CAPÍTULO 7Una técnica casi infalible
Una técnica casi infalible
Xalara creyó que el corazón se le había parado a pesar de latir con virulencia.
Le resultó imposible no plantearse que estaba en medio de una pesadilla, como la última que había tenido cuando vio a los hermanos Kéitel desde un reloj supuestamente unificado al Lórdezeit.
Solo descartó aquella posibilidad cuando la fría mano de Michelle se posó sobre la suya, encima del pupitre.
—Espero que no haya habido algún altercado con el recluta —dijo Andris, acercándose a Ozora.
—No, para nada —aseguró falsamente ella, aunque su mentira no fue nada convincente—. Tan solo entretenía a los reclutas, instruyéndoles sobre espadas.
—Entonces se lo agradezco —asintió él, aunque evidentemente no se lo creía—. Ya he llegado, puede envainar su arma.
—Sí, claro —asintió la guardiana, bajando la espada, mientras un humillo negro salía del uniforme de Diago, donde la punta había reposado—. No le robo más tiempo.
La mujer se fue y cerró la puerta despacio después de mirar perturbadoramente a Diago, algo que Andris no vio porque estaba de espaldas a ella.
Bóstoul le hizo un gesto al recluta para que regresara a su asiento en la grada. Diago obedeció, sin poder borrar la expresión confusa que compartía con el resto .
—Buenas tardes a todos —saludó Andris, que llevaba puesto el uniforme de maestre. En su aspecto no se percibía ninguna marca o cicatriz que delatara haber sobrevivido a una fuerte explosión—. Siento haber llegado tan tarde, pero unos últimos flecos me retenían en la capital.
Era la segunda vez que un maestre les hablaba ofreciéndoles disculpas. La primera lo hizo al que ahora, supuestamente, sustituía Andris, y desde ese mismo lugar.
—Por vuestras perplejas caras interpreto que desconocíais que yo sería el nuevo maestre.
De todas formas, para quien aún no me conozca…
—añadió sin mostrar atisbo de burla—. Me llamo Andris Bóstoul y, a partir de hoy, seré vuestro maestre de Arlasofía Aplicada.
Os prometo que me dejaré la piel para que esta se convierta en vuestra instrucción favorita.
Aunque giraba el cuello para tener una panorámica completa de la grada, Andris nunca fijó la vista en Xalara.
Ella estaba sudando a pesar del frío, y sentía que el aire no llenaba sus pulmones, provocándole una visión nublada.
La mano de Michelle continuaba aferrada a la suya, consciente de que su amiga lo estaba pasando mal.
Xalara era incapaz de pensar con claridad, pero sí lo suficiente para darse cuenta de que toda la atención recaía sobre ella y el maestre.
—Quiero que, desde ya mismo, tengáis claro que no importa quién fui, ni lo que hice —continuó él—.
Hoy es un nuevo comienzo. Igual que da inicio el segundo semestre, también lo hace una nueva vida para mí; así lo siento yo.
Sé que vuestro antiguo maestre era muy bueno en su trabajo, y no pretendo que lo olvidéis.
De hecho, me parecería un error que así fuera.
Mis enseñanzas y métodos seguramente serán distintos, pero eso no los convertirá en mejores ni peores.
Tampoco quiero que esto sea algo monótono.
En mi instrucción deseo que todos participemos de una manera más o menos equitativa.
»Como bien sabéis, además seré vuestro Maestre Jefe, y espero que contéis conmigo para cualquier problema que os surja, por insignificante que parezca .
Xalara detestaba cada palabra que salía por la boca de ese hombre, sabiendo que solo derrochaba falsedad.
Un estallido de energía se adueñó de su cuerpo, como si una descarga eléctrica recorriese todo su ser.
Cuando estaba a punto de saltar hacia el maestre para vengar la muerte de Víliam, las campanas del final de la instrucción sonaron abruptamente.
—En fin —dijo Andris, mirando al techo como si allí estuviesen las campanas—, mañana nos vemos. Que tengáis un buen descanso esta noche.
El nuevo maestre de Arlasofía fue el primero en abandonar el auditorio, a toda prisa.
Los reclutas del Noroeste comenzaron a vaciar la grada, entre comentarios y compartiendo expresiones faciales de incredulidad, casi todas ellas dirigidas hacia Xalara.
El último pensamiento de ella antes de salir junto a Michelle fue que, aparte de todo lo demás, Andris Bóstoul había sido amigo de su padre.
Poco después, los del Noroeste bajaron a cenar.
En la puerta del comedor se agolpaban numerosos reclutas, presumiblemente debido a un retraso en la preparación de los alimentos. Por eso los supervisores no les permitían el acceso.
Una vez dentro, y aunque dejó que le sirviesen una ración de estofado, Xalara no tenía pensado probar bocado, solo lo había hecho por inercia.
Michelle no dejaba de estar pendiente de ella, como si temiera que pudiera desmayarse.
Tampoco iba tan desencaminada, pues que Andris Bóstoul fuera su nuevo maestre resultaba demasiado impactante, y todavía era incapaz de asimilarlo, como si nada de lo ocurrido en las últimas horas fuese real.
Hasta el momento y sorprendentemente, no había escuchado ningún comentario al respecto, ni siquiera por parte de su amiga. Todos los reclutas parecían aún atónitos, dado que nadie en Lúgardark sabía que Andris estaba recuperado y mucho menos que sería el nuevo maestre de Arlasofía .
Cuando llegaba de recoger la cena en la barra de servicio, Diago se sentó al lado de Aden, quedando frente a Xalara en la mesa del Noroeste.
—Tu estancia en Lúgardark va a ser una tortura a partir de ahora —aseguró con una sonrisa satisfactoria y la boca llena de estofado—. Bóstoul te va a hacer la vida imposible. Normal, intentaste asesinarlo, matapresidentes .
Xalara ni siquiera despegó la vista de su bandeja.
—Vete, Diago —le pidió Michelle.
—No olvides que tú y yo aún tenemos una cuenta pendiente, matapresidentes —apuntó el muchacho, antes de levantarse para tomar asiento junto a sus amigos.
—Ni caso —dijo Michelle, pero Xalara ya se había levantado con la bandeja, que vació en la basura antes de salir del comedor, dejando tras de sí un rastro interminable de comentarios y miradas.
Cuando se apagaron las luces en el dormitorio, Michelle asomó desde la litera superior para hablarle a su amiga.
—¿Cómo te sientes? —preguntó en un susurro.
No obtuvo respuesta. Así que descendió y se sentó en el colchón de su compañera.
—Entiendo qué significa para ti —insistió.
—No tienes ni idea —la contradijo Xalara con rotundidad.
—Todo esto es una locura —aseguró Michelle—. ¿Bóstoul nuestro nuevo maestre? ¿No se suponía que estaba casi muerto?
—Nadie de los que están aquí sabe quién es ese hombre y lo que hizo —aseveró Xalara, como si no escuchase a nadie más que a su propia voz interior—. No queda nadie vivo que sepa la verdad; salvo yo.
—Lo sé —asintió Michelle—. Sé que por su culpa tu amigo está muerto.
—Es que… —dijo Xalara, y el llanto se adueñó de su voz—. No es justo, ¿vale? Víliam está muerto y él está aquí, como si nada hubiera pasado .
—Sí, es muy injusto —convino Michelle—. Y ya sé que yo no conocí a Víliam, pero estoy segura de que no querría verte sufriendo por culpa de ese hombre. Hay mil formas mejores de rendirle tributo a tu amigo.
—Voy a matarlo —soltó Xalara—. Mañana, durante la instrucción. Todavía no sé cómo, pero lo haré —aseguró, apretando los dientes.
—¿Y después qué? —dijo Michelle—. Él muere, ¿y qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa?
—Me refiero a que eso no solucionará nada. Tú serás castigada y es muy probable que acaben matándote a ti también. Siento decírtelo, pero eso no te devolverá a Víliam; él se ha ido para siempre.
—No me lo devolverá, pero sí se hará justicia.
—No existe la justicia para casos irreversibles —opinó Michelle, con un tono pesimista nada habitual en ella.
—La justicia nunca existe, a no ser que la hagamos realidad —la corrigió Xalara tercamente.
Su amiga la miró con una expresión que denotaba miedo, consciente de que el tono empleado no sonaba a una vana amenaza.
—Ya hablaremos de esto mañana, seguro que lo ves con otros ojos —sugirió Michelle antes de volver a su litera.
Sin embargo, Xalara sabía que nada iba a cambiar por muchas horas que pasaran. Mañana sería el último día de Andris Bóstoul en el mundo, aunque eso significara que el suyo también.
La mañana siguiente transcurrió con relativa normalidad, al menos para la mayoría de reclutas, no así para Xalara.
Ella se pasó toda la noche planeando obsesivamente una forma de acabar con Andris Bóstoul.
Fue durante el desayuno cuando llegó a la conclusión de que, lo más práctico, sería robar un cuchillo en el comedor. Pero lo haría durante la comida.
—El maestre Rénir está muy raro con nosotras desde que supimos lo de su relación con Érmul Nórebol y los nukternozes , ¿no te parece? —comentó Michelle al mediodía, cuando juntas se sentaban a la mesa del Noroeste .
—Sí —respondió Xalara, tan ausente que ni siquiera le reprochó que los hubiese nombrado.
Aunque era cierto que en Historia Militar vivieron un nuevo episodio que lo evidenciaba, ya habían hablado sobre el comportamiento del maestre hacia ellas dos en otras ocasiones, por lo que sospechaba que Michelle solo trataba de entablar una conversación para distraerla de su objetivo.
Aun así, Xalara únicamente estaba centrada en terminar la comida, aparentando normalidad para luego hacerse con un cuchillo cuando fuera a devolver la bandeja.
Era complicado, porque los supervisores solían estar pendientes de que no sucediera algo así, revisando que todos los cubiertos regresaran a su sitio.
Pero cuando llegó el momento clave, una idea cruzó su mente: fingir que la bandeja se le caía al suelo.
El estruendo llamó la atención de quienes estaban a su alrededor, generando una serie de comentarios que ayudaron a crear el ambiente de confusión que buscaba.
—Perdón —se disculpó Xalara con el supervisor que estaba más cerca, quien amenazaba con reprenderla.