Las Cinco Disciplinas (Arlasófica 3) CAPÍTULO 4Un retorno presidencial #5
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CAPÍTULO 4Un retorno presidencial #5

—Hasta hace dos siglos, en el estadio de Bibrébem se disputaban luchas a muerte por puro entretenimiento de los ciudadanos.

Esos duelos eran organizados por la élite, que pagaba para comprar luchadores y luego la gente apostaba para ver quién ganaba y cómo morían.

Para que no fuese impopular, esos luchadores eran elegidos entre convictos, y especialmente entre prisioneros de guerra.

—Suena bien —opinó Andris—. ¿Pero cómo puede Xalara participar en algo así?

—Esa maldita chica es una recluta permanente en Lúgardark —dijo Crispina—. Ella lo exigió durante su juicio, en el que iba a ser declarada culpable. Por lo tanto, es una convicta igual que cualquiera que esté en prisión.

Con cada palabra de su exposición, Crispina se sentía más orgullosa y convencida de haber tenido la mejor idea posible para acabar con Xalara.

—Agradezco todos tus esfuerzos por vengarme —aseveró Andris—. De verdad que sí.

Los ojos de la presidenta se humedecieron sin poder dejar de contemplar a su sobrino .

—Pero esta obsesión tuya por acabar con ella te está haciendo muchísimo daño —explicó él—. Tu salud se ha resentido, y tu imagen como presidenta ha caído por los suelos.

—Nada de eso importa, porque todo lo he hecho por ti —aclaró Crispina, a punto de llorar como una niña herida en su orgullo—. Dentro de poco volverás a ser el presidente, y todo esto habrá merecido la pena.

Andris inspiró hondo, como si estuviera reflexionando antes de manifestar su opinión.

—Si estás tan convencida de acabar con Xalara… —comentó él, seguramente entendiendo que su tía no cambiaría de idea por ninguna razón que expusiese para lo contrario.

—No hay otra opción —insistió ella tercamente—. No me iré del cargo hasta que Xalara Verdreven abandone este mundo, te lo aseguro.

—Aunque tu idea para matarla es indudablemente buena —opinó él—, quizá esté mal enfocada.

—¿Qué quieres decir? —inquirió, sintiéndose de nuevo frustrada.

—La mejor forma de acabar con esa chica no es asesinándola, sino haciendo que ella misma elija morir.

Sin que parezca que nosotros buscamos su muerte —dijo Andris con firmeza—.

Además, hay que hacerlo de tal manera que la sociedad esté demasiado entretenida para que tu imagen como presidenta se lave.

—No te entiendo —admitió Crispina, sacudiendo la cabeza.

—No te preocupes por eso, déjalo todo en mis manos. Ahora ya no estás sola en esto, me tienes a mí —aseguró, acariciando el rostro de su tía—. Lo único que necesitas entender es que en mis planes no está volver a ser presidente.

—Pero tú eres…

—No —dijo Andris, poniendo un dedo sobre los labios de Crispina para silenciarla—.

Tú eres la presidenta del Gobierno ahora, y lo estás haciendo genial.

Has conseguido un hito al reconstruir este Salón en tan poco tiempo.

Has reinstaurado la EDMO y reabierto Lúgardark; eso era impensable hace unos meses.

Créete que eres la mejor presidenta posible para este Gobierno .

—Te quiero —dijo Crispina sollozando.

—Y yo a ti, pero ahora tienes que anunciar tu enlace matrimonial con Sarah —continuó Andris—.

Dales un entretenimiento para que dejen de hablar sobre todo lo malo que hay en tu vida.

El pueblo es más soberano y al mismo tiempo estúpido de lo que parece.

Anuncia tu compromiso con Sarah y verás cómo las aguas se apaciguan. Te lo prometo.

Tras unos segundos de reflexión, Crispina buscó con la mirada a su prometida, que seguía apartada en el mismo rincón, con una copa de licor casi vacía, que no dejaba de balancear en su mano.

—Gracias, sobrino. Te quiero muchísimo.

—Yo todavía más —respondió Andris cuando se soltaron la mano.

La presidenta avanzó entre la gente, chocando contra ellos como si no estuvieran allí, hasta detenerse frente a Sarah.

—Ven, acompáñame al estrado —le dijo, cogiéndola bruscamente de la mano—. Tenemos algo muy importante que anunciar.

Sarah no opuso resistencia, aunque tampoco parecía muy dispuesta a seguir a Crispina, que tiraba de ella para evitar que cambiase de opinión.

Solo la soltó cuando ya estaban en el estrado para dar unas palmadas con los brazos en alto y detener la música, reclamando la atención de todos los presentes.

—Buenas noches —saludó—. Muchas gracias por venir a la fiesta de bienvenida a mi sobrino.

Otra vez se arrancaron algunos aplausos, pero se escucharon más escasos y forzados que nunca.

—Sin embargo, hoy no solo celebramos la recuperación de Andris, sino también el amor y la unión familiar —dijo e hizo una pausa para tomar otra vez la mano de Sarah—. Por eso, la vicepresidenta y yo, enamoradas y más unidas que nunca, queremos anunciar nuestro enlace matrimonial.

Desde el centro de la estancia, su sobrino le guiñó un ojo sonriendo y comenzó a aplaudir, rompiendo el silencio sepulcral que se adueñó del Salón de Conferencias tras el anuncio, arrastrando con él a otros muchos que se unieron al aplauso .

Era evidente que no lo hacían de forma sincera. Pero eso no le importó a Crispina.

Gustavo, acompañado por los otros cuatro miembros de la Escolta Presidencial a los pies del estrado, miró hacia la presidenta del Gobierno con el semblante roto.