Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 18El pasado nunca muere #5
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CAPÍTULO 18El pasado nunca muere #5

—Esto perteneció a tu padre —declaró Andris, y Xalara se volvió hacia él.

El maestre tenía la mano abierta, mostrándole un emblema de plata formado por una estrella de cuatro puntas, similar a la que aparecía en el escudo del Gobierno representando a la Comarca Central, y especialmente a la capital.

—Cada miembro de Los 4 teníamos uno —explicó—. Y este era el de tu padre. Lo perdió tras la pelea con Huberto por el amor de tu madre, lo cual derivó en que Huberto abandonase para siempre la ciudad de Bibrébem.

Xalara paseaba la vista del emblema al rostro de Andris, buscando algún atisbo de verdad en sus gestos y palabras.

—Me gustaría creerle —manifestó ella con franqueza—, pero no puedo.

Sin previo aviso, Andris le lanzó el emblema a Xalara, quien tuvo que atraparlo en el aire para que no le golpease en la cara.

—Me creas o no, ese emblema era de tu padre, y estoy seguro de que a él le gustaría que lo tuvieses. Buenas noches, Xalara —agregó, dándole a entender que se había acabado su furtivo encuentro nocturno.

La recluta, aunque pensó en devolverle el emblema, finalmente lo guardó en un bolsillo del abrigo y se marchó.

Consiguió llegar al barracón del Noroeste sin contratiempos, tan solo tuvo que esperar en unas escaleras a que los reclutas de la guardia nocturna terminasen de recorrer uno de los pasillos. Por suerte, de noche, los cuero negro no estaban tan omnipresentes en Lúgardark.

Una vez dentro del dormitorio, decidió ir al baño antes de meterse en la cama.

Michelle estaba profundamente dormida, y Xalara hubiera deseado que no fuese así para comentar con ella lo ocurrido.

Aunque, en lo referente a sus padres, casi siempre prefería quedárselo para sí misma, puesto que lo consideraba algo demasiado personal e íntimo.

Xalara entró en el baño sin encender la luz y luego se metió en una de las cabinas donde estaban los váteres, para sentarse sobre la tapa cerrada.

Cuando se aseguró de que nadie parecía haberse despertado por su intempestiva llegada, sacó el papel arrugado del bolsillo y activó la fórmula arlasófica para iluminar su mano.

— Volter .

Lo había observado cuando Andris se lo dio, pero ahora, en soledad, se fijó en cada detalle.

Siempre y cuando creyese en la veracidad de esas indicaciones, la Disciplina Nº3 estaría basada en la instrucción de Formación Física, y específicamente en una pista de obstáculos que los participantes deberían superar por medio de sus condiciones físicas.

Muchas veces habían entrenado ejercicios parecidos con la maestre Brenda Lenders, pero nunca todos juntos en un solo circuito.

Xalara era consciente de que esa Disciplina beneficiaría claramente a los participantes masculinos, y supo que Diago saldría ganador.

Su vista se detuvo al comprobar que uno de los ejercicios consistiría en nadar; y no solo eso, sino que tendría que bucear para superar los obstáculos que estarían en el agua.

Aquello confirmaba que su participación terminaría en la Disciplina Nº3.

Llevada por un arrebato de impotencia, arrugó el folio y lo tiró dentro del váter.

Fue entonces cuando recordó que en otro bolsillo del abrigo tenía el supuesto emblema de su padre.

Lo sacó con la mano izquierda y con la derecha lo iluminó.

Fijándose detenidamente en él, descubrió que en la parte interna del anillo que servía de sustento a la estrella de cuatro puntas había una inscripción con la palabra «AR».

Recordó que Alexios llamaba a su padre así.

Cuando le dio la vuelta al emblema, vio que tenía una pequeña mancha roja que delataba restos de sangre. Xalara sintió que se desmayaba.

De pronto se encontraba en un callejón oscuro y húmedo en lo que sin duda era Bibrébem de noche, donde caía una lluvia muy fina que traspasaba su cuerpo como si fuese un fantasma.

Tenía esa sensación de ingravidez ya conocida, diferente a lo que sintió cuando estaba dentro de aquel supuesto reloj o en las calles de Yadarme cuando el Lórdezeit y los herederos arrestaron a sus padres.

Además, ahora sí veía sus brazos, su torso y sus piernas, y la vista estaba a la altura habitual de sus ojos.

Por eso supo que esta vez se encontraba en una verdadera visión del pasado, sin duda creada por el emblema que aferraba entre sus dedos, aunque ahora no fuese así.

A pesar de la llovizna parecía verano, puesto que el joven que tenía de espaldas frente a ella vestía con manga corta.

No tardó en llegar un segundo chico, haciéndolo por el otro extremo del callejón. Xalara lo reconoció enseguida, se trataba de Huberto Cóbelpot, a una edad casi adolescente .

Ella comenzó a caminar por ese suelo que no sentía bajo sus pies, con la intención de verle la cara al chico que estaba de espaldas, confirmando que se trataba de su propio padre.

Arturo Vágüer, quien mostraba una expresión de rabia contenida, contemplaba a Huberto, que acababa de detenerse unos metros más allá. Ninguno de los dos apartaba la mirada del otro, y Xalara temía lo que estaba a punto de presenciar.

—Esto no tiene por qué acabar así —manifestó Huberto, muy serio, con una voz distinta de la que conocía Xalara—. Apártate de Lana y olvídate de ella para siempre. Luego cada uno de nosotros seguirá su camino.

—¿Hablas en serio, dobleclase ? —respondió Arturo con una arrogancia tremenda.

Xalara se quedó con la boca abierta mirando a su padre: no podía creer lo que acababa de escuchar. Aquello confirmaba que era un clasista, la base de todo heredero.