Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 13Una promesa incumplida
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CAPÍTULO 13Una promesa incumplida

Una promesa incumplida

Las primeras horas tras despertar en el centro de sanación fueron muy duras: sin poder mover ni un solo músculo, salvo los párpados, cuestionándose si estaba muerto o continuaba con vida; si es que a aquello se le podía llamar así.

Esa duda lo torturó durante días, hasta que recuperó el sentido del tacto y percibió el calor de la mano de su tía cuando le agarraba la suya.

Crispina lo visitó todos los días desde entonces, pero ya no era la misma mujer de antes. Al mismo tiempo que Andris iba recuperando la salud, su tía parecía perderla. La obsesión por vengarlo había terminado por trastornar su cordura.

Tras regresar de Tuzrres y cenar en sus aposentos, Andris se había sentado en el sillón con una copa de brandy, algo que le proporcionaba el temple necesario para afrontar las pesadillas de cada noche.

Estas siempre se basaban en lo mismo: estaba flotando en la sala de la Mansión Nórebol, mientras una gélida nube negra penetraba en su cuerpo, obstruyéndole las vías respiratorias y deshaciendo sus huesos.

En ocasiones, esas pesadillas se mezclaban con el recuerdo de los cinco adolescentes a los que convirtieron. Todavía se preguntaba cuánto había participado en aquello, aunque estaba seguro de que, de una manera incomprensible, eso le permitió sobrevivir más tarde a la explosión.

Mentalmente, el día también había resultado agotador. Aunque hacía todo lo posible para ganarse la confianza de Xalara, la innata testarudez de la chica, sin duda heredada de su padre, se lo ponía muy difícil. Seguro que Arturo estaría orgulloso de su hija.

Andris sufrió lo indecible durante la Disciplina Nº1, y por varios e interminables minutos temió que sus pupilos fuesen los eliminados.

El chico no le importaba en absoluto: era cruel y un idiota.

Sin embargo, las consecuencias de que Xalara hubiese muerto serían devastadoras para él.

Por eso intentó hacerla entrar en razón, para que escuchase sus consejos.

Iba a ser complicado, pero seguía convencido de que finalmente la chica creería en él; porque tenía un don para ello.

El cansancio terminó por vencerlo.

Se despertó sobresaltado, cuando el buzón instalado en la pared del despacho produjo el característico estallido que anunciaba la llegada de una carta. Eso hizo que la copa se le cayese de la mano, derramando sobre la alfombra su contenido.

Después de soltar un improperio, Andris estiró el brazo izquierdo hacia el buzón y pronunció:

— Begagxio .

Manipulando desde la distancia, giró la llave en la cerradura y abrió la puertecilla para extraer la carta, que atrajo hacia su mano haciéndola flotar por el despacho.

El sobre tenía escrito el nombre de Sarah Corman.

Necesito hablar con usted. Su tía me tiene muy preocupada. Le espero esta noche en mis aposentos. Por favor, venga.

Sarah Corman.

La pésima calidad de su letra delataba que había sido escrita de forma apresurada. Arrojó la carta a la chimenea y descolgó el abrigo beige del perchero, también mediante arlasofía .

Mientras terminaba de vestirse, Andris se acercó a la ventana.

En el alféizar se habían acumulado varios centímetros de nieve, y lo último que le apetecía era enfrentarse de nuevo a ese clima adverso.

Pero, al parecer, la situación de su tía era límite y por eso salió directo hacia la estación de traslado.

Después de un ascenso complicado hasta el vestíbulo, Andris avisó a la guardiana de Lúgardark para que le abriese la puerta.

—Debo ir a la capital por un asunto familiar —explicó—. No sé cuándo regresaré. Informa de mi salida si es necesario.

Ozora asintió con mansedumbre a todo lo que Andris le dijo. Luego abrió la puerta, donde los cuero negro que estaban de guardia no hicieron ningún comentario: bastante tenían con soportar el frío.

—Tenga cuidado —avisó la guardiana—, los escalones están congelados a esta hora.

Decir eso era quedarse corto. Además de que ya se había vuelto a juntar una pequeña capa de nieve sobre el espacio que despejaron, ahora cada pisada era como lanzar una moneda al aire, sin saber si esta regresaría a su mano en el siguiente peldaño.

Llegó a la plaza donde se ubicaba el Palacio de la Sede cuando sus campanarios daban la medianoche.

El frío del invierno, cada vez más cercano, también había alcanzado a la ciudad de Bibrébem.

Incluso esa noche se había instalado sobre sus calles una neblina muy húmeda que mojaba los adoquines de la plaza como si hubiera estado lloviendo.

Esto conseguía reflejar la imagen del Palacio, que imitaba a un enorme fantasma de luces ambarinas, más nítido conforme Andris se acercaba a su entrada.

A pesar de ser una hora intempestiva, las puertas estaban abiertas debido al cambio de guardia, llevado a cabo mediante un ritual muy antiguo que más bien parecía una sosa coreografía de baile. Ninguno de los guardias puso impedimento a la entrada de Andris.

Subió la Gran Escalinata y se dirigió a un área del Palacio que conocía bien, pues había sido su hogar durante años. Golpeó dos veces con la mano abierta en la puerta de la vicepresidenta, y esta se abrió como si Sarah ya estuviera con la mano en el pomo, pendiente de su llegada.

—Entre —saludó ella, que cerró después de asomar la cabeza a la pasarela cubierta, como si desconfiara de que alguien espiase lo que se hablara dentro. Sin embargo, el guardia más cercano estaba apostado en la nave de la Gran Escalinata.

—¿Qué le ocurre a mi tía? ¿Por qué me has llamado con tanta urgencia? —inquirió Andris, impaciente y tuteándola, al contrario de lo que hacía Sarah—. ¿Está enferma? —añadió al no recibir ninguna reacción inmediata por parte de ella.

—Crispina se encuentra todo lo bien que puede, dado su alterado estado de ánimo —explicó por fin, como si en vez de su prometida pareciese su sanadora personal—. Pero venga, siéntese —le invitó señalando una de las sillas en su escritorio—. ¿Le apetece tomar algo?

Aunque él lo hizo a regañadientes, Andris y ella se sentaron uno frente al otro.

—No, gracias. Solo quiero saber si mi tía está bien. Después de leer la carta que me enviaste estoy muy preocupado.

—Andris, su tía está enferma —aseveró Sarah, como si no hiciera falta confirmarlo—.

La presidencia le está arrebatando la salud.

Si usted aceptara ser de nuevo el presidente, estoy absolutamente convencida de que dimitiría esta misma noche.

La sociedad aclamará su regreso y todos saldríamos ganando.

—Sarah —dijo Andris con mesura—, lo primero, deja de tratarme de usted. Vamos a ser familia.

—Está bien —asintió ella, acelerada y azorada.

—Respecto a lo que me pides… —repuso él—.

No volveré a ser presidente —aclaró con suficiente rotundidad—.

Ese capítulo está cerrado. Tras regresar de la muerte, mis anhelos son otros.

No ansío el poder, sino ayudar a los demás.

Ese es mi cometido ahora. Quiero que esta segunda oportunidad que me ha regalado la vida sirva para un bien altruista.

—Pero ¿qué posición mejor que la de presidente para alcanzar el bien de los demás? —replicó Sarah .

Andris dibujó una sonrisa circunspecta.

—Cuando veo lo que el poder le hace a las personas, incluso a seres de bondad como mi tía Crispina, más siento que debo alejarme de él.

—Entonces aleje también a su tía; quiero decir…

—Ya lo he intentado, Sarah, créeme —aseguró Andris—. He hablado con ella sobre esto, pero no está dispuesta a dejar la presidencia, al menos hasta que Xalara Verdreven esté muerta.

—Pues haz que muera, te lo suplico —bufó de impaciencia.

Andris se quedó callado durante unos instantes, sorprendido por la tajante reacción de Sarah.

—Esto no es tan sencillo como accionar una palanca —reflexionó él—. No funciona así.

—Crispina ha empeorado mucho desde el final de la Disciplina Nº1 —aseguró Sarah, visiblemente frustrada ante la negativa de Andris—. Estaba ilusionada y convencida de que Xalara iba a morir. Estaba segura de que tú te encargarías de ello, como le prometiste.

—Todo a su debido tiempo —declaró Andris, molesto porque su tía hubiera compartido con Sarah las conversaciones privadas entre ambos—. ¿Dónde está ella ahora? —inquirió de forma cortante.

Sarah respiró profundo, como si no quisiera desvelarlo o le avergonzase hacerlo.

—En el Salón de Conferencias —masculló.

—¿Sola? —se sorprendió Andris.

—No quiere que nadie se acerque a ella —confirmó Sarah—. Ha dado la orden de que no se le moleste.

Indignado, Andris se puso en pie y se inclinó sobre el escritorio.

—¿Crees que dejarla sola en su estado es adecuado? —protestó con vehemencia—. Es tu prometida, Sarah.

—Sí, y también la presidenta del Gobierno —discutió ella, mostrándose resignada—. Sus órdenes prevalecen por encima de cualquier deseo personal o afectivo.

Andris la miró y negó antes de volverse hacia la puerta .

—Por favor, te suplico que la liberes de la condena que supone para ella la presidencia —dijo entre lágrimas—. La amo, y solo quiero que podamos vivir juntas y felices, lejos de todo esto.

Aunque se frenó para escucharla, Andris no se giró para mirarla antes de abandonar los aposentos de la vicepresidenta.

Ante la entrada al Salón de Conferencias se encontraba vigilando el capitán de la Escolta Presidencial.

—Precioso abrigo —comentó Gustavo, escudriñando de pies a cabeza a Andris.

—Gracias por el cumplido —respondió este, deteniéndose frente a él—. Pocos están de acuerdo con tu criterio. Se nota que tienes buen gusto.

El capitán sonrió falsamente.

—Imagino que vienes a ver a tu tía —dijo.

—Imaginas bien.

—Pero ella no quiere recibir visitas —aseveró.

Andris asintió abstraídamente, desviando la mirada hacia la puerta del Salón de Conferencias.

—¿Esto de encerrarse aquí lo ha hecho más veces? —preguntó sin darle importancia al argumento de Gustavo.

—No, que yo sepa.

Andris se encaró hacia la puerta, pero el capitán se puso delante.

—No puedes pasar.

—Es mi tía —arguyó—. Seguro que me recibirá con gusto.

—Es la presidenta —replicó el capitán—. Y una orden es una orden.