Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 12La Disciplina Nº1 #2
38%

CAPÍTULO 12La Disciplina Nº1 #2

Los minutos se acumularon hasta convertirse en horas. Si el objetivo de tenerlos allí juntos, aunque divididos por comarcas, era que formasen lazos para la Disciplina que enfrentarían, había sido un fracaso total, al menos en lo concerniente al Noroeste.

—¿En qué crees que consistirá? —le preguntó Diago a Xalara, que se comportaba más nervioso conforme pasaba el tiempo.

Ella se encogió de hombros mientras mantenía la mirada perdida en la puerta del comedor, esperando la inevitable y aciaga llamada.

—Yo creo que nos harán correr atados el uno al otro, o algo parecido —opinó él—. O puede que tengamos que levantar juntos algún peso con la fórmula begagxio .

Xalara ya no distinguía si hablaba con ella o simplemente pensaba en voz alta.

En la mesa del Noreste se produjo una acalorada discusión entre sus dos participantes, hasta el punto de tener que intervenir los cuero negro que vigilaban el comedor para apaciguar los ánimos.

Xalara estaba convencida de que Diago y ella no habían llegado a ese extremo gracias a la indiferencia que mostraba ante los comentarios de su compañero.

Cuando el funcionario que los recibió en la estación de traslado entró en el comedor, todos se pusieron tan tiesos como el tronco de un álamo, y Xalara notó que su corazón tamborileaba contra las costillas.

—Es la hora —anunció sin más, como dando por hecho que todos los participantes se pondrían en pie para seguirlo, pero al no ser así, se vio obligado a añadir—: Tenéis que ir al recinto donde se celebrará la Disciplina Nº1.

Los diez participantes ahora sí se levantaron y siguieron al hombre hasta salir del hostal. El cielo se había emplomado, mostrándose cómplice del lúgubre ambiente que reinaba.

En la plaza, a diferencia de cuando llegaron, unas pocas cámaras de televisión retransmitían en directo la entrada de los participantes en otro edificio cercano.

Dentro fueron conducidos hacia una sala sin ventanas, con el suelo y las paredes de madera que generaban una sensación de claustrofobia. Allí se encontraban los cinco mentores y el árbitro Míxiliam Weinter. Todos estaban sentados en unas sillas, menos él.

El hombre del bigote de manubrio cerró la puerta desde fuera.

—Ha llegado el momento de que conozcáis en qué consistirá la Disciplina Nº1 —anunció Míxiliam, cuya voz sonaba más solemne que nunca—. Como ya sabéis, cada una de las Disciplinas en las que competiréis está inspirada en las instrucciones de la EDMO, y esta primera concretamente en Historia Militar.

Los participantes se miraron entre sí, con expresiones de sorpresa, o al menos eso fue lo que sintió Xalara, pues, por el motivo que fuera, no se había planteado que pudiera consistir en algo teórico, aunque eso aún estaba por confirmar .

Los mentores, a juzgar por su inexistente reacción, ya habían sido informados.

—Haciéndolo en pareja por comarcas —continuó el árbitro—, tendréis que responder a cinco preguntas de Historia Militar, repartidas de la siguiente forma: dos para el recluta masculino, dos para la recluta femenina y una conjunta, que tendréis que discutir y responder entre ambos.

Todas las parejas contestaréis a las mismas preguntas.

La pareja eliminada será la que obtenga el menor número de respuestas correctas.

Para cada pregunta habrá un tiempo de respuesta, limitado a un total de veinte segundos.

Si, pasado ese tiempo el participante no contesta, se considerará una respuesta incorrecta.

En caso de existir un empate, el tiempo empleado en la respuesta marcará la diferencia.

—¿Y qué pasa si hay un empate a todo? —preguntó el recluta del Sureste, que, si Xalara no recordaba mal, se llamaba Brad.

Míxiliam desvió la vista hacia él.

—Si se produce esa remota posibilidad, dichas parejas recibirán otra pregunta conjunta para desempatar. ¿Ha quedado todo claro? —concluyó, como si le hubiese molestado la intervención.

Más que pensar en cómo ganar, Xalara comenzaba a asumir definitivamente su derrota, porque sabía que Diago era un auténtico ignorante en historia.

Una realidad que él también asumía, a juzgar por la expresión de su rostro: una mezcolanza de incertidumbre e inseguridad.

Estaba claro que el chico nunca pensó que pudiera consistir en algo que no fuese físico.

— Begagxio —pronunció Míxiliam, atrayendo por el aire una urna opaca que flotó hasta colocarla sobre una silla situada a su espalda.

Era idéntica a la utilizada durante la ceremonia de selección. Xalara distinguió un detalle que no vio aquel día: un pequeño escudo plateado del Gobierno, que parecía estar allí para recordarle quién era el verdadero rival.

—Ahora, los mentores se encargarán de elegir vuestro turno de participación —explicó el árbitro—.

Dentro de esta urna hay cinco papeletas numeradas.

El número que saque cada mentor determinará el turno de la comarca que está bajo su tutela.

Según el sorteo que hemos realizado antes en privado, la primera en extraer la papeleta será Gúlfrica Estéinar, mentora de la Comarca Central.

« Hasta en esto tienen preferencia » —pensó irónicamente Xalara, observando la reacción de Samanta Zolian, de la que no pudo sacar ninguna conclusión.

Gúlfrica se acercó a la urna y sacó una papeleta que le entregó al árbitro y que este leyó en voz alta.

—Los participantes del Centro serán los primeros en salir a competir —dijo, mostrándoles a todos la papeleta con el número uno—. Ahora que lo haga el mentor del Suroeste.

Aldo Rénir, visiblemente irritado y hasta cansado por tener que estar allí, caminó renqueante hacia la urna y tardó bastante más que Gúlfrica en sacar la mano.

—Los participantes del Suroeste lo harán en cuarto lugar —dijo Míxiliam—. Señora Lenders, por favor.

Brenda sacó la papeleta.

—Los anfitriones participarán en segundo lugar —anunció el árbitro—. Señor Bóstoul.

Andris caminó hasta la silla donde estaba la urna, y antes de meter la mano en ella, dedicó una mirada de complicidad a sus participantes.

—La Comarca del Noroeste lo hará en tercer lugar —dijo Míxiliam.

Xalara no supo cómo tomárselo, dado que el turno de participación no parecía otorgar ninguna ventaja en el resultado final.

—Y, por último, señor Zoris.

Tíndrac sacó la papeleta y se la entregó al árbitro con cierta brusquedad, para que anunciase lo que todos sabían:

—La Comarca del Noreste participará en quinto y último lugar.

Míxiliam recogió las cinco papeletas y las grapó en orden ascendente de salida antes de guardarlas en un bolsillo de su uniforme.

—Ahora solicito a los mentores que abandonen esta sala.

Su marcha se produjo en silencio, aunque alguno de ellos, como Gúlfrica o el propio Andris, miraron y asintieron una última vez a sus reclutas, como insuflándoles ánimo. No obstante, que Andris intentase algo así con Xalara conseguía exactamente el efecto contrario .

—Vosotros esperaréis aquí a ser llamados —dijo el árbitro, volviéndose hacia los reclutas—. Durante el tiempo de espera no podréis hablar con nadie, ni siquiera con vuestros compañeros de comarca. Cuando todos hayáis participado, se os comunicarán los resultados a la vez.

Míxiliam se acercó a la puerta y dio un par de toques con los nudillos, apartándose hacia atrás cuando cinco cuero negro abrieron para entrar en la sala.

—Ellos se encargarán de que se cumpla el voto de silencio —aclaró el árbitro.

Dicho esto, se fue, mostrando una absoluta indiferencia, como si ese hombre tuviera la capacidad emocional de una piedra.

No pasó mucho tiempo hasta que la puerta se abrió de nuevo y apareció el funcionario que los recibió a su llegada al pueblo de Tuzrres.

—Participantes de la Comarca Central —dijo—, es vuestro turno.

Samanta Zolian, cuyo innato rostro nacarado parecía aún más pálido, y su compañero, que se había sentado en una de las sillas, marcharon tras el hombre, que volvió a cerrar dejándolos aislados.

El corazón de Xalara, que se había sentado en el suelo, con la espalda antinaturalmente encorvada hacia adelante, no disminuía su ritmo descontrolado, y temía que muriese de un ataque de nervios incluso antes de perder en la Disciplina.

Su compañero Diago estaba junto a ella, de pie y apoyado en la pared.

Aunque su postura era firme, su rostro expresaba mucho más.

Xalara no podía creerse que, después de todo lo que había pasado, fuera a morir junto a ese cretino en un perdido pueblo del Sureste.

La espera se convirtió en una tortura insufrible. Xalara entendió que el orden de participación tenía más relevancia de lo que suponía.

La puerta se abrió por fin y asomó el hombre del bigote de manubrio.

—Participantes del Sureste, vuestro turno.

Mientras marchaban, y sabiendo que eran los anfitriones, Xalara se preguntó si alguno de los dos sería natural de Tuzrres .

La realidad de que Diago y ella participarían en el siguiente turno impactó en su mente con brutalidad, provocándole un hormigueo tan intenso en las piernas que no pudo permanecer sentada y comenzó a caminar de un lado a otro de la estancia.

Su compañero la seguía con la mirada, resultando bastante incómodo, y cuando ella lo miró directamente, el chico reaccionó:

—¿Qué? —protestó.

—Callaos —ordenó uno de los cuero negro .

Transcurrió tanto tiempo sin noticias que, después de dar decenas de paseos por la habitación, Xalara volvió a sentarse, pero esta vez en una silla. Sin embargo, apenas duró unos segundos, puesto que la puerta se abrió enseguida.

—Comarca del Noroeste —anunció fríamente el hombre, quien solo miraba a Xalara mientras los dos participantes salían con él.

Caminaron por el pasillo hasta que un cuero negro les abrió un umbral a la derecha.

Luego subieron una escalera que los dejó frente a una salida sin puerta.

Fue entonces cuando se escuchó la estridente voz de Tedya Yons, aunque era difícil distinguir qué decía, al menos para Xalara, cuyos cinco sentidos parecían estar de huelga en ese momento.