Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 16Vuelo libre
52%

CAPÍTULO 16Vuelo libre

Vuelo libre

La barba, irregular debido a las cicatrices de viejas quemaduras, le llegaba más allá del pecho.

El pelo, igualmente deteriorado, había alcanzado una longitud incluso mayor.

Por lo que podía ver, ambos se habían encanecido.

No se había duchado en meses, ni tampoco cambiado de ropa.

El hedor resultaba nauseabundo dentro de la celda, pero sus fosas nasales se habían acostumbrado.

El frío era insoportable desde la llegada del invierno.

No tenía mantas, y el colchón estaba desnudo.

El mono era demasiado sencillo: ideal para los meses estivales y una tortura para los más fríos.

Había noches, o días, pues desde un lugar sin ventanas era imposible adivinarlo, en los que se pasaba horas tiritando, incapaz de conciliar el sueño.

Había pensado en suicidarse más veces de las que podía recordar.

Comía sin cubiertos, siempre el mismo menú: gachas de avena y un trozo de pan duro, en una bandeja que le introducían por la ranura instalada a ras del suelo, que además servía de respiradero.

Por un tiempo se negó a comer, pero su cuerpo era más fuerte que su mente, algo que siempre le había sucedido cuando quiso dejar la bebida. De todas formas, estaba escuálido.

Al principio de su encierro, Huberto Cóbelpot insultaba y amenazaba a los guardias. Sin embargo, esa actitud agresiva acabó transformándose en una apatía impertérrita .

El único consuelo, y la razón por la que no se había vuelto loco, era la certeza de que tarde o temprano lo ejecutarían.

Pero cuanto más tiempo pasaba, más dudas acumulaba al respecto, temiendo que quizá lo dejasen pudrirse allí dentro.

La presidenta ya había castigado a Xalara recluyéndola para siempre en Lúgardark, ¿por qué no hacer lo mismo con él?

Ese, sin duda, sería un castigo peor que la muerte.

A menudo se preguntaba qué estaría sucediendo fuera de esas cuatro paredes: si Crispina Streif aún continuaba siendo presidenta, o si Andris habría logrado despertar.

También, aunque intentase no hacerlo, si Xalara seguiría viva.

En ocasiones lo asaltaba el pensamiento intrusivo de que, aquella noche en la que prometió rescatarla, la chica se hubiera caído al vacío mientras esperaba su llegada.

Aquella posibilidad se le clavaba como un cuchillo ardiendo en las entrañas.

Necesitaba saber cómo estaba la hija de Lana y, al parecer, nadie iba a sacarlo de esa celda si no lo hacía él mismo.

Como impulsado por un fugaz instante de lucidez, había tenido una idea que pondría en marcha la próxima vez que le llevasen la comida.

Huberto estaba tirado sobre el mugriento colchón, tiritando en un estado de duermevela cuando alguien se acercaba.

—Hora de alimentarse —anunció el guardia, dando unos golpes en el cristal de la celda para espabilarlo.

Luego se agachó para arrastrar la bandeja hacia el interior por medio de la ranura.

—Necesito hablar con un superior —apuntó Huberto.

—¿Un superior? —preguntó el guardia mientras se le escapaba una sonrisa de suficiencia—. Ya estás ante él.

—Un superior respecto a usted, quiero decir —añadió más calmado para rebajar el tono.

—¿Y por qué querrías tal cosa?

—Deseo confesar mis crímenes —manifestó sin tapujos.

El guardia se le quedó mirando, escudriñando su rostro con el ceño fruncido, pero no habló nada más y se largó .

—¡Quiero confesar! ¡Informa a un superior! —insistió Huberto para que el guardia no lo ignorase, acercando la boca a la ranura abierta en el cristal.

A pesar de sus esfuerzos, el guardia no regresó.

Horas después, posiblemente las suficientes como para contabilizar un nuevo día, Huberto escuchó pasos, pero no se parecían a los del guardia que le traía habitualmente la comida.

—Volvemos a vernos —saludó un cuero negro con la cara cubierta de acné y un taburete en la mano.

El prisionero tardó en recordar al hombre con el que había hablado durante su primer día en esa celda, que enseguida se sentó en el taburete que portaba.

—Han pasado casi siete meses desde nuestro anterior y único encuentro —explicó el cuero negro —. Te veo demacrado, Huberto. ¿No te dan de comer? —añadió, mirando la bandeja vacía que había al lado de la puerta.

Su preocupación no se sentía sincera, aunque tampoco daba muestras de pretender lo contrario.

—Me han dicho que querías hablar conmigo —aclaró, y en sus ojos se podía leer una mezcla de ansiedad y desconfianza.

—Así es —asintió Huberto, haciendo un gran esfuerzo para ponerse de pie: tuvo que apoyarse en la pared para mantenerse.

—Habla entonces —lo apremió el cuero negro .

—Quiero confesar y reconocer todos mis cargos —declaró Huberto—. Y añadiré información para que conozcáis a más gente implicada.

—Muy bien —aprobó el cuero negro , cambiando radicalmente de semblante, aunque sin perder su tono altanero—. Te escucho.

—No voy a hacerlo en esta celda, no me parece justo —arguyó el prisionero.

—¿Justo? —discutió el cuero negro —. Lo que no es justo es todo lo que has hecho para estar dentro de esa celda. ¿Qué ha cambiado para que ahora desees confesar y no lo hicieras antes en varios interrogatorios ?

Huberto dedujo que todo aquello se trataba de una prueba para averiguar si sus intenciones eran sinceras.

—No quiero morir aquí dentro —argumentó, tratando de sonar lo más convincente posible—. Deseo ser ejecutado cuanto antes.

—Eso es algo que compartimos —aseguró el cuero negro , levantándose del taburete.

Se marchó, dejando a Huberto paralizado y sin saber qué decir para contrarrestar la acción.

Acababa de confirmar lo que pensó durante mucho tiempo: que iban a dejarlo morir en esa celda, porque la oportunidad de confesar y tener un final distinto había pasado.

En las siguientes veces que el guardia le llevó las gachas y el pan duro, Huberto intentó entablar una conversación. Pero el guardia siempre se mostró reacio ante cualquier contacto que no fuese el de dejar una bandeja y recoger otra.

Ignorando cuánto había transcurrido desde la última visita, seguramente días, el cuero negro con la cara repleta de acné volvió a presentarse frente a la celda de Huberto.

El recién llegado hizo un gesto con la mano hacia su derecha, y un guardia alto y fornido se acercó.

—Las manos a la espalda —dijo este, apuntando al recluso con el dedo—. Vas a salir muy despacio y sin intentar ninguna tontería. Quiero ver tus malditos labios sellados o volverás dentro para recibir una paliza.

Huberto asintió, sabiendo que por mucho que quisiera, tampoco tenía la fuerza suficiente para hacer algo distinto.

Luego el cuero negro se acercó a la puerta y activó la fórmula arlasófica para desbloquearla.

— Dunoxdita .

Tras sonar el chasquido que anunciaba su éxito, la puerta se abrió y, por primera vez en meses, entró aire limpio en la celda. Al mismo tiempo, quienes estaban fuera de ella tuvieron que arrugar la nariz.

El guardia entró para colocarle unas esposas enguantadas al prisionero, y a punto estuvo de vomitar cuando se acercó a él .

—Sal despacio y con la boca cerrada —insistió el guardia a duras penas, con una mano sobre la empuñadura de su espada, que permanecía envainada.

Huberto fue conducido por un pasillo corto, donde solo existían su celda y otra más, cerrada y vacía. Luego subieron unos pocos peldaños que los llevaron hacia una sala cuadrada más amplia, donde contabilizó cinco celdas, tres de ellas ocupadas.

Finalmente se internaron en otro corredor estrecho y se detuvieron ante una habitación sombría y carente de ventanas, cuyo aspecto evocaba al de una oficina.

En un primer vistazo, Huberto solo vio dos guardias y un cuero negro , pero cuando lo hicieron girar hacia su izquierda, comprobó que varios cuero negro permanecían apostados en un espacio anexo donde había varias sillas.

Entre ellos se hallaba una mujer alta de pelo oscuro, a la que reconoció por haberla visto varias veces en el periódico tras ser nombrada capitana.

—Siéntate ahí —le ordenó el cuero negro que lo sacó de la celda, orientándolo hacia una silla situada en ese espacio adyacente a la oficina.

—Tengo mucho frío —manifestó Huberto mientras obedecía, aunque la temperatura era agradable en comparación con la celda.

—Traedle una maldita manta —ordenó Dayana Cleyton.

Uno de los guardias corrió hacia un armario y sacó una gris con el escudo del Gobierno bordado, que contrastaba enormemente con la suciedad que portaba Huberto cuando se la colocó sobre los hombros.

Dayana movió una silla y se sentó frente a él, manteniendo las distancias. El resto de cuero negro observaban la escena en silencio, pero con la mano apoyada en el pomo de sus armas, listos para intervenir si era preciso.

—¿Cuál es su nombre, prisionero? —preguntó la mujer.

—Huberto Cóbelpot —respondió este, dudando de si era parte del protocolo o una pregunta necesaria debido a su irreconocible aspecto físico .

—Bien, señor Cóbelpot —continuó Dayana—. He sido informada de que está dispuesto a confesar.

—Sí, así es —asintió él—. Pero solo confesaré si me promete el traslado a otra prisión. No puedo seguir ocupando una celda aquí.

El cuero negro con la cara repleta de acné cambió de postura: ese no era el trato completo que había pactado con él.

—Se lo prometo —dijo ella sin dudar.

—Póngalo por escrito y fírmelo, por favor —exigió Huberto.

Dayana hizo una mueca de fastidio antes de ordenar con un gesto a uno de los guardias de la prisión para que le acercase papel y bolígrafo. Después se dedicó a escribir su promesa de traslado.

—Fírmelo, por favor —insistió el preso.

—¿Conforme? —preguntó ella, enseñándole el improvisado documento con su firma plasmada.

—De acuerdo —aprobó él sin leer el texto dado que lo veía borroso.

—¿Reconoce haber dado cobijo y escondido de la autoridad a la prófuga Xalara Verdreven? —inquirió la capitana de los cuero negro sin más preámbulos.

—Sí.

—¿Mantenían una relación paternofilial?

—No.

—¿Por qué quiso ayudarla entonces?