Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 15La Disciplina Nº2
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CAPÍTULO 15La Disciplina Nº2

Xalara abrió los ojos, con la vista demasiado difusa para saber dónde estaba. Lo que sí era seguro es que se encontraba postrada en una cama, con los brazos y las piernas atados a ella mediante cordeles que apenas le permitían moverse por mucho que lo intentara.

—Tranquila, estás en el centro de sanación —dijo una voz que le resultaba familiar, pero era incapaz de reconocer su rostro desenfocado.

—¿Quién eres? ¿Por qué me has atado? —preguntó Xalara, intentando liberarse.

—Soy Aurora Áselfof, la sanadora principal de Lúgardark —explicó como si fuese la primera vez que coincidían—. ¿Tú quién eres?

A pesar de la fácil respuesta, la recluta tardó en contestar debido a la extrañeza de la pregunta.

—Xalara —dijo secamente, pensando que todo podría tratarse de una pesadilla, pues nada de lo que estaba pasando era normal.

—¿Recuerdas cómo y por qué llegaste anoche al centro de sanación? —preguntó Aurora.

Xalara no contestó, ya que cuando buscó en sus recuerdos más recientes, halló al Lórdezeit y a Alexios capturando a sus padres para llevarlos al patíbulo. Ella no había podido hacer nada por evitarlo, igual que le ocurría ahora.

—¿Lo recuerdas? —presionó la sanadora .

La recluta negó con la cabeza, rindiéndose ante sus amarres.

—¿Por qué estoy atada? —inquirió ella una vez más.

—Por seguridad.

El silencio que siguió fue difícil de asimilar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Xalara, todavía más asustada.

—¿Puedes verme? —dijo Aurora, acercando una luz a los ojos de la joven mientras eludía la respuesta directa.

—Solo veo manchas borrosas —respondió impotente—. ¿Qué me pasa? —insistió, sopesando la posibilidad de que quizá todo fuera un efecto secundario por la visión del pasado que había tenido.

—No lo sé, Xalara —admitió la sanadora—. En todos mis años de carrera nunca había visto algo así.

Esa afirmación, y la forma de decirla, puso a la recluta aún más nerviosa.

—Te voy a soltar —aseguró Aurora—. Pero tienes que prometerme que te quedarás tumbada y que no intentarás ninguna tontería.

Aunque sabía que no podría levantarse aunque lo deseara, Xalara asintió, sin comprender por qué parecía tenerle miedo.

—Quiero oírte decirlo, por favor —insistió la mujer.

—Se lo prometo —aseveró la recluta con toda la determinación que pudo reunir.

La sanadora soltó a Xalara, pero lo hizo desde la distancia por medio de la fórmula begagxio .

—Listo —anunció cuando acabó.

Al estar liberada, sintió que le ardían las muñecas. Al tocarlas, descubrió que estaban cubiertas por una especie de vendaje.

—No te las toques —avisó Aurora—. Podrías infectarlas.

—¿Infectarlas? ¿Por qué? —cuestionó la chica, temiendo la posible respuesta, dado que todo empezaba a encaminarse hacia una misma dirección.

—¿Estás lo suficientemente tranquila para escucharme con claridad? —reclamó Aurora.

Xalara afirmó con la cabeza, aunque no estaba segura .

—En primer lugar, quiero que sepas que el motivo de que no puedas ver con claridad se debe a que tienes los ojos velados —explicó la sanadora.

Por lo que le habían dicho otras veces, tanto Víliam como Michelle, sus ojos se volvían así siempre que tenía una de esas visiones del pasado. Sin embargo, nunca le había durado más allá de la visión.

—Y no quiero engañarte —continuó Aurora—, no sé cómo ponerle remedio o si es algo irreversible.

—¿Voy a quedarme así?

—No lo sé —respondió con un tono tan pesimista que Xalara no pudo reprimir una lágrima—.

De madrugada, recibí el aviso de que estabas sufriendo un ataque en tu cama —siguió explicando la sanadora—.

Me dijeron que hacías… cosas muy extrañas y que debía ir al barracón del Noroeste cuanto antes.

Cuando llegué, no podía creer lo que veía.

—¿Qué fue? —intervino Xalara, presa de la incertidumbre.

—Todas tus compañeras dijeron que empezaste a agitarte y retorcerte en la cama, como si estuvieras ardiendo por dentro.

Tenías los ojos velados igual que ahora, pero se movían como si fuesen las manecillas de un reloj acelerado.

Tus muñecas estaban llenas de ampollas y supuraban un líquido blanco, frío y viscoso. Y… cuando te toqué…

—¿Qué pasó?

—Todavía no sé cómo explicarlo, pero… —Aurora parecía a punto de echarse a llorar—. Comenzaste a flotar sobre la cama.

—¿Qué? ¿A flotar?

Xalara no podía distinguir los gestos de la sanadora, pero estaba segura de que había asentido.

—No sabía qué hacer, y tomé la decisión de inyectarte un potente tónico calmante —explicó—.

Es una técnica arriesgada, nunca había tenido que emplearla, pero era la única forma de atenderte dado que eras incapaz de tragar —hizo una pausa—.

Eso consiguió detener los espasmos, y caíste sobre el colchón.

Pero entonces tu corazón se detuvo, y estabas tan fría como si llevases horas muerta.

Luego, sin explicación, tu corazón se puso en marcha y comenzaste a respirar.

Fue entonces cuando te trasladamos hasta aquí.

Al tumbarte en esta cama tu pulso, apenas perceptible hasta ese momento, recuperó un ritmo normal.

—Puede que se deba al calor —opinó Xalara tras unos largos segundos de reflexión, recordando que algo parecido ya le había ocurrido una vez, cuando estaba con Víliam en aquella cueva y él casi la daba por muerta hasta que la puso junto al fuego.

—¿Qué quieres decir con eso del calor?

—Aquí dentro hace más calor que en cualquier otra estancia de Lúgardark —argumentó—, y creo que el calor puede sanarme.

—¿Por qué siento que me estás ocultando algo?

—Lléveme junto a una de las chimeneas, por favor —solicitó la joven.

Tras sopesarlo, Aurora le quitó el freno a las ruedas de la cama y la movió por la amplia habitación hasta llegar junto a una de las chimeneas.

No fue algo instantáneo, pero Xalara notó la mejoría, y, tras vomitar, sus ojos se despejaron.

—No puedo creerlo —aseveró la sanadora, mirando a la recluta como si estuviera presenciando un hecho imposible—. Tenías razón.

—Siento haber vomitado —dijo Xalara.

—¿Cómo sabías que ponerte al lado del fuego sería la solución?

—Intuición, supongo —contestó mientras se quitaba las vendas de las muñecas, donde tenía las marcas que le hizo Érmul, pero cicatrizadas.

—¿Y eso de las muñecas? —inquirió Aurora, señalándolas.

—Si usted no lo sabe siendo sanadora, imagínese yo —declaró Xalara, que no quería contarle toda la verdad a Aurora.

Ella miraba a su paciente con desconfianza, pero parecía tan intrigada por todo lo ocurrido que no indagó en esa actitud evasiva de Xalara.

—Reconozco que esto sobrepasa mis conocimientos de sanación.

—Supongo que soy extraña en todos los aspectos —se resignó Xalara, forzando una sonrisa para persuadir a la sanadora .

La recluta intentó levantarse, pero estaba demasiado débil.

—¿Puedo comer algo? —preguntó.

—Sí, claro —asintió Aurora, como salida de un ensimismamiento muy profundo—. Voy a la cocina, a ver qué encuentro. Tú no te muevas de la cama.

Xalara asintió.

Cuando empezó a comer el puré de patata que Aurora le acababa de traer, Michelle y Aden irrumpieron en el centro de sanación, deteniéndose unos pasos después de cruzar el umbral tras ver que Xalara estaba despierta y comiendo con sus propias manos.

Fue ahí cuando ella recordó que habían hecho las paces. Una evidencia que le generó mayor bienestar que el propio calor de la chimenea.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Aden cuando se acercaron a la cama.

El chico no parecía dar crédito a verla despierta.

—Claro que está bien —dijo Michelle—. ¿No lo ves? Tía, me has dado un susto de muerte. Lo que pasó ayer…

—Lo sé —dijo Xalara, posando la cuchara en el plato—. Me lo ha contado la sanadora.

—Pero ella no lo vio desde el principio, yo sí —aseveró Michelle, incapaz de disimular el miedo a acercarse definitivamente—. No sé si podré volver a dormir tranquila sabiendo que tú estás en la litera de abajo —añadió con una ironía claramente impostada.

—¿Cuándo has despertado? —preguntó Aden.

—Hace un rato —respondió.

—Esta no ha sido la mejor forma de empezar el año, ¿no te parece? —comentó Michelle con una sonrisa.

—Pero… ¿la sanadora te ha dado una explicación de lo ocurrido? —terció Aden.

—Creo que no es la primera vez que me pasa algo parecido —dijo Xalara.

—¿No? —cuestionó otra vez el chico, aguardando más detalles .

Seguramente, percibiendo que Xalara no quería dar más explicaciones, Michelle intervino.

—¿Te ha dicho Aurora cuándo vas a salir de aquí?

—Si todo va bien, puede que esta misma noche se reincorpore a sus compañeros —respondió la propia sanadora, saliendo de su oficina.

Al parecer había escuchado toda la conversación, y solo esperaba el momento apropiado para hacer acto de presencia.

Ahora ella también había recuperado algo de color, como si la mejoría de su paciente se reflejara en ambas.

—Vuestra amiga ha sufrido una especie de colapso —explicó Aurora mientras se inclinaba sobre Xalara para tomarle el pulso en el cuello—. A veces estas cosas pasan sin ninguna explicación.

—¿Que haya flotado encima de la cama es algo que a veces pasa? —arguyó el chico, visiblemente molesto, como si estuvieran tomándole el pelo.

—No si estuviésemos fuera de Lúgardark —admitió Aurora—, pero dentro de estos muros pueden suceder este tipo de situaciones. Ya lo vivimos hace unos meses con las extrañas desapariciones de los reclutas.

—Pero eso se debió a aquel maestre —discutió Aden—. Fue un hombre secuestrando a otras personas. Esto parece cosa de fantasmas. Un fenómeno sobrenatural —añadió, y él mismo pareció asustarse con sus propias opiniones.

La sanadora compartió una mirada de complicidad con Xalara y Michelle.

Aden era esa clase de persona que se guiaba por explicaciones lógicas. Igual que Xalara hasta hacía unos meses, cuando todo cambió para ella. Por eso entendía cómo debía sentirse él ahora.

—¿Hay algo más que queráis contarme? —insistió el chico, pasando la vista de una a otra.

—Lo mejor será que os vayáis a comer —adujo Aurora.