CAPÍTULO 11El mentor #2
—Retiro lo dicho —asumió, sacando a Xalara de un fugaz ensimismamiento en el que se visualizó escapando de esos mismos cuero negro —. Nadie sería tan estúpido como para intentar desertar con ellos ahí —concluyó.
Finalmente se dirigieron a la derecha, donde tuvieron que remontar unos pocos escalones y doblar la esquina del vestíbulo para encontrarse de bruces con una construcción añadida al edificio principal.
Xalara recordó cuando el maestre Viggo le contó que había una taberna en Lúgardark y dónde se ubicaba: seguro que él habría disfrutado con su reapertura.
La taberna era un rectángulo adherido a la esquina que formaba la unión del vestíbulo y la fachada del ala sur del centro de formación militar.
Solo había un par de ventanas circulares, con los cristales emplomados y translúcidos, por lo que era imposible determinar cuánta gente se encontraba dentro.
—Entremos —dijo Aden tras unos segundos observándola .
Como Xalara se temía, la taberna estaba abarrotada de reclutas, quienes ocupaban toda la barra y también la mayoría de las mesas.
No era una estancia demasiado amplia, pero sí la más caliente de Lúgardark, y ya con eso merecía la pena estar allí.
Las ventanas tenían mucha condensación, y el aire se percibía viciado.
A una esquina de la barra vio sentada a la maestre de Combate. Gúlfrica asía un vaso de cerveza mientras observaba lascivamente a una camarera que estaba de espaldas, recolocando las botellas en los estantes. A simple vista, ninguna contenía bebida alcohólica.
Cuando los recuerdos con Aura trabajando en la destilería del sótano llamaban a la puerta de su memoria, la camarera se giró y la visión de su rostro apartó a un lado cualquier otro pensamiento.
Era la prima de Jonatan Burlen.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Aden—. Parece que acabases de ver a un fantasma.
—Yo me voy —dijo Xalara.
—¿Qué? Pero si acabamos de llegar —opinó el chico—. ¿Es porque está la maestre de Combate?
—Sí, exacto —mintió Xalara, pues, aunque esa ya era una buena razón para hacerlo, esta vez no se trataba del motivo principal.
—Mira, esa mesa está vacía —señaló con el dedo Aden, ignorando su petición—. Ocúpala antes de que nos la quiten, yo me encargo de pedir.
Cuando Xalara se giraba para salir de la taberna, vio por la puerta entreabierta cómo Diago llegaba acompañado de Zanerya y Jon.
Entonces se produjo un escenario que la dejaba atrapada, por lo que no tuvo más remedio que aceptar la propuesta de Aden y así intentar disuadir las dos amenazas que la acechaban; tres, si también contaba a Gúlfrica.
—¿Qué quieres tomar? —insistió su compañero cuando Xalara ya se dirigía hacia la mesa libre, concentrada en obrar el milagro de pasar desapercibida.
—Yo nada —contestó de espaldas al chico.
Luego se sentó a la mesa .
Era muy difícil conseguirlo siendo quien era, pero nadie había reparado en su presencia o al menos no había hecho alusión a ella.
Al entrar, Diago volvió la vista hacia donde estaba Xalara, que fingió agacharse para atar los cordones de su bota.
Él y sus dos inseparables esbirros se acercaron a la barra, por suerte lo suficientemente distanciados de Aden para no verlo cuando él se volvía con un vaso en cada mano hacia la mesa que ocupaba su compañera de comarca.
—No pude escuchar lo que querías —se excusó el chico—, por eso te he pedido lo mismo que para mí, un zumo de naranja. Recién llegado desde la Comarca del Sureste; o eso me ha dicho la camarera.
Xalara ni siquiera miró al vaso que Aden le acercó deslizándolo sobre la mesa, porque solo estaba pendiente de que nadie la viera, y deseaba conocer alguna fórmula arlasófica que pudiera convertirla en invisible.
—No creas que no me he dado cuenta —dijo Aden—. Vi cómo mirabas a la camarera. ¿Esa chica te gusta o algo? Es joven, pero no sé si tanto como para…
—¿Qué dices? —preguntó Xalara, cortando a Aden sin estar segura de lo que acababa de escuchar.
—No hace falta que lo reconozcas si no quieres. Entiendo que puede ser algo embarazoso y…
—¿Estás insinuando que tengo algún interés amoroso en la camarera? —preguntó Xalara, reprimiendo una sonrisa al comprenderlo.
Aden no contestó, pero hizo una mueca afirmativa.
—No tengo ese interés en nadie —aclaró ella, sin poder evitar acordarse, aunque le molestara hacerlo, de Eizan—, y menos de…
—Vale, lo pillo —la interrumpió el muchacho—, no te gustan las chicas, perdón por mi equivocación.
Al menos el comentario y la actitud posterior de Aden le sacaron a Xalara una sonrisa, por mínima y fugaz que hubiera sido.
Ella se preguntaba cómo era posible que la prima de Burlen estuviera trabajando en Lúgardark.
Después de la intervención de Jonatan en aquel juicio, lo último que le apetecía era cualquier contacto con él o su entorno, por lo que parecía una broma de mal gusto.
Esto le generaba la duda de si se trataba de una fastidiosa casualidad o algo premeditado por parte de la presidenta o del propio Andris.
Aden no paraba de consultar el reloj, sacándolo disimuladamente del bolsillo, lo que estaba poniendo a Xalara de los nervios.
—¿Por qué lo miras tanto? —preguntó ella.
—Por nada —dijo—. Tengo que salir un momento, vuelvo enseguida.
—¿A dónde narices vas? —rezongó Xalara, haciendo ademán de seguirlo.
—Voy a mear —contestó él mientras se alejaba.
Xalara no entendía la necesidad de salir al frío de la calle cuando había un baño dentro de la taberna.
Para que la espera no se le hiciese eterna, comenzó a buscar a los reclutas que serían sus rivales en Las Cinco Disciplinas.
Pero, salvo a Diago, no vio a ningún otro, y se preguntó si los demás estarían aprovechando el domingo para entrenar y preparar la Disciplina Nº1.
Reflexionó sobre si ella no debería estar haciendo lo mismo en vez de perder el tiempo allí sentada esperando a un chico que se había ido a mear.
No obstante, tampoco sabía en qué consistiría exactamente la Disciplina Nº1, por lo que era complicado motivarse ante cualquier entrenamiento.
Harta de esperar por Aden, e incómoda por seguir allí dentro, Xalara se levantó y se encaminó hacia la puerta. Pero su intención se vio frenada cuando el propio chico entró en la taberna y, sobre todo, cuando vio quién lo hacía tras él.
—¿A qué viene esto? —protestó Michelle tras advertir la presencia de Xalara, quien también entendió que todo era una encerrona por parte de Aden.
El volumen de la queja provocó que más de media taberna se volviese hacia ellos, lo que produjo un efecto dominó que contagió al resto.
—Es hora de que hagáis las paces —masculló Aden, que parecía asustado y arrepentido de su idea .
—Esa no se merece ni que la mire a la cara —insistió Michelle, sin observar a su compañera.
—¡Menos mereces tú! —replicó Xalara, estallando tras permanecer estática ante el desagradable encuentro—. ¡¿Por qué has metido eso en el cajón de mi cama?!
—¡¿De qué hablas?! —preguntó Michelle.
—Lo sabes bien —respondió Xalara sin querer dar demasiados detalles en público.
—¿Sabes qué? Me da exactamente igual a lo que te refieras —aseguró Michelle—, porque me das asco.
—¿Sí? ¿Te doy asco? Genial, entonces —aseveró Xalara—. Pues imagina el que me das tú a mí.
Michelle apartó a Aden con el brazo y se abalanzó sobre Xalara, haciéndola caer hacia atrás contra el suelo.
Michelle quedó encima de ella mientras le arañaba la cara como si fuese una felina enrabietada.
Para librarse, Xalara se vio obligada a propinarle un puñetazo en el costado, lo que hizo que Michelle aflojara.
Xalara aprovechó para quitársela de encima.
Pero Michelle volvió a la carga enseguida y, todavía en el suelo, agarró a su compañera por el cuello en un abrazo constrictor que le bloqueaba las vías respiratorias.
Xalara era incapaz de hablar con claridad, pero sí lo suficiente como para pronunciar:
— Begagxio .
Un vaso que reposaba vacío sobre una de las mesas salió disparado hacia la cabeza de Michelle, donde impactó rompiéndose en añicos, consiguiendo que soltase a Xalara, que empezó a toser mientras el oxígeno regresaba a sus pulmones.
Michelle, arrodillada detrás de ella, se tocó la cabeza y su mano se tiñó de sangre, antes de volver a lanzarse contra su oponente, gateando desesperadamente para alcanzarla.
Alguien entró en escena para frenarla.
Aunque peleó por zafarse, no consiguió liberarse de la férrea y técnica sujeción de la maestre Gúlfrica .
—Ya basta, se acabó —manifestó la maestre—. ¡He dicho que se acabó!
Las dos antiguas amigas se miraban con desafío, resollando, cada una con sus respectivas heridas.
—Vais a pasar un generoso tiempo en el calabozo reflexionando sobre vuestro comportamiento inadmisible —aseguró Gúlfrica.
Aparentemente más calmadas, Xalara y Michelle se pusieron en pie, con la maestre entre ambas, atenta por si tenía que intervenir.
—Vamos —dijo ella, conduciendo a las dos reclutas fuera de la taberna.
—Lo siento —murmuró Aden con la cabeza agachada, pero ninguna de las dos le respondió.
Cuando salieron, la maestre recuperó su actitud habitual.
—Por mí os habría dejado hasta que os mataseis —declaró—, pero lamentablemente tengo que ceñirme al rigor de unas normas.
Los cuero negro apostados en la puerta parecían a punto de intervenir, pero finalmente ninguno lo hizo: Gúlfrica tenía controlada la situación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ozora, saliendo de su garita tras verlas entrar en el vestíbulo.
—Se han peleado en la taberna —contestó Gúlfrica, como si le irritase tener que darle explicaciones a la guardiana—. Van directas al calabozo —añadió.
—¿No deberían acudir primero al centro de sanación? —propuso Ozora, viendo sus heridas.
—No se lo merecen —opinó la maestre con un tono que no dejaba lugar a réplicas.
Entonces la guardiana sujetó del brazo a Xalara mientras que Gúlfrica lo hizo con Michelle.