Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 18El pasado nunca muere #6
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CAPÍTULO 18El pasado nunca muere #6

—Por mi parte no te guardaré ningún rencor ni habrá represalias de ningún tipo —insistió Huberto, ignorando el insulto de Arturo, que empezó a reír con una risa notoriamente fingida.

—Eres tú el que debería apartarse —aseguró—. Eres tú el que nunca debería haber formado parte de Los 4 . No mereces estar en el grupo, no eres digno de nosotros.

A continuación, Arturo se quitó la camiseta y la tiró al suelo, adoptando una posición propicia para luchar.

—Acabemos de una vez con todo esto —dijo—. Quiero disfrutar el tiempo con el amor de mi vida, no perderlo contigo.

El impulso de Xalara fue ponerse delante de su padre para frenarlo, pero además de que eso no habría servido de nada, él salió corriendo hacia Huberto antes de que ella pudiera intentarlo.

— Begagxio —gritó Arturo, consiguiendo que el agua de un charco contaminado saliese disparada hacia la cara de Huberto.

Arturo se abalanzó sobre él y los dos jóvenes cayeron enzarzados en una incesante ofensiva de golpes salvajes .

Xalara se quedó bloqueada, sintiéndose impotente ante lo que veía. Era consciente de que ninguno de los dos moriría en esa pelea, pero de no haberlo sabido, pensaría lo contrario.

Los contendientes lograron ponerse de pie a duras penas tras una breve tregua, para volver a lanzarse puñetazos y patadas cada vez más torpes e imprecisas. Ambos tenían la cara cubierta de sangre y magulladuras.

Era Huberto el que parecía más afectado, puesto que se tambaleaba amenazando con caer en cualquier momento.

Al igual que Xalara, Arturo se percató de ello y se lanzó hacia él, propinándole un puñetazo en la cara que lo derribó definitivamente.

Su padre no se detuvo ahí, al parecer no se conformaba con ganarle la pelea, sino que quería eliminarlo del camino hacia Lana.

Se agachó y se sentó sobre Huberto, golpeándolo una y otra vez en el suelo, sin que el contrincante ofreciera resistencia.

De repente Arturo fue impulsado hacia atrás por una fuerza invisible, apartándolo de Huberto, quien no se movía y, si respiraba, al menos no lo hacía de forma visible.

Xalara miró hacia la izquierda, a un extremo del callejón, donde se encontraban unos jóvenes Alexios y Andris, quienes corrían desesperados hacia la escena.

Alexios observó con pavor a Arturo, que estaba apoyado sobre sus rodillas, resollando y escupiendo sangre.

Rápidamente se agachó sobre Huberto, a quien palmeó la cara buscando en vano algún tipo de reacción física.

Luego inclinó la cabeza para acercar el oído a la boca de Huberto.

—No respira —confirmó mirando a Andris, que parecía bloqueado—. Vamos, Huberto, despierta. No nos hagas esto, despierta —suplicaba zarandeándolo, pero sin obtener una reacción—. ¿Qué hacemos?

De alguna forma, Andris volvió a activarse y se agachó también sobre Huberto, apartando de un empujón a Alexios para comenzar una maniobra de reanimación.

Lo intentó durante varios segundos sin éxito, hasta que por fin Huberto comenzó a toser y escupir sangre.

Andris lo incorporó para que no se atragantase .

—¡Sois unos idiotas! —bramó Alexios, enfatizando cada una de sus palabras entre lágrimas—. Habéis estado a punto de mataros por una estupidez de orgullo y masculinidad. Espero que Lana os rechace a los dos cuando se entere de lo que ha pasado. Yo mismo me encargaré de que lo sepa.

Arturo consiguió erguirse hasta ponerse de pie, y cuando todo indicaba que atacaría esta vez a Alexios, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó algo que arrojó con rabia al suelo.

Un objeto metálico rebotó sobre el hormigón, destellando bajo la luz de las farolas y la humedad. Acto seguido, se dio la vuelta y salió corriendo, todo lo deprisa que le permitían sus heridas y contusiones, hasta perderse por una de las salidas del callejón.

Xalara pudo ver cómo Andris se estiraba en el suelo para recoger el emblema de plata con la estrella de cuatro puntas. En ese momento, la escena se diluyó ante sus ojos.

Fue consciente de que estaba otra vez en el baño de su barracón en Lúgardark, con un escozor en los ojos que le impedía ver con claridad el emblema en su mano.

Tuvo que ir al lavabo para refrescarse la vista.

Al parecer, el tiempo que llevaba sin tener verdaderas visiones del pasado había desentrenado su capacidad de resistencia a las secuelas.

Observó el emblema, con una mezcla de asco e impotencia. Su padre había sido un clasista, idiota, cruel e inmaduro, y eso le avergonzaba hasta un punto imposible de calcular. Por esa razón decidió deshacerse de aquel emblema, arrojándolo también al váter y tirando de la cadena.

Se arrepintió de haber destrozado el plano de la Disciplina Nº3, puesto que ahora sabía que Andris no estaba siendo tan falso como había creído.

Con ese malestar recorriéndole las entrañas, Xalara fue hasta su cama, donde se quitó el abrigo y lo metió de nuevo en el cajón antes de acostarse.

—¿No puedes dormir? —preguntó Michelle en un potente susurro.

Sin embargo, Xalara no fue capaz de responder, pues el llanto se había adueñado de sus cuerdas vocales.