CAPÍTULO 11El mentor
El mentor
Su conciencia no dejaba de vaticinar un final horrible, y aunque nunca había creído en la vida después de la muerte, como muchos se empeñaban en afirmar sin tener ninguna certeza, últimamente se autogeneraba la esperanza de que volvería a reunirse con Aura y Víliam tras morir, e incluso quizá conocería por fin a sus padres.
Esa era la única luz encendida en el oscuro túnel por el que transitaba tras ser seleccionada como participante de Las Cinco Disciplinas.
Tampoco ayudaba tener que oír esos mismos presagios en boca de quienes la rodeaban a diario.
No por parte de Michelle, con quien continuaba sin dirigirse la palabra, aunque casi prefería que ella también la increpase con tal de entablar una conversación.
Xalara siempre había abrazado la soledad como a una amiga, pero ahora más que nunca necesitaba una que fuese tangible, y pensaba que iba a volverse loca si no compartía con alguien su inquietud.
Keity, con quien hablaba últimamente, aunque sin llegar a considerarla amiga, también se había alejado de ella en los últimos días. No la culpaba: era difícil apoyar a alguien despreciada por casi todos, por eso echaba aún más de menos la compañía y el apoyo de Michelle .
Diago no dejaba de narrar cómo había sido el programa que hicieron en Bibrébem, alardeando de que todo el público lo había catalogado como el gran favorito para hacerse con la victoria final. A Xalara le resultaba patético, conociendo la inexistente presencia de público en aquel plató.
El único que parecía ajeno a todo ese ruido y más predispuesto a hablar con Xalara era Aden.
Él vivía al margen de casi todo, porque siempre estaba como ausente.
Seguía sentándose con Michelle en todas partes, con quien mantenía una relación cada vez más estrecha.
Xalara no sentía celos, pero sí cierta envidia al verlos tan unidos.
A todo esto, había que sumarle las indagadoras miradas que le dirigía Ozora, a la que últimamente veía patrullando más que nunca por los pasillos de Lúgardark. No obstante, quizá solo fuese una sensación infundada tras el encontronazo que tuvo con ella.
Se preguntaba cómo estarían pasando esos días el resto de participantes a nivel emocional. Diago solo parecía preocupado por cómo celebraría la victoria en cada una de las Disciplinas. Xalara creía, o más bien deseaba, que eso jugase en su contra.
Por otro lado, también se fijaba en Samanta, a quien tan solo veía en el comedor, y le resultaba extraño que no hubiese forzado ya algún encuentro para recordarle que iba a morir pronto.
Sin embargo, Xalara leía en el rostro de Zolian la misma preocupación que la embargaba a ella, como si Samanta estuviera arrepentida de haberse presentado a participar.
Xalara fantaseaba, en sus mejores sueños, con que tanto Zúnkerberg como Zolian fueran los primeros eliminados.
Los maestres no mencionaban Las Cinco Disciplinas durante sus instrucciones, y mucho menos mostraban su apoyo o inclinación hacia alguno de los participantes.
Excepto, cómo no, Gúlfrica, quien lejos de mostrarse imparcial le recordaba a Xalara cuánto iba a disfrutar de su pronta eliminación cada vez que compartían espacio.
El domingo siguiente, a falta de una semana para la Disciplina Nº1, Aden se acercó a Xalara después del desayuno.
—¿Tienes algo planeado para hoy? —preguntó el chico .
—¿Perdón? —respondió Xalara, sorprendida por la pregunta.
—Si quieres podemos quedar y pasar un rato juntos —sugirió él.
—¿Y Michelle? —cuestionó Xalara con suspicacia.
—Ella dice que quiere pasar el día en la biblioteca, y a mí la verdad es que no me gustan los libros.
—Y yo soy tu segundo plato, ¿no? —refutó la chica, aunque en realidad le entusiasmaba la propuesta.
—No tengo preferencia por ninguna de las dos —aseguró él—. Solo he pasado más tiempo con Michelle porque coincidimos un día por casualidad y conectamos de alguna manera. Contigo puede que ocurra lo mismo, quién sabe.
—¿Y a dónde quieres ir? —accedió Xalara tras sopesarlo brevemente.
—¿Has estado en la taberna?
—No —contestó Xalara, un tanto decepcionada por el plan.
—Yo tampoco —admitió Aden—, por eso me apetece ver cómo es y qué ambiente se respira. En mi pueblo hay varias tabernas y nunca entré en ninguna.
Xalara se sorprendió por esa confesión: ella iba casi todos los días a la de Burlen, aunque odiaba hacerlo.
—Estará allí más de medio Lúgardark —aseveró ella—. Lo último que me apetece es rodearme de gente el único día que puedo librarme.
—Yo creo que nos vendrá bien salir de estos muros, aunque solo sea hasta la puerta, claro —insistió Aden.
—Gracias por ofrecerme tu compañía, pero prefiero continuar sola —zanjó Xalara.
—Como quieras… —dijo él—. De todas formas, no voy a ir todavía, tienes tiempo para pensarlo. Si cambias de opinión, te estaré esperando en el patio delantero en una hora.
—¿Y cómo sabré cuándo ha pasado una hora? —comentó con un tono mordaz, haciendo alusión a la falta de relojes.
—Perdón, se me olvidaba —dijo Aden cuando ya se había dado la vuelta para marcharse, y metió la mano derecha en el bolsillo de su uniforme para sacar algo que le ofreció a Xalara—. Toma, un regalo .
—¿Qué es eso? —preguntó ella, sin ni siquiera mirar el objeto.
—Un reloj —contestó él sin darle importancia.
Los ojos de Xalara se fijaron ansiosos en la mano abierta de su compañero de comarca, que enseñaba sobre su palma un artilugio peculiar que parecía fabricado con diversos materiales.
—¿Eso es un reloj? —dijo Xalara, con los párpados muy abiertos. No pudo resistirse a cogerlo. —¿Cómo has…?
—Es una larga historia —aseguró él.
—¿Marca la hora exacta?
—No —admitió Aden—, solo es una estimación. Pero lo importante es que sirve para medir el paso del tiempo.
—Es increíble —opinó Xalara, estirando el brazo para devolverle el invento.
—Es tuyo —aseguró él, rechazando la devolución.
—¿Qué dices? No puedo aceptarlo.
—Claro que puedes, ya está en tu mano.
—Pero tú lo has fabricado —argumentó Xalara.
—Yo tengo el mío —dijo Aden, sacando otro artefacto casi idéntico, que marcaba exactamente la misma hora que el anterior: las ocho y 10 minutos.
Xalara solo pudo sonreír al comprobarlo.
—Gracias —aceptó finalmente, guardándolo deprisa en un bolsillo por miedo a que alguien lo viese.
—Agradécemelo acompañándome a la taberna dentro de una hora —dijo Aden mientras se alejaba de Xalara.
Lo primero que pensó cuando volvió a quedarse sola fue dónde y cómo guardaría ese artilugio para esquivar el registro nocturno de la supervisora de dormitorio.
Los siguientes minutos los pasó precisamente allí, estudiando su litera, buscando en ella algún recoveco donde poder esconder el reloj.
Tras palpar cada centímetro del cajón bajo su cama, sus dedos se toparon con un trozo de madera suelto, aunque perfectamente encajado, como si fuese la pieza de un puzle.
Tuvo que usar las uñas para extraerlo. Al hacerlo, se cayó algo que inconfundiblemente era otro reloj creado por Aden, lo que significaba que a Michelle también le había regalado uno y que ella lo escondió después en el cajón de su compañera de litera.
Xalara se sintió traicionada: la supervisora podría haberlo encontrado. Por eso cogió el reloj de Michelle y se dirigió a la biblioteca, para echárselo en cara.
Había llegado el momento de poner fin a ese silencio entre ambas.
Efectivamente, y como Aden aseguró, Michelle se encontraba en la biblioteca, ocupando su habitual cubículo de la esquina, donde siempre la acompañaba Xalara.
Sin embargo, no estaba sola, y había más personas leyendo cerca de ella, incluida la supervisora de la biblioteca, que merodeaba observando con desdén a los reclutas.
Así que Xalara decidió posponer el encuentro con su examiga y se dirigió hacia el patio delantero, donde en diez minutos supuestamente la estaría esperando Aden para ir a visitar la taberna.
Cuando llegó, él estaba sentado al pie de la escalera que subía hacia el vestíbulo de Lúgardark, y Xalara pudo ver cómo consultaba su reloj, sacándolo disimuladamente del bolsillo.
—Has venido —saludó Aden con una sonrisa cuando reparó en su presencia.
—También le has regalado un reloj a ella —comentó Xalara. Aunque no era exactamente un reproche, lo pareció.
—Si te refieres a Michelle, sí —admitió—. He fabricado tres: uno para mí, otro para ella y el último que te he dado a ti.
Xalara quiso preguntar el motivo, pero estaba bastante claro.
—Pues ella ha guardado el suyo en el cajón de mi litera —se quejó.
—Puede que quisiera que tú lo encontrases como si fuera un regalo —opinó Aden tras un instante.
La muchacha negó sacudiendo la cabeza.
—Lo ha hecho para que, si lo encuentra la supervisora, me echen a mí la culpa —corrigió Xalara—. Es una forma de protegerse.
—Esa es otra manera de entenderlo —reconoció Aden—. De no ser porque Michelle te echa mucho de menos —se apresuró a añadir.
—¿Tú crees? —preguntó Xalara, claramente en un tono irónico .
—No lo creo. Lo sé.
—¿Te lo ha dicho ella?
—No exactamente —admitió un tanto azorado—, pero se sobreentiende cuando habla de ti.
—¿Se sobreentiende? —protestó Xalara—. Ya te lo dije una vez, déjalo estar, no te metas donde no te llaman.
Aden se puso en pie.
—¿Entonces vamos a la taberna? —dijo.
Xalara no contestó, sino que comenzó a subir la escalera después de ofrecerle un gesto receloso al chico. Al fin y al cabo, necesitaba una distracción de manera inmediata, y él tampoco tenía la culpa del comportamiento infantil de Michelle.
Ozora estaba sentada en su garita. No les dijo nada, pero los siguió con la mirada hasta que la pared la privó de ello.
—Resulta extraño que nos dejen salir a la taberna teniendo justo al lado la escalera para huir de aquí, ¿no te parece? —comentó Aden.
No hizo falta que su compañera se lo advirtiese, pues la presencia de los cuero negro en la puerta bastó como respuesta.