CAPÍTULO 6El maestre renacido #3
Xalara ayudó a su amiga a ponerse en pie, mientras Aden lo hacía por su cuenta con una expresión de absoluto desconcierto .
—Quedan pocos minutos de instrucción —avisó la maestre—. Empleadlos para guardar las armas y recoger las protecciones. Solo valéis para eso.
Por primera vez, estando Xalara y Michelle de por medio, parecía que la reprimenda no iba dirigida únicamente hacia ellas.
Dentro de la armería, Xalara ayudó a su amiga a quitarse el gambesón. A esta le habían salido unas cuantas ampollas en la cara, donde fue salpicada por las chispas; por suerte, no le alcanzaron en los ojos.
—Muchas gracias por haberme protegido antes —dijo Aden tras acercarse a ellas.
—Yo no lo hice por ti, solo fue por mi amiga —aclaró Michelle con mal talante, provocando un gesto desaprobatorio por parte de Xalara.
—De todas formas, gracias a las dos —insistió el chico antes de alejarse.
Xalara iba a recriminarle a Michelle su actitud hacia Aden de una vez por todas, pero la maestre entró en la armería, cruzándose con el chico, al que dirigió una mueca despectiva.
—Veo que ahora tenéis un nuevo compañero para completar un trío patético —comentó Gúlfrica—. Reconozco que no esperaba nada de vosotras dos al principio de la EDMO, pero habéis demostrado ser menos inútiles que la mayoría —esto último lo dijo en voz más alta.
Parecía un halago hacia Xalara y Michelle, pero, viniendo de Gúlfrica, cualquiera daría algo así por sentado.
—No creas que estas palabras cambian lo que pienso sobre ti, matapresidentes —aclaró rápidamente la maestre—. No he olvidado quién eres, y mi intención es, y seguirá siendo, que tu vida no se alargue demasiado. Tu amigo Víliam Buendi te está esperando para hacerte pagar por su muerte.
Xalara respiró hondo; tragó saliva, pero ninguna de esas técnicas de relajación logró extinguir el fuego que Gúlfrica había encendido en su interior.
Corrompida por la rabia, blandió una de las espadas que estaban recogiendo, decidida a atacar a la maestre.
Michelle se abalanzó sobre su amiga y pudo sujetar su brazo antes de que sacudiera el arma .
—Vamos, matapresidentes —la incitó Gúlfrica, con una mano sobre la empuñadura de su arma, envainada como siempre en la espalda—. Solo dame una excusa para acabar contigo aquí y ahora.
Xalara hiperventilaba, con lágrimas de rabia e impotencia asomando a sus ojos, mirando fijamente a un rostro que rezumaba odio.
Solo el campaneo que marcaba el final de la instrucción consiguió que la tensión se rebajara, haciendo que Xalara relajase el brazo y su amiga pudiera soltarla después de quitarle el arma para envainarla y dejarla en la estantería.
—¿En qué estabas pensando? —rezongó Michelle cuando se desplazaban por el pasillo para ir hacia el gimnasio y recibir la instrucción de Formación Física.
—No aguanto más a esa mujer —respondió Xalara, todavía con la furia latiendo en su pecho—. Tarde o temprano una de las dos acabará con la otra, te lo aseguro —sentenció.
—Ella te odia, es evidente —reconoció Michelle—. Pero si quisiera matarte, ya lo habría hecho.
Esa opinión hizo que Xalara lanzase una mirada asesina hacia su amiga.
—Lo siento, pero es la verdad —insistió Michelle con la misma determinación—. Ha tenido muchas ocasiones para hacerlo. La última, hoy mismo.
Xalara prefirió tragarse su siguiente comentario y continuó el recorrido en silencio.
Durante la siguiente instrucción y, especialmente, cuando acudieron al barracón para ducharse tras el exigente entrenamiento físico impartido por Brenda Lenders, muchos de los reclutas del Noroeste se mostraban atrapados por la expectación de conocer al nuevo maestre de Arlasofía Aplicada, pues a esa hora era un secreto a voces que Syliana no iba a seguir ejerciendo.
Cuando entraron en el auditorio no había ni rastro del maestre, confirmando por el momento las sospechas de Xalara tras escuchar que no se había presentado ante otras comarcas, algo que no había compartido con su amiga.
Aun así, los reclutas tomaron asiento en las gradas, esperando a que apareciese.
—Quizá no haya llegado a Lúgardark —opinó Michelle, que parecía decepcionada.
—Puede ser —convino Xalara, mientras se fijaba en las caras del resto. Entonces acudió a su mente el recuerdo de Las Cinco Disciplinas, como si estuviera siempre presente, pero escondido al mismo tiempo.
Xalara se preguntó si ellos también estarían considerando la posibilidad de presentarse a una competición en la que casi seguro morirían. Cuando su atención se detuvo en Diago Zúnkerberg y este le devolvió la mirada al percatarse de ello, estuvo convencida de que él sí lo haría.
En opinión de Xalara, ese mutismo generalizado respecto a Las Cinco Disciplinas confirmaba que la mayoría, al menos, se lo estaba planteando.
Ella creía que todos callaban por miedo a incitar a otros a que se presentaran.
El anuncio del evento había generado desconfianza entre los reclutas, e incluso Xalara la percibía en Michelle.
Con el paso de los minutos, el ambiente se fue relajando ante la falta de una figura de autoridad, y los murmullos ganaron intensidad hasta convertirse en una conversación extendida, cuyo tema central giraba en torno a la ausencia del maestre.
—¡Eh, Verdreven! ¡Nédelen!
Diago las reclamaba desde la grada de enfrente, haciéndose escuchar sobre el resto de voces, que se apagaron porque, al parecer, veían más interesantes los gritos de Zúnkerberg que sus propios temas de conversación.
—¡Qué pena que antes no hayáis muerto! —dijo con una tonta sonrisa—. Ya tenemos un fiambre en esta comarca, qué importa si se le suman dos más. Mejor dicho, tres, porque Nordín…
La alusión a la muerte de Jeimmy Rénderson, especialmente viniendo de quien la había causado, no pareció hacer demasiada gracia en el colectivo, tan solo en los más acérrimos a Diago .
—Si la maestre me hubiera elegido a mí para atacaros, ahora mismo habría tres asientos libres en esa grada —aseguró con un tono presuntuoso, aun dejando en mal lugar a dos de sus amigos.
—¿Estás seguro? —replicó Michelle—. Si no me falla la memoria, Xalara casi te mata una vez. De no ser porque ella no quiso hacerlo. ¿O ya te has olvidado?
Diago se puso en pie, como si un objeto punzante se le hubiese clavado en el trasero.
—¡Peleemos aquí y ahora! —gritó con rabia—. Verdreven contra mí. Veremos si esta vez es tan valiente teniendo yo los dos brazos operativos.
Michelle miró a su amiga con un gesto de negación. Aunque eso no fuera necesario, porque Xalara no tenía intención alguna de batirse con Diago, a pesar de que una parte de ella sentía la necesidad de hacerlo.
—¡Levántate! —exigió el chico, comenzando a abandonar su lugar en la grada—. ¡He dicho que te levantes! —insistió cuando ya estaba a punto de pisar el centro del auditorio.
Xalara empezaba a asimilar que no podría escapar de una nueva reyerta cuando el sonido de unos pasos que martilleaban el suelo surgió desde el pasillo, atrayendo la atención de los reclutas hacia la puerta abierta.
Era una mujer enorme la que hizo su entrada en el auditorio. Su largo pelo negro, salpicado de algunos mechones blancos, estaba recogido en una trenza que se balanceaba como un péndulo sobre su espalda.
La nueva guardiana de Lúgardark se detuvo en el centro de la estancia, donde todos la miraban con extrañeza y la más que probable duda de si sería también la nueva maestre de Arlasofía ; Xalara, desde luego, sí la tuvo.
Nadie se movía ni hablaba ahora en el auditorio.
—¿Qué haces ahí? —le preguntó a Diago, con una voz demasiado grave para una mujer—. ¿Te parece una forma adecuada de esperar a un maestre de Lúgardark ?
—¿Y a usted le parece adecuado estar viva después de todo lo que ha hecho? —respondió el muchacho con altanería.
El comentario provocó que Xalara recordase otros de la misma índole cuando Ozora fue presentada como nueva guardiana de Lúgardark, instalándose en ella la curiosidad por saber de dónde provenían esas opiniones.
Sin mediar palabra, Ozora desenvainó su arma y lanzó un rayo hacia Diago, que se extinguió a centímetros de su cara, demostrando una increíble destreza con la espada. El recluta se frotó el rostro, como si intentase apagar un fuego.
—Aprenderás a hablar con respeto a tus superiores —aseveró la mujer, mirando al joven con una rabia que parecía incapaz de contener—. Y aprenderás a mantener la boca cerrada cuando no sea para decir algo interesante. ¿Te queda claro?
Diago no respondió, sino que mantenía los músculos de su mandíbula en tensión, como intentando contener un agravio que luchaba por salir de su boca.
—Te he hecho una pregunta —insistió la guardiana, acercándose al recluta, lo que evidenció, a pesar de que Diago era bastante grande, la diferencia de altura y complexión entre ambos.
Diago levantó la vista para mirar a la encolerizada Ozora, que enseguida alzó la espada y se la colocó en el pecho al chico.
—Tienes tres segundos para contestar —le advirtió—. Uno; dos; tres.
—Perdón por haber llegado tarde —dijo una voz de hombre que apareció en el auditorio: su llegada no se escuchó.
Nadie pudo contener un sonido de asombro, pues un fantasma acababa de manifestarse ante ellos. No obstante, seguro que ninguna reacción fue comparable a lo que sintió Xalara cuando sus ojos reconocieron a Andris Bóstoul