CAPÍTULO 9El chico extraño de Seiden
El chico extraño de Seiden
Cuando despertó, lo último que le apetecía a Michelle era compartir el mismo espacio que la detestable e hipócrita de Xalara.
Había dormido fatal, con un nudo instalado en su garganta.
Eso le pasaba por haber sido tan ingenua como para confiar en alguien como Xalara. Desde el primer momento la había tratado con rechazo, y Michelle no supo, o más bien no quiso ver la realidad. Pero ahora se mostraba diáfana ante sus ojos.
Aunque las dos se esforzaban por evitarlo, mientras hacían la cama sus miradas no dejaban de cruzarse. Por primera vez fue un alivio que la supervisora comenzara la revisión de literas.
—¿Esta te parece una forma correcta de hacer tu cama? —le reprochó cuando se detuvo ante la de Michelle.
—Sí, señora —afirmó la recluta, aunque sin estar convencida.
—De poco me sirve que la colcha esté alisada si debajo hay un millón de arrugas —discutió la supervisora—.
Creía que a estas alturas no tendría que presenciar un desastre como este.
Para ti hoy no habrá desayuno. Después de la formación, volverás aquí y harás la cama tantas veces como sea necesario hasta que te salga más que perfecta. ¿Lo has entendido?
—Pero hoy es nuestro día libre, señora —replicó Michelle.
—Me trae sin cuidado. Irás a la formación y volverás a hacer tu cama .
—Sí, señora —asumió finalmente Michelle, pero en realidad le habría gustado partirle la cara de arrogante a esa mujer.
—Ahora todas al patio. ¡Vamos!
Después de la formación matinal y el ejercicio físico, las reclutas del Noroeste subieron a ducharse y luego bajaron a desayunar.
En cambio, Michelle se quedó, obligada a hacer su cama tantas veces como consideró apropiado la supervisora.
—Espero que este fallo no vuelva a repetirse —dijo cuando seguramente ambas ya habían perdido la cuenta—. Es intolerable en un segundo semestre de la EDMO.
—No se preocupe, no se repetirá —aseguró la recluta, conteniendo las ganas de soltarle un puñetazo.
—Eso espero. Ahora tienes permiso para irte y pasar el domingo como te dé la gana.
Era evidente que la supervisora no estaba de acuerdo con las nuevas normas de Lúgardark.
Cuando salió del dormitorio, la idea de volver a él rondó la mente de Michelle, hasta que vio en el pasillo a Xalara.
—Esto es absurdo —argumentó ella, bloqueándole el camino—. Vamos a hablar como dos personas adultas.
Michelle ni siquiera respondió y continuó hacia la escalera, apartando a su compañera con un empujón. Aunque estuvo tentada de volverse para ver el resultado de su acto violento, hizo acopio del poco orgullo que aún le quedaba para evitarlo.
Si Michelle creía que alejarse de Xalara solucionaría sus problemas, pronto descubrió que estaba equivocada.
Todo aquel con el que se topaba en los pasillos se le quedaba mirando como un idiota. Aunque peores eran quienes añadían comentarios del tipo: «Traicionada por tu única amiga, Nédelen».
Deambuló por los pasillos y escaleras asemejándose a un fantasma, y se planteó si eso mismo había hecho Víncel Rétfor durante todos esos años en los que Lúgardark estuvo deshabitado.
Tenía la mente tan embotada que era incapaz de tomar cualquier decisión estable. Cada vez que recordaba el instante en que Xalara se ponía de pie a su lado en el pabellón, sentía cómo el odio se apoderaba de todo su ser.
La traición de quien era su amiga había condenado también a sus padres a una vida de duro trabajo, desperdiciando la única oportunidad de cambiar su situación.
Tampoco podía autoengañarse: la idea de competir en Las Cinco Disciplinas era lo bastante aterradora como para no sentir cierto alivio tras liberarse de hacerlo.
Había pasado mucho tiempo a solas a lo largo de su vida, y eso le proporcionó la capacidad de conocerse a sí misma y de analizar con honestidad cada pensamiento y sentimiento que se producía en su mente.
Se acordó de su gata, de las tardes enteras que había pasado con ella tumbada en su regazo mientras leía o simplemente reflexionaba después de las clases, en las que siempre sufrió acoso debido a su aspecto físico.
La certeza de que jamás volvería a revivir aquellos momentos de paz junto a Serla fue el golpe definitivo que derribó la muralla de su fortaleza mental.
Se apoyó en la pared de un pasillo, sin saber en qué punto de Lúgardark se encontraba exactamente, y dejó que su espalda resbalase hasta quedar sentada en el frío suelo, hundiendo la cabeza entre las rodillas para entregarse al llanto.
No sabía cuánto tiempo llevaba así cuando escuchó unos pasos.
Al levantar la cabeza, Michelle tuvo que enjugarse los ojos para despejarlos y enfocar a un par de chicas que se acercaban cogidas de la mano. Ellas se soltaron al percatarse de su presencia.
Pensó en ponerse de pie y aparentar normalidad, pero era tarde para eso.
—¿Llorando tu derrota ante la matapresidentes ? —comentó una de las chicas, quienes eran reclutas de la Comarca del Sureste.
Michelle no recordaba su nombre, pero sí que era una de las participantes de Las Cinco Disciplinas.
—No creo que te importe por qué estoy llorando, así que seguid a lo vuestro —respondió con determinación.
La chica sonrió a su acompañante y reemprendieron la marcha .
—¿A esta no la llamaban Redondita Nédelen ? —comentó la otra chica cuando se alejaban entre risas.
Al escucharla, e impulsada por una rabia incontrolable, Michelle se levantó, corrió hacia las reclutas del Sureste y empujó fuertemente a la que acababa de decirlo, que cayó de bruces, golpeándose la frente contra el suelo, lo que le provocó una brecha sangrante.
—¿Qué has hecho, imbécil? ¡Estás loca! —le recriminó la que participaría en Las Cinco Disciplinas.
Michelle se le quedó mirando, y lo único que pudo hacer antes de salir corriendo fue balbucear un perdón .
No dejó de correr hasta asegurarse de que había entrado en el ala oeste. Luego, aunque mucho más despacio, comenzó a subir escaleras con la intención de llegar a la última planta, donde esperaba no encontrarse a nadie más.
Estaba un poco mareada, seguramente debido a que no había desayunado. Por eso, el pasillo se distorsionó ante su vista al enfilarlo.
Sin saber aún dónde iba a pararse, captó un débil sonido, parecido al mecanismo de un reloj. Por un momento tuvo que plantearse la posibilidad de que solo fuera un producto de su imaginación, pero conforme caminaba, el sonido aumentaba en intensidad.
Comenzó a abrir puertas, pero todas estaban cerradas y no iba a ponerse a forzar cerraduras mediante arlasofía . Hasta que una de ellas, que ni siquiera estaba cerrada por completo, cedió ante su empuje.
Como sospechaba, el ruido salía de aquella habitación, creando una atmósfera perturbadora, sobre todo cuando accionó el interruptor y este no respondió tras varios intentos.
Pensó en dar media vuelta e ignorarlo: un reloj no era algo tan llamativo como para seguir investigando, por extraña que resultase su presencia en un lugar donde se suponía que estaban prohibidos, al menos para los reclutas. Pero tampoco tenía nada mejor en lo que distraerse.
— Volter —pronunció para que sus dedos se volviesen incandescentes .
La habitación era bastante más grande de lo que aparentaba en un principio. Estaba llena de trastos, como si albergase todo aquello que ya no servía en Lúgardark. Muchos de ellos tapados por lonas sobre las que se acumulaba una considerable capa de polvo y telarañas.
Detrás de unas mesas de madera con las patas rotas y semicubiertas por una manta raída, afloraba un pequeño resplandor.
Michelle aminoró el paso, apoyando los pies con suavidad para no delatar su presencia.
Con el corazón acelerado y un leve temblor en la mano que tenía activada la fórmula arlasófica , se asomó detrás de las mesas.
Nunca llegó a imaginar que él estaría allí agazapado, con una pequeña bombilla portátil encendida. Se encontraba arrodillado en el suelo, rodeado por decenas de piezas de metal con las que estaba trajinando, algunas tan diminutas como un grano de arroz.
—¿Aden? —exclamó, tan sobresaltada que se le desactivó la fórmula.
—Qué susto me has dado —reconoció el chico, soltando al aire un destornillador que casi golpeó a su compañera.
—¿Qué haces aquí? —preguntaron ambos al unísono.
—Dando una vuelta —contestó Michelle—. Fabricando un reloj —respondió casi al mismo tiempo el chico.
Era cierto: estaba construyendo uno, o al menos algo que se le parecía bastante.
Más bien era un extraño híbrido formado por distintos objetos ensamblados en uno solo.
El cuerpo del reloj era el de una lámpara antigua; los números estaban creados con alambres a los que Aden había dado forma meticulosamente; y las manecillas eran tres varillas metálicas extraídas de un paraguas.
Sin embargo, por medio de un tornillo, el chico ajustaba una serie de improvisados engranajes que le otorgaban un ritmo acompasado a todo el mecanismo.
—¿Y cómo sabes la hora que es? —preguntó Michelle, siendo lo primero que se le ocurrió decir.
—No lo sé. Tampoco es esa mi intención —aclaró Aden, volviendo a centrarse en su trabajo después de estirarse para recoger el destornillador a los pies de su compañera de comarca.
—Entonces, ¿cuál ?
—Supongo que me gusta fabricar cosas —explicó con un tono resuelto—, y aquí hay un montón de material y herramientas para ello.
—¿Cómo sabías que esta habitación estaba aquí y que guardaba toda esta chatarra?
—Donde otros ven chatarra, yo veo una oportunidad —respondió con cierta molestia.
—¿Y cómo la encontraste? —insistió la chica.
—El otro domingo, cuando paseaba por la tarde.
—¿Y ya te ha dado tiempo a hacer todo eso?
Aden no respondió, sino que desvió la conversación:
—¿Por qué no estás con Xalara?
—Eso no es asunto tuyo —repuso Michelle, apartando la mirada de su compañero, a quien quería golpear después de nombrarla.
—Vale —dijo él.
En cierto modo le molestó que no insistiera, y por eso Michelle hizo ademán de marcharse, pero entonces le preguntó:
—¿Cómo haces para que ese mecanismo funcione?