Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 10¡Que comience el espectáculo! #4
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CAPÍTULO 10¡Que comience el espectáculo! #4

Daba la sensación de que los cuero negro no iban a acompañarlos, y se confirmó cuando Diago fue el primero en moverse hacia el ascensor.

Inmediatamente, el resto de participantes lo siguieron.

Con la excepción de Xalara, que prefirió subir por las escaleras y, para sorpresa de nadie, ella sí fue custodiada por dos cuero negro .

Como pretendía, fue la primera en llegar al pasillo de la tercera planta, sofocada por la rápida subida. No obstante, un par de segundos después, se abrió el ascensor y salieron los otros nueve participantes, todos ellos en silencio.

A lo largo del pasillo, además de una tupida alfombra de color negro que decoraba el suelo, había varios guardias de seguridad apostados junto a la pared opuesta a las puertas de los camerinos.

Para desgracia de Xalara, el suyo era el que estaba más alejado de la escalera, por lo que se vio obligada a cruzarse con los otros participantes.

Diago y Samanta no rehuyeron el intercambio de miradas. Sin aquella vigilancia tan férrea presente, Xalara estaba convencida de que cualquiera de los dos, o incluso ambos, se habría encargado de hacerle aún más complicado el momento.

Abrió la puerta del camerino ansiando quedarse sola.

Dentro, las luces estaban encendidas en una estancia que derrochaba lujo.

La cama, muy ancha, estaba situada en el centro de una pared, orientada hacia un televisor.

El suelo era de moqueta gris, tan limpia y tupida que daban ganas de tumbarse en ella para echar una siesta.

Especialmente por el calor tan acogedor que lo embargaba todo, procedente de una chimenea ornamentada con preciosos detalles de cerámica.

Después del impacto inicial, Xalara se acercó a una de las dos ventanas existentes, cuyas cortinas permanecían corridas.

Al apartarlas contempló una panorámica de la calle en la que, además de estar atestada de cuero negro , caminaban varios transeúntes bien abrigados.

Tras tanto tiempo, resultaba placentero no ver esa maldita niebla permanente de Lúgardark.

Al intentar abrir la ventana, comprobó que estaba bloqueada, igual que la otra .

— Dunoxdita —pronunció frente a la segunda, obteniendo un nulo resultado que la llevó a recordar por qué estaba allí. Algo que había olvidado durante unos instantes tras dejarse embriagar por una falsa sensación de opulencia.

Xalara jamás había visto físicamente un aparato de televisión, por ello, ese fue su siguiente punto de atención.

No sabía cómo encenderlo, así que tuvo que investigar hasta conseguirlo, mediante una ruleta instalada en un lateral.

Que apareciese una imagen en movimiento, acompañada de las voces de quienes se encontraban en ella, provocó que se sobresaltara.

La luminosidad que emitía la pantalla era molesta para sus ojos, por lo que tuvo que retroceder hasta la cama, donde se sentó, preguntándose cómo se vería ella misma dentro de ese cuadrado en unas horas.

Pasó un largo rato tumbada en el colchón más confortable del mundo, mientras veía una aburrida tertulia sobre temas políticos y mordisqueaba, sin mucho apetito, un sándwich que había encontrado sobre la mesita.

Era tan novedoso tener delante una televisión que al menos la distrajo hasta que unos golpes sonaron en la puerta del camerino.

Xalara no supo si debía dar permiso para que entrasen, por eso se levantó a abrir tras comprobar que desde fuera no lo hacían.

En el pasillo se encontraba una mujer de mediana edad, con el pelo recogido y un maletín en su mano derecha.

—Buenas tardes —saludó muy seria.

—Hola —respondió Xalara en la misma sintonía.

—Me llamo Virginia, y vengo a prepararte para el programa de esta noche —informó—. ¿Puedo pasar? —preguntó impacientemente tras comprobar que la joven no se apartaba del umbral.

Antes de cerrar, Xalara vio que otra mujer entraba en el camerino de Diago, portando un maletín idéntico.

Cuando se volvió hacia el interior no encontró a Virginia y, tras un momento de confusión, vio que una puerta en la que ni había reparado estaba abierta y una luz salía de ella .

—Vamos, no tenemos toda la tarde —reclamó la mujer desde dentro.

Xalara se asomó a un cuarto muy pequeño donde había armarios oscuros y un sillón de terciopelo gris. Entre todo destacaba un gran espejo rodeado por una hilera de bombillas bastante potentes. También albergaba un perchero abarrotado de trajes sobre dos soportes de hierro.

—No te preocupes, esos no son para ti —aclaró Virginia, percatándose de cómo estudiaba los atuendos—. Ahora haz el favor de sentarte.

Cuando Xalara lo hizo en la silla que la dejaba frente al espejo de luces, sintió un calor insoportable. Una incomodidad agravada por la dificultad de mantener los ojos abiertos.

—Al principio molesta —reconoció la mujer—, pero es necesario este tipo de iluminación para aplicarte el maquillaje adecuado.

—¿Maquillaje? —se quejó Xalara con el ceño fruncido, mirando a la mujer a través del espejo, quien se afanaba en sacar toda clase de productos de su maletín.

—¿No pensarás salir con esa cara? —alegó Virginia, componiendo una expresión de asco.

Durante los siguientes minutos, a Xalara no le quedó más remedio que aguantar todo lo que esa mujer le aplicaba sobre el rostro: maquillaje, sombra de ojos, rímel y un pintalabios que no era demasiado visible.

Luego comenzó a peinar su cabello para fijarlo con laca, llenando el ambiente de un olor tan intenso que se le coló hasta las entrañas.

—No has quedado nada mal —opinó la estilista, comprobando con orgullo el resultado de su trabajo a través del espejo.

No le gustaba la situación ni el hecho de estar a merced de esa mujer durante tantos minutos, pero Xalara debía reconocer que nunca se había visto tan guapa.

—¿Qué te parece? —inquirió Virginia, seguramente tras notar la expresión desconcertada de la muchacha al verse.

—No lo sé —respondió con frialdad .

La mujer hizo una mueca muy particular y comenzó a recoger sus herramientas de trabajo.

—Ahora es clave que no comas nada ni te toques la cara —avisó Virginia—. Supongo que no tardarán en venir a buscarte.

—¿Buscarme para qué? —preguntó Xalara, aunque ya conocía la respuesta.

—Suelta esos nervios, chica, o te harán quedar en ridículo ante cientos de miles de personas —dijo con una sonrisa—.

Si me permites darte un último consejo… muestra orgullo ante Tedya.

Se desenvuelve como nadie en un plató de televisión, y si la dejas te pisoteará.

Suerte —añadió antes de abandonar aquel cuarto y después el camerino.

No supo estimar cuánto tiempo pasó hasta que unos golpes sonaron nuevamente en la puerta mientras continuaba sentada en el sillón de terciopelo, con todas las luces del espejo apagadas.

En esta ocasión no tuvo que abrir, dado que uno de los guardias de seguridad del pasillo se encargó.

—¡Sal! —le ordenó con brusquedad.

Xalara se puso en pie, acariciando el terciopelo del sillón como si ese simple gesto la tranquilizase.

Cuando salió al pasillo, se encontró con el resto de participantes, que estaban acicalados como ella, al menos en el caso de las chicas.

Juntos fueron conducidos por dos guardias hasta doblar una esquina que los introdujo primero en una escalera que tuvieron que bajar y después en un corredor estrecho y oscuro, donde los aguardaba un hombre de pelo negro, barba recortada y gafas cuadradas.

Llevaba un portafolios bajo el brazo, en el que Xalara pudo ver anotaciones y subrayados con un rotulador rojo.

—Bienvenidos —saludó con una sonrisa—. Me llamo Loro Sorney, y soy el regidor del programa. ¿Estáis listos para vivir una experiencia inolvidable?

Ninguno contestó: todos los participantes parecían demasiado nerviosos .

—Muy bien —asintió el regidor, como si hubiesen respondido de forma afirmativa—. No quiero nervios, ¿de acuerdo? Cuando estéis ahí fuera se os pasará el tiempo volando, os lo prometo.

Sin entender el motivo exacto, Xalara se puso aún más tensa después de escuchar sus consignas.

—Os voy a dar las últimas pautas para que lo tengáis todo claro. ¿Estáis atentos?

Nuevamente nadie respondió.

—El programa ya ha comenzado —explicó Loro, aunque era innecesario, puesto que escuchaban los aplausos de una multitud y la voz lejana pero inconfundible de Tedya Yons—.

Ahora la presentadora hablará un poco con los telespectadores y se producirá una corta pausa publicitaria. Después llega vuestro turno.

Xalara observó, a través de una puerta entreabierta, un cuarto completamente oscuro salvo por algunas pantallas donde se retransmitía la señal en directo. Cuando vio un primer plano de Tedya en el monitor, sintió un pinchazo de angustia en el pecho.

El regidor sacó un reloj de bolsillo para consultarlo.

—Ya están en la pausa publicitaria —anunció, aunque Xalara y la participante del Noreste, que estaba a su lado, ya lo habían comprobado en los monitores de la sala—.

A la vuelta, Tedya anunciará vuestra entrada y os dirigiréis hacia esa puerta que está a mi espalda.

Lo hará de uno en uno. Dentro del plató, ella dirigirá todas vuestras acciones.

—¿Quién será el primero en entrar? —preguntó Diago, poniendo en su boca la duda que probablemente tenían todos.

—En el orden inverso a la ceremonia de selección. Es decir, la primera participante en salir será Xalara Verdreven —dijo tras comprobarlo en el portafolios.

Ella albergaba la esperanza de ser la última en hacerlo, por eso su corazón se puso a mil por hora y las piernas le temblaban tanto que no sabía si sería capaz de moverse .

Estuvo tan aturdida a partir de entonces, que no fue consciente de nada más hasta que escuchó su nombre en la boca del regidor, que aguardaba impaciente su reacción.

—¡Vamos! ¿A qué esperas para salir? —la apremió.

Xalara tuvo que ser empujada por la espalda para que caminase hasta el regidor. Él le abrió la puerta corredera y le dio una última palmada en el hombro, supuestamente para insuflarle ánimos.