Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 5Las Cinco Disciplinas
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CAPÍTULO 5Las Cinco Disciplinas

Las Cinco Disciplinas

A primera hora del sábado, cuando los reclutas del Noroeste formaban en el pasillo que separaba los dormitorios masculino y femenino, la figura de Syliana Meistre surgió desde el hueco de la escalera, acompañada de un chico desconocido que temblaba de forma aparatosa.

Vestía ropa de calle, aunque algo extravagante: un jersey gris verdoso, un chaleco de abrigo verde oscuro y unos vaqueros con los bolsillos remendados en color marrón.

—Él es su nuevo compañero, el recluta Aden Nordín —anunció la Lady Maestre, haciéndole un gesto con la mano para que adelantara su posición tras quedarse a su espalda.

Nadie parecía entender lo que pasaba, aunque no se escuchó ni un solo murmullo.

Aden tenía un aspecto enclenque, con el cabello muy oscuro y revuelto, como si acabara de levantarse de la cama. Sus ojos eran inusualmente grandes, de un color verde brillante que le confería una mirada curiosa y llamativa.

—Creo que tienen derecho a una explicación, y por eso, lamentablemente, les informo que Nordín está aquí por la reciente muerte de vuestro excompañero Jeimmy Rénderson —explicó Syliana—. Él será su sustituto.

Xalara necesitó unos instantes para ubicar ese nombre antes de recordar la imagen de Jeimmy cayendo inerte, con el rostro cubierto de sangre tras un golpe propinado por Diago Zúnkerberg durante una práctica en la instrucción de Combate.

A algunos reclutas se les soltaron las lágrimas, en especial a una chica que, al parecer, estaba más unida a Jeimmy que el resto. Diago no se mostró satisfecho con la noticia, y su habitual expresión de soberbia había desaparecido.

—Recluta Nordín, entre en el dormitorio, el supervisor le dirá lo que tiene que hacer —dijo Syliana tras unos segundos en los que, según parecía, dejó que los excompañeros de Jeimmy Rénderson procesasen la noticia.

El nuevo recluta caminó por el pasillo humano, formado por los chicos a un lado y las chicas al otro. Al pasar junto a Xalara se le quedó mirando antes de internarse en el dormitorio femenino.

—Ahí no —señaló la anciana—, es el otro.

Aden finalmente entró en el dormitorio correcto, y pasaron algunos minutos sin que volviera al pasillo.

—Nos va a hacer llegar tarde —protestó Jon Manair, situado detrás de Diago.

—¡Silencio! —ordenó Syliana, sin moverse del sitio, como si ella también estuviera formando—. La maestre Lenders está informada, no se preocupen por eso. Además, yo los acompañaré hasta el patio.

De repente se escuchó una voz que provenía del dormitorio de los chicos: Aden acababa de recibir su primera bronca como recluta de la EDMO.

Cuando salió, ya ataviado con el uniforme gris oscuro de Lúgardark, no sabía dónde ponerse. Xalara empatizó con él.

—Recluta Nordín, colóquese en la fila de los hombres —le instruyó la Lady Maestre—. Imite la postura de sus compañeros.

De reojo, Xalara vio cómo el chico se colocaba en una postura neutral.

—Copie a sus compañeros —insistió Syliana.

Aden trató de hacerlo, pero no le salió tan perfecto como les exigían. Aun así, ya no se lo recriminó .

—Vamos —dijo la anciana, volviéndose hacia las escaleras para que las dos filas la siguieran.

Al salir al patio delantero de Lúgardark, Xalara tuvo la impresión de que, cada madrugada, la sensación térmica era un poco más fría. Todo estaba congelado por la cencellada, incluidos los reclutas de las demás comarcas, que seguramente llevaban esperando unos cuantos minutos.

La Lady Maestre volvió al interior cuando los reclutas del Noroeste tomaron posición.

La niebla era tan impenetrable que a Xalara, situada en la parte posterior de la fila, le costaba distinguir a la maestre Brenda Lenders.

Además, no podía evitar fijarse en el nuevo recluta, quien, al juntarse chicos y chicas, había quedado cinco posiciones por delante de ella.

Aden temblaba de pies a cabeza, y Xalara estaba convencida de que no era solo por el frío.

El supervisor encargado de pasar lista a los reclutas del Noroeste se detuvo de inmediato junto al nuevo.

—¡Pies juntos, espalda recta y mirada al frente! —le gritó a la cara.

Aunque el chico lo intentó, le salió todo mal.

—Ahora tenemos aquí a un patoso —opinó el supervisor, desatando algunas risas disimuladas—. Más te vale aprender rápido si no quieres lamentarlo.

Los supervisores terminaron de pasar lista y la maestre comenzó a impartir órdenes por medio de su megáfono.

A esas alturas, los reclutas ya estaban en forma y los ejercicios ayudaban a entrar en calor, por lo que la formación matutina no resultaba tan insoportable como en las primeras semanas de la EDMO.

El supervisor no dejaba de corregir a Aden, y a Xalara le parecía injusto que lo trataran igual que al resto cuando había arrancado casi seis meses por detrás.

El chico se desplomó en mitad de un ejercicio, obligando al supervisor a arrastrarlo fuera del patio para no interrumpir la formación.

Todo indicaba que se había desmayado por el esfuerzo.

Ese mismo día, después de la comida, Xalara y Michelle salieron del comedor con algunos minutos de sobra antes de la siguiente instrucción.

Xalara tuvo que esperar a su amiga, que se había entretenido leyendo algo.

Tuvo la tentación de sentarse en el poyo del claustro, pero prefirió mantenerse de pie porque estaba demasiado frío.

—¿Has leído el papel que había en la puerta del comedor? —comentó Michelle cuando llegó a su altura, mientras el vaho de su boca se fusionaba con la niebla que penetraba por las ventanas sin cristal en las paredes del claustro.

—No, había demasiada gente haciéndolo. ¿Qué decía?

—Mañana es el Torneo de Las Comarcas —anunció Michelle, exaltada de repente—. Mediante una serie de pruebas van a medir quiénes son los más fuertes al final del primer semestre. Tendremos que elegir a nuestros representantes.

—Entonces no deberías preocuparte por eso —opinó Xalara sin sorprenderse, pues recordaba haberlo leído en el mismo folleto del periódico en el que se enteró de la posibilidad de convertirse en recluta permanente.

—¿Por qué no?

—Porque no nos van a elegir a nosotras como representantes del Noroeste.

—Eso ya lo sé —respondió Michelle como si le molestara aquella certeza—. Pero quizá sí nos beneficie que nuestra comarca gane.

—Ese verbo no existe aquí dentro —aseveró Xalara—. A mí me trae sin cuidado quién gane.

—Pues luego tenemos que votar para escoger a un chico y a una chica.

—Diago será el chico, y Zanerya la chica —aseguró Xalara sin interés.

—Posiblemente —coincidió Michelle sin esconder su reciente malestar—, pero yo no voy a votar a ninguno de los dos. ¿Tú?

—Me votaré a mí misma y al recluta nuevo —respondió Xalara.

—Estás de broma, ¿no?

—¿Por qué iba a estarlo?

—Eres tan… así, que a veces me cuesta distinguir cuándo hablas en serio y cuándo no.

—Pues esta vez lo estoy diciendo en serio .

Michelle negó con un gesto que se quedó a medio camino de una sonrisa.

—Pobre chico ese Aden, no sabe lo que le espera —declaró ella.

—Supongo que hoy ya se ha hecho una idea —afirmó Xalara.

—Creo que los compañeros ya lo han catalogado y metido en el mismo saco que el nuestro —dijo Michelle—. ¿No te da pena?

—¿Y qué cambiaría eso? —cuestionó Xalara—. Le van a hacer la vida imposible, como a todos los demás.

—A veces todavía me sorprende tu frialdad innata —declaró Michelle.

—Es la verdad —insistió Xalara—, yo no tengo tu capacidad para contrarrestar la realidad. Prefiero asumirla.

—¿Y Rénderson? —recordó Michelle—. El que debería estar muerto es Zúnkerberg y no él.

—Toda la culpa fue de Gúlfrica —opinó Xalara—. Debería haber detenido la pelea antes de llegar a ese extremo. Y ahora ella saldrá de esto sin ninguna consecuencia.

—Desde luego —coincidió Michelle, cuyos ojos se desviaron hacia el fondo del claustro.

—¿Qué pasa? —preguntó Xalara, antes de girarse hacia el mismo punto de atención.

—Es Aden. Parece que vuelve del centro de sanación —comentó su amiga.

El nuevo recluta caminaba renqueante mientras estudiaba un folleto.

—Disculpad —dijo, deteniéndose al lado de las dos chicas, aunque sin llegar a posar su mirada en ellas—. Llevo un buen rato buscando el comedor, pero no dejo de dar vueltas y tengo mucha hambre.

—Lo siento, pero nosotras no podemos ayudarte —respondió Michelle con un tono desdeñoso, y cogió del brazo a su amiga para irse.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó Xalara muy sorprendida cuando se alejaban por el claustro .

—Me he dado cuenta de que tienes razón: hay que asumir la realidad de este sitio —explicó Michelle—. Ya tenemos bastante, es mejor no cargarnos de más lastre: no hay sitio para nadie más en nuestro saco.

Xalara no tuvo ganas de contrarrestar aquel argumento. En el fondo, Michelle tenía razón, aunque quizá no en las formas.

Por la noche, después de la obligatoria ducha antes de bajar a cenar, la supervisora entró en el dormitorio de las chicas con una caja de cartón.

—Como habréis leído, hoy se anunciarán los reclutas elegidos para representar a cada comarca en el torneo de final de semestre, que se disputará mañana —anunció—.

En esta caja tenéis una papeleta para escribir el nombre de la compañera que consideréis.

Solo podéis elegir a una chica, de igual forma que vuestros compañeros elegirán a uno de ellos.

Mañana los dos competirán en cada prueba como un equipo.

La supervisora comenzó a pasear por el dormitorio, entregando a cada recluta una pequeña papeleta de cartulina y un bolígrafo.

Como le había prometido a su amiga, Xalara escribió su propio nombre, y se aseguró de que ella lo viera. Michelle también se eligió a sí misma, y las dos tuvieron que contener una carcajada cuando lo comprobaron.

—Ahora tenéis que devolver la papeleta a la caja —indicó la supervisora, repitiendo el recorrido por todo el dormitorio—. Durante la cena se anunciarán los reclutas más votados. Ahora bajad de una vez y salid de mi vista.