20Alas desplegadas #2
65%

CAPÍTULO 20Alas desplegadas #2

Se posó en uno de los numerosos árboles desnudos que había a lo largo de la acera, con los ojos clavados en una fachada sucia de ladrillo color miel, combinada con marcos de piedra gris en las ventanas altas y estrechas. Los balcones apenas sobresalían al exterior en los seis pisos del edificio.

En especial, fijó la vista en un balcón cuyo forjado negro presentaba manchas de óxido por la falta de restauración.

Luego voló hasta posar las garras sobre la barandilla, mirando hacia el interior de la habitación.

Era su antiguo cuarto en la vivienda de sus padres.

Todo parecía estar igual que el día en que se marchó y, de no haber sido un cuervo, estaba seguro de que las lágrimas habrían brotado en sus ojos.

La puerta del dormitorio se abrió y entró una mujer anciana, con el pelo blanco recogido en un moño y unas gafas cuadradas sobre sus ojos. Era su madre.

La mujer vio al cuervo y se acercó renqueante hacia el balcón. Huberto no podía dejar de contemplarla. Hasta ese momento no sabía si aún continuaba con vida, y se preguntó enseguida si su padre también.

Como si se tratara de un acto solemne, la madre de Huberto abrió el balcón, y cuando amagó con espantar a ese feo pajarraco, las miradas de la mujer y el animal conectaron en un mismo sentir.

—¿Huberto? —preguntó ella con el ceño fruncido—. ¿Cariño, eres tú?

Era inviable que conociese su peculiar habilidad de controlar a las aves, pero entonces ¿cómo era posible que hubiera llegado a esa conclusión? ¿Y si ella también poseía esa capacidad aunque nunca lo admitiera ante su único hijo? ¿Cabía la posibilidad de que él la hubiera heredado de su madre?

—Ya sé que eres un prófugo, pero nosotros podemos ayudarte, solo tienes que pedirlo.

El cuervo inclinó la cabeza en un gesto muy humano.

—Todos los días entro aquí para ver si has regresado —afirmó la mujer con la voz temblorosa.

Huberto estuvo tentado de responderle a través del cuervo, pero cuando iba a hacerlo, un anciano entró en el dormitorio y le lanzó un objeto al animal, que incluso llegó a impactar contra él, provocando que tuviera que emprender el vuelo para huir del peligro.

Se posó encima de la ventana, donde sus padres no pudieran verlo.

—¿Qué diantres hacías hablando con un estúpido cuervo? —protestó su padre.

—No era solo un cuervo —repuso la mujer, emocionada—. Era nuestro hijo.

—Huberto murió para nosotros —manifestó el anciano con frialdad—. Él nos abandonó sin despedirse y nunca más volveremos a verlo —añadió con un claro deje de tristeza en su voz, mezclado con un fuerte enfado.

Aquella afirmación fue más de lo que el aludido pudo soportar, temiendo incluso que se rompiera su conexión con el cuervo, así que se alejó de allí con la esperanza de regresar pronto para acabar con el sufrimiento de sus padres.

Siempre se había comportado de un modo muy egoísta, sobre todo después de enamorarse de Lana.

Esa mujer, aunque sin pretenderlo, había destrozado su vida y la de sus seres queridos; ahora se daba cuenta.

De todas formas, eso no iba a impedir que ayudara a su hija.

Sabía que ya era tarde para recuperar su anterior vida.

Aun así, para seguir adelante, sintió que debía regresar al punto crucial que rompió su vida. Voló hacia uno de los múltiples callejones que había en esa zona de la capital y bajó hasta posarse en el suelo cubierto de musgo.

Caminó por él, recordando la pelea que había tenido allí con Arturo, y la duda, la misma que lo torturó durante años, acudió de nuevo a su mente: ¿qué habría pasado realmente entre él y Lana si no se hubiera marchado de la ciudad?

Ahora sí, fiel a su plan, Huberto reemprendió el vuelo y se desplazó más hacia el sur, concretamente hasta la Villa de la Élite.

Sobrevoló la avenida, planeando en la tarde ya bien entrada de Bibrébem.

Cuando encontró la Mansión Nórebol, se dirigió hacia ella por entre los cipreses que flanqueaban el camino de grava hasta su puerta.

Superó la entrada presidida por la «N» mayúscula y alzó el vuelo hasta alcanzar el tejado, posándose en una de sus numerosas chimeneas.

Precisamente una de las opciones para entrar en la mansión era hacerlo a través del conducto de humos. Pero, antes de llegar a ese extremo, prefirió echar un vistazo para comprobar si alguna de las ventanas estaba abierta o rota.

Por fortuna, en la parte trasera de la mansión había una ventana con el cristal roto. A pesar de tener unas tablas atravesadas para cerrar el agujero, había espacio suficiente para que un cuervo pudiera colarse al interior.

Aunque todavía no era de noche, la estancia estaba muy oscura debido a que todas las cortinas estaban cerradas, y los cuervos no eran las aves con mejor visión en entornos poco iluminados.

Después de estudiar la habitación y de encontrar finalmente una puerta, tuvo que subirse sobre la manilla y dar pequeños saltos para poder abrirla.

Se dio prisa para colarse por el pequeño hueco conseguido, ya que la puerta amenazaba con cerrarse de inmediato.

Al otro lado se encontraba el vestíbulo, y desde allí alcanzó a escuchar unas voces que provenían de una estancia anexa. Se acercó para poder hacerlo con más claridad, puesto que la sala mantenía la puerta semicerrada.

—Podríamos hacer una incursión —dijo una voz distorsionada de mujer.

—Hay demasiada seguridad —arguyó esta vez una voz masculina.

—Pero se nos agota el tiempo —incidió de nuevo la mujer, sonando desesperada—. La chica podría morir en cualquier momento, y sin ella nada tendrá sentido.

Sigilosamente, el cuervo manejado por Huberto se asomó a través del estrecho hueco entre la puerta y el umbral: necesitaba ver quiénes estaban hablando.

—Tenemos que confiar —insistió el hombre, quien estaba vestido de heredero, aunque sin máscara.

Huberto no podía creer que se tratara de Orsius Dónel, al que todos daban por muerto tras su misteriosa desaparición—.

Hay demasiados factores en el tablero de juego.

No podemos actuar a la ligera y dejarnos llevar por impulsos.

—Yo misma podría hacerlo —repitió la mujer tercamente, también vestida de heredera, pero con la máscara incluida, igual que otro que permanecía sentado a su lado en el mismo sofá—. Podría colarme en Lúgardark. Estuve allí y conozco cómo es.

Huberto se jugaría una mano a que esos enmascarados eran los mellizos Kéitel.

—No eres la única que ha realizado la EDMO —refutó Orsius—. ¿Piensas que si el Lórdezeit creyera que hay alguna posibilidad de hacer eso que propones no nos lo habría ordenado ya?

Esta vez la mujer no respondió.

—Pero ¿y si ella muere en la próxima Disciplina? ¿Y si muere en un entrenamiento de la EDMO? —declaró después.

—Todo plan ambicioso conlleva una gran dosis de riesgo —explicó Orsius—.

Vosotros lo corristeis al fugaros de Ívelmer, y ahora mira dónde estáis, todo gracias a un plan llevado a cabo por el propio Lórdezeit.

Yo mismo lo corrí al fingir mi desaparición.

Todos nos arriesgamos para conseguir un bien mayor.

—Pero solo de pensar que no… —dijo la mujer, que parecía acongojada.

—Sé cuánto amas al Lórdezeit —aseguró el excapitán de los cuero negro —. Cuánto lo queréis los dos, y os aseguro que yo también. Pero debemos seguir reuniendo nuestras fuerzas. Actuar en este momento solo nos llevaría al fracaso, y ya sabes lo que está en juego.

De repente, quien casi seguro era Jerom Kéitel se levantó del sofá muy alterado, con el dedo índice apuntando al cuervo de Huberto.

—¡Hay un pájaro en la puerta! —bramó el grandullón, como si acabase de ver a un monstruo.

Su hermana y Orsius también miraron hacia allí. Jerom desenvainó su espada y lanzó un ataque al cuervo. El potente destello, consumiéndole los ojos, fue lo último que percibió Huberto antes de romperse la conexión con el animal.