CAPÍTULO 8La ceremonia de selección #6
—Tienes razón —dijo Crispina, volviendo a mirar a la joven—.
Declara aquí y ahora que intentaste matar a mi sobrino.
Reconoce tu relación con los herederos. Pide públicamente perdón por todos tus crímenes y asume tu condena.
Y te prometo que tendrás una muerte sin sufrimiento ni humillación pública.
Lo contrario a lo que sucederá si participas en Las Cinco Disciplinas.
—Me esforzaré para no darte esa satisfacción —contestó Xalara sin titubear.
—No es necesario esto —insistió Andris con más ímpetu—. Miles de personas observan ahora mismo.
En el pabellón todos miraban hacia allí, esperando ver el desenlace, como si se tratara de una parte más de la ceremonia.
—Tía, por favor —presionó con voz suplicante—. Recuerda lo que hablamos —añadió al no percibir ninguna reacción en ella.
La presidenta cerró los ojos, apretando los párpados de una forma perturbadora, consiguiendo que todas sus facciones acentuasen el aspecto cadavérico de su cara. Luego miró a Gustavo y le dedicó un leve gesto de negación. Él soltó a Xalara.
—Pronto te veré muerta y escupiré sobre tu cadáver —prometió Crispina antes de darse la vuelta, bajar del escenario y salir deprisa del pabellón, acompañada de todos los miembros de su Escolta.
—Pues aquí están los diez participantes que competirán por hacerse con la victoria de Las Cinco Disciplinas —dijo Tedya cuando al parecer nadie esperaba una nueva intervención suya, retomando el control de la ceremonia e intentando actuar como si nada reseñable hubiera ocurrido sobre ese escenario—.
Ellos y yo nos volveremos a ver dentro de una semana.
¡Hasta entonces, sean todos muy felices!
Nadie lo confirmó, pero era evidente que la retransmisión en directo había concluido.
Tedya mudó radicalmente su expresión a una mucho más insulsa y natural, como si acabara de quitarse una máscara, antes de abandonar el escenario sin mirar a los participantes, quienes parecían haber dejado de importarle lo más mínimo.
El descontrol fue generalizado, como si ninguno supiera lo que debía hacer a continuación.
—¡Ahora vuelvan todos a sus barracones! —ordenó la Lady Maestre, cuya figura apareció fulgurante en escena para establecer el orden necesario—. ¡Háganlo en riguroso silencio!
En teoría, eso también iba dirigido a los diez participantes.
—Le has plantado cara a la presidenta —le comentó Diago a Xalara cuando bajaban del escenario—. Reconozco que te has comportado con valentía. Solo espero que seas consciente de que yo mismo me aseguraré de que mueras en esa competición.
Xalara aceleró el paso para dejarlo atrás. Todavía estaba alterada por lo que acababa de suceder, especialmente tras su nuevo encontronazo con Crispina. Pero ahora solo quería estar cerca de Michelle y hablar con ella para aclararlo todo entre las dos.
Sin embargo, no pudo alcanzarla, puesto que su amiga fue una de las primeras reclutas en abandonar el pabellón .
Tenía prisa por encontrársela cara a cara, pero al mismo tiempo era una situación que la aterraba, porque ¿cómo iban a justificar su inesperada decisión después de que ambas la negasen repetidamente?
Cuando Xalara entró en el dormitorio, Michelle se estaba poniendo el pijama.
Sus pies, que la llevaban hacia ella, cambiaron de dirección y la condujeron hacia el baño, donde se encontraba la mayoría de sus compañeras.
Casi todas la observaron sin reparos, y aunque ninguna habló, sus expresiones lo decían todo.
—Enhorabuena —le susurró Keity disimuladamente cuando pasó a su lado tras abandonar una de las cabinas de los váteres.
Xalara no supo cómo tomárselo, dado que algo que casi seguro la conduciría a una muerte horrible no podía ser merecedor de una felicitación. De todas formas, consideraba a Keity Járrenjeil una buena persona, por lo que se obligó a creer que lo había dicho con buenas intenciones.
Luego se acercó a los lavabos y se tiró varias veces agua a la cara, como si buscara una reacción que le otorgase el valor para ir a hablar con Michelle.
Cuando finalmente llegó a la litera, su amiga ya se encontraba metida en la cama, siendo la única recluta en haberlo hecho.
—¡Vamos! ¡Daos prisa! ¡Las luces se apagarán enseguida! —gritó la supervisora irrumpiendo en el dormitorio.
Xalara se puso el pijama y entró en su cama justo cuando sonaban las campanas anunciando el inicio del toque de queda.
Solo unos segundos después de apagarse las luces, un hormigueo en su espalda, seguramente provocado por la ansiedad, la hizo incorporarse hasta ponerse de pie sobre el frío suelo.
—¿Michelle? ¿Estás dormida? —susurró a la espalda de su amiga.
Esta no reaccionó de ninguna manera. Pero tampoco se escuchaba su respiración y, como solía roncar, especialmente durante los primeros minutos de sueño, Xalara supo que seguía despierta.
—Tenemos que hablar sobre lo que ha pasado —insistió.
Esta vez Michelle sí se movió, girándose para mirarla .
—No volveré a hablar con una falsa de mierda como tú —argumentó Michelle, sin elevar demasiado la voz.
Fue tan directo y abrupto su rechazo que Xalara solo pudo agacharse para volver a meterse en la cama, de la que deseaba no volver a salir en mucho tiempo. Un deseo que, como cualquier otro en Lúgardark, era imposible de cumplir.