Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 11El mentor #3
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CAPÍTULO 11El mentor #3

Tras un largo recorrido llegaron al ala este, y descendieron hacia la cámara subterránea y aislada donde se encontraban los cinco calabozos de Lúgardark, un sitio que ambas reclutas conocían bastante bien.

La maestre metió a Michelle en una de las celdas, y la guardiana hizo lo propio con Xalara en otra.

—No —dijo Gúlfrica—, las dos en la misma .

—Pero ¿cree oportuno hacer eso? Acaban de pelearse, y las celdas están diseñadas para albergar a una sola recluta.

—Haga lo que le digo —insistió Gúlfrica con autoridad—. Lo que pase ahí dentro es mi responsabilidad. ¿Le queda claro?

Después de asentir, aunque parecía contrariada, Ozora aceptó la orden de la maestre y metió a Xalara junto a Michelle.

Fue Gúlfrica quien se encargó de bloquear la puerta mediante la fórmula arlasófica .

Unos segundos más tarde también cerró la pequeña ventana instalada en ella, no sin antes mostrarles a las reclutas una de sus turbias sonrisas.

La celda se quedó totalmente a oscuras, y Xalara decidió ocupar la esquina donde estaba el retrete, pensando que así no tropezaría con Michelle. A pesar de arderle la cara debido a los arañazos, sentía un frío intenso.

Aunque tenía dos improvisados relojes en el bolsillo, sin verlos era incapaz de saber cuánto tiempo transcurrió en completo silencio, hasta que, harta de la situación, abrió la boca.

—Lo siento —dijo Xalara, como si esas palabras hubiesen salido de otra persona.

No obtuvo ningún tipo de respuesta ni reacción por parte de Michelle, a la que ni siquiera se le escuchaba respirar.

—He dicho que lo siento, ¿vale? —insistió con énfasis, aunque no creía que tuviese la culpa de nada—. Dejemos de comportarnos como niñas y hablemos como dos personas adultas —añadió después—. Estar así no tiene sentido. Hoy nos hemos hecho mucho daño y podría haber acabado peor.

—Tú no lo entiendes —habló por fin Michelle—. No tienes ni puñetera idea.

—¿Entender? ¿El qué? —preguntó Xalara, confundida por la respuesta.

Michelle soltó un bufido mezclado con una risa tenue.

—No lo entiendes porque no tienes familia —aclaró—. Tus padres están muertos, ni siquiera los conociste. Por eso nunca lo entenderás .

—A la que no entiendo es a ti —repuso Xalara, haciendo un gran ejercicio de contención después de que Michelle usara a sus fallecidos padres para justificarse.

—No sabes lo que se siente cuando ves sufrir cada día a tu familia —añadió esta.

—Claro que lo sé —respondió Xalara, indignada—. Yo también tenía familia.

—Y está muerta por ti —soltó Michelle, como si fuese algo sin importancia.

Aunque sentía las piernas dormidas y con calambres por haber mantenido la misma postura durante horas, Xalara se puso de pie, hecha una auténtica furia, y agradeció no poder ver a su compañera, porque si no se habría lanzado a asesinarla allí mismo.

—Mira, si hubiera sabido que te ibas a presentar como candidata… —expuso Xalara después de volver a sentarse—. Pero me aseguraste que no lo harías.

—Tú también —argumentó Michelle.

—Entonces estamos empatadas —cedió Xalara, percibiendo que la otra empezaba a suavizar su postura.

—¿Empatadas? —protestó ella—. Tú te levantaste después de que lo hiciese yo.

—Eso no está del todo claro —balbució Xalara—. De todas formas, no me di cuenta de que estabas de pie hasta que yo también lo estuve.

—No puedo perdonarte, Xalara —sentenció Michelle, quien sonaba más dolida y convencida que nunca—. Has traicionado mi confianza, y esa es la base fundamental de cualquier amistad. Nunca más podremos volver a ser amigas, no después de esto.

—¿Hablas de confianza? —se quejó Xalara—. Tú que has guardado un reloj bajo mi litera para que, si lo encuentran, cargue yo con la culpa.

Aunque no podía verla, Xalara estaba convencida de que Michelle no se esperaba esa protesta. Aun así, no hubo réplica, y enseguida Xalara escuchó un leve sollozo que ella no tardó en reproducir .

No volvieron a hablar ni a oír ningún sonido exterior hasta que Ozora asomó a la celda, dejando entrar la claridad.

—Se acabó vuestro castigo: tenéis que acudir a la formación matutina —les informó mientras Gúlfrica se marchaba después de desactivar la fórmula arlasófica de la puerta, sin intervenir más allá de eso.

Xalara esperó a que saliese Michelle, que lo hizo a toda prisa y sin mirar a su compañera.

Luego su vista se vio atraída por la tapa de alcantarilla que habían utilizado para bajar a esos túneles, recordando que, en ese momento, ellas estaban muy unidas y trabajaron codo con codo para salir de allí abajo con vida.

—¿Estás bien? —le preguntó Ozora.

—Sí —mintió Xalara antes de subir hacia el barracón para ponerse el uniforme deportivo y empezar la semana que concluiría en la Disciplina Nº1.

Por el camino, abrió una de las ventanas del pasillo y tiró con rabia al abismo de niebla los dos relojes creados por Aden, regalados a Xalara y Michelle.

Los días posteriores transcurrieron en un estado de nerviosismo permanente para Xalara, que se quedaba ensimismada contemplando cualquier cosa. Perdió el interés en las instrucciones, consciente de que en unos días probablemente todo eso desaparecería para siempre.

Era extraño, pero por una parte se sentía liberada al saber que ya no tenía nada que perder. Sin embargo, el miedo a morir estaba presente, y aunque no lo admitiera, ese sentimiento pesaba más que ningún otro.

No volvió a hablar con Michelle después del encierro en los calabozos, y cuando se juntaban en la litera ambas actuaban como si la otra no existiese. Tampoco con Aden, a quien Michelle parecía haber perdonado a pesar de meter la pata hasta el fondo.

El sábado, un día antes de la Disciplina Nº1, Xalara y Diago fueron reclamados por Andris al finalizar la instrucción de Arlasofía Aplicada .

—Ahora, cuando vuestros compañeros vayan al comedor, vosotros dos iréis a mis aposentos en la Torre de los Maestres, para realizar la mentoría.

Nadie, que Xalara supiese, les había informado sobre la existencia de mentorías. La muchacha no podía imaginarse entrando en los aposentos de ese hombre.

—Todas las puertas de la torre estarán abiertas —aclaró el maestre—. Y es obligatorio asistir —añadió mirando solo a Xalara.

Había pasado un rato horrible debatiendo consigo misma en el pasillo, pero Xalara bajó al patio y se dirigió a la Torre de los Maestres, entrando en ella por la puerta que perteneció a Viggo Estrango.

También recordaba cuál era la de los aposentos del maestre de Arlasofía , por lo que fue directa hacia allí, sin llegar a encontrarse, por fortuna, con ninguno de los otros participantes, quienes, en teoría, también estarían citados para sus propias mentorías.

La puerta permanecía entreabierta, y aunque para Xalara el maestre no merecía ningún respeto, tocó con sus nudillos antes de entrar.

—¡Pasa, Xalara, te estamos esperando! —respondió Andris.

La recluta entró y cerró la puerta. Justo en ese instante, un pensamiento cruzó su mente: si ya no tenía nada que perder, ¿qué le impedía asesinar a Bóstoul esa misma noche?

Él y Diago estaban sentados. El maestre ocupaba el sillón individual que un día fue de Viggo, y el recluta un sofá biplaza que unos meses atrás no estaba.

Ambos tenían una copa en la mano y parecían disfrutar de un ambiente distendido.

Diago le dirigió a su compañera y rival una mirada de odio sin levantarse.

Sin embargo, Andris se puso en pie con un gesto alegre.

—Bienvenida. Por favor, toma asiento —saludó y señaló el espacio libre al lado de Diago.

—Así estoy perfecta —replicó Xalara con voz insulsa, pensando en una forma de matar al hombre que tenía delante.

—Haz el favor de sentarte, será mejor para todos —repitió Andris, más serio—. ¿Qué quieres tomar?

—Nada .

—¿No tienes sed? —insistió—. Ahora no me dirás que tampoco tienes hambre.

Xalara se fijó en una mesa que había cerca del escritorio, llena de comida y cubiertos para tres personas. ¿Y si el único objetivo de Andris era envenenarla? Quizá todo eso de Las Cinco Disciplinas se resumía en aquella cena y no era necesario llegar a participar para acabar con ella.

—No quiero tomar nada —reiteró tras ver que Andris se disponía a servirle una copa con un licor azul que le recordó a la bebida Waisthe nº3 fabricada por su madrina.

—Está bien, como quieras, no es una obligación —cedió el maestre con una sonrisa resignada—. Pero tienes que sentarte.

A regañadientes, Xalara lo hizo. Diago se pegó todo lo que pudo al lado opuesto del sofá, algo que imitó ella. Aun así, se sentía muy incómoda al compartir espacio con dos personas a las que detestaba.

—Lo primero —terció Andris—. ¿Cómo van esos nervios?

—Yo no tengo de eso —respondió Diago, dándole un trago despreocupado a su copa.

—¿Y tú, Xalara? —preguntó el maestre.

Estaba claro que no iba a pasar de ella.

—Bien —contestó.

—Vale —asintió Andris con otra sonrisa—. Será mejor que pasemos a la cena.

El maestre se levantó y Diago fue tras él enseguida.

—Tú también, Xalara —le indicó Andris, sin necesidad de volverse para saber que la muchacha continuaba sentada.

—No tengo hambre.

—No tienes sed, tampoco hambre, ¿no será que me has mentido respecto a tu nerviosismo? —comentó el maestre, mirando esta vez hacia la chica.

Xalara le devolvió la mirada y compuso una irónica y desafiante sonrisa de labios cerrados.

—Al menos acompáñanos en la mesa —profirió Andris .

La recluta tardó en hacerlo, pero se levantó del sofá para sentarse en una silla de terciopelo bastante cómoda.

El maestre levantó la tapa de una olla que descansaba sobre un soporte de hierro. La sopa desprendía un aroma exquisito que puso en alerta las papilas gustativas de Xalara.

¿Era una coincidencia que su comida favorita fuese el primer plato de una cena compartida con Andris Bóstoul?

—¿Estás segura de que no quieres nada? —le preguntó el maestre cuando le servía a Diago.

Xalara asintió, haciendo un esfuerzo de voluntad para no sucumbir a su apetito.