Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 20Alas desplegadas
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CAPÍTULO 20Alas desplegadas

Alas desplegadas

Al principio le fue imposible determinar cuánto se había alejado realmente de la prisión en la que permaneció encerrado durante los últimos meses.

Todo lo concerniente a aquella noche en la que se fugó se encontraba demasiado distorsionado en su memoria.

Algo lógico teniendo en cuenta que gran parte de lo ocurrido lo presenció a través de las aves que controlaba.

Cuando se quedó sin fuerzas para mantener esa conexión, decidió seguir al búho hasta que encontró su hogar: una grieta en un pequeño risco, no muy profunda, pero sí bastante escondida por la maleza.

A pesar de lo claustrofóbico que se sentía y de lo paradójico que resultaba haber escapado de un encierro para meterse voluntariamente en otro, Huberto entendió enseguida que ese era el mejor lugar para esconderse.

Allí tenía cobijo y aves disponibles para controlar y abastecerse de todo lo necesario sin tener que exponerse a una posible captura por parte de los cuero negro .

De todas formas, la adaptación no fue sencilla durante los primeros días, puesto que su débil estado físico lo incapacitaba para activar su habilidad. Por ese motivo se vio obligado a comer el alimento que el búho traía por su cuenta, un menú que básicamente consistía en pequeños roedores.

Cuando obtuvo la fuerza suficiente para hacerlo, se servía de los búhos con los que convivía, pero otras veces usaba cuervos, ya que con estos era más sencillo entrar en las casas de pueblos cercanos para robar comida y transportarla hasta él.

Una de las primeras cosas que hizo, no exenta de varios y dificultosos viajes, fue robar ropa de abrigo que colgaba en tendederos, algo crucial para protegerse del frío.

Resultaba liberador surcar los cielos mientras controlaba sus aves.

Aquello también le servía para comprobar si los cuero negro seguían buscándolo.

Algo que descartó unos días después de escapar.

Pero, aunque la búsqueda había dejado de ser exhaustiva, los pueblos que visitaba estaban infestados de carteles con su cara y su nombre.

Sin embargo, nadie conocía que su identidad podía adquirir distintos rostros, colores, formas y tamaños.

Añoraba su refugio evanescente en Yadarme, y no podía negar que en fugaces momentos de reflexión albergó la idea de salir en busca de otro. Pero ya había tenido una suerte extrema al toparse con uno, como para pensar en que ese imposible sucediera dos veces.

Ya llevaba más o menos un mes en aquella situación, y era consciente de que no podía continuar así para siempre, por eso, en los últimos días, había comenzado a trazar planes para abandonar aquella vida de clandestinidad.

Pese a sus esfuerzos, no encontró nada que no derivase en un final entre rejas o ejecutado.

Había estado tan preocupado por sí mismo que incluso apenas pensaba en Xalara y en cuál sería su situación actual dentro de Lúgardark.

Pero aquella tarde todo daría un giro radical.

Aprovechando que había dejado de llover tras casi dos días, circunstancia que empujaba a que las personas estuvieran fuera de sus casas, Huberto tomó el control de un cuervo y viajó hacia uno de los pueblos cercanos.

Después de vigilar varias viviendas sin éxito, al fin encontró una pequeña ventana redonda abierta en el desván, por la que no dudó en colarse.

Al principio creyó que la casa estaba vacía, pero cuando planeaba por el hueco de la escalera, el sonido de una radio encendida hizo saltar todas sus alarmas.

No obstante, lo que acababa de escuchar era lo suficientemente trascendente como para quedarse.

Se posó discretamente en los escalones y agudizó su excepcional oído de cuervo.

«Tras la conclusión de la Disciplina Nº3, a la que acudió personalmente la presidenta del Gobierno por primera vez, los cuatro participantes que avanzan hacia la siguiente y que, por lo tanto, han salvado sus vidas son: de la Comarca Central, Samanta Zolian; del Noreste, Paris Nyuman; y del Noroeste, Diago Zúnkerberg y Xalara Verdreven. »

Aquella revelación provocó que Huberto aletease nervioso y sin darse cuenta: Xalara estaba participando en un torneo a muerte.

«Algo que llamó la atención de todos y por lo que hasta ahora no hemos recibido una explicación fue el hecho de que los mentores no acudiesen a dicha Disciplina.

Esto reabre el debate de si el altercado sufrido entre Crispina Streif y su sobrino Andris Bóstoul, actualmente maestre en Lúgardark y mentor de los participantes del Noroeste, durante la boda presidencial, no ha tenido mucho que ver en esa circunstancia. »

El cambio de tercio en las noticias hizo que Huberto cerrase la conexión con el cuervo, dejándolo dentro de la casa, sin llevarse ningún botín físico de la incursión.

De vuelta en sí en la cueva, Huberto sabía qué hacer: ir a Lúgardark para rescatar a Xalara de una vez por todas.

Si Andris estaba allí, era para matarla; su presencia no podía significar otra cosa.

Como prueba de ello, habían montado una especie de torneo en el que perder significaba la muerte.

Pero tampoco podía engañarse, se encontraba en el sur de la Comarca del Noroeste, demasiado lejos para emprender un viaje hasta tan al norte en pleno invierno.

Sin embargo, no podía quedarse de brazos cruzados esperando acontecimientos.

De alguna manera tenía que averiguar más datos para ayudar a Xalara.

No se le ocurrió mejor idea que ir a la capital, y más concretamente a la Mansión Nórebol, donde sospechaba que hallaría respuestas.

Un viaje hacia el sur y más corto parecía factible. El mayor problema residía en una barrera mental, y es que nunca había regresado a Bibrébem, su lugar de nacimiento, desde que la abandonó hacía más de veinte años.

Por la noche no dejó de alimentarse con el fin de resistir lo máximo posible al día siguiente, teniendo que volver a controlar un cuervo para conseguir comida.

Al amanecer, que por suerte lucía completamente despejado y sin fuertes rachas de viento, Huberto salió de su escondite y buscó el cuervo más grande posible para realizar el viaje hacia Bibrébem.

El problema era que no había dormido demasiado, pero la necesidad de llevar a cabo su plan se imponía ante cualquier inconveniente.

Como ya había hecho tantas otras veces, desplazó su conciencia hacia el ave y de pronto se encontró batiendo las alas negras por encima de los robles y encinas que cubrían la zona.

El aire se volvía menos denso y cortante a medida que ascendía, notando cómo disminuía la resistencia a él.

Sabiendo que debía seguir una dirección levemente al sureste, se guio por la posición del sol.

Voló sobre un terreno de meseta, donde campos de cultivo se alternaban con bosques y pueblos pequeños.

El horizonte era una línea sin imperfecciones, y si se quedaba mirándola fijamente, se volvía casi hipnótica.

En ese momento el sol le daba de costado, calentando el ala izquierda mientras sus plumas emitían destellos de color púrpura.

Al mediodía, Huberto sintió una sutil vibración térmica en las plumas, como una burbuja de aire caliente que se alzaba desde el suelo.

Gracias a su experiencia acumulada, inclinó unos pocos grados la cola y dejó de aletear.

El silencio era absoluto, tan solo roto por el siseo del viento contra el pico.

Ascendió unos cuantos metros sin realizar apenas esfuerzo, describiendo suaves círculos y sintiendo una sensación de libertad indescriptible para todo aquel que no pudiese experimentarla.

Cuando el cansancio empezó a surgir en los músculos pectorales del cuervo, descendió en un picado controlado hacia un río. Fue una parada de unos veinte minutos, en los que hizo que el cuerpo del ave se hidratara y comiese algunos insectos antes de volver a emprender el vuelo .

Tras introducirse en la Comarca Central, el aire cambió de repente, percibiendo un olor más denso y seco.

La visibilidad era tan perfecta que no tardó en vislumbrar las dos torres campanario del Palacio de la Sede, emergiendo en el horizonte como agujas de piedra que se elevaban majestuosamente por encima de cualquier otra cosa que hubiera a su alrededor, incluidas las colinas que se encontraban antes de llegar a la ciudad.

Huberto recibió un cúmulo de sensaciones tras verlas después de dos décadas, que iban desde la propia emoción hasta el miedo y la incertidumbre.

El último tramo de vuelo fue el más rápido y cómodo de todos. La temperatura de la extensa urbanización ayudaba a mantener un planeo casi constante.

Tuvo que esquivar un enjambre de palomas en su camino hacia el centro de la ciudad. Finalmente extendió las oscuras alas al máximo para frenar el avance, abrió las garras y aterrizó en el punto más alto del campanario sur del Palacio de la Sede.

Acababa de cruzar una distancia de aproximadamente doscientos kilómetros en una mañana.

Abajo, la plaza era como un hormiguero de gente caminando de un lado para otro, ajena a que alguien los observase desde tan arriba controlando un cuervo.

Tras un prolongado y necesario descanso, en el que además aprovechó para pensar su siguiente movimiento, el cuervo controlado por Huberto comenzó a volar alrededor del Palacio, con el fin de encontrar a la presidenta del Gobierno.

Sin embargo, todos los ventanales eran translúcidos, incluido el rosetón del nuevo Salón de Conferencias.

Tampoco abrigaba demasiada esperanza en hallar algo relevante allí, por eso, tras cruzar entre los dos campanarios y esquivar el cimborrio, tomó una dirección sur.

No era una parada que tuviese planeada, pero una vez dentro de la capital supo que debía hacerla antes de acudir a cualquier otro lugar.

Voló sobre los tejados de zinc gris azulado tan característicos de Bibrébem hasta alcanzar un barrio en los suburbios al sur de la capital .