Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 17Una boda gubernamental #3
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CAPÍTULO 17Una boda gubernamental #3

—No sé de qué me hablas —disimuló él, poniéndose en pie.

La presidenta iba a insistir en la misma idea, pero la madre de Sarah apareció como surgida de la nada y, algo bebida, se abrazó a Andris y lo arrastró hacia la zona de baile.

—Mi más sincera enhorabuena por su enlace, presidenta —dijo una voz a su espalda segundos después.

Dayana Cleyton se había acercado por detrás aprovechando el descontrol provocado por el baile.

—¿Ves a toda esa gente? —respondió Crispina sin mirar a la capitana de los cuero negro —. ¿Los ves?

—Supongo que se refiere a quienes bailan —sugirió Dayana con un tono apocado.

—Todos me odian —aseveró la presidenta—. Lo hacen porque reinstauré la EDMO, porque no soy su querido Andris, pero sobre todo porque creen que yo quemé la mansión de los Nanton con ellos dentro. Pero ignoran que no fui yo, sino tú, Dayana.

Crispina miró hacia atrás un segundo para comprobar la reacción de la capitana antes de volver su atención hacia el baile.

—Presidenta —dijo la cuero negro e hizo una pausa—. Creo que no deberíamos hablar de esto aquí.

—¿Por qué no? Estamos en el lugar correcto para anunciarlo y acabar con el enigma de una vez por todas. Luego todos descansaríamos mucho mejor por las noches. ¿Tú no tienes insomnio desde entonces?

—Yo tengo la conciencia muy tranquila —aseguró la capitana—. Porque simplemente acepté y cumplí con éxito una orden de mi presidenta .

—¿Eres consciente de lo fácil que sería ponerme en pie, dar unos golpes en la copa para reclamar la atención de todos y soltar que tú fuiste quien lo hizo? —amenazó Crispina—. ¿Sabes el peso que me quitarías de encima?

—Por favor, presidenta, hablemos de esto en un lugar más tranquilo.

—¿Por qué? ¿Acaso pretendes silenciarme?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

—Por supuesto que no —enfatizó Dayana—. Desde que tuve el gran honor de ser nombrada capitana de los cuero negro , solo he sentido una enorme gratitud hacia usted. Cuando me ordenó que hiciera aquello, lo hice, sin dudar, porque usted representa todo lo bueno que hay ahora en mi vida.

—No es cierto —discutió Crispina—. Claro que dudaste.

—Le aseguro que no fue así, yo…

Sin embargo, Dayana se calló al ver que la presidenta se ponía de pie.

Crispina acababa de fijar la vista en su esposa, que bailaba con un hombre que no era su padre.

La presidenta apartó a Dayana de su trayectoria y se dirigió como una posesa hacia ellos, empujando bruscamente a todo aquel que se le cruzaba. Al llegar a su altura, Crispina vació el contenido de la copa sobre ese hombre, deteniendo el baile de todo aquel que se encontraba cerca.

—¿Qué haces? —protestó Sarah, a punto de llorar.

—¡Estás bailando con un traidor!

—¿Qué?

—Ese hombre conspira con mis detractores para derrocarme, por eso está aquí.

—Tía, tranquila —dijo Andris, que acababa de llegar, poniéndole una mano sobre el hombro.

Crispina hizo un movimiento para apartar su mano.

—Por favor, tía, ven conmigo —insistió .

No obstante, lo único que recibió como respuesta fue una fuerte bofetada de la presidenta. Algo que terminó de reclamar la atención de todos los presentes, incluidos los miembros de la orquesta, que se vieron obligados a parar la actuación.

Como si acabara de despertarse de una pesadilla en la que ella no tenía control alguno sobre sí misma, Crispina se quedó paralizada, contemplando el enrojecido rostro de su sobrino, donde la marca de su mano se hacía cada vez más visible.

Ella nunca le había pegado, ni siquiera cuando era un niño y se encaprichaba con cualquier cosa.

—Lo siento, cariño —sollozó la presidenta—. Yo no quería... de verdad que lo último que quiero es hacerte daño.

—¡Capitán! —reclamó Andris, sin alterarse lo más mínimo—. Por favor, acompañe a mi tía a sus aposentos. La pobre está agotada y necesita descansar. Ha sido un día con demasiada emoción.

—Solo acepto órdenes de la presidenta —refutó Gustavo, quien al igual que sus compañeros en la Escolta Presidencial, se encontraba cercando la escena.

—Yo no quería, de verdad que nunca quise —repetía Crispina como un bucle sin fin, asemejándose a una niña pequeña y arrepentida.

—Gustavo —insistió Andris, mirándolo a los ojos—. Mi tía te necesita, por favor.

El capitán paseó varias veces la vista de Andris a Crispina. Finalmente se acercó a la presidenta y acarició su brazo.

—Vamos, Crispina, necesitas descansar —le susurró al oído.

—Yo no quería, de verdad que no —insistió ella, esta vez mirando a los ojos de Gustavo.

—Lo sé, Crispina, lo sé.

Poco a poco el capitán logró llevarse a la presidenta bajo una lluvia de miradas y comentarios cuidadosamente disimulados, mientras ella repetía una y otra vez su lamento.

Los otros miembros de su Escolta seguían a la presidenta y a Gustavo, pero dejando entre ellos unos metros de distancia, hasta que llegaron frente a la puerta de los aposentos presidenciales .

—Quedaos fuera —les ordenó su capitán, aunque no fuese necesario.

Condujo a una desorientada Crispina hacia el interior, donde la llevó hasta su cama. Pero nada más entrar en el dormitorio, Crispina dejó de pronunciar lo mismo que llevaba diciendo los últimos minutos, y contempló a Gustavo como si no conociera al hombre que tenía delante.

—¿Qué hacemos aquí? —le preguntó ella, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Y la boda?

—Ya ha terminado —explicó él.

—¿Terminado? ¿Y se han ido todos esos traidores?

—Sí, no tienes de qué preocuparte —confirmó.

—¿Y Andris? ¿Mi sobrino se lo ha pasado bien?

—Imagino que sí —respondió—. Lo vi muy feliz por tu casamiento —añadió, despertando una leve sonrisa en la presidenta.

—¿Y mi esposa? ¿No se supone que esta es nuestra noche de bodas?

—Ella vendrá enseguida —prometió él—. Pero ahora debes tumbarte en la cama para esperarla.

Esta vez Crispina sí le hizo caso sin tener que insistir, y caminó hacia su cama con la ayuda de Gustavo, que la miraba con una expresión de congoja.

—¿Y tú? ¿Por qué pareces tan triste?

—No lo estoy —aseveró forzando una sonrisa—. Solo me preocupo por ti, como he hecho siempre, nada más.

—¿Vas a irte? —le preguntó ella.

El capitán pareció dudar mientras la miraba a los ojos, pero asintió.

—¿Y a dónde vas a ir?

—Tengo que avisar a tu sanador para que te revise.

—No —se negó Crispina, incorporándose en la cama para sujetarlo—. Solo tú puedes hacerme sentir bien. Hazme sentir bien, Gustavo —insistió, volviendo a sollozar mientras tiraba de su uniforme para atraerlo hacia ella.

El hombre se resistió sin forzar en exceso, pero finalmente se dejó arrastrar hacia los labios deseosos de Crispina .

—Hazme sentir bien —repitió casi sin aliento por los besos—. Solo tú puedes hacerlo.

El capitán soltó la vaina de su cintura y el arma cayó al suelo con estrépito.

—Por favor, hazme sentir bien —repitió la presidenta.

Gustavo comenzó a desvestirla con movimientos lentos y cuidadosos, sin separar los labios de los suyos.

Sin embargo, ella le agarró la mano y la condujo hacia la humedad de su entrepierna, donde él deslizó los dedos con suavidad.

Ahora ambos comenzaron a desvestirse mutuamente, como realizando una coreografía de miradas y movimientos.

—Hazme sentir bien.

—Lo haré.

Cuando Crispina se quedó completamente desnuda, percibió las sábanas frías en la espalda, provocándole un estremecimiento que le erizó la piel, por la que comenzaron a subir las manos cálidas de Gustavo, recorriendo todo su torso hasta terminar en las mejillas.

—Te amo, Crispina Streif —dijo sosteniéndole el rostro, mirándola a los ojos, y ella lo guio hacia el interior de su cuerpo.

Se escuchó un golpe.

—¿Qué…? ¿Qué estáis haciendo?

La voz de Sarah no sonó a reprimenda, sino a una decepción devastadora.