CAPÍTULO 11El mentor #5
—¿Ahora va a psicoanalizarme? —se quejó la muchacha, con un tono desafiante—. ¿Por qué eran tan importantes esa espada y ese libro para el Lórdezeit? —agregó de repente.
—Para conseguir su cometido, empezando por salir de ese reloj en la Mansión Nórebol —explicó Andris sin parecer sorprendido por la pregunta.
Xalara recordó ese sueño que había tenido recientemente.
—¿El libro y la espada han llegado a él? —preguntó temiendo la respuesta, aunque tampoco podía confiar en ella .
—No —respondió Andris con aparente rotundidad—. De haberlo hecho, ya nos habríamos dado cuenta, te lo aseguro.
—Pero los herederos fugados se llevaron la espada, lo vi con mis propios ojos —manifestó Xalara, sintiéndose ridícula al compartir esas vivencias con Andris Bóstoul.
—Puede que ellos nunca hayan llegado a la Mansión Nórebol, o puede que solo con la espada no sea suficiente para conseguir lo que quiere —opinó el maestre.
Los dos se quedaron callados. Xalara dudaba fervientemente de esa suposición, puesto que en su sueño había visto a los hermanos Kéitel.
—Sea como sea, no deberías preocuparte por el Lórdezeit ni por los herederos, porque ya no tienes nada que pueda interesarles —explicó Andris—. Ahora debes centrarte en sobrevivir y ganar Las Cinco Disciplinas. Mi tía es tu verdadera enemiga.
—¿Por qué querría usted salvarme? —preguntó Xalara, escéptica.
—Como te dije, amaba a Alexios —aseguró—, y él quería protegerte. La mejor forma de honrar su muerte y, en cierto modo, exonerarme, es protegiéndote ahora.
Xalara pensó en la paradoja de que todos los amigos de su padre juraban querer protegerla y al mismo tiempo parecían buscar con ahínco su muerte, y se vio más tentada que nunca de preguntarle sobre él.
Sin embargo, no iba a olvidar quién era Andris: nadie podía cambiar tanto en unos meses, aunque hubiese “resucitado” de entre los muertos.
—No puedo creer nada de lo que usted me diga, y tampoco quiero que volvamos a hablar —zanjó finalmente Xalara.
Después se dio la vuelta y encaró la escalera.
—Sé en qué consistirá la Disciplina de mañana, y sabré en qué consistirán las demás —anunció Andris—. Puedes jugar con ventaja si confías en mí.
Pero ella continuó su descenso. No estaba dispuesta a seguir tratando con ese hombre: ya lo había hecho bastante más de lo que debía.
Cuando salió al patio se encontró con que estaba nevando. Desde muy pequeña siempre le gustó la nieve, y recordó cuánto disfrutaba caminando hacia el río mientras escuchaba y sentía el crujido bajo sus pies.
Se detuvo mirando al cielo oscuro con los ojos cerrados y los brazos abiertos en cruz, dejando que los copos cayeran sobre su cara. Lloró al percatarse de que la nieve ya no le transmitía ninguna sensación.
En el pasillo del barracón se hallaba la supervisora de dormitorios, supuestamente esperándola.
—¿Ya ha terminado la mentoría? —indagó con el ceño fruncido.
—Para mí sí —contestó Xalara, y tuvo que esquivar a la corpulenta mujer antes de entrar en el dormitorio.
—¿Y tu compañero?
—No tengo ni idea.
Xalara le dio la espalda a la supervisora, pero la mujer no la recriminó por ello.
Todas sus compañeras ya se encontraban en la cama, aparentemente dormidas. Aunque Xalara sabía que esa quietud no siempre significaba que lo estuvieran.
Llevaba un buen rato acostada, dándole vueltas a todas sus preocupaciones, hasta que no pudo más y comenzó a hiperventilar, sudando bajo el cobertor a pesar de la baja temperatura del dormitorio. Sus respiraciones sonaban como estertores y no llevaban el aire a sus pulmones.
—¿Te pasa algo? —preguntó una voz que provenía de la litera superior.
—¿A ti qué te importa? —respondió Xalara, resollando, sin entender a su compañera.
—Tienes razón —admitió Michelle.
—Supongo que estarás deseando que sufra —soltó Xalara—. Después de que te haya traicionado; según tú —agregó.
—Si eso es lo que crees, solo demuestras ser más idiota de lo que pensaba —argumentó Michelle.
La discusión subió de volumen con cada intervención de sus protagonistas, hasta que la luz del dormitorio se encendió .
—¡¿Qué es este alboroto?! —gritó la supervisora, irrumpiendo en la habitación.
Xalara y Michelle, que se había vuelto a meter en su cama, se quedaron calladas.
—¡Han sido Verdreven y Nédelen, señora! —apuntó Zanerya, señalando hacia sus literas.
—Muy bien —masculló la supervisora sin continuar indagando, y se dirigió como una exhalación hacia ellas—. Nédelen, abajo.
Michelle descendió de su litera sin rechistar. Se paró frente a la supervisora y adoptó la postura de formación apropiada.
—Pasarás la noche en los calabozos —le informó—. A ver si se te quitan las ganas de discutir a deshora. Tú quédate en la cama —le ordenó a Xalara, que también se levantaba para cumplir el castigo—. La Disciplina Nº1 ya se encargará de ti mañana —afirmó con una sonrisa maliciosa.
Michelle miró a su compañera de litera. Sus ojos transmitían tanta rabia que Xalara notó cómo su ansiedad se esfumaba, sustituida por un profundo sentimiento de tristeza al darse cuenta de que, quizá, esa mirada sería la última que compartirían antes de morir mañana.