CAPÍTULO 13Una promesa incumplida #2
—¿Cumples la orden de la presidenta, o el deseo de tu amada? Tengo esa pequeña inquietud —comentó Andris.
Gustavo lo miró con una sonrisa forzada que, claramente, disfrazaba su deseo de violencia.
—Nunca me has gustado, Bóstoul —aseguró, pronunciando el apellido con desprecio—. Nunca me ha agradado tu forma de caminar sin hacer apenas ruido. No soporto tu expresión ladina, ni tampoco tu peculiar manera de hablar .
—Vaya —dijo Andris con un tono lastimero—, crueles afirmaciones para alguien que desea ser mi tío.
Pero me conformaré con que al menos te guste mi abrigo.
Tengo uno más antiguo igual a este que ya no utilizo.
Tal vez te lo regale cuando pierdas tu puesto en la Escolta y tengas que quitarte ese inmaculado uniforme —agregó, estirando una mano para palpar el tejido.
—No me toques —se quejó Gustavo, haciendo un aspaviento para separarse de él—. La gente de tu especie me da asco.
—¿La gente de mi especie? —se extrañó Andris con ironía.
—Crispina me ha contado lo que eres —aclaró.
—Ah, ya sé por dónde vas —afirmó el maestre de Lúgardark con una sonrisa—. Entonces te resultará extremadamente doloroso que mi tía se haya revelado también como una de mi especie. Odiarás que te haya rechazado para caer en los brazos de una mujer.
Gustavo agarró la empuñadura de su espada; parecía muy dispuesto a desenvainarla.
—¿Vas a matarme por decir la verdad? —insinuó Andris—. ¿Derramarás mi sangre en un rellano de la Gran Escalinata en el Palacio de la Sede? ¿Ante la puerta del Salón de Conferencias? ¿Con mi tía la presidenta del Gobierno dentro?
—¿Y por qué no? —reflexionó el capitán, desenvainando unos centímetros de su arma.
—Hazlo —lo retó Andris, abriendo los brazos para dejar claro que no ofrecería resistencia, convencido de que Gustavo no completaría su amenaza—. Ya he estado muerto y no tengo miedo de volver allí.
El capitán no movió ni un solo músculo ante la provocación de Andris, que finalmente bajó los brazos y dio un paso hacia adelante. Pero enseguida se encontró con la desenvainada espada de Gustavo, apuntada hacia él.
—No te creo —dijo Andris, esquivando el arma y a su portador para abrir la puerta del Salón de Conferencias, con un escalofrío que le recorrió la espalda .
El sonido al cerrarse reverberó en la gigantesca estancia, como si sus paredes se quejasen por haber sido molestadas en medio de la noche.
— Oxditadunta —murmuró después, girando la mano en el sentido contrario de las agujas del reloj frente al cerramiento de la puerta.
Estaba oscuro, salvo por la iluminación de la ciudad que se colaba a través de los enormes ventanales. Aun así, creyó que lo más apropiado sería no encender las luces.
—¡He dicho que no quiero ver a nadie! —protestó Crispina, desvelando su ubicación.
—¿Tampoco a tu querido sobrino? —dijo Andris, caminando hacia el estrado, donde pudo ver la silueta de su tía, encogida sobre la Silla Presidencial.
La presidenta no reaccionó a sus palabras, algo que resultó extraño para él. Cuando llegó al pie del estrado vio una botella de licor al lado de la silla. Crispina sostenía una copa llena en la mano, derramando parte del contenido por la inclinación.
Aunque dudó de si esa sería la mejor decisión, Andris subió los escalones para acercarse a ella.
—¿Por qué sigue con vida? —le reprochó su tía, arrastrando las sílabas.
Cuando levantó la cabeza para mirar a su sobrino, él sintió un escalofrío, pues el rostro de la presidenta, ayudado por la tenebrosidad del entorno, se asemejaba al de un cadáver en avanzado estado de putrefacción.
—¿No tienes frío aquí? —sugirió Andris, eludiendo la respuesta.
—¿Por qué sigue viva? —repitió ella con más ímpetu.
—Aún no era el momento —explicó Andris con mesura.
—Me prometiste —habló Crispina e hizo una pausa para hipar—, me juraste que Xalara moriría.
—Sí, pero no dije que fuese en la Disciplina Nº1 —aclaró sin perder el tono manso, tratando de evitar un inminente ataque de histeria por parte de su tía .
Ella empezó a llorar, dejando caer la copa al suelo, que se rompió en dos mitades.
Sin mostrar signos de estremecimiento, Andris se acercó despacio y se acuclilló junto a la silla.
—Te prometí que la chica moriría, y así será —le habló en voz baja, aproximándose a su oído como si le contara un secreto.
—Pero no quiero seguir esperando —sollozó Crispina, apretando los dientes—. Deseo que Xalara muera cuanto antes. Quema Lúgardark esta misma noche si es preciso, igual que hice yo con los Nanton.
—Shhhh —le pidió Andris, asiendo la helada mano de su tía entre las suyas—. Ven conmigo —añadió, poniéndose en pie para que ella también lo hiciera—. Te vendrá bien tomar un poco de aire fresco.
—No, solo quiero ver a esa chica muerta —insistió, resistiéndose.
—Acompáñame. Y te prometo que después te sentirás mucho mejor.
Crispina sacudía la cabeza entre sollozos que agitaban su pecho, pero finalmente accedió a levantarse con la ayuda de su sobrino, que la condujo, sin retirarle el apoyo, hacia una de las torres del campanario.
Lógicamente, habría sido mucho más práctico salir al balcón del Salón de Conferencias, si solo de tomar el aire se tratase. Pero Andris sabía que necesitaban subir hasta lo más alto para encontrar la reacción que buscaba en su tía.
—Ya hemos llegado —anunció él cuando lo consiguieron tras un tremendo esfuerzo—. ¿Habías estado alguna vez aquí arriba?
Crispina, exhausta, negó en silencio.
La campana era enorme. Si Andris no recordaba mal, tenía más de diez metros de alto por cuatro de ancho. Había decenas de palomas dormidas en la madera de la techumbre, y sus excrementos lo cubrían casi todo.
Sobrino y tía salieron al exterior por la abertura en forma de arco y sin puerta, que daba a un balcón cuadrado con barandilla en sus cuatro lados. Cuando se asomaron un poco, Crispina se lanzó sobre la barandilla y vomitó mientras Andris la sujetaba .
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó él, a lo que ella asintió, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Espera, tengo un pañuelo de tela en el bolsillo.
La neblina confería a la ciudad una atmósfera siniestra, pero seguía siendo imponente. Contemplarla desde una altura tan elevada producía una extraña mezcla de vértigo y admiración.
—Quiero explicarte por qué Xalara sigue viva —dijo Andris, y esperó antes de seguir hablando, por si Crispina reaccionaba de forma irascible. Sin embargo, parecía demasiado cansada para hacerlo—. Me encantaría que ya estuviera muerta —aseveró.
—¿Y por qué no lo está?
—Porque cuanto más tiempo participe en Las Cinco Disciplinas, más disimuladas serán nuestras verdaderas intenciones.
—¿Vas a dejar que viva hasta la última? —dijo la presidenta, elevando su duda hasta un tono de protesta.
—No creo que sea necesario —contestó él, y rodeó a su tía con los brazos para que no pensara en su interpretable respuesta—. Tú solo confía en mí, como has hecho siempre.
Andris regresó esa misma noche a Lúgardark.
Cuando subió en el ascensor hacia el rellano circular donde se ubicaban los aposentos de los maestres, se encontró a Syliana apoyada en la barandilla, mirando ensimismada hacia la escalera.