CAPÍTULO 10¡Que comience el espectáculo! #2
Xalara buscó a Michelle entre los reclutas para que contradijera esas mentiras. Sin embargo, ella tenía la mirada clavada en el patio, demostrando indiferencia.
—Lo que dicen es falso —intervino Aden, que estaba junto a Michelle—. Ha sido él quien ha empezado a provocarla. Xalara ni siquiera ha peleado, solo intentó esquivar los golpes.
—¿Qué dices tú, enclenque? —protestó Diago, amenazante.
Xalara agradeció su ayuda, pero sabía que Aden pagaría cara su osadía, y eso hizo que se sintiera aún peor.
—Me parece que no hay forma de demostrarme la verdad —opinó Ozora, resignada tras observar de nuevo a los implicados—. Así que será mejor que continuéis vuestro trayecto al comedor. Tú no, Verdreven —añadió cuando ella también marchaba.
Algunos miraron hacia atrás mientras se iban, pero no Michelle .
—Tienes que visitar a la sanadora. Ese golpe tiene una pinta horrible —dijo la guardiana escudriñándole el dolorido pómulo.
—No hace falta, estoy bien —mintió Xalara, dado que notaba cómo se le hinchaba el párpado inferior y le palpitaba esa zona de la cara, disminuyendo considerablemente el campo de visión en ese lado.
Ozora la miró fijamente a los ojos, despertando un escalofrío en la recluta.
—Está bien —cedió la guardiana—, pero al menos vendrás a mi garita. Allí tengo un pequeño botiquín suficiente para estas cosas.
—La supervisora de dormitorios verá que no estoy y tendré problemas —trató de explicar Xalara para poder escabullirse.
—No estaría haciendo bien mi trabajo si después de lo que he visto te dejo marchar así.
Bastante mal me siento al no saber qué ha ocurrido para castigar como se debe al culpable —discutió la guardiana que, aunque no lo admitiera, a Xalara le pareció evidente que señalaba a Diago—.
Si no quieres acudir al centro de sanación al menos vendrás conmigo, y no se hable más.
Ya se lo explicaré a vuestra supervisora si es necesario.
Xalara accedió finalmente, tampoco creía que tuviese otra opción: era la orden de un superior.
Subieron en silencio la escalera hacia el vestíbulo, el cual no se veía desde el patio debido a la niebla.
Cuando llegaron arriba, la recluta recordó la única vez que había estado allí y las sensaciones que experimentó durante su entrada en Lúgardark.
Luego se imaginó escapando hacia la aldea de Déndereid, sin parar de correr hasta estar a salvo.
Pero esa enajenación se evaporó cuando vio a unos cuantos cuero negro apostados en la puerta del edificio, mirando hacia Xalara y Ozora sin alterar ni el gesto ni la postura, tampoco sin perderlas de vista.
La recluta se cuestionó si siempre habían estado allí o si era algo novedoso, estrechamente relacionado con Las Cinco Disciplinas o incluso con ella misma.
Acabaron entrando por una pequeña puerta situada a la derecha.
La vivienda de la guardiana estaba dividida en dos plantas.
La parte inferior era una especie de despacho: con una mesa sencilla y una silla, además de armarios con estantes vacíos, como si Ozora aún no se hubiera instalado.
La planta superior, a la que se accedía por una estrecha escalera de madera, tenía un rellano protegido por una barandilla que permitía asomarse hacia abajo.
Ozora cogió la silla y la arrastró hasta colocarla al lado de la chimenea, que estaba apagada.
—Siéntate aquí —le ordenó a Xalara, que dudó de si la guardiana era consciente de que no había un fuego encendido.
Luego Ozora comenzó a abrir cajones en los armarios, sin detenerse más de un segundo en cada uno de ellos antes de volver a cerrarlos. Xalara apostaba a que todos estaban vacíos.
—Vuelvo enseguida —avisó la enorme mujer—. El botiquín tiene que estar arriba. No te muevas de ahí.
Los escalones crujían como si se quejasen cada vez que el peso de la guardiana se apoyaba sobre ellos.
La recluta cerró el ojo que tenía intacto para comprobar cuánta visión le quedaba en el otro. Cuando recorría la estancia, su maltrecha vista se detuvo en la mesa, sobre la cual reposaba un periódico doblado por la mitad.
Sabía que, por protocolo, no se les permitía conocer noticias del exterior, y menos aún si estas provenían de los medios de comunicación, pero Xalara no pudo contenerse y se levantó hacia él tras comprobar que la guardiana continuaba sin asomarse en la planta superior.
Desplegó el periódico sobre el tablero y ojeó la portada, comprobando que se trataba de un ejemplar de El Arlasofo .
En primera plana aparecían numerosas noticias que recargaban la página, pero la que acaparaba el titular más visible era la que hablaba sobre un tema de economía social, acompañada por la foto de una mujer tras un atril.
No había nada relacionado con Lúgardark o Las Cinco Disciplinas.
Por eso le dio la vuelta al periódico y examinó la contraportada.
Xalara se vio inmediatamente atraída por una fotografía en la esquina inferior derecha, donde estaba Huberto Cóbelpot, vestido con un mono de presidiario tras las rejas de una celda.
Su aspecto lucía incluso más demacrado de lo que recordaba.
Tuvo que frotarse el ojo para descartar que fuera un producto de su imaginación.
Olvidando que Ozora podría bajar en cualquier instante, comenzó a leer el artículo con avidez.
HUBERTO CÓBELPOT NIEGA SUS CARGOS
El hombre de Yadarme está acusado de haber guarnecido a Xalara Verdreven cuando esta se encontraba en busca y captura.
Como todo su pueblo sabe, Cóbelpot mantenía una relación paternofilial con la chica a espaldas de Aura Duarte (madrina de la joven), quien fue asesinada por los herederos fugados de Ívelmer después de ser vendida a estos por su ahijada.
Cóbelpot se enfrenta a la pena de muerte por colaboración con los herederos.
Con las pruebas y testimonios que existen en su contra, el acusado tendrá muy difícil salir airoso, y lo único que está consiguiendo con su reacia actitud es que sea condenado de una forma más severa, alargando una historia cuyo final ya está escrito.
Xalara acababa de descubrir, probablemente, el motivo por el que Huberto no había acudido aquella noche a su rescate en Lúgardark, tal y como le prometió.
—¿Qué estás haciendo? —rezongó Ozora desde la parte alta de la escalera.
Parecía más asustada que la propia Xalara, que no fue capaz de disimular. La guardiana bajó corriendo y cogió el periódico de forma brusca, quedando de espaldas a la joven, como avergonzada de que le viese la cara.
—Se supone que los reclutas no podéis conocer las noticias —le recriminó, aunque daba la impresión de reprocharse más a sí misma por haber cometido el error de no retirarlo de la mesa.
—Lo siento —dijo Xalara—. No volverá a pasar .
—¿Y ahora qué hago contigo? —se cuestionó Ozora tras emitir un suspiro, sin girarse aún hacia la joven.
Xalara estuvo tentada de decírselo: actuar como si nada hubiese pasado.
—Si Syliana llega a enterarse… —masculló la guardiana, muy nerviosa—. Pero ella no lo ha visto. Nadie lo sabe excepto la chica y yo. Si la silencio será suficiente.
La recluta retrocedió despacio tras oír esa última reflexión. Ozora se mostraba dispuesta a cualquier cosa con tal de que nadie conociera su infracción.
Cuando la enorme mujer se volvió hacia Xalara, con su feo rostro fruncido, la recluta echó a correr hacia la puerta y no se detuvo hasta que llegó al patio, donde se permitió mirar hacia las escaleras para comprobar que no la seguía, al menos de cerca.
Tal vez fuese por su traumática experiencia con el anterior guardián de Lúgardark, pero no quiso quedarse a comprobar si, con “silenciarla”, Ozora se refería a hacerlo para siempre.
Luego se dirigió al comedor, donde esperaba que Diago estuviera lo suficientemente entretenido como para no seguir con la discusión. Aunque sabía que su rencor no iba a detenerse tan fácil. Además, temía que Aden pagara con creces el haberse puesto en su contra.
Para su sorpresa, Zúnkerberg no estaba en el comedor, pero tampoco Aden ni Michelle, dando a entender que había ocurrido algún tipo de altercado entre ellos.
En un momento dado de la cena, Xalara vio cómo una enorme sombra se proyectaba sobre la mesa.
La guardiana estaba plantada a su espalda.
—¿A qué ha venido lo de antes? —preguntó Ozora mientras se sentaba a su lado en el banco.
La muchacha casi se atraganta con los huevos revueltos de la cena.
—Ya le dije que la supervisora me castigaría si no llegaba a tiempo —explicó una vez más, sin dar crédito a lo que acababa de hacer la guardiana .
—Pero me mentiste —aseguró ella—. No ibais hacia el barracón, sino al comedor. Y además te dije que hablaría con ella si era necesario. Nada justifica que te hayas ido sin mi permiso.
—Lo siento —insistió, sin reconocer que tuvo miedo de que Ozora la matara.
Esta se le quedó mirando con un recelo muy marcado en sus facciones.
—Respecto al periódico… —habló por fin la guardiana, bajando el tono de voz y relajando la expresión de suspicacia—. Podemos hacer como si no hubiera pasado. Tú me guardas el secreto y yo te lo guardo a ti. ¿De acuerdo?
Xalara se quedó confundida con esa reacción, sin saber qué pensar de ella.
—Por mí no hay problema —asintió de todas formas, temiendo que esa respuesta sonara insustancial.
—Perfecto —convino Ozora, y se levantó, estiró su uniforme para ajustarlo a la cintura y salió del comedor, mirando de reojo las cinco mesas, donde los reclutas agachaban la cabeza hacia la bandeja a su paso.
Supuestamente solucionado el conflicto con la guardiana, la mayoría de los pensamientos de Xalara se centraron en Huberto y en la noticia de su detención.
No fue hasta el día siguiente, en la formación matinal, cuando descubrió que Aden tenía un ojo morado, confirmando la venganza de Diago en forma de represalias y acumulando disgustos sobre los hombros de Xalara, como una mochila cargada de piedras.
El domingo siguiente, después de regresar de la formación y el ejercicio matutino, tras la ducha, la supervisora de dormitorios se acercó a Xalara cuando se estaba vistiendo.
—Tienes que salir —dijo—. Te están esperando.