Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 10¡Que comience el espectáculo!
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CAPÍTULO 10¡Que comience el espectáculo!

¡Que comience el espectáculo!

Los días posteriores a la ceremonia de selección fueron los peores para Xalara desde que había iniciado la EDMO.

Solo eran comparables a sus primeras jornadas en Lúgardark, cuando todos la culpaban de haber intentado asesinar al presidente y de que Lúgardark se hubiese reabierto por culpa de ello.

También a cuando, más adelante, muchos pensaron que era la culpable de las desapariciones de los reclutas, sembrando más dudas en su ya castigada conciencia.

No obstante, entonces contaba con el apoyo de Michelle.

Xalara había intentado hablar con ella el domingo, y desde ese día no volvió a producirse ningún acercamiento entre ambas, más allá de lo inevitable al compartir litera.

Tampoco se sentaban juntas en el comedor: ahora lo hacían en los extremos opuestos de la mesa.

Michelle parecía haberse vuelto inseparable de Aden, con quien estaba en las comidas y también durante las instrucciones, en las que Xalara elegía asiento de forma aleatoria.

No entendía su cambio de opinión respecto al chico.

Sin duda había ocurrido algo entre ellos que ignoraba, o tal vez Michelle no soportaba estar sola y se había aferrado a la única posibilidad de compañía.

Por su parte, Keity Járrenjeil había reforzado, inesperadamente, su vínculo con Xalara, iniciado unas semanas atrás.

Aun así, echaba de menos a Michelle, porque ellas dos formaban algo especial que nadie más podía, pues se complementaban.

Eso no ocurría con Keity, aunque le pareciese una buena compañera.

Que Xalara fuese a participar en Las Cinco Disciplinas significaba un aliciente más para que la maestre Gúlfrica incrementara el acoso sobre ella.

Quedó patente durante la instrucción de Combate del lunes, en la que no cesó de lanzarle agravios, menospreciando sus posibilidades y aumentando las de cualquier otro participante.

Diago, aunque nunca se refiriese a él concretamente, aprovechó esta circunstancia para alimentar su orgullo y su sensación de favoritismo como ganador de la competición.

—No te has conformado con llegar a Lúgardark eligiendo ser recluta permanente tras haber matado a numerosas personas, sino que tu ilimitada ambición te ha llevado a presentarte a un objetivo imposible de conseguir para ti —aseguró Gúlfrica cuando la recluta hizo su primer turno de defensa frente a ella—.

No sabía que, además de asesina, eras también una suicida.

Xalara tuvo que hacer acopio de voluntad para no arremeter contra la maestre, sobre todo cuando la serenidad que le aportaba Michelle en situaciones así brillaba por su ausencia.

—No se permite hacer apuestas en Lúgardark —insistió la maestre en la siguiente ronda—, pero yo apostaría todo mi dinero a que eres la primera en caer.

Todos daban por hecho que Xalara ni siquiera sobreviviría a la Disciplina Nº1. Ella no los culpaba, pues conforme pasaban las horas estaba más convencida de que así sería.

Por el contrario, Andris Bóstoul no permitía ningún comentario ni ofensa hacia Xalara durante su instrucción.

Aunque desde su reencuentro el nuevo maestre parecía haberse convertido en una figura protectora, la recluta continuaba sin fiarse.

No era lógico ese cambio tan drástico en su comportamiento e ideas, y sospechaba que Andris había hecho todo lo posible para que se presentara a Las Cinco Disciplinas y fuese la seleccionada; así podría matarla de una forma legal .

Durante la comida del martes, Aden se sentó en su antigua ubicación, quedando frente a Xalara para su sorpresa y la de Michelle. Esta última, tras lanzarle una mirada insultante al chico, ocupó su nuevo lugar en el extremo de la mesa más cercano a la puerta.

—Hola —saludó Aden.

—Hola —respondió evasivamente Xalara.

—¿Hoy Keity no se ha sentado contigo? —inquirió él, aunque estaba claro que era una pregunta retórica para entablar conversación.

—¿Y tú no has querido sentarte con esa? —dijo Xalara, mirando de soslayo hacia donde estaba Michelle, que también los observaba hasta que sus miradas se cruzaron.

—Esa tiene nombre —replicó Aden—. ¿O ya lo has olvidado? Además de todo lo que habéis vivido juntas —agregó, dando la impresión de que su separatismo le molestaba tanto como a las propias implicadas.

—No me apetece hablar —insistió Xalara, centrándose en su bandeja de comida para no acabar contestándole de forma brusca a su compañero.

—Yo creo que en realidad Michelle no está enfadada contigo, más bien decepcionada —opinó el muchacho, haciendo caso omiso.

—¿Decepcionada?

—Consigo misma, quiero decir —corrigió, aunque posiblemente lo hizo debido a la reacción de Xalara.

—¿Y yo qué narices tengo que ver en eso?

Aden chasqueó la lengua antes de hablar, como si estuviese obligado a justificarse.

—Estoy seguro de que tanto tú como ella sois inteligentes, pero el orgullo es capaz de volver idiota a cualquiera.

—Gracias por el insulto —dijo Xalara—, pero ya tengo los bolsillos llenos.

—Lo que quiero decir… —se apresuró a explicar Aden, respirando profundamente como para armarse de paciencia—. No creo que seas la culpable de su decepción por el simple hecho de haberte presentado a Las Cinco Disciplinas, sino más bien un medio para alcanzar ese sentimiento.

—¿Un medio?

—Lo siento, pero a veces me cuesta explicar mis pensamientos a otras personas.

—Pues en este caso no es necesario que te esfuerces. Mejor déjalo estar —declaró Xalara.

—Lo que le pasa a Michelle —insistió el chico—, es que tú eres la única amiga que ha tenido en toda su vida. Te idolatraba, y ahora piensa que la has traicionado, y que por eso ella le ha fallado a su familia tras privarla de una oportunidad única que tú le has robado.

—¿Traicionarla? Ella nunca me dijo que se presentaría candidata.

De haberlo sabido habría hecho todo lo posible para convencerla de lo contrario.

Y si finalmente hubiera estado decidida, jamás me habría puesto en pie, o al menos lo habríamos hablado.

Si yo la he traicionado, ella a mí también —repuso Xalara—.

Y créeme, si pudiera cambiarme por ella lo haría encantada.

Si tanta prisa tiene por morir que me hubiera avisado antes.

Yo no tengo la culpa de que sea una niñata mimada por sus padres. Quizá ahora madure de una vez.

—Seguro que las dos tenéis parte de razón —aceptó Aden—, pero si ninguna da el primer paso hacia el perdón, siempre estaréis así: enfrascadas en lo mismo.

—¿Pedirle perdón? —discutió Xalara—. Yo no soy la que le ha retirado la palabra.

—Creo que es la única forma de arreglarlo —refutó el chico.

—Pues dile que cuando quiera puede venir a decírmelo —convino Xalara con un tono nada convincente.

—Tienes que ser tú. De nada servirá si se lo digo yo.

—No voy a arrastrarme hacia Michelle —zanjó ella—. Si no quiere hablarme es su decisión. A mí me gusta la soledad, así que el problema lo tiene ella, no yo —argumentó—. Contigo tampoco quería hablar antes, y ahora es tu sombra —añadió con retintín.

—Vosotras sabréis —concluyó Aden antes de levantarse para ocupar un sitio neutral, separado de ambas .

Desde que se convirtió en participante de Las Cinco Disciplinas, Xalara había recibido numerosos comentarios recordándole que no iba a ganar. Pero si albergó alguna esperanza de que el paso de los días menguaría el impacto de la noticia, comprobó que estaba equivocada.

Después de una nueva instrucción de Arlasofía Aplicada, en la que todo transcurrió con normalidad, Diago se puso a la altura de Xalara cuando salieron al pasillo.

—Supongo que eres consciente de que pronto morirás —comentó el recluta—. Y también de que yo seré tu verdugo.

—Quizá me necesites para superar las Disciplinas —insinuó Xalara, conteniéndose para no entrar en su juego macabro.

—¿Y cómo sería eso posible?

—No sabemos en qué consistirán, y somos de la misma comarca, no sería tan sorprendente que tuviésemos que ayudarnos.

Xalara no lo creía; solo buscaba sembrar dudas en su compañero para aplacar el acoso moral.

—Fíjate si darás asco, que hasta Nédelen ya no te soporta, matapresidentes —profirió Diago—. Al menos ya no tendremos que hacerlo durante mucho más tiempo.

La mayoría de reclutas que estaban cerca se rieron tontamente. Michelle y Aden no se encontraban entre ellos.

Xalara siguió caminando, decidida a no responder a las provocaciones. Pero estaba tan harta que no pudo contenerse.

—Y llegado el momento —soltó ella—, ¿debería darme la espalda para que puedas matarme igual que hiciste la última vez que nos enfrentamos?

Diago bufó como un animal rabioso y se puso delante de Xalara para bloquearle el paso, provocando que todos sus compañeros se parasen también, formando un semicírculo en torno a ellos para presenciar la pelea.

—¿Te crees que aquel día lo hice por cobardía? —replicó el chico, colorado por la furia—. Estaba lesionado. Ahora enfréntate a mí si tienes lo que hay que tener. Demuestra que no eres la mierda que todos creen .

Zúnkerberg le lanzó un puñetazo enseguida, pero Xalara pudo esquivarlo. No así la patada que le dio a continuación en la pierna derecha, para acto seguido golpearle en el pómulo izquierdo, haciendo que además chocase de espaldas contra la pared del claustro.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la voz profunda de alguien que se abría hueco entre los reclutas.

Luego se metió en medio de Xalara y Diago, separándolos con sus fornidos y largos brazos.

Era Ozora, la guardiana.

—Verdreven me ha insultado y empujado cuando salíamos de la instrucción —informó Diago con un tono convincente—. Sabe que no va a ganarme en Las Cinco Disciplinas, y ha intentado lesionarme. No me ha quedado más remedio que defenderme, señora.

—¿Es eso cierto? —preguntó Ozora, escudriñando la reacción de algunos reclutas con su siniestro rostro, presidido por la enorme cicatriz que nacía en la comisura de su boca.

—Sí, yo lo vi —afirmó Zanerya de inmediato.

También Jon Manair asintió con la cabeza cuando la guardiana lo observó.