CAPÍTULO 12La Disciplina Nº1
Las campanas de Lúgardark que anunciaban el despertar fueron recibidas con cierto alivio por Xalara.
La supervisora entró en el dormitorio y, tras proclamar a voces las mismas órdenes de cada madrugada, se dirigió hacia Xalara.
—Tú hoy no vas a la formación —dijo, confirmando las palabras de Andris—. Haz la cama, aséate y vístete con el uniforme casual. Luego espera aquí.
Cuando todas sus compañeras marcharon hacia el patio (excepto Michelle, que en teoría continuaba en los calabozos), Xalara comenzó a dar paseos por el dormitorio, incapaz de empezar las tareas que la supervisora le había encomendado.
No podía permanecer en el mismo sitio durante más de cinco segundos, como si sus piernas tuviesen voluntad propia.
Se acercó al pasillo, preguntándose si Diago también estaría solo en el dormitorio de los chicos, y al asomarse comprobó que se encontraba sentado en la cama, con los ojos cerrados y respirando acompasadamente.
—Estás aquí —dijo Ozora, haciendo que Xalara diese un respingo—. Ven, entra en el dormitorio.
—¿Ya es la hora? —preguntó temerosa la recluta cuando ambas estuvieron dentro.
—No vengo a llevarte a ningún lado —aseguró la guardiana—. Solo quería hablar contigo.
—¿Conmigo? —repitió tontamente—. ¿Sobre qué?
—¿Cómo te sientes? ¿Estás nerviosa?
—No —mintió la muchacha.
En ese momento albergó la esperanza de que Ozora le traería un mensaje de Michelle desde el calabozo.
—Sé que lo estás pasando mal —dijo la guardiana cuando Xalara iba a preguntarle acerca de ello—, y es lógico, la posibilidad de que mueras hoy es demasiado alta.
« Gracias por los ánimos » —pensó sarcásticamente Xalara, mientras Ozora la observaba como si la estuviera examinando.
—¿Te gusta leer? —preguntó la mujer, descolocándola por completo.
—Perdone, ¿qué ha dicho? —replicó la recluta.
—Es una pregunta sencilla, ¿te gusta leer o no? —insistió.
—Sí, es lo que más me gusta —aseguró, aunque últimamente había perdido algo de interés en ello.
—¿Has leído muchos libros de historia?
—Pues… ¿por qué me lo pregunta? —discutió Xalara tras unos segundos, impaciente y molesta por la inservible compañía de la guardiana.
—¿Qué hace usted aquí? —recriminó alguien desde la puerta del dormitorio, asustando a ambas.
La guardiana desenvainó su espada, se giró a toda velocidad y lanzó un haz de luz hacia allí. El ataque terminó impactando en la pared, a escasos centímetros de la supervisora de dormitorio, que se quedó petrificada .
—Patrullaba por aquí y me he acercado para comprobar si todo estaba en orden —dijo Ozora, envainando la espada como si nada hubiese pasado.
—Me has atacado, a mí —balbució la supervisora, señalándose temblorosamente el centro del pecho—. ¡Estás loca! No sé cómo a Syliana se le ha ocurrido traerte aquí. No solo eres una guardiana nefasta, sino también un peligro con piernas largas.
El labio inferior de Ozora comenzó a vibrar y se largó corriendo del dormitorio, pasando entre la supervisora (que la miró con odio) y la huella refulgente en la pared donde había estallado su ataque.
—¿Qué hacía ella aquí? —consultó la supervisora con desdén, acercándose amenazante hacia Xalara.
—Y yo qué sé. Ya lo ha visto, está loca —dijo con desinterés, buscando apartar el problema de su lado.
La supervisora miró hacia la puerta, como si temiese el regreso de la guardiana, y luego volvió su atención a Xalara, a quien escudriñó el rostro como hacía habitualmente.
—Coge el abrigo —le ordenó—. Es la hora.
Cuando salió al pasillo, Xalara se encontró con su compañero y rival, que le dedicó un gesto de suficiencia. No tardó en llegar Andris por el hueco de la escalera.
—Buenos días, chicos —saludó, aunque ninguno le respondió—. Tenéis que venir conmigo.
Los dos participantes del Noroeste siguieron a su mentor por los largos pasillos de Lúgardark.
Xalara vio, por una de las ventanas, la espesa capa de nieve acumulada en el exterior, donde aún seguía nevando.
Se había levantado tan mal, que hasta ese momento ni siquiera recordaba la nieve que vio caer la noche anterior.
Aún era de noche cuando entraron en la misma sala del ala sur donde se habían reunido con el árbitro antes de viajar a la capital para el programa de televisión.
En esta ocasión, los del Noroeste fueron los primeros en llegar, salvo por un par de personas: un hombre y una mujer jóvenes, que parecían funcionarios del Gobierno, atareados mientras instalaban unos focos sobre trípodes.
En uno de esos soportes descansaba una cámara fotográfica.
Enseguida fueron llegando el resto de participantes con sus mentores. La funcionaria, con unas enormes gafas redondas que le conferían un aspecto de intelectual, se giró hacia ellos tras acabar de montarlo todo.
—Vamos a hacer las fotos protocolarias —explicó de forma insulsa. Luego consultó un folio anclado al trípode de la cámara mediante una pinza de aluminio—. Empezamos por la Comarca Central; Samanta Zolian —reclamó.
Esta se separó del grupo y se colocó con aparente decisión frente al objetivo de la cámara, aunque tuvo que entrecerrar los ojos por la potencia de los focos. El funcionario la movió hasta asegurarse de que colocaba los pies sobre dos equis que habían dibujado en el suelo con tiza.
—Relaja el gesto y abre más los ojos —le exigió la mujer con reproche tras enfocar el anillo del objetivo—. Compón una expresión seria, pero que al mismo tiempo transmita serenidad.
A Samanta le costó adoptar la cara que la fotógrafa le exigía. Por primera vez en su vida, Xalara sintió algo de lástima por ella, y eso casi la asustó más que tener que enfrentarse a la inminente Disciplina Nº1.
Todos los participantes fueron posando para la fotógrafa, que perdió los nervios con cada uno de ellos.
Estaba amaneciendo cuando los participantes de Las Cinco Disciplinas y sus respectivos mentores salieron al patio.
Allí, con la nieve por encima de los tobillos, el resto de reclutas de Lúgardark formaban, como de costumbre, separados en filas por comarca.
Xalara se fijó en la del Noroeste, buscando a Michelle, pero, o estaba en las últimas posiciones, difuminada por la niebla, o continuaba en el calabozo.
También había varias cámaras de televisión situadas en diferentes puntos estratégicos. Una de ellas flotaba cerca de los participantes para captar sus reacciones más íntimas. Xalara vio que uno de los operadores secaba con un pañuelo de tela la condensación en el objetivo de la suya .
Pronto comenzaron a subir por los deslizantes escalones que conducían a la entrada del edificio.
Xalara vio cómo la chica del Sureste, que caminaba delante de ella, resbaló y tuvo que sujetarse al brazo de su compañero.
Sin duda habría sido un serio contratiempo para la organización de Las Cinco Disciplinas que una de sus participantes fuera eliminada antes de comenzar.
Cuando llegaron arriba, Ozora y unos cuantos cuero negro aguardaban su llegada en el vestíbulo. Tras recibir las instrucciones correspondientes, se dirigieron hacia la estación de traslado. El descenso hasta allí resultó incluso más peligroso que la subida anterior.
En cuestión de minutos, todos fueron trasladados a la Comarca del Sureste.
Allí, en un descampado a las afueras de un pueblo muy pequeño, no había ni rastro de la nieve que cubría Lúgardark.
Lucía un sol mañanero y el ambiente era fresco, pero nada que ver con el frío del que venían.
Xalara sintió un rayo de esperanza al notar la cálida caricia del sol sobre la piel de su rostro después de tanto tiempo.
Esa sensación se esfumó de inmediato cuando un hombre de mediana edad, con un bigote de manubrio que a Xalara le recordó a los cuernos de una vaca, vestido con un abrigo largo de color negro, se acercó a ellos.
—Bienvenidos a Tuzrres —saludó sin perder la seriedad—. Por aquí, por favor.
Llegaron al pueblo y se internaron en él por una calle muy estrecha, cuyo suelo de hormigón presentaba un aspecto particularmente feo.
Tras recorrer otras calles tan angostas como la primera y sin ver a una sola persona en ellas, terminaron en una plaza desierta.
Xalara llegó a la conclusión de que los vecinos estarían en sus casas bajo una especie de toque de queda.
Todo aquello acentuaba la atmósfera dramática que se respiraba.
Los cuero negro reforzaron innecesariamente su posición de escolta alrededor de los participantes y sus mentores, mientras se dirigían hacia un edificio un poco más alto que el resto de casas que lo rodeaban.
El hombre que los recibió en la estación de traslado volvió a hablar cuando entraron en lo que, evidentemente, era un hostal :
—Ahora desayunaréis por comarcas —informó, desviando la vista hacia su izquierda, donde una puerta abierta daba a un comedor en el que se hallaban cinco mesas sencillas y cuadradas, cubiertas con un mantel blanco y el escudo del Gobierno bordado en negro—.
Más tarde recibiréis nueva información —concluyó, invitándolos a entrar con un gesto de la mano.
A Xalara no le quedó más remedio que sentarse con Diago, que parecía compartir su mismo desagrado por la obligada compañía. Los mentores se fueron a otro sitio.
Un par de camareros entraron empujando unos carritos donde llevaban toda clase de deliciosos alimentos para el desayuno, y los repartieron entre las distintas mesas.
—Come —dijo Diago, ofreciéndole un trozo de hojaldre azucarado a Xalara—. Te necesito con fuerzas, no quiero morir por tu culpa.
Ignorándolo, ella mojó un pequeño trozo de tostada en su tazón de leche y se lo llevó a la boca, masticándolo con desgana.
—Y cambia esa cara —insistió el chico con brusquedad—. Necesitamos un ánimo optimista —hizo una pausa—. Somos enemigos, no lo olvides, y después de superar esta maldita Disciplina volveremos a comportarnos como tal, pero ahora por desgracia nos necesitamos el uno al otro.
Las palabras de Diago caían en saco roto, porque Xalara estaba demasiado ausente como para que calasen en su conciencia.