CAPÍTULO 9El chico extraño de Seiden #2
Aden la miró con un brillo repentino en los ojos, y se dedicó a explicarle todo el funcionamiento de un reloj convencional y cómo él lo había aplicado y adaptado a las piezas que reunió.
—Interesante —declaró ella, aunque no se había enterado de casi nada. De todas formas, le estaba sentando genial hablar de algo muy distinto a lo que tenía en su cabeza—. ¿Quieres que demos una vuelta? —añadió con timidez.
—Estoy bien aquí —opinó Aden, mirándola fugazmente—. Pero gracias por el ofrecimiento.
—De acuerdo —asintió Michelle, cabizbaja.
En su timbre de voz se percibió la decepción por la negativa, algo que trató de esconder enseguida, largándose antes de que Aden también pudiera verla reflejada en su rostro.
Cuando salió al pasillo volvió a llevarse un susto por culpa de él, puesto que la había seguido hasta allí sin que se diera cuenta .
—Pensándolo mejor… —dijo el chico—, todavía no he visto el lago y me he enterado de que hay uno. Pero soy un desastre para orientarme con ese mapa del horario.
—¿Me estás diciendo que eres capaz de construir un reloj con mil cosas distintas y no puedes guiarte con un simple mapa?
—Eso parece —admitió con una sonrisa de labios apretados.
Por un momento, Michelle creyó que se burlaba de ella, pero recordó cuando lo vieron perdido aquel día en el claustro del patio y Aden les preguntó dónde estaba el comedor. Ahora se sentía fatal por no haberlo ayudado.
—Yo podría llevarte —se ofreció Michelle—. Si quieres, claro.
—Me encantaría —asintió él con una sonrisa completa que ella imitó con otra más tímida.
—Aunque te advierto algo —añadió la chica cuando ya emprendía la marcha—, realmente no es un lago, sino una piscina natural, pero como la niebla no deja ver el final, parece una superficie de agua enorme.
—No pasa nada, seguro que también tiene su encanto —argumentó Aden.
Antes de que se fueran, el chico entró de nuevo en la habitación, y tras un par de minutos dentro salió y cerró la puerta mediante arlasofía , haciéndola suya.
Desde allí se dirigieron hacia el ala este de Lúgardark. Michelle no recordaba por dónde tenían que ir para encontrar la salida, por eso tuvo que consultar el mapa del horario que, por suerte, portaba Aden en un bolsillo.
Bajaron al último piso y se internaron en una especie de sala subterránea donde estaba la puerta, pero esta permanecía cerrada, como Michelle había temido.
— Dunoxdita —dijo ella, girando su mano frente a la cerradura.
Pero esta no hizo nada: la guardiana se habría encargado de que así fuera.
—Mierda —protestó Michelle—. No podemos salir.
—Déjame intentarlo a mí —dijo Aden con calma .
Ella se apartó, escéptica ante una posible solución por parte del chico, que sacó de su bolsillo un artilugio muy pequeño: presumiblemente fabricado con materiales hallados en aquella habitación. Luego lo introdujo en la cerradura de la puerta.
—No vas a poder, está bloqueada mediante arlasofía —arguyó Michelle con un tono burlesco—. La fórmula de cierre es infalible.
El recluta ignoró a su compañera y continuó en su empeño, al parecer muy seguro de sí mismo.
Cuando ella estaba a punto de insistir en que se olvidara y que podían ir a cualquier otro lugar, la cerradura emitió un chasquido.
A continuación, Aden accionó el pomo y empujó la puerta con suavidad. Mientras esta se abría, se giró para mirar a Michelle, que tenía las cejas arqueadas y la boca abierta. Por un instante, pensó en Xalara y deseó que estuviera allí para ver lo mismo que ella. Enseguida eliminó ese pensamiento.
—¿Cómo lo has…?
—Prueba y error —dijo el chico, encogiéndose de hombros como si lo que acabase de hacer fuese algo fútil.
—Eres un maldito genio —admitió Michelle—. En serio, increíble.
Aden sonrió con las mejillas coloradas.
Salieron a la calle y la niebla los recibió como una de esas personas a las que nunca quieres ver pero que siempre se cruzan en tu camino, aunque estaba más disipada de lo habitual. Probablemente se debía al gélido viento, que también soplaba con una intensidad inusual.
—No está lejos —indicó Michelle cuando se cerraba la parte superior del abrigo, percatándose de que Aden no lo llevaba puesto—. ¿No tienes frío?
—Qué va, estoy acostumbrado a estos vientos —negó él, y por su actitud parecía decirlo en serio.
Al contrario que ella, no tiritaba ni chasqueaba los dientes.
Pronto vislumbraron el agua, que formaba pequeñas olas apenas rompiendo en la superficie de roca.
—La última vez que estuve aquí el agua permanecía totalmente estanca —aseguró Michelle—. Supongo que se debe al viento .
—Es por un efecto llamado seiche —explicó Aden.
—¿Qué? —preguntó ella, como salida de un trance, pues estaba medio hipnotizada observando el peculiar balanceo del agua.
—También es conocido como olas estacionarias —aclaró él—, y aunque no es lo habitual, pueden darse en masas de agua pequeñas, siempre y cuando sean cerradas o semicerradas.
En realidad son causadas por cambios bruscos en la presión atmosférica, o por el viento.
El agua busca su nivel y rebota hacia el otro lado.
Al final es como si hicieses oscilar una bañera —concluyó.
—Pero ¿cómo sabes todo eso? —preguntó Michelle, fascinada—. A mí en clase no me lo enseñaron, o al menos no me acuerdo, yo soy más de letras.
—Mi pueblo está rodeado de lagos —respondió el chico.
—¿Cómo se llama?
—Seiden. Y aunque yo no había nacido —continuó él—, mi abuelo me contó muchas veces que, en una ocasión, un seiche de casi seis metros de altura rompió un muro de contención en el pueblo y causó inundaciones en las que murió gente.
Michelle miraba como embelesada a sus grandes ojos mientras lo escuchaba: hasta ese momento no se había fijado en que eran de un color verde con un matiz azulado.
—Hay una leyenda que desde hace siglos narra la existencia de un monstruo que vive en las profundidades de los lagos de Seiden.
Muchos aseguran haberlo visto salir a la superficie de forma repentina.
Curiosamente, lo llaman Seiche . Quien le puso ese nombre sabía que esos avistamientos se debían en realidad a troncos o grandes restos de madera que emergen a la superficie debido a las corrientes internas generadas por un seiche .
Lo siento si te estoy aburriendo con todo este rollo —concluyó Aden.
—Al contrario —aseveró Michelle con franqueza—, quiero saber mucho más sobre tu pueblo. Me parece un lugar fascinante, pero hagámoslo caminando, si no voy a congelarme.
—No es tan fascinante —repuso él—, también tiene sus cosas malas .
—Por todo lo que dices —terció la muchacha—, supongo que está situado muy al norte, y por eso no sufres tanto con el frío de aquí.
—Seiden es el pueblo más al norte de la Comarca del Noroeste, y en realidad de Las Cinco Comarcas —aseguró—.
Allí el cielo casi siempre está encapotado, y solemos decir que la lluvia es como una segunda piel para nosotros.
Las casas están fabricadas con bloques de roca, para resistir los vientos provenientes de las montañas y lagos. Y también suele haber mucha niebla.
—¿Y a qué se dedican tus padres? —inquirió la chica.
—Ellos, como casi todos allí, trabajan en las lonjas y fábricas de pescado.
Mi padre a veces también hace turnos en los astilleros.
La mayoría del pescado que se consume en Las Cinco Comarcas proviene de mi pueblo.
Lo que menos me gusta es que el aire siempre huele desagradable; nunca llegas a acostumbrarte, al menos yo no.
—¿Y qué te gusta hacer? ¿Lees novelas?
—No, la verdad —se sinceró—. En mi pueblo abunda la chatarra, como tú la llamas.
Gran parte de ella se acumula en las orillas de los lagos.
Yo la recojo y trato de darle una nueva vida.
Me paso horas en el cobertizo de casa creando diversos artefactos o incluso esculturas.
Me encanta combinar piezas distintas para crear algo nuevo.
Los libros cuentan historias en papel; mis creaciones hacen lo mismo, pero a través de metal, madera y otros materiales.
—Tienes que tener muchos amigos —sugirió Michelle con delicadeza por miedo a su respuesta.