Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 7Una técnica casi infalible #3
20%

CAPÍTULO 7Una técnica casi infalible #3

Xalara sabía lo que era tener esas esposas en sus manos.

—¿A alguien más se le ocurre otra forma de aplicar la arlasofía para ser utilizada como un arma? —preguntó de nuevo el maestre.

Sorprendiendo a todos, porque era la primera vez que lo hacía, Aden alzó la mano.

—Adelante, Aden —aprobó Andris, corroborando que había estudiado los nombres de todos sus reclutas.

—La fórmula fairefol , señor —dijo el chico—. Con ella puedes crear fuego y usarlo de varias maneras para atacar al enemigo.

—Bien visto, Aden —aseguró el maestre con entusiasmo—.

El fuego es sin duda uno de los recursos más efectivos para causar daño.

Pero como todo en el arte de la lucha, tiene que usarse con estrategia, porque si no puede volverse en nuestra contra.

Nosotros no tenemos la capacidad de crear fuego como tal, sino que necesitamos que nuestros dedos entren en contacto con un material combustible o inflamable.

Por lo tanto, la fórmula fairefol , utilizada con inteligencia, puede convertirse en un arma letal, pero si elegimos hacerlo en un momento poco propicio, solo estaríamos dándole ventaja al oponente.

—No me refería a usarla de esa forma —repuso Aden con más determinación.

—Explícate —le pidió Andris, frunciendo el ceño.

—Si usas la imaginación puedes fabricar toda clase de artefactos para generar y lanzar el fuego a gran escala.

—Me interesa tu visión, Aden, pero ya la trataremos más adelante —le cortó el maestre de forma extraña—. Porque ahora quiero hablaros de la técnica más poderosa que existe para causar daño. Aunque requiere de una espada para llevarla a cabo. Además de mucha concentración.

Las expresiones de los reclutas se tornaron en una máscara de avidez. No fue así en Xalara: ella temía lo que estaba a punto de suceder.

—Esta técnica no tiene un nombre específico —aclaró Andris mientras se abría el largo abrigo y sacaba una espada arlasófica envainada en su cintura—. Pero a mí me gusta llamarla espada de luz .

El ritmo cardiaco de Xalara se disparó: estaba convencida de que Andris iba a hacerlo.

—No es una técnica común, dado que muy pocos tienen la capacidad de llevarla a cabo —hizo una pausa—. Solamente se conoce el caso de una persona que haya sobrevivido a ella. Y es quien os habla.

Sin necesidad de que el maestre hiciera alusión a ella, casi todos volvieron la vista hacia Xalara, que ardía de furia.

—Sí, se trata de la técnica utilizada por Víliam Buendi cuando destruyó el Salón de Conferencias en el Palacio de la Sede, creando una explosión de la que, inexplicablemente, yo salí con vida.

Oír el nombre de su amigo en boca de Bóstoul desató en Xalara un odio sin precedentes.

Solo el hecho de que Michelle la agarrase por la manga del uniforme evitaba que se lanzase a agredirlo.

En cierto modo, también sintió como si el propio Víliam estuviese delante de ella, suplicándole que se calmara.

Aun así, estaba teniendo una actitud muy cobarde, y ya no sabía si odiaba más a Andris o a sí misma .

—Hasta ahora no he hablado con nadie sobre lo que realmente sucedió aquella tarde que cambió mi vida. Estaba esperando un escenario como este.

Andris blandió su espada con las dos manos y cerró los ojos, comenzando a realizar respiraciones profundas y acompasadas.

Xalara no se lo podía creer, ¿de verdad iba a hacerlo y ella no haría nada por impedírselo? ¿Qué le estaba sucediendo para no poder moverse del sitio?

Unos segundos más tarde, el arma se iluminó. Primero tenuemente y luego con mayor intensidad. Los reclutas observaban a su maestre con una mezcla de curiosidad y preocupación mientras se alejaban de él poco a poco.

Tan nítidamente como si se hubiese trasladado al Palacio de la Sede en una de sus visiones del pasado, Xalara comenzó a revivir aquellas sensaciones previas al sacrificio de Víliam, de las que tantas veces había luchado por escapar. Apretaba los puños tan fuerte que sentía calambres en los dedos.

La espada de Andris alcanzó rápidamente un nivel de luminosidad tan intenso que era capaz de alumbrar gran parte del patio sin necesidad de luces artificiales.

El contraste con la temperatura ambiente generó una nube de vapor tan densa que se distinguía de la niebla.

Xalara notaba que las baldosas bajo sus pies vibraban.

Los reclutas no parecían saber cómo reaccionar ante lo que estaban presenciando. Nadie podía descartar que Andris se hubiera vuelto loco y terminase haciendo explotar su espada.

Deseaba correr hacia él para detenerlo, pero Xalara continuaba incapaz de mover un solo músculo.

—¡¡Basta!! ¡¡Pare de una vez!! —suplicó con un grito desgarrador que nació desde lo más profundo de su ser.

Como si hubiera estado esperando esa petición, Andris soltó una mano de la empuñadura y la espada disminuyó la intensidad de su luminiscencia hasta apagarse.

Xalara recuperó la compostura y reparó en que todos sus compañeros la estaban mirando .

Andris también la contemplaba, en su caso por primera vez.

—¡El maestre debería matarte! —gritó Diago, apuntando con el dedo a su compañera.

La mayoría aplaudió la sugerencia. Michelle le cogió la mano para darle su apoyo.

—¡Parad! —ordenó Andris mientras envainaba la espada—. Estáis muy equivocados si creéis saber lo que de verdad sucedió.

Casi sin darse cuenta, Xalara había comenzado a llorar, incapaz de gestionar todos esos sentimientos agolpados en tan poco tiempo.

—¡Vuestra compañera no tuvo culpa alguna aquel día! —afirmó Andris—. Ella intentó detener a Víliam Buendi, le suplicó que no lo hiciese. Él la desoyó —agregó con un tono lastimero.

—¡Verdreven quiso matarle!

—¡No, Diago, estás equivocado! —refutó el maestre—. Xalara nunca quiso que nadie muriese aquel día, y lo intentó hasta cuando no le quedó más remedio que huir para salvar su vida. Ella solo es una víctima más de aquel atentado, y la habéis vilipendiado injustamente por algo que no hizo —concluyó.

A pesar de que Bóstoul no estaba mintiendo, Xalara quería gritar que deseaba verlo muerto, que Víliam debería estar vivo y no él.

Pero se sentía tan vacía emocionalmente que solo podía llorar y temblar de rabia.

Michelle no le soltaba la mano, y esa cercanía era lo único que le impedía caer de rodillas, rendida.

—¡Pero la presidenta piensa igual que nosotros! —replicó Zanerya.

—Mi tía está equivocada, y ha hecho que todos los demás os confundáis con ella —explicó con calma.

Aquella afirmación en contra de Crispina los dejó descolocados, especialmente a Xalara.

—Espero que, a partir de ahora, tras conocer la verdad, dejéis atrás los prejuicios —aseveró Andris—.

He recibido varias prórrogas en mi vida y, sinceramente, no creo que las haya merecido.

Durante meses estuve a las puertas de la muerte.

Los sanadores no entienden cómo puedo seguir vivo, y sin embargo aquí estoy.

Voy a aprovechar esta nueva oportunidad que el destino me ha brindado para enmendar los errores, y por eso me encuentro en Lúgardark.

El expresidente del Gobierno se acercó a Xalara y se detuvo a su lado.

—Ahora pasaréis uno a uno y le pediréis perdón a vuestra compañera, por cómo la habéis tratado —dijo.

Los reclutas del Noroeste se miraron, como preguntándose si aquello se trataba de una broma, o quizá una especie de prueba por parte de su nuevo maestre.

—Hacedlo —insistió él, con una voz que no admitía réplicas.

—Perdón —dijo Michelle con una sonrisa, y le acarició el brazo a su amiga.

—Vamos —ordenó Andris, apartando a un lado toda la afabilidad que había mostrado hasta ese momento—. Quien no lo haga, lo lamentará.

La recluta Keity Járrenjeil fue la primera en decidirse a hacerlo tras Michelle.

—Lo siento. Perdóname por cómo te he tratado —dijo antes de volver a alejarse.

Xalara clavó los ojos en el suelo, incómoda mientras todos empezaban a acercarse a ella para disculparse.

Algunos, como Jon Manair o Zanerya Zambrano, tuvieron que volver a ser amenazados por un gesto de Andris.

A Xalara sus disculpas no le sonaron sinceras, pero tampoco le importó.

De todas formas, su mente continuaba como bajo los efectos de algún tónico, y sentía que no estaba siendo ella misma, como si otra persona hubiera suplantado su identidad.

Diago Zúnkerberg fue el último recluta en acercarse.

—Yo no te perdono, matapresidentes —dijo, y escupió a los pies de Xalara.

—Quedas arrestado —declaró Andris.

—¿Puedo saber el motivo, maestre? —preguntó sin elevar el tono de voz.

—Por haber desobedecido una orden directa de un superior .

—Muy bien —asintió el muchacho, con un brillo de orgullo en los ojos—. Acepto con mucho gusto el castigo.

—Seguro que no piensas lo mismo después de pasar unas cuantas horas de frío y soledad allí abajo —aseguró el maestre.

Agarrándolo por el brazo, Andris se llevó a Diago, que no opuso resistencia y esbozaba una sonrisa retadora.

—Los demás regresad al barracón hasta la hora de la cena —ordenó el maestre.

Xalara observó cómo Andris y Diago se perdían entre la niebla, antes de que Michelle se acercase a ella para ir juntas hacia el barracón.

—¿Estás bien? —le preguntó, y Xalara se limitó a asentir con la cabeza—. ¿Todavía sigues enfadada conmigo?

Michelle torció el gesto ante la ausencia de reacción por parte de su amiga, y no dijo nada más durante el trayecto.