CAPÍTULO 11El mentor #4
Cuando sus dos acompañantes metieron la sopa en la boca y la tragaron, descartó la posibilidad de que pudiera estar envenenada. Aunque también podría tratarse de un cebo para después darle la estocada con el siguiente plato.
Casi como un acto reflejo impulsado por sus instintos más primitivos, Xalara estiró el brazo, agarró el cucharón que estaba dentro de la olla y se sirvió.
Andris no dijo nada al respecto, incluso actuó como si no la hubiese visto.
—Hablemos —dijo el maestre, rompiendo la quietud, salvo por los rudimentarios sonidos de Diago al tragar—.
Como vuestro mentor para Las Cinco Disciplinas, creo que ha llegado el momento de quitarnos las máscaras y tratar de verdad la situación en la que estáis.
Mañana competiréis a vida o muerte con otros ocho participantes —añadió, aunque no fuera necesario recordarlo.
Diago continuó cenando, volviendo a llenarse el plato de sopa, hasta que soltó:
—Lo que no entiendo es por qué tengo que compartir mentoría con una rival.
—Eso tiene una explicación, y es exactamente ahí adonde quería llegar —aclaró Andris, que ahora sí atrajo toda la atención de los reclutas—. La Disciplina de mañana no será individual, sino por parejas. Competiréis juntos .
—¿Juntos? —protestaron los dos al mismo tiempo.
—Así es —confirmó el maestre—. En las siguientes Disciplinas ya podréis decidir si queréis hacerlo por separado.
—¿Y en qué consistirá la Disciplina Nº1? —preguntó Diago con avidez.
—No está permitido que los mentores conozcamos esa información. Dad gracias de que sepamos esto; seguro que no se repetirá este favor más adelante.
Xalara sospechaba que en realidad no quería decirlo. Era probable que él lo supiera, pues era el sobrino de la presidenta, y puede que también el artífice de todo esto.
—Pero yo no puedo depender de esta para ganar —refutó Diago, mirando de soslayo y con desprecio a su compañera—. No es justo.
—Justo o no, es la realidad, y cuanto antes la asumas, cuanto antes la aceptemos todos —matizó—, será mejor.
—Pero si no sabemos en qué consistirá la Disciplina, de nada sirven estas mentorías —protestó el joven.
—No sabemos en qué consistirán, eso es cierto —admitió el maestre—. Pero estas mentorías pueden servir para algo si las tomas con la actitud necesaria. Gracias a ella sabes que tendrás que competir junto a Xalara.
—Creo que sería mejor no saberlo —razonó Diago, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Sé que no os lleváis bien —adujo Andris—, pero mañana seréis uno solo, necesitáis que así sea si queréis sobrevivir. Por eso apartad por unas horas todas vuestras rencillas y diferencias, o moriréis —sentenció sin tapujos—. Luego cada uno podrá seguir por su camino.
—¿Y cómo se supone que tenemos que ayudarnos? —preguntó Diago, más calmado.
—No sé cómo será la Disciplina —admitió de nuevo Andris—, pero lo que sí es seguro es que tendréis que apoyaros el uno en el otro para alcanzar la máxima puntuación posible y no ser la comarca eliminada.
—¿Puntuación? —cuestionó Diago .
—Solo es una forma de decirlo —aclaró el maestre, aunque mirando a Xalara, que percibió algo extraño en su expresión—. Si alguno entra en dificultades, el otro no tiene que reprochárselo, sino animarle para que lo haga mejor.
—¿Y cuándo sabremos en qué consiste la Disciplina Nº1? —preguntó Diago.
—El árbitro os lo dirá minutos antes —respondió—. Otra cosa que quiero deciros es que mañana no tendréis que acudir a la formación matinal. Seréis citados a primera hora para prepararos y viajar a la Comarca del Sureste, al pueblo de Tuzrres, si no recuerdo mal.
—¿Ya podemos irnos? —intervino Xalara, harta de seguir en compañía de esos dos.
—No, antes tenemos que terminar la cena —dijo Andris, señalando una bandeja tapada por un cloche.
—Yo ya he terminado —replicó Xalara, que se levantó de la mesa y salió hacia la puerta disparada, sin esperar a oír los impedimentos que, seguro, Andris le impondría.
Salió al rellano circular y se encaminó directa a la escalinata.
—¡Espera! —gritó alguien por detrás, pero ella no se frenó—. ¡Espera, por favor!
Como si un gancho acabara de perforarle el uniforme en la espalda, Xalara se vio impelida hacia atrás, poniendo fin a su marcha.
Cuando torció el cuello, vio que Andris tenía las dos manos estiradas hacia ella, con los puños cerrados sujetando en el aire algo intangible.
Enseguida dejó de hacerlo y la recluta notó cómo se liberaba de la fórmula begagxio .
—Perdona por esto, pero antes de irte vas a escucharme, lo quieras o no —aseveró el maestre, cerrando la puerta de sus aposentos.
Xalara cedió resignada, notando cómo bullía en su interior el odio hacia el hombre que tenía delante.
—Mi tía está obsesionada con matarte —declaró Andris—.
Ha perdido el juicio y ha creado Las Cinco Disciplinas para conseguirlo, y tú has caído en la trampa —hizo una pausa, seguramente para estudiar la reacción de la recluta—.
Sí, ella estaba convencida de que te presentarías, porque no te quedaba otra, tú lo sabes bien.
Mi tía cree que estoy en Lúgardark para asegurar que su deseo de verte muerta se cumpla, pero en realidad estoy aquí para evitarlo.
—No le creo ni una sola palabra —repuso Xalara, apretando los dientes y enfatizando cada una de las sílabas—. Usted traicionó a Alexios y provocó la muerte de Víliam. Usted es un heredero. ¿En serio piensa que voy a creer que está aquí para ayudarme?
—Sé lo que fui —reconoció Andris—, pero también sé quién soy ahora. Y te aseguro que mi pasado como heredero ha quedado atrás, aunque convertido en una sombra que me perseguirá hasta el fin de mis días.
—Una vez escuché a alguien decir que nadie deja nunca de ser un heredero —refutó Xalara.
—Conozco más de un caso que contradice esa idea —discutió el maestre.
Xalara ansiaba preguntarle si uno de esos casos era el de Alexios o el de Huberto, o incluso el de su propio padre, dado que todos ellos fueron amigos durante su juventud. Pero temía tanto a esa respuesta que no iba a hacerlo.
—No lo justifica, pero siempre estuve coaccionado por el Lórdezeit para hacer las barbaridades que hice —argumentó—.
Me arrepiento tanto de cada una de ellas…
Durante todo el tiempo que estuve inconsciente en la cama del centro de sanación soñaba con esos momentos, como una tortura que no parecía tener fin.
Supongo que me lo merecía, y fue mi propia conciencia la que me castigó para poder redimirme.
—Usted traicionó a quien se supone que era su mejor amigo, ¿por qué? —inquirió Xalara, dispuesta a atacarlo moralmente.
—Por miedo —admitió al borde de las lágrimas—. Siempre tuve miedo. Me aterraba la posibilidad de morir, por eso era fiel al Lórdezeit, porque estar a su lado era la mejor forma de alejarme de la muerte.
—¿Aunque tuviera que arrasar con todo y con todos? —insistió Xalara, buscando encontrar algo de sinceridad en Andris .
—Sí, aunque tuviera que destruirlo todo a mi alrededor —afirmó con rotundidad—. Vi morir a mis padres de forma seguida cuando era un niño. Eso me hizo temer a la muerte por encima de cualquier otra cosa. Pero ya no le tengo miedo, porque he estado allí.
La muchacha clavó los ojos en Andris por primera vez.
—¿Por qué se opone a su tía y su deseo de matarme?
—Amaba a Alexios, mucho más de lo que imaginas —aseguró—. Y Crispina le quitó la vida.
—Gracias a ti —argumentó Xalara.
—Aunque no me creas, yo nunca quise su muerte —arguyó visiblemente molesto—. De haber tenido una sola oportunidad de evitarlo, Alexios aún continuaría entre nosotros, y todo sería distinto.
—Fue por Víliam y su sacrificio que usted no estuvo allí para evitarlo —repuso Xalara, dejándose embriagar por una leve sensación de victoria—. También en parte gracias a mí.
—¿A dónde quieres llegar? —preguntó Andris, componiendo un gesto suspicaz.
—¿Quién me garantiza que usted no quiere matarme para vengar a Alexios?
—Yo no quiero matar a mi tía.
—Tampoco le he preguntado eso.
Andris sacudió la cabeza.
—Tienes una mente privilegiada, Xalara —dijo él tras observar a la joven en silencio—. Pero esa gran capacidad también te lleva a imaginar escenarios rocambolescos.