CAPÍTULO 7Una técnica casi infalible #2
La recluta se agachó y recogió todo muy deprisa, apañándoselas hábilmente para esconder el cuchillo bajo la manga del uniforme, antes de apilar la bandeja junto al resto encima de la barra.
Durante la instrucción de Combate de esa tarde, Gúlfrica ni siquiera dejó a Aden practicar con una espada falsa, sino que lo tuvo ayudando a los reclutas a ponerse y quitarse el gambesón, diciéndole que era para lo único que servía.
Tampoco estuvo presente Lizarya. La recluta continuaba ingresada en el centro de sanación después de salir mal parada el día anterior.
Igual que el día anterior, la maestre se dedicó durante las dos horas a disparar haces de luz contra los reclutas para que se defendieran de ellos.
Como era de esperar, con Xalara, a la que, para sorpresa de la muchacha, había permitido unirse al resto, se esforzó particularmente.
Sin embargo, y a pesar de tener la mente en otro tiempo y lugar, ella estaba precavida y no tuvo mayores dificultades para solventarlo; incluso la práctica le sirvió de bálsamo .
Lo mismo que a Xalara, aunque por motivos distintos, parecía ocurrirle al resto de reclutas del Noroeste, que se mostraban impacientes por acudir a la primera instrucción completa con Andris Bóstoul.
—No olvides mantener la calma, por favor —le suplicó Michelle a su amiga cuando traspasaban el umbral del auditorio donde se impartía Arlasofía Aplicada, después de haberse duchado tras el entrenamiento físico realizado con Brenda Lenders.
—No te preocupes —respondió fingiendo normalidad, aunque un torrente de adrenalina a punto de estallar colmaba su pecho.
Luego ocuparon sus habituales asientos en la quinta fila, en la grada situada a la derecha de la puerta.
Los reclutas sacaron los ejemplares del Manual Oficial de Arlasofía y los pusieron sobre el tablero del pupitre, aguardando la llegada del maestre con una ansiedad que se podía palpar en el ambiente.
Ningún sonido de pasos anticipó la llegada de Andris, como si su calzado levitase por el suelo de baldosas de Lúgardark, lo que incrementaba ese aire de misticismo que lo acompañaba.
Todos los reclutas se pusieron en pie, aunque Xalara lo hizo unos instantes más tarde que el resto, aprovechando para sacar el cuchillo del calcetín, donde le había generado un pequeño corte en el tobillo, y meterlo bajo la manga del uniforme.
Odiaba rendir respeto ante alguien así, pero lo mejor para conseguir su objetivo era actuar con normalidad.
También detestaba la indiferencia que Bóstoul mostraba hacia ella, actuando como si Xalara no estuviera allí, como si nada hubiese ocurrido entre ellos. Lo lógico sería que ya hubiesen cruzado alguna mirada, pero, por parte del maestre, ni siquiera parecía existir esa intención.
—No os sentéis, por favor —ordenó Andris, que venía muy abrigado—. Y guardad el manual, hoy no lo vais a necesitar.
Los reclutas lo metieron en los cajones instalados bajo el tablero. El silencio que siguió transmitía la expectación por averiguar qué iban a hacer.
—Ahora seguidme, si sois tan amables —dijo Andris, girándose hacia la puerta para que todos salieran tras él .
Xalara observaba al maestre por detrás y se visualizaba abalanzándose sobre él con el cuchillo en la mano, hundiéndoselo en la nuca.
Pero había demasiada distancia y gente entre ellos como para que no acabara dándose cuenta antes, aunque hiciera flotar el cuchillo mediante arlasofía .
En contraposición, sus compañeros intercambiaban gestos con una mezcla de emoción y curiosidad por saber a dónde los llevaría el nuevo maestre, sobre todo al ver la amabilidad con la que los trataba.
Este los condujo por los pasillos y escaleras de Lúgardark hasta llegar al barracón del Noroeste.
—Entrad en el dormitorio y poneos ropa de abrigo, la instrucción de hoy será impartida en el patio delantero.
Cuando Andris se detuvo en el espacio que había entre ambas puertas, Xalara supo que era la oportunidad perfecta, por eso dejó que el cuchillo resbalase hacia su mano mientras se encaminaba al dormitorio. Iba a hacerlo, todo era propicio para ello: él ni siquiera la miraba.
Solo estaba a unos pocos pasos de consumar su venganza, pero Michelle se interpuso impidiéndole su cometido.
—¿Qué crees que hacías? —le susurró cuando se estaban abrigando en su litera.
Xalara acababa de sacar el cuchillo, guardándolo rápidamente en el cajón bajo la cama, con la intención de volver a recogerlo.
—No sé a qué te refieres —repuso ella, conteniendo la rabia que la incitaba a odiar a su amiga cuando comprobaba que el cuchillo le había provocado otro corte en la cara interna del antebrazo.
—No te he quitado los ojos de encima —aseveró Michelle—. Vi cómo robabas el cuchillo en el comedor. Te conozco demasiado bien, eres muy terca.
—No voy a perdonarte lo que has hecho —soltó por fin Xalara—. Estaba a punto de conseguirlo.
—¿Sí? ¿No me digas?
—Ese hombre no se merece seguir respirando —insistió con vehemencia, jugando con la posibilidad de que alguien más la escuchara.
—No, pero tú sí —masculló Michelle antes de que la supervisora, que acababa de entrar en el dormitorio, se acercara a ellas .
—Dejaos de cháchara, el maestre está esperando —les recriminó.
—Ya estás deshaciéndote de eso —le advirtió Michelle cuando se alejó la supervisora—. Si lo dejas ahí, cuando registren los cajones por la noche…
—Lo sé. No soy tan estúpida —apuntó Xalara mientras terminaba de subirse la cremallera del abrigo.
—No vas a hacerlo —aseguró Michelle, y se agachó para recoger el cuchillo y guardarlo en un bolsillo de su abrigo, ante la impotente reacción de Xalara, que se sintió idiota por no haber sido más rápida y astuta que su compañera de litera.
Ahora ya no podía recuperarlo sin llamar la atención de todos.
Unos minutos después, los reclutas del Noroeste salieron a la fría y temprana noche de Lúgardark, siendo engullidos por la niebla.
—Por favor, formad un semicírculo en torno a mí —dijo Andris.
Con alguna dificultad para sincronizarse, los reclutas hicieron lo que su maestre les ordenó.
—Bien —continuó este—. Durante el primer semestre habéis aprendido a activar todas las fórmulas arlasóficas que vienen en el Manual Oficial, y supongo que habréis practicado lo suficiente como para dominarlas.
Sin embargo, hasta ahora no habéis aplicado lo aprendido al ámbito militar, algo que cambiará desde hoy mismo.
¿Alguien podría decirme una manera de aplicar las fórmulas aprendidas para atacar a un oponente en medio de una batalla?
Al principio nadie levantó la mano, hasta que Zanerya Zambrano se atrevió a hacerlo.
—Habla —concedió el maestre.
—La fórmula begagxio , señor —dijo la recluta—. Podrías controlar cualquier objeto para lanzarlo contra el enemigo. Por ejemplo, una piedra.
Xalara recordó cómo Víliam había hecho exactamente eso para rescatarla de aquel heredero llamado Ed, en la casa al borde de las colinas previas a la capital.
Hasta ahora nunca se planteó qué habría sido de aquel hombre ni si sobrevivió a las heridas de los golpes.
Quizá su cadáver putrefacto aún continuaba allí tendido, como posiblemente el de Óvid Esben.
—Bien visto —la felicitó Andris con una sonrisa—. Perfectamente, podríamos estar en un campo de batalla fuera del entorno urbano y aprovechar todos los medios naturales a nuestro alcance. No solo piedras, sino ramas, tierra, e incluso agua.
El último elemento nombrado por el maestre pareció causar una emoción inusitada en algunos reclutas.
—Zanerya, ¿verdad? —consultó Andris, a lo que la chica asintió, sin poder disimular su sorpresa tras haberla llamado por el nombre de pila—. Ven, por favor, acércate a mí.
Cuando la recluta llegó hasta él, curiosamente, Andris se alejó unos pasos, estiró su brazo hacia la derecha y pronunció:
— Begagxio .
Inmediatamente, un fragmento con forma de triángulo se despegó de las oscuras baldosas del suelo y levitó hasta detenerse a unos centímetros de su mano.
—Este insignificante trozo puede parecer inofensivo —declaró el maestre—. Pero ¿qué pasa si yo decido lanzarlo contra alguien?
Sin previo aviso y con un veloz movimiento de su brazo, el fragmento de baldosa voló a gran velocidad, deteniéndose a un palmo del rostro de Zanerya, que se inclinó hacia atrás por instinto.
—¿Lo veis? —preguntó Andris, atrayendo el improvisado proyectil nuevamente hasta su mano—. Esta simple acción podría haber acabado con un trozo de baldosa hundido en la cara de vuestra compañera. ¿Entendéis lo que quiero deciros?
La mayoría asintió levemente, como temerosos de que el maestre se lo lanzara a ellos.
—Aunque no estéis armados, eso no quiere decir que no podáis infligir un gran daño a vuestro oponente.
Pero esto sería demasiado sencillo, de no ser porque nuestro rival tendrá la capacidad de hacer lo mismo contra nosotros.
¿Qué ocurre entonces? —preguntó para que alguno de los reclutas respondiera .
—Que prevalecería la ley del más fuerte —respondió Diago con determinación, sin levantar la mano.
—Exacto —aprobó Andris—. Aquí es donde nuestra fuerza, agilidad y destreza marcarán la ínfima diferencia que separa en muchas ocasiones la vida y la muerte en un campo de batalla.
Xalara pensaba que aquella reflexión no era motivo para desatar esas estúpidas expresiones de asombro en las caras de sus compañeros.
Ella ya lo había experimentado varias veces antes de entrar en Lúgardark.
Y también había aplicado ese concepto cuando hundió el cuchillo en el rostro de Óvid Esben.
Quizá solo tendría que hacer lo mismo con Andris: tomar contacto arlasóficamente con ese afilado fragmento de baldosa y empujarlo contra su cara.
—No intentes ninguna locura —le murmuró Michelle al oído, como si acabara de leerle el pensamiento.
—Por ese motivo, a los presos se les colocan unas esposas enguantadas que anulan su capacidad arlasófica —completó la explicación el maestre mientras devolvía cuidadosamente el fragmento a su sitio.