CAPÍTULO 17Una boda gubernamental #2
Sarah se giró primero para quedar frente a su prometida, que tardó en imitarla, hasta que vio en su sobrino una disimulada expresión que compuso para animarla.
—Cogeos de la mano según dicta la tradición, por favor —les indicó el oficiante.
Esta vez se movieron al unísono, sin romper en ningún momento el contacto visual como exigían las normas del ritual.
Crispina, con su mano derecha, cogió la correspondiente de Sarah, y luego hicieron lo mismo con sus manos izquierdas, creando la equis que simbolizaba una unión que no tenía principio ni fin.
Decenas de flashes fotográficos se dispararon entonces sobre las protagonistas.
—Sarah Corman —habló de nuevo Andris—. ¿Quieres tomar como esposa a Crispina Streif y juras no romper jamás este enlace?
—Sí —respondió de inmediato—, quiero y juro.
Andris asintió para aceptar sus palabras.
—Crispina Streif —dijo ahora sin disimular una sonrisa emocionada—. ¿Quieres tomar como esposa a Sarah Corman y juras no romper jamás este enlace?
La caja torácica de Crispina comenzó a agitarse, algo perceptible para todo aquel que estuviera cerca. Parecía imposible que pudiese mantener el contacto visual con su prometida, lo que obligaría a reiniciar el ritual.
—Sí, quiero y juro —dijo al fin, aunque como si otra persona hubiese pronunciado esas palabras .
Andris sacó un ancho cordón blanco del bolsillo de su chaqueta y bajó el escalón para entrar en el círculo de velas. Luego procedió a envolver las muñecas y manos de ambas mujeres.
—Yo, Andris Bóstoul, como oficiante de esta boda y con el poder que me confieren las leyes de Las Cinco Comarcas, sello el enlace de vuestro amor al tensar este lazo, que servirá como el recuerdo de vuestra promesa.
Tras esto, Andris retrocedió y salió del círculo.
—Ahora rubricadlo con un beso —indicó con una extensa sonrisa.
Fue Sarah quien tomó la iniciativa y no esperó a que Crispina se quedara inmóvil.
El beso duró poco y resultó frío para todos, especialmente para sus protagonistas, pero fue suficiente para poner fin a la ceremonia.
Por eso todos prorrumpieron en un aplauso solemne, antes de que el nuevo matrimonio mirase hacia los bancos para agradecer su presencia; aunque solo Sarah lo hizo de forma sincera.
Crispina sabía que todos eran unos aduladores, y lo único que se le pasaba por la mente era coger esas cámaras que no dejaban de disparar fotos para tirárselas a la cara.
Al aplauso se unió enseguida la orquesta con la marcha nupcial, sonando con un tono musical más jolgorioso que al inicio de la ceremonia, pero sin llegar a perder el decoro.
Después, ya sin público, realizaron las fotografías protocolarias y familiares.
Crispina sabía que una de ellas protagonizaría la portada de los periódicos al día siguiente.
No le importaban lo más mínimo las opiniones de quienes los compraran, pero recordó las palabras de Andris y se esforzó para sonreír.
—Ya estamos casadas —comentó Sarah, emocionada cuando abandonaban el Salón de Conferencias para acudir al vestíbulo, donde tendría lugar el banquete y la posterior fiesta—. ¿No te parece increíble?
—Ya lo creo —dijo Crispina, aunque ni el tono empleado ni la sonrisa que compuso alcanzaron a sus ojos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó su esposa.
La presidenta del Gobierno asintió con firmeza, pero sin dirigirle una mirada .
—¿Quieres que avisemos al sanador para que valore si debes tomar otra pequeña dosis antes de ir al banquete? —insistió.
—¡Estoy bien! —bramó Crispina, deteniéndose y obligando a hacer lo mismo a Sarah y a la Escolta Presidencial, cuyos miembros caminaban unos cuantos pasos por detrás.
Estos, como hacían siempre, disimularon cualquier reacción al enfado de su presidenta, esforzándose en aparentar que no existían a pesar de acompañarla a todas partes.
—¿Puedes dejar de tratarme como si estuviera loca? —reclamó Crispina.
—Yo no creo que lo estés —argumentó Sarah, cohibida.
—Entonces deja de comportarte así.
—Vale, lo siento. Solo quiero que disfrutemos al máximo de nuestro día más especial. Te amo, Crispina Streif, y lo haré hasta mi último día. Hoy me has hecho la persona más feliz.
Si la vicepresidenta esperaba una respuesta recíproca, no fue así.
Ya era de noche cuando llegaron a la parte más baja de la Gran Escalinata, donde desembocaba en la entrada al vestíbulo.
La estancia estaba repleta de infinitas bombillitas blancas que además se veían reflejadas en el reluciente suelo de mármol, creando una atmósfera lumínica sin comparación.
—¡Ya llegan! —se escuchó desde dentro del vestíbulo.
Sarah se colocó bien el atuendo y cogió de la mano a su mujer para entrar en el vestíbulo, donde comenzó a sonar una música emocionalmente vacía.
Todos los comensales estaban sentados a las mesas y se pusieron en pie para aplaudir la entrada de las protagonistas, quienes no tuvieron que caminar demasiado para alcanzar su mesa, que se distinguía de las demás porque era rectangular y no redonda, colocada en un extremo de la enorme estancia.
En ella las esperaban sus familiares más directos.
El vestíbulo se encontraba repleto de flores blancas que simulaban una enredadera en torno a las columnas.
La fuente del centro no expulsaba agua, y tenía bombillas flotando en la que estaba estancada.
Habían colocado decenas de mesas en una de las mitades del vestíbulo, lo suficientemente separadas como para no resultar molesto moverse entre ellas.
Todas albergaban una extensa y elegante cristalería de copas y vasos, con cubiertos de plata maciza grabados con el escudo del Gobierno.
También había masivos centros de mesa con orquídeas y rosas blancas que apenas permitían ver al comensal situado enfrente.
Crispina se sentía muy incómoda, y dentro de ella no nacía ni un ligero atisbo de esa felicidad que parecía embargar a su nueva esposa, que saludaba con la mano abierta en todas las direcciones, sin borrar una sonrisa que, a diferencia de la suya, sí se percibía sincera.
Por fin todos se sentaron y la Escolta Presidencial se apostó detrás de la mesa principal: unos mirando hacia el vestíbulo y otros hacia la Gran Escalinata.
También en los laterales de la estancia había decenas de guardias y cuero negro , entre ellos Crispina pudo ver a la capitana Dayana Cleyton, que le devolvió la mirada con un gesto neutro.
Los camareros comenzaron a servir la cena.
El despilfarro económico no tenía precedentes en unas arcas públicas bastante castigadas. Pero eso no le importaba a la presidenta, pues su único objetivo continuaba siendo acabar con Xalara Verdreven.
La voz de Andris la rescató de su propia mente.
—¿No cenas? —preguntó este, comprobando que su tía se dedicaba a remover la sopa de salmón sin llevarse nada a la boca, mientras contemplaba embelesada un punto vacío del vestíbulo.
—Espero que te lo estés pasando bien —contestó ella sin mirarlo, empleando un tono nada benevolente.
—Has hecho lo correcto —afirmó Andris, seguramente detectando esa sensación de reproche—. Créeme, es lo mejor para ti, y también para todos.
La presidenta levantó la mano para reclamar la atención del camarero que conducía una mesita con ruedas repleta de licores. Después de que este le llenase la copa, Andris frenó la mano de su tía cuando se disponía a beberla.
—No puedes —advirtió él—. No debes tomar alcohol.
Crispina hizo un movimiento brusco para apartar el brazo de su sobrino, y parte del licor se derramó por la mesa .
—Es contraproducente que mezcles el alcohol con el tónico que estás tomando —susurró Andris, insistente, tratando de no llamar la atención.
—Soy la presidenta —arguyó Crispina, sacando una rabia que nunca había mostrado hacia su sobrino, algo que le avergonzó, pero que enseguida quedó olvidado—. Yo sabré qué es bueno para mí.
Aunque no parecía conforme, Andris cesó en su empeño de quitarle la copa, lo que a su tía le produjo una gran satisfacción y sensación de victoria.
Saborear el intenso aroma del licor en el paladar le produjo una sensación de calma indescriptible.
Su intención era seguir bebiendo hasta olvidar dónde se encontraba.
A su izquierda, Sarah hablaba animosamente con sus padres, describiendo cuáles habían sido todas sus sensaciones antes y durante la ceremonia.
Igual que hacía la mayoría de los comensales con sus acompañantes en las respectivas mesas.
Crispina se cuestionó si estos no serían actores pagados para completar el decorado.
Después de la tarta y antes de que comenzase la actuación musical, tuvo lugar el tradicional pase de mesa, en el que todos los invitados desfilaron uno por uno para felicitar a las protagonistas por su reciente enlace.
A esa hora, Crispina comenzaba a estar ebria, y tuvo que hacer un ejercicio de autocontrol para no insultar a todo aquel que se le ponía delante.
Al terminar ese protocolo, la orquesta inició su actuación, lo que anunciaba uno de los momentos más esperados de la boda: el baile.
Como dictaba la tradición, Crispina y Sarah debían abrirlo.
Esta última se puso en pie de inmediato. Su mujer la miraba con los ojos entrecerrados, incapaz de mantenerlos fijos en su cara. Los síntomas que estaba teniendo iban más allá de la ingesta de alcohol. Finalmente, la presidenta se aferró a la mano de su esposa para que la ayudara a levantarse.
Su técnica de baile resultó torpe y bochornosa para la vista, y en cuanto la orquesta cambió de melodía, Crispina se desligó bruscamente de Sarah y buscó de nuevo la silla al lado de su sobrino .
Nadie pareció reaccionar visiblemente al gesto. Ni siquiera la propia Sarah, que enseguida fue absorbida por el abrazo de su padre, antes de arrastrarla con los demás hacia la improvisada pista de baile.
—¿Bailas conmigo? —le pidió Andris a su tía, adoptando una expresión inocente, con la mano estirada hacia ella.
—Sé que fuiste tú el que antes me impulsó a levantarme mediante arlasofía —declaró Crispina—. No creas que no me he dado cuenta.