Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 12La Disciplina Nº1 #4
40%

CAPÍTULO 12La Disciplina Nº1 #4

La respuesta era tan fácil que Xalara quiso darle un par de vueltas antes de contestar. No quería precipitarse, había tiempo de sobra para sopesar la trampa que se ocultaba en la pregunta.

—¡En el año uno! —respondió Diago, alto y claro, con una expresión de orgullo.

Xalara se quedó paralizada, como si las palabras pronunciadas por su compañero hubiesen detenido el tiempo, y no solo el del reloj que marcaba el límite para contestar.

—La respuesta es… incorrecta —explicó Tedya tras consultar al árbitro con la mirada—. Fue en el año cero.

Diago también se quedó petrificado. Él parecía tener tan clara la respuesta que ahora no asimilaba la réplica de la presentadora, quien volvió a hablar para devolverlos a la realidad.

—Vuestro turno de participación ha concluido —les anunció—. Luego volveréis aquí para conocer los resultados. Ahora tenéis que salir por donde habéis entrado, muchas gracias .

Sin embargo, Xalara y Diago no se movían, por lo que el hombre del bigote de manubrio tuvo que entrar al escenario para sacarlos, conduciéndolos a la parte trasera como si fuesen dos marionetas.

—Pues ya lo ven —habló Tedya hacia su cámara—, esta ha sido la participación del Noroeste…

Después salieron al pasillo, perdiendo la voz de Tedya a sus espaldas. Al estar fuera de los focos, fue cuando Xalara volvió a activarse.

—¡Nos has condenado! —gritó, empujando a Diago contra la pared, quien sorprendentemente no respondió a la agresión—. ¡Vamos a morir por tu culpa!

—¡Eh! ¡Quietos! —se interpuso el hombre que los acompañaba.

No obstante, enseguida se acercaron tres cuero negro que los separaron definitivamente.

—Es suficiente —intervino también la inconfundible voz de Andris Bóstoul.

—¡Estarás contento! —le recriminó Xalara—. Esto es lo que querías. ¡Pues ya lo has conseguido! ¡Enhorabuena!

—Dejadnos solos —solicitó Andris—. Creo que tienes que ir a por la siguiente pareja —señaló mirando al hombre del bigote, que permanecía inmóvil observándolos.

—Tenéis que entrar en la sala asignada hasta que os llamen para conocer el resultado —declaró este, algo sofocado y seguramente desconfiado.

—No te preocupes por eso, Zeiren, conozco el protocolo —insistió Andris.

El funcionario, tras amagar, finalmente se fue.

—Y ustedes continúen patrullando, yo me encargo de mis pupilos —añadió Andris.

Los cuero negro también obedecieron, asintiendo con respeto. Por alguna razón, Bóstoul continuaba teniendo el aura de presidente del Gobierno a pesar de ya no serlo.

—Venid —dijo él.

Xalara y Diago se miraron resignados y lo siguieron hacia una puerta con un cartel que indicaba «Comarca del Noroeste», donde entraron .

Andris cerró despacio y luego se volvió, con la misma calma, hacia sus reclutas: Diago se apoyó en una esquina, con la mirada perdida. Xalara temblaba de rabia.

—¿Qué os dije ayer? —habló el mentor, con una gran decepción en su timbre de voz, aunque Xalara sabía que era fingido—. Os avisé que tendríais que ayudaros. Y, cuando ha llegado el momento, ni siquiera os habéis planteado esa posibilidad.

—Ha sido él quien ha respondido sin consultarme —se quejó Xalara, apuntando a Diago con el dedo.

—Tú tampoco lo has mirado. Los dos tenéis la culpa —aseguró Andris.

Xalara bufó y se acercó a él.

—¿Por qué no deja de fingir? —le acusó—. Está exultante porque hayamos perdido. Todo esto —dijo, abriendo los brazos y dando una vuelta sobre sí misma—, está montado para matarme. Pues ya lo ha conseguido, así que deje de actuar.

—¿Es eso cierto? —consultó Diago, separándose de la pared, indignado ante la posibilidad de que él fuese un daño colateral para acabar por fin con Xalara.

Andris parecía acorralado, pero su expresión no mostraba incomodidad.

—Diago, por favor, sal fuera. Me gustaría hablar a solas con tu compañera.

—De eso nada. Lo que tenga que decirle a ella también me incumbe a mí.

—Te aseguro que no —refutó Andris con un tono rotundo—. Sal, luego hablaré contigo si lo deseas.

Diago estudió con desdén a Xalara y después al maestre, antes de abandonar la sala.

Andris se sentó en una de las tres sillas que había.

—Siéntate, por favor —le pidió a su recluta.

—No voy a sentarme con usted —rechazó ella, negando ostensiblemente, todavía alterada .

—Bien, como quieras —aceptó Andris, que cruzó las piernas, demostrando un gran temple—. ¿Entonces sigues creyendo que quiero matarte? Incluso después de la conversación que tuvimos anoche.

—Es evidente —dijo ella, ofuscada.

—¿Recuerdas que también pensaste lo mismo de Alexios?

—¿Por qué lo dice? —preguntó tras un instante, confusa.

—Es evidente —respondió él, y tardó unos segundos en volver a hablar—. Si hubiera querido matarte, lo podría haber hecho en Lúgardark, no aquí ante miles de personas. ¿No crees? Vamos, Xalara, serás muchas cosas, pero no idiota.

—¿Por qué me tortura tanto? ¿Por qué no me ha matado antes de llegar a esto? —insistió la chica, a punto de romper a llorar, como si no hubiera escuchado ninguno de esos argumentos—. ¿Por qué alargar la agonía? ¿Por espectáculo? ¿Sadismo?

El silencio que siguió fue difícil de descifrar.

—¿Tan segura estás de que vas a morir hoy? ¿Quién te garantiza que las otras parejas lo hayan hecho mejor que vosotros?

Diago entró en la sala sin aviso.

—Te dije que te quedaras fuera —aseveró Andris, mirando al chico con furia.

—Los cuero negro me han obligado a entrar —se justificó—. Dicen que no puedo estar fuera.

Tras respirar hondo, Andris se levantó.

—Os veo luego cuando anuncien los resultados —dijo antes de marcharse, mirándolos con desconfianza, seguramente creyendo que volverían a pelearse.

Sin embargo no lo hicieron.

Cada uno parecía asumir su parte de culpa en el fracaso de la Disciplina Nº1. Al fin y al cabo, Xalara tampoco podía perdonarse haber fallado en la primera pregunta, y parte de esa frustración consigo misma la había pagado con su compañero.

Los minutos de espera hasta que participasen las otras dos parejas estaban siendo los más largos de su vida: faltaba poco para que les comunicaran si seguirían con vida o, por el contrario, serían ejecutados .

Xalara había comenzado a formularse la pregunta de cómo acabarían con ellos: si sería una ejecución limpia, como hicieron con Alexios, y si también lo convertirían en un espectáculo digno de la televisión.

Tampoco sabía si lo harían en el pueblo o los llevarían a Lúgardark; puede que incluso lo hiciesen en algún sitio concreto de la capital.

Al menos le consolaba el hecho de que a ella nadie la lloraría.

Comprenderlo le generó una tremenda necesidad de abrazar a Michelle, y se arrepintió de no haber forzado más intentos para hacer las paces con ella.

El sonido de unos pasos firmes en el pasillo y la apertura de otras puertas cercanas precedieron a la de su sala.

—Es el momento de los resultados —les informó el hombre del bigote de manubrio.

Xalara y Diago se miraron y compartieron la misma preocupación antes de salir al pasillo, donde se unieron a los otros ocho participantes, quienes mostraban idénticos signos de incertidumbre: ninguno de ellos tenía la seguridad de no haber perdido.

Fueron conducidos nuevamente hacia el escenario, pero esta vez entraron por otra puerta, teniendo que pasar entre los asientos vacíos del público.

Al pie de la escalera, varios cuero negro se aseguraron de que todos los participantes subían antes de ser recibidos por Tedya.

El acto se produjo en medio de unos falsos aplausos que sonaban por los altavoces.

—Aquí los tenemos —anunció la presentadora con efusividad. Resultaba admirable su capacidad de adoptar el comportamiento que precisaba cada situación—. Colocaos junto a vuestro compañero de comarca —les indicó.

Los participantes se movieron despacio, seguramente mucho más de lo que demandaba un espacio televisivo.

—Ahora solicito la presencia del árbitro de Las Cinco Disciplinas. Por favor, señor Weinter, suba al escenario.

Otra vez sonaron esos aplausos artificiales.

Míxiliam subió y se colocó tras el atril que Tedya acababa de abandonar para cederle todo el protagonismo .

—Tras la participación de las cinco parejas —dijo Míxiliam, sacando un folio que desplegó sobre el atril—, los resultados finales de la Disciplina Nº1 son los siguientes.

Por alguna incomprensible razón, Xalara sintió una tranquilidad y un alivio que nacían de lo más profundo de su conciencia, como si al fin pudiera descansar después de tanto sufrimiento.

Eso le permitió fijarse en la cara de los demás participantes.

La que más le llamó la atención fue Samanta, que parecía haber perdido todo rastro de su vanidosa personalidad.

Xalara entendió que, a pesar de las diferencias sociales, económicas y personales de cada individuo de ese mundo, el miedo a la muerte era lo que al final igualaba a todos. Y eso, a su parecer, era justicia.

—La pareja de participantes que ha obtenido la mayor puntuación de aciertos ha sido —hizo una breve pausa para leerlo en el folio—: la del Noreste, formada por Bártera Tendal y Paris Nyuman, con un resultado de cuatro respuestas acertadas y una no contestada.

Los nombrados se abrazaron. La chica tenía el rostro bañado en lágrimas, y sus sollozos de alegría se escuchaban por encima de los impostores aplausos mientras una cámara flotaba cerca de ella.

—Continuamos con la siguiente —terció el árbitro—. La pareja que ha obtenido la segunda mejor puntuación, con tres respuestas acertadas y dos falladas, es la del Centro, compuesta por Roldán Gúrenbel y Samanta Zolian.

Ninguno de los dos hizo demasiados aspavientos y mantuvieron la compostura que se presuponía a los miembros de su clase social.

Sin embargo, Roldán parecía tan aliviado que podría haber comenzado a bailar sobre el escenario.

En el caso de Samanta, solo sus manos, que antes mantenía cerradas en puños, dejaron entrever la tensión acumulada cuando sus dedos se relajaron al abrirse.

Xalara sintió decepción al confirmar que Zolian no sería eliminada.