Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 5Las Cinco Disciplinas #4
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CAPÍTULO 5Las Cinco Disciplinas #4

—No estoy diciendo que vaya a presentarme —aclaró Michelle, casi enfadada—, solo digo que estaría bien ganarlo.

De esa forma conseguiría que mis padres dejasen de trabajar en la panadería.

Es un oficio muy sacrificado, y me da pena que tengan que pasar así el resto de su vida.

Bueno, y también porque lo mismo me ocurrirá a mí —reconoció atropelladamente—.

¿Tú qué petición le harías al Gobierno? Yo lo tengo clarísimo: triplicar o más el premio económico que den.

—Crispina está convencida de que voy a presentarme —afirmó Xalara, sin aludir a los imposibles deseos de su amiga.

—¿Por qué dices eso?

—Vamos, Michelle —respondió Xalara, indignada porque no lo entendiera—.

Está claro que es una nueva artimaña para deshacerse de mí.

Le falló que el guardián me asesinara. Sabe que mi situación es límite y que eso puede empujarme a tomar decisiones precipitadas.

Ese torneo, o lo que sea, ha sido creado por y para mí, para que participe con la intención de pedir la nulidad de mi juramento como recluta permanente.

Así podría salir como todos los demás al finalizar los dieciocho meses de la EDMO, o antes.

—No lo había pensado de esa manera, y tiene mucha lógica —admitió Michelle—. Pero no vas a participar, así que tampoco importa: ha fallado con su nuevo plan.

Xalara no contestó, entre otras cosas, porque no tenía clara su respuesta.

—¿Te lo estás planteando? —cuestionó Michelle, deteniéndose.

—No, por supuesto que no —aclaró Xalara con un tono poco convincente y sin pararse.

—Ella ansía matarte —afirmó su amiga, volviendo a caminar a su lado, como si quisiera añadir algo, pero no se le ocurriese nada para terminar de convencerla.

—Ya lo sé —dijo Xalara—. Pero es la única forma de salir algún día de aquí.

Cuando parecía que Michelle iba a discutirlo, la repentina presencia de Aden la hizo callar.

El nuevo recluta del Noroeste estaba de pie en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared y los ojos cerrados. Al pasar las dos amigas, él ni se inmutó.

—Qué rarito es —opinó Michelle.

—Eso mismo es lo que todos piensan de nosotras —dijo Xalara, recriminando el incomprensible hastío desarrollado por Michelle hacia Aden.

Las chicas terminaron saliendo al patio delantero, bajo una llovizna que parecía hielo líquido y que se había unido a la niebla.

—Como siga esta progresión de frío, creo que nadie va a sobrevivir al invierno de Lúgardark —se quejó Michelle.

—Puede que esa sea la solución a todos nuestros problemas —murmuró Xalara mientras se internaban en el claustro.

Por la tarde, después de la comida y hartas de no saber qué hacer, decidieron acudir a la biblioteca como otro domingo cualquiera: el lugar más querido por las dos allí dentro .

No leyeron ningún libro en concreto, sino que pasaron el tiempo curioseando títulos entre las decenas de estanterías, como dos niñas pequeñas frente a un escaparate en una tienda de juguetes.

No había nadie más en la biblioteca, hasta que entró Aden y se sentó con un libro en uno de los cubículos de lectura individuales.

Michelle no hizo comentarios al respecto, pero por las miradas que dirigía hacia él, no estaba cómoda con su presencia, y lo observaba como si fuese una amenaza. Solo ella entendía el motivo.

No podían saber qué hora era, puesto que los relojes estaban prohibidos para los reclutas. Sin embargo, las campanas de Lúgardark continuaban sonando como cualquier otro día, y cuando escucharon las que señalaban el final de una instrucción decidieron abandonar la biblioteca.

—Por fin te encuentro —dijo una voz a su espalda.

Al girarse, Xalara confirmó lo que sospechaba: Samanta Zolian estaba en el mismo pasillo que ella, acompañada de sus secuaces.

Quiso ignorarla, pero sabía que era imposible.

—¿No habréis pasado el día libre en la biblioteca? —preguntó Zolian, con su estúpida y ufana sonrisa dibujada en el rostro.

—¿Y qué te importa si así fuera? —contestó Michelle, entrando en su provocación, aunque su amiga la agarró por el brazo para intentar evitarlo.

—En eso tienes razón, Nédelen —afirmó Samanta con ironía—.

Supongo que habréis estado planteándoos la posibilidad de participar en Las Cinco Disciplinas.

Es lógico en vuestro caso. Tú —dijo señalando despectivamente a Michelle—, seguro que no tienes dinero ni para comer cuando salgas de aquí.

Y tú —dijo ahora apuntando con el dedo a Xalara—, no tienes ninguna forma de salir de este sitio salvo presentarte y ganar.

—¿Eso lo has deducido sola, o te han ayudado tus esbirros? —profirió Xalara con burla, harta de aguantar el tono de Samanta.

—Yo voy a presentarme —aseguró ella, petulante—. Y voy a ganar.

—Pues enhorabuena —dijo Michelle, agarrando a Xalara para darle la vuelta y escapar de las provocaciones .

—Lo que no sabía es que tuvieses amigos fuera de aquí, Verdreven —dijo Samanta, forzándolas a detenerse.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Xalara, aunque sospechaba que solo intentaba provocarla.

—Me refiero a ese tipo. ¿Cómo se llamaba…? Huberto Cóbelpot.

Xalara sufrió un pequeño mareo por la sorpresa de la afirmación. ¿Cómo podía saber quién era Huberto?

—Ese hombre, por describirlo de alguna forma, es un desarrapado como tú —continuó Zolian—. Seguro que estaba liado con tu madrina. Es lógico que dos personas así se junten.

Xalara se dio la vuelta, incapaz de contrarrestar a Samanta, y aceleró el paso para dejarla atrás cuanto antes.

—¿Quién es Huberto Cóbelpot? —inquirió Michelle cuando ya se habían alejado lo suficiente.

A Xalara no le quedó más remedio que contárselo, aunque suprimiendo información de manera intencionada, especialmente lo de su curiosa capacidad para controlar a los pájaros.

—Pero entonces, ese hombre te salvó la vida —afirmó Michelle.

—En teoría sí —admitió Xalara—. Lo que no entiendo es cómo Samanta conoce mi relación con él, y sobre todo a qué viene ese comentario ahora.

—Bueno, ella visitaba tu pueblo con frecuencia. No me parece tan extraño que lo sepa —opinó Michelle.

—Supongo que no —aceptó Xalara sin ningún convencimiento.

—Además dices que Huberto era un alcohólico —insistió Michelle—. Es muy probable que esté tan desesperado que no haya tenido más remedio que hablar sobre ti y su relación contigo a otras personas.

Xalara sabía que esa hipótesis era bastante improbable, sobre todo después de no haber acudido a Lúgardark para cumplir su promesa de rescatarla aquella noche.

—Hablando de borrachos, y cambiando un poco de tema —dijo Michelle—. ¿Cómo crees que será el nuevo maestre de Arlasofía ? ¿Se parecerá en algo a Viggo?

—¿Por qué dices eso? —se sorprendió Xalara .

—Ayer aseguró la presidenta que habría cambios en el maestrado —argumentó Michelle—. Es lógico pensar que será uno de ellos.

—Mañana lo sabremos —respondió Xalara sin interés.

—Solo espero que se parezca a él —declaró su amiga—. Viggo fue la única persona que se preocupó por los reclutas. Aún siento mucha pena cuando me acuerdo de él, y algunas noches sueño con su caída al vacío. Además, el nuevo será también nuestro Maestre Jefe.

—Puede que sea una mujer en vez de un hombre —apuntó Xalara.

—No lo creo —insistió su amiga.

—¿En qué te basas?

—Aunque no tengo pruebas, siento una corazonada o, más bien, lo intuyo por cómo lo dijo la presidenta.

—¿Sí? —dudó Xalara con ironía—. Pues habrá que creer en tu intuición.

No atendió a nada más después de escuchar a Crispina Streif decir que había creado un evento de gran magnitud con la única intención de acabar con ella.

Y lo peor era que Xalara se estaba planteando presentarse a su propia trampa mortal.

Al fin y al cabo, ya estaba enterrada allí dentro: solo quedaba esculpir la fecha en su lápida.