CAPÍTULO 16Vuelo libre #2
—No sé cómo explicar esto —reconoció Huberto, sin esforzarse en esconder su azoramiento ante lo que estaba a punto de soltar—. Pero puede que la chica me atrajese.
—¿Puede aclararlo? —preguntó Dayana, con una mueca de repugnancia que alcanzaba más allá de la molestia producida por el insoportable hedor reinante.
—Xalara se parece a una mujer que amé hace tiempo —dijo sintiéndose avergonzado por sus palabras, pero consciente de que debía magnificar su explicación si quería que lo creyesen—, y supongo que la chica me recordaba a ella .
Algunos de los presentes compartieron miradas, Dayana soltó un leve resoplido difícil de descifrar.
—¿Y creyó coherente ponerse en contra de la justicia para llevar a cabo sus deseos más lascivos con una menor?
—En ese momento sí, capitana —afirmó Huberto—. Aunque Xalara ya había cumplido los dieciocho cuando le di cobijo en mi casa.
—Refugio evanescente, querrá decir —lo corrigió el cuero negro con la cara de acné, dejando caer que él había sido uno de quienes lo arrestaron allí.
—Llámelo como quiera —comentó Huberto sin mirarlo.
—¿Reconoce también haber pertenecido o colaborado con la Orden de los Herederos? —preguntó Dayana.
—No, de eso soy inocente —se apresuró a responder, sabiendo que esa afirmación lo salvaría de ser ejecutado—. Jamás he tenido contacto o relación alguna con dicha organización.
—¿Entonces su único interés cuando escondió a Verdreven fue meramente personal?
—Correcto.
Huberto sabía que, a pesar del mal trago, había ganado la batalla, aunque quizá no la guerra. Sin embargo, Dayana volvió a la carga cuando ya parecía conforme.
—¿Dónde encontró a Xalara antes de esconderla? ¿O fue la joven quien acudió a usted solicitando ayuda?
—La encontré tirada cerca del bosque.
—Cuando dice tirada, ¿se refiere a desmayada?
—Así es, capitana.
—¿Sospechaba que la desaparecida podía encontrarse en Yadarme? ¿Contactó con usted cuando huyó de la casa que compartía junto a su madrina?
—No, me la encontré de casualidad cuando regresaba de emborracharme en la taberna —dijo—. De todas formas, yo no tenía la capacidad de enviar ni recibir correo. Recuerde que vivía en un refugio evanescente .
—Entiendo —asintió ella, y tras observarlo durante unos segundos se levantó de la silla.
—¿Cuándo van a trasladarme? ¿Esta misma noche? —preguntó Huberto, con mucha más ansiedad de la que le habría gustado mostrar.
—¿Trasladarle? —dijo Dayana, volviéndose hacia él cuando ya le había dado la espalda—.
Usted ha escondido a una chica buscada por la justicia, acusada de intentar asesinar al presidente del Gobierno, y de ser una heredera en potencia, o al menos una fiel colaboradora de la Orden.
Por eso será ejecutado esta misma noche, bajo el amparo del decreto que así lo indica.
Lo que he firmado antes es el documento para autorizar su ejecución.
—Pero usted me prometió… —protestó Huberto, sintiéndose estafado, sin ponerse en pie, aunque esa fue su intención.
—Que le trasladaría a otra prisión —se apresuró a aclarar la capitana de los cuero negro —, no que le indultaría por sus crímenes después de confesarlos.
Dos cuero negro se abalanzaron sobre Huberto y lo obligaron a ponerse en pie, aunque no se resistió.
—Capitana —solicitó el preso—, respóndame con sinceridad a una sola pregunta. ¿Xalara sigue viva?
—Sí —respondió sin titubear—. Pero no por mucho tiempo.
—¿Por qué? ¡Dígame el motivo! —exigió, revolviéndose inútilmente para soltarse de quienes lo agarraban.
—Imagino que pronto podrá preguntárselo usted mismo.
—¡No, dígamelo!
Dayana le dio la espalda y miró al cuero negro que tenía la cara repleta de acné, quien ya portaba una capucha negra para ocultar el rostro del condenado.
—Supongo que aquí habrá un lugar para estas situaciones —comentó ella.
—Sí, lo hay —confirmó él.
—De acuerdo, llevadlo allí y ejecutadlo —declaró la capitana como si eso fuera algo rutinario para ella—. Yo comunicaré la confirmación en la capital. Buenas noches .
Dayana Cleyton se marchó sin mirar ni una sola vez más a Huberto, que enseguida tuvo que soportar cómo le colocaban el capuchón sobre la cabeza, dejándolo en penumbra.
Luego fue obligado a caminar.
Una gélida brisa traspasó su ajado atuendo y notó cómo las zapatillas de lona que llevaba puestas hacían crujir la superficie que pisaban. Supo entonces que se encontraba en el exterior. Además, dedujo que era de noche, o al menos un día nublado, debido a la ausencia de claridad bajo la capucha.
Continuaron caminando durante un largo trecho.
—Es aquí —dijo por fin la voz del cuero negro con la cara de acné, haciendo que se detuvieran.
Huberto fue arrodillado sobre el húmedo terreno y un fuerte escalofrío le recorrió el cuerpo al tomar contacto con él.
Salvo por el distante ulular de más de una lechuza, todo estaba en silencio hasta que se escuchó una espada al deslizarse de su vaina.
—Al menos sed hombres de honor y dejadme ver la cara de mi verdugo —pidió Huberto—. Quiero que nuestras miradas se crucen antes de que todo termine.
Se produjo un momento de duda, pues nadie respondió. No obstante, aunque no escuchó la aprobación, le quitaron la capucha.
Huberto comprobó que estaban a los pies de un bosque, bajo la tenue luminosidad de una luna llena sobre la que se dibujó fugazmente la silueta en vuelo de una lechuza, en un descampado cuya pradera lucía congelada y presentaba los vestigios de una nevada reciente.
Al fondo vislumbró los focos en movimiento de la prisión, situada a unos trescientos metros de distancia.
El cuero negro con el rostro repleto de acné empuñaba una espada en ristre con ambas manos frente al condenado, mientras los dos guardias que lo sujetaban se apartaron de él.
Eso fue lo último que presenció con sus sentidos.
—¿Qué le pasa en los ojos? —indicó el cuero negro con un tono asustadizo, antes de que una lechuza se lanzara sigilosamente desde la oscuridad del aire hacia su rostro, sin tiempo para defenderse .
La espada del cuero negro cayó al suelo cuando este la soltó para cubrirse con las manos. Los guardias acudieron en su ayuda, pero una lechuza más y algunos cuervos volaron hasta sus cabezas, como surgidos de la nada.
Huberto se puso en pie con dificultad.
A través de los ojos de un búho que tenía a su lado, se veía a sí mismo huyendo del lugar, mientras que, con su visión multiplicada en diferentes aves, continuaba asediando al cuero negro y a los guardias.
Tropezó unas cuantas veces en su marcha, dado que se encontraba demasiado débil para correr y, además, diseccionar su conciencia en varios cuerpos distintos al mismo tiempo, por eso no tardó en perder la conexión con las aves.
En ese momento cayó de bruces, y miró alrededor desorientado con sus propios ojos, temiendo que estuvieran pisándole los talones.
Así que no podía detenerse, debía reemprender la huida hasta que las fuerzas lo abandonasen por completo.
Luego el plan sería encontrar un refugio y usar las aves para alimentarse.