CAPÍTULO 19La Disciplina Nº3 #4
Después de dirigirle una última mirada, la joven volvió a girarse y esta vez, aunque perseguida por varios cuero negro , sí la dejaron marchar, alejándose con un visible cojeo hasta abandonar el recinto vallado por la lona negra, lo que también le ahorró tener que presenciar la ejecución de Roldán, aunque sí la escuchó apenas un minuto más tarde. Solo entonces se permitió llorar.
Los cuatro participantes que quedaban en Las Cinco Disciplinas fueron conducidos por al menos medio centenar de cuero negro de vuelta a la estación de traslado.
A pesar de las estrictas normas de seguridad y vigilancia, una mujer logró sortearlas y corrió hacia los participantes. Fue detenida en su carrera por los cuero negro que estaban cerca de la estación, forcejando con ella para apartarla del lugar.
—¡Xalara! —gritó la mujer con una desesperación que alcanzaba también a la expresión de su rostro, interrumpiendo el ruido mental de la joven—. ¡Tu madrina era de aquí, y era mi mejor amiga! ¡Y yo me apellido Verdreven! ¡Igual que tú!
Al fin entendió por qué el nombre de Josmon le había provocado una sensación de familiaridad cuando llegó al pueblo.
Pero esa certeza quedó opacada por la revelación de compartir apellido con esa mujer.
Xalara estaba convencida de que Aura había optado por apellidarla Verdreven evocando el recuerdo de su mejor amiga.
Sabía que no era su madre, pero aun así sintió un vínculo particular con ella.
Los cuero negro empezaron a golpear a la mujer para reducirla ante su terquedad y desobediencia.
—¡No, dejadla! —bramó Xalara, pero ella también fue forzada a entrar en la estación de traslado cuando quiso ir a ayudarla.
Desde la ventanilla de la cabina, continuó gritando y golpeando el cristal, presenciando con impotencia cómo aquella mujer con quien compartía apellido perdía el conocimiento por la paliza mientras se llevaban su cuerpo inerte, arrastrándolo lejos de allí.
Aunque no escuchó la habitual voz femenina que daba las instrucciones, Xalara consiguió reaccionar a tiempo para colocarse sobre las huellas y evitar así un problema mayor al ser trasladada.
No podía dejar de llorar cuando llegaron a Lúgardark: la desesperación de aquella mujer era imborrable en su retina.
Ozora logró desconectarla de ese pensamiento cuando se colocó delante de ella para que viera su gesto de satisfacción.
Abajo, en el patio delantero, más de la mitad de los reclutas esperaban a los participantes.
Muchos lanzaron vítores a sus compañeros supervivientes, aunque otros lloraban la muerte de Roldán.
Entre la multitud surgieron Michelle y Aden.
Ella se abrazó a Xalara, emocionada, con tanto ímpetu que casi la tira; él se quedó rezagado.
—Lo hemos visto todo —aseguró Michelle—. Creí… creí…
—Lo sé —asintió Xalara, mirando a Aden a través del abrazo—. Pero aquí estoy, ¿no?
—Sí, y es lo único que importa —manifestó Michelle, poniendo fin al abrazo—. Tenemos que hablar contigo —añadió mirando al chico para buscar su complicidad .
Los tres juntos se apartaron de la multitud y se introdujeron en el claustro.
—Hay que huir —declaró Michelle sin tapujos.
—¿A qué te refieres? —inquirió Xalara, todavía aturdida por los recientes acontecimientos.
—La presidenta te va a matar. No dejará que salgas con vida de esto —aseguró Michelle—. Hoy ha estado a punto; si no es en la siguiente Disciplina será en la última, pero no dejará que ganes, y tú lo sabes.
Xalara lo sabía muy bien: Crispina se había encargado de recordárselo hacía solo unos minutos. Sin embargo, no iba a decírselo a sus amigos, no quería generarles aún más preocupación.
—Aden tiene un plan, ¿a que sí? —insistió Michelle con apuro, mirando hacia el chico para cederle la palabra.
—Sí, así es —confirmó él con entusiasmo.
—Explícale en qué has pensado —lo apremió Michelle—. La idea es genial, ya lo verás.
—Tengo muchas piezas disponibles, puedo crear un aparato que sirva de señuelo para los cuero negro que están todo el tiempo vigilando la puerta —aseguró—.
Hay que hacerlo de noche para no levantar sospechas hasta llegar allí.
Cuando estén ocupados tratando de averiguar qué ocurre, aprovecharemos para salir y escapar.
—¿Los tres? —preguntó Xalara con cierto tono de ironía.
—Sí, exacto —convino Michelle, al parecer sin darse cuenta de ello.
—¿Y luego qué? —dijo Xalara.
—¿A qué te refieres? —cuestionó su amiga.
—Salimos de Lúgardark… y después, ¿adónde vamos?
—Pues…
—Nos esconderemos y viviremos en los bosques —respondió Aden—. Puedo construir una cabaña y convertirla en un refugio evanescente. He investigado mucho acerca de ello, y pienso que sería capaz de conseguirlo.
Xalara sonrió ante el optimismo de sus amigos, y se sintió agradecida por el sacrificio que estaban dispuestos a cometer para ayudarla, pero no tenían ni idea de qué significaba vivir en clandestinidad.
Sin contar todo lo que tendría que salir bien durante la huida: seguro que no sería tan sencillo como lo narraban.
—Os agradezco que queráis salvarme; de verdad —aseguró ella—. Pero eso que pretendéis es una locura, y es imposible.
—No lo es —refutó Aden, y Michelle asintió a sus palabras.
No obstante, Xalara acababa de ver en el patio a Andris.
—Lo siento, chicos, tengo que hablar con el maestre —dijo ella con prisa, sorprendiéndolos—. Nos vemos más tarde.
Salió cojeando hacia Andris, quien se alegró visiblemente al verla.
—Hoy ha ido por poco —dijo él a modo de saludo.
Sus palabras sonaron con sarcasmo, aunque también con un matiz de reprimenda.
—Necesito hablar con usted —repuso la recluta, en un tono que jamás había utilizado con Andris—. En privado —agregó, mirando hacia las personas que los rodeaban.
—Está bien —asintió él tras un instante—. Te espero a la hora del crepúsculo en mi despacho. La puerta de la Torre de los Maestres estará abierta. Procura que nadie te vea entrar, por favor. Y no olvides pasar por el centro de sanación para que te revisen las heridas.
Aunque le dolían lo suficiente para ser molestas, Xalara no tenía ninguna intención de hacerlo.
Durante la comida, Michelle y Aden no sacaron el tema de la huida, pero cuando volvieron a estar los tres solos por la tarde, caminando por uno de los largos pasillos del ala oeste, insistieron en lo mismo: seguían convencidos de que esa era la única opción de supervivencia para Xalara.
Cansada de escucharlos, optó por contarles lo que había ocurrido con el emblema que le entregó Andris la noche anterior, aunque omitiendo casi toda la información del conflicto amoroso entre su padre, su madre y Huberto. Lo más duro fue reconocer que el maestre tenía razón.
—Es una broma, ¿no? —preguntó Aden, mirando sobre todo a Michelle tras escuchar que Xalara podía ver escenas del pasado .
—Qué va —confirmó Michelle—. Y también sobrevivió a un ataque de nukternozes .
El chico se revolvió al escuchar ese nombre.
—Os estáis quedando conmigo —dijo, enfadándose—. No creo que la situación actual esté para bromas.
—Es que no lo es —refutó Xalara.
—Y todavía hay más —aportó Michelle.
A continuación, especialmente esta última, se encargó de relatarle a Aden todo lo que había pasado con las desapariciones de reclutas en Lúgardark y la verdadera causa.
—Así me quedé yo cuando Xalara me contó sus sobrenaturales aventuras —dijo Michelle en alusión a la cara de Aden—. Pero claro, luego vi lo que vi, y no me quedó más remedio que tragarlo todo.
—Os aseguro que la más escéptica era yo —profirió Xalara, resignada.
Pasaron varios segundos de silencio.
—Entonces está claro que el maestre es tu única opción —opinó Aden, seguramente haciendo un gran esfuerzo para asimilarlo todo—. Tienes que apoyarte en él y seguir sus instrucciones.
—No es tan fácil —repuso Xalara—. Por muchas cosas que haga en mi favor, siempre habrá una parte de mí que no confiará en él.
—Ya, Xalara, pero no creo que tengas otra elección —insistió Michelle.
Como había acordado con Andris, y después de que sus amigos le desearan suerte para su encuentro con él, Xalara fue a la Torre de los Maestres, donde tuvo que esconderse para no ser vista por Aldo Rénir, que salía del ascensor y, de no haber sido por el estridente ruido de su bastón al golpear el suelo, la recluta no se habría percatado de su presencia.
Llegó ante la puerta de Andris, que se abrió antes de que pudiera tocarla: el maestre la estaba esperando justo detrás del umbral.
—¿Te ha visto alguien? —preguntó él.
—No, nadie —respondió—. ¿A qué viene tanta preocupación por eso ?
—Tranquila, no es porque esté pensando en asesinarte y trate de encubrirlo —aclaró Andris con una de sus peculiares sonrisas, antes de activar la fórmula oxditadunta sobre la cerradura—.
Pero con todo lo que está pasando, es preferible que no nos vean reunirnos en privado fuera de una mentoría oficial.
Se dirigieron hacia la chimenea, ocupando el sofá y el sillón.
—Oh, disculpa —dijo el maestre, poniéndose en pie—. No te he ofrecido algo de beber.
—No quiero nada, gracias.
—¿Seguro?
—Sí, seguro.
—Vale —asintió volviendo a sentarse—. Tú dirás, Xalara, ¿de qué querías hablar conmigo?
La recluta se aclaró la garganta, nerviosa.
—Puedo ver el pasado —soltó en un balbuceo.
—Perdona, pero creo que no te he entendido —reconoció Andris, frunciendo el ceño.
Xalara inspiró profundo.
—Tengo la capacidad de ver y presenciar escenas que ya han sucedido —explicó de forma más nítida—. Ya sé que no me cree, pero es la verdad —se apresuró a añadir antes de que Andris expresara sus dudas.
—Te creo —dijo él tranquilamente y para su sorpresa.
—¿En serio?
—Sí —afirmó sin mostrar duda—. Algunas personas tienen habilidades especiales, no eres la única.
Xalara asintió dando por hecho que se refería a Huberto.
—Usted tenía razón —admitió ella a regañadientes.
—¿En qué exactamente? —preguntó Andris, aunque seguro que sabía a qué hacía referencia.
—Ayer, con el emblema de mi padre, presencié la pelea entre Huberto y él. Por culpa de mi madre —añadió con la cabeza agachada.