CAPÍTULO 17Una boda gubernamental
Una boda gubernamental
Desde primera hora de la tarde, los aposentos de la presidenta se llenaron de intrusos.
Crispina se había tomado, por prescripción de su sanador personal, una dosis reforzada del tónico para los nervios.
Algo que, a su parecer, no le estaba sirviendo de mucho, pues tenía la constante sensación de que, en cualquier momento, perdería el control.
Su sobrino había abandonado el puesto como maestre en Lúgardark por un día, para acompañarla desde primera hora en una jornada tan especial.
Al fin y al cabo, estaba en esa tesitura gracias a él o por culpa de él, después de que la azuzara para casarse cuanto antes con Sarah.
A pesar de la discordancia con Andris a raíz de los recientes éxitos de Xalara Verdreven en Las Cinco Disciplinas, seguían unidos por un vínculo irrompible, y eso para Crispina representaba su razón de vida.
Andris se había marchado tras la comida que compartieron en solitario, pues además sería el oficiante de la boda entre Crispina y Sarah.
Una ceremonia que los medios de comunicación no tardaron en denominar la Boda Gubernamental , puesto que uniría en matrimonio a la presidenta y a la vicepresidenta del Gobierno.
El gran evento tendría lugar a última hora de la tarde, pero la preparación de Crispina comenzó horas antes, cuando una docena de modistas y maquilladores irrumpieron con descaro en sus aposentos.
Advertida previamente por su sobrino, Crispina se dejó hacer todo lo que ellos quisieron. El trabajo más tedioso y el que les retrasó mucho más de lo esperado fue el de maquillarla, pues tuvieron que afanarse para disfrazar el aspecto enfermizo que mostraba desde hacía algunos meses.
Al final acabó vestida con una chaqueta blanca y unos pantalones del mismo color y material, que se ajustaban perfectamente a la extrema delgadez de su cuerpo.
Como guinda y según establecía la tradición, su modista personal le colocó una corona de flores sobre la cabeza.
Entonces Crispina se observó en el espejo por primera vez en toda la tarde.
Unos golpes en la puerta rompieron esa conexión emocional consigo misma.
Una de las maquilladoras abrió y entró el capitán de la Guardia Presidencial. Este se aclaró la garganta antes de hablar.
—Vengo a escoltarla hacia su boda, presidenta —anunció con una voz inusualmente apagada.
—Todos fuera —ordenó Crispina—. He dicho que fuera —repitió al ver que los estilistas se afanaban en recoger sus herramientas de trabajo.
Entendiendo que la orden no iba hacia él sino por él, Gustavo penetró en la habitación cuando se quedaron solos, con el resto de la Escolta aguardando tras el umbral.
—Tienes que… —dijo y carraspeó nuevamente—. Tiene que cogerme del brazo, señora.
Crispina escudriñó su rostro antes de aceptar el ofrecimiento, notando cómo le temblaba la mano, aunque se detuvo al sentir el calor corporal de Gustavo. Él movió la suya hacia la puerta y dijo:
— Begagxio.
Provocando que esta se cerrara.
—¿Qué haces? —protestó Crispina sin ímpetu—. Vamos a llegar tarde.
—Quiero hablar contigo —explicó él, que parecía esforzarse para mantener la entereza—. Yo solo quería decirte que… conocerte…
—Capitán —terció la presidenta—. Voy a casarme. Amo a Sarah y voy a casarme con ella .
—Esa mujer y tu sobrino te tienen atrapada en su prisión de halagos —discutió Gustavo sin soltar su brazo—.
¿No te das cuenta? Incluso estás drogada porque ellos así lo han ordenado.
Te utilizan, Crispina, intentan influir en tu atribulada mente para convencerte de algo que solo les beneficia a ellos mismos.
Sé que te morirás si sigues con esta vida —aseguró tras una pausa en la que ella guardó silencio—.
Puede que todavía no, porque eres fuerte.
Pero tarde o temprano, sé que acabarán contigo y a su vez lo harán conmigo.
Porque te juro que el día que te vayas, yo me iré contigo.
—Tú también estás intentando condicionar mis decisiones —aseveró la presidenta, esforzándose para esconder sus verdaderos sentimientos mientras buscaba conectar con la mujer que un día fue y que ahora se había difuminado en el tiempo.
—Yo solo quiero liberarte, Crispina. No podré descansar hasta saber que estás bien.
—Estoy bien —afirmó ella—. Estaré bien con Sarah. Ella me quiere, y Andris también.
—Pero…
—¡¡Basta!! —exclamó Crispina a punto de perder el control, con los ojos llenos de lágrimas y apartándose de Gustavo—. No olvides el cargo que ostentas y el respeto, obediencia y sumisión que me debes profesar como presidenta —hizo una pausa para mirarlo iracunda—. ¡Escoltas, abrid!
Estos atendieron de inmediato la orden de su presidenta.
Gustavo expiró resignado y volvió a ofrecer su brazo.
—No —se negó ella de manera ostensible.
—El protocolo dice que… —comentó Gustavo, pero se detuvo al ver que Crispina ya cruzaba el umbral.
El recorrido hacia el Salón de Conferencias fue demasiado largo a pesar de haberlo realizado mucho más deprisa de lo normal, como si Crispina compitiese por dejar atrás a Gustavo, que caminaba junto a ella, aunque un paso rezagado. De fondo se escuchaba el sonido incesante de las campanas .
La barandilla de la Gran Escalinata lucía decorada por cientos de flores en el rellano donde estaba la puerta al Salón de Conferencias, también adornada, creando un arco florístico en torno a ella. Al menos medio centenar de cuero negro y guardias del propio palacio vigilaban el acceso.
Andris había insistido en que la boda fuese retransmitida por la televisión, porque lo consideraba clave para lograr el efecto deseado en la sociedad.
No obstante, Crispina se cerró en banda y finalmente prevaleció su decisión: para que luego Gustavo dijese que la tenían controlada.
Solo permitió la entrada de algunos fotógrafos para dejar constancia del acontecimiento. Con eso era más que suficiente.
Todos los bancos del Salón de Conferencias, engalanados con lazos blancos, se encontraban repletos de personas que sonreían observando la entrada de la presidenta, sumida en una nube de flashes.
Al mismo tiempo comenzó a sonar, a cargo de una orquesta, la tradicional marcha nupcial que acompañaba a todas las bodas celebradas en Las Cinco Comarcas, mezclándose con el todavía estridente campaneo.
En las naves laterales se apostaban más de un centenar de cuero negro y guardias, vigilando que todo se celebrase con la mayor seguridad posible, por estricta orden de su presidenta. No iba a permitir ningún acto de sublevación, por mínimo que fuera.
El sol del atardecer entraba por el rosetón, dibujando el escudo del Gobierno en una sombra sobre el suelo, justo en el centro del pasillo, como recibiendo a Crispina.
Todo en esta ceremonia era muy parecido y al mismo tiempo diferente a su toma de posesión como presidenta.
Ella, de alguna manera, dada la atmósfera y los detalles externos que parecían conspirar para que así fuese, supo que esta vez estaba haciendo lo correcto.
Pero si era así, ¿por qué no se sentía como tal?
Crispina caminaba despacio, observando de soslayo a todas las personas que la miraban, estudiando en sus rostros la falsedad de sus sonrisas para hacérselo pagar más tarde.
Le llamó la atención ver a varias familias de la élite entre ellos.
Sin embargo, no conocía a la gran mayoría.
En la parte delantera estaban sus consejeros .
Crispina y Gustavo se detuvieron a los pies del estrado, a la misma altura que se hallaba Sarah, emocionada y vestida casi idéntica a su prometida.
Subido al primer escalón se encontraba Andris, bañado en la espalda por la luz difusa del atardecer.
En ese momento, la música y el campaneo se detuvieron, dejando todo en silencio, por lo que cualquier mínimo movimiento se magnificaba en una estancia tan grande y acústicamente prodigiosa.
—¿Quién es la persona que llega convencida hasta aquí para unirse en matrimonio? —preguntó Andris mirando a Gustavo, cumpliendo estrictamente el protocolo y la tradición ancestral.
—Crispina —respondió este tras un breve mutismo en el que la presidenta lo miró de reojo—, del apellido Streif. ¿Quién está aquí para solicitar esta unión?
Un hombre situado detrás de Sarah se adelantó hasta ponerse a la altura de su hija.
—Sarah, del apellido Corman —dijo este, alzando orgullosamente la barbilla. Su hija y otra mujer situada más atrás lo observaban con atención y los ojos brillosos—. ¿Quién tiene el honor de traer a Crispina?
—Gustavo —contestó con la voz entrecortada y la vista clavada en el suelo—. Gustavo Zorien, quien, en calidad de representante, dado que su único pariente vivo es quien oficia esta ceremonia, ha tenido el honor de traer a Crispina Streif hasta aquí.
—Muy bien —terció Andris, poniendo fin al embarazoso momento—. Entrad en el círculo.
Crispina y Sarah dieron unos pasos solemnes y se introdujeron en una circunferencia creada por decenas de velas encendidas en el suelo, a los pies del estrado.
Los demás interventores se retiraron hacia los lados, dejando libre el pasillo para que todos pudiesen ver a la pareja y a Andris.
—Hoy, viernes treinta y uno de enero, del año setecientos dieciséis después de la Unificación, nos reunimos en este salón para ser testigos y celebrar la unión en matrimonio entre estas dos maravillosas mujeres que se encargan de velar por nuestros intereses, aun sabiendo que muchas veces sacrifican los suyos.
Ellas se presentan ante todos nosotros para sellar un amor eterno, y están orgullosas de que lo presenciemos —dijo Andris—.
Porque, en estos tiempos que corren, a veces llenos de convulsión, el amor es la mejor arma contra el odio.
Por un instante, dio la impresión de que toda la platea iba a prorrumpir en aplausos, pero la rápida continuación de Andris seguramente apagó esa intención.
—Ahora vamos a proceder con el ritual del enlace de manos.