CAPÍTULO 6El maestre renacido #2
Las dos horas que duró la instrucción se hicieron bastante livianas, al menos para Xalara, puesto que el maestre logró captar su atención relatando una experiencia personal.
Habló sobre la importancia de mantener la fortaleza mental y el control del miedo.
Sobre el comportamiento que se debe tener ante unos captores para seguir con vida.
También sobre el lenguaje corporal que conviene adoptar y otras muchas facetas importantes para sobrevivir.
La mayoría de los reclutas parecía escuchar como si les estuviera relatando la historia de un pasado inexistente o, al menos, de uno que nunca volvería. Sin embargo, Xalara se lo tomó muy en serio, tratando de retener todos los conceptos y consejos que el maestre impartió.
—Ha sido interesante la instrucción de Tíndrac —comentó Michelle cuando se sentaban a la mesa del comedor al mediodía, después de recoger la bandeja con su ración en la barra de servicio—. Se nota que él estuvo allí. Debió de ser duro vivir en aquel tiempo.
—Desde luego —dijo Xalara escuetamente, que se había quedado pensando en otra conversación que, al parecer, solo ella escuchó entre dos reclutas del Sureste cuando entraban al comedor.
Aseguraban que Syliana ya no impartía la instrucción de Arlasofía , y que el nuevo maestre no se había presentado en el auditorio.
—Creo que ninguno de nosotros sobreviviría si nos pasara algo así —insistió Michelle—.
La gente de antes estaba hecha de otra pasta.
Yo lo sé bien por mi abuelo. Él me cuenta muchas historias de cuando era joven.
A mi gata Serla también le gustaba escucharlo, acurrucada sobre mi regazo. La voy a echar mucho de menos —sollozó.
No supo qué decir, por eso Xalara prefirió no añadir nada. Ella nunca había tenido una mascota, pero sí comprendía la tristeza de perder aquello que amas .
Con el nuevo horario, la instrucción de Combate se impartiría al completo en tiempo diurno. Quedaba por ver si esa circunstancia afectaría a su desarrollo.
Los reclutas se mostraban expectantes por ver si, con el comienzo del segundo semestre, cambiarían a otro entrenamiento que no fuese lanzar ataques hacia la diana pintada en una de las paredes del patio, como llevaban haciendo los últimos meses.
Desde que Xalara estuvo, supuestamente, cerca de matar a Samanta Zolian durante una práctica, no habían vuelto a enfrentarse entre reclutas.
Era evidente que no se trataba de una casualidad.
Cuando llegaron al patio, ubicado en el ala oeste de Lúgardark, la maestre surgió caminando entre la espesa niebla. Hacía tanto frío que, por primera vez, Gúlfrica llevaba puesta ropa de abrigo. No obstante, cuando se acercó, Xalara distinguió que no se trataba de un uniforme reglamentario.
—Hoy haremos algo diferente —anunció la maestre, como si les hubiera leído el pensamiento a los reclutas, que no disimularon su agrado ante la novedad, aunque Xalara prefería escuchar lo siguiente antes de experimentar cualquier sentimiento—.
Lleváis meses aprendiendo a atacar. El resultado: una innegable torpeza en la mayoría de vosotros.
Faltos de puntería. Con movimientos torpes y lentos.
Tanto, que cualquiera con un nivel mínimo de espada os vencería.
Por eso, lo más lógico es entrenar vuestra defensa —aseguró—.
Durante el inicio de la EDMO practicasteis movimientos de espada a distancia, emulando luchas, e incluso llegasteis a combatir de manera real —hizo una pausa que activó nuevamente ese sexto sentido de Xalara—.
Ahora os enfrentaréis a un entrenamiento que no perdonará una mala postura, que no dará tiempo a corregir el ángulo si no lo habéis cerrado bien.
En definitiva, que os hará mucho daño si no llegáis a dominarlo.
Xalara comprobó que las manos de Aden estaban temblando cuando la maestre miró hacia él.
—Pero para que no muráis todos en esta instrucción, algo que, creedme, no me importaría en absoluto, tendréis que usar protecciones —dijo—.
Esta especie de chaqueta que llevo se llama gambesón, y protege el torso y parte de los brazos, absorbiendo la fuerza del impacto de los haces de luz y aislando vuestros cuerpos de su energía calórica.
Pero os advierto que estas protecciones no garantizan vuestra seguridad.
La mejor defensa es la que os brindéis con vuestros movimientos de espada, parando y desviando los ataques que yo misma os lanzaré.
Por muchas protecciones que se colocaran encima, nadie parecía contento con la idea de que Gúlfrica los atacase.
—Ahora coged y poneos un gambesón cada uno —les ordenó—. Están detrás de esa puerta a la derecha, la que hay dentro de la armería.
Los reclutas se dieron prisa en obedecer y marcharon de forma desordenada.
—Tú no, Nordín —aclaró la maestre, señalando con el dedo a Aden—. Y tú tampoco —agregó, esta vez mirando a Xalara—. Ayudarás al nuevo a practicar.
La joven sabía que se trataba de una nueva humillación hacia ella. Pero no le importó: estaba tan acostumbrada que apenas le afectaba.
La maestre, mediante arlasofía , atrajo un par de espadas de madera que había en la estantería bajo el porche y se las entregó a Xalara y Aden.
—Verdreven, realizarás movimientos de ataque con la espada y te asegurarás de que Nordín los imite —ordenó Gúlfrica mientras el resto de reclutas iban saliendo con el gambesón colocado y una espada arlasófica real en la mano.
Cuando todos estuvieron equipados, fueron participando individualmente, poniéndose frente a la maestre a unos diez metros de distancia para que ella les disparase con su espada.
En contraposición y con una espada de madera, Xalara realizaba, desganada, movimientos simulados frente a Aden, quien se esforzaba, sin éxito, en copiar sus movimientos.
—Lo siento —dijo el chico—. Siento que te hayan puesto a entrenar conmigo. Te estás aburriendo.
—No te preocupes, no es tu culpa —afirmó ella, más pendiente de lo que ocurría a unos metros de allí, en el centro del patio, que de quien tenía al lado—. Tampoco me motiva la idea de que Gúlfrica me dispare.
Xalara ya había visto a varios de sus compañeros salir mal parados de los ataques de la maestre, que no parecía demasiado comedida a la hora de lanzar sus haces de luz. Tampoco escatimaba en esfuerzos cuando se trataba de echar broncas y corregir movimientos.
La peor parada hasta el momento había sido una recluta bajita llamada Lizarya, que cayó hacia atrás cuando el rayo lanzado por Gúlfrica impactó de lleno en el centro de su pecho, provocándole, seguramente, una dificultad para respirar a pesar de la protección otorgada por el gambesón.
Eso obligó a detener la práctica para que la chica pudiera ser llevada al centro de sanación.
Xalara nunca entendería por qué el patio de combate y el centro de sanación estaban tan lejos el uno del otro.
—¿Te aburre entrenar con el nuevo, Verdreven? —preguntó la maestre cuando se giró hacia ellos.
—Me lo estoy pasando genial —respondió Xalara.
—¿Ahora te crees graciosa? ¿Cuál es tu próxima gran hazaña, convertirte en la bufona de Lúgardark?
—El humor nunca ha sido una de mis mayores virtudes —reconoció la recluta, aunque sin perder el tono irónico.
—Viendo que te consideras superior para estar perdiendo el tiempo con un principiante, ¿por qué no practicamos un nuevo ejercicio de entrenamiento defensivo contigo y Nordín?
—Gúlfrica se giró hacia el resto de reclutas—.
¡Manair, Zambrano, Índelor! —reclamó, y enseguida los tres se acercaron—.
Vosotros atacaréis a Nordín, y Verdreven intentará defenderlo.
Aquello era demasiado cruel, sobre todo cuando Xalara estaba convencida de que Gúlfrica había recibido un toque de atención tras permitir que un recluta muriese a causa de las heridas sufridas en su instrucción. Pero la ética y la subordinación no formaban parte de su vocabulario.
La maestre reclamó una auténtica espada arlasófica y se la entregó a Xalara, haciéndola flotar hacia ella mediante arlasofía .
—Ponte detrás de mí —le dijo Xalara a Aden, blandiendo su espada lista para batallar.
La última vez que se enfrentó a más de un oponente fue en el cementerio de Yadarme, cuando la encontraron los herederos, y no acabó muy bien para ella.
De repente, Michelle apareció a su lado, imitando la postura.
Antes de que la maestre pudiese poner alguna objeción, Jon Manair se adelantó y lanzó el primer haz de luz, desviado por la propia Michelle hacia un lado.
Ese fue solo el comienzo de una brutal ofensiva.
Las dos amigas se esforzaban al máximo, desviando y frenando todos los ataques de sus oponentes.
Xalara no tenía ninguna protección a diferencia de Michelle y los otros tres, por lo que corría un riesgo mucho mayor y sus movimientos defensivos requerían suma precisión.
Detrás de ellas, Aden se acuclilló, haciéndose un ovillo.
Era complicado para sus defensoras luchar en desventaja numérica y además tener un ojo puesto en su espalda.
Un fulgurante haz de luz enviado por Ashe Índelor hizo que Xalara flexionase el brazo hacia adentro al mismo tiempo que levantaba el codo hasta la altura de su cara, componiendo una postura muy extraña.
Cuando su espada rechazó el ataque, sufrió un calambre que le recorrió desde la muñeca hasta el hombro.
Aquello provocó que la empuñadura se le resbalara entre los dedos, aunque no lo suficiente como para quedar desarmada.
Eso habría tenido un resultado fatal para ella, puesto que un segundo después otro rayo la obligó a emplearse a fondo.
Xalara y Michelle retrocedían ante el empuje de la ofensiva, y esta última terminó tropezando con Aden y cayendo hacia atrás.
—¡¡Se acabó!! —gritó la maestre, aunque un último haz de luz salió disparado desde la espada de Zanerya, impactando en el suelo a escasos centímetros del rostro de Michelle, que recibió las chispas que rebotaron—. Ya es suficiente, me he cansado de veros hacer el ridículo.